3, 2, 1

3, 2, 1 imagen Me percibo el cuerpo travieso; la sístole y la diástole siguen un compás bailongo. Me caen bien casi todas las personas con las que me cruzo  e incluso evito dinamitar las conversaciones con desconocidos a base de monosílabos y mi súper conseguido rictus mustio.

Tengo cosquillas en los pies y me parece que las ojeras que luzco hasta las comisuras de los labios, tienen un punto película de Isabel Coixet que resulta basante atractivo.

No hay duda; todo ello sólo puede deberse a que tengo un plan: Me voy al cine.

Me he empollado de cabo a rabo la cartelera… Aunque de antemano ya  he decidido ir al cine de siempre; al de asientos rojos a los que se les salen las tripas de gomaespuma, que no tienen posa vasos ni el número bordado en la parte alta. Que tienen, en cambio, incómodos reposabrazos de madera que hacen que al cabo de un rato, después de haber intentado todas las combinaciones posibles (un brazo apoyado y otro no, los brazos en cruz, sobre las rodillas, ambos apoyados…) te preguntes para qué demonios tienes brazos. No son naves espaciales, no; son sillones de cine corrientes y molientes; con su número en la parte lateral baja, para que cuando entras con los trailers ya empezados, tengas que soportar las miradas de los espectadores clavándose en tu nuca con un más que probable ánimo criminal,  mientras contemplas, por el hueco  entre el asiento y el reposabrazos, sus traseros reposándose. Todo para lograr adivinar qué tipo de lógica numérica siguen los malditos asientos…

Aunque una, que ya tiene el mérito de experta espectadora en la sala de siempre, va directa a la fila seis (fila siete si quién ha elegido la película es mi esposo y me temo que va a ser de las de seres/objetos cuanto más feos mejor, abalanzándose sobre la pantalla, o dibujos de pixar con sus estridentes sobreactuaciones…!Qué ganas tengo de que mi pequeño leñador sea lo suficientemente grande para llevar a su padre al cine y que me dejen ver películas de adultos!).

Reconduzco que me voy: El ritual de análisis de los metrajes me lleva un tiempo que saboreo como el que está eligiendo coche nuevo con holgadas capacidades económicas. Busco la peli en filmaffinity, leo los resúmenes de las críticas; le hago poco caso a Sergi Sánchez y bastante caso a Luis Martínez. Después leo críticas de usuarios que ya tengo fichados a través del “test de compatibilidad”; o simplemente porque son excelentes críticos. Evito sopoilers; claro está.

A veces me salto el ritual y me dejo llevar por mi instinto cinematográfico… Ése que, moldeado a fuerza de bodrios infumables con estética moderna y sugerente, ya merece cierta confianza.

Me equipo. De forma autómata escojo un atuendo cómodo y con el que me identifico. Con ir al cine me identifico, mucho. Soy más yo que nunca y me siento cómoda en mi cuerpo.

Mientras hago cola para sacar las entradas no me distraigo con nada; nada de móvil, nada de charlotear con los amigos, nada de nada. Me concentro. Me deleito con las caras de quiénes esperan como yo. Todas me parecen amables; incluso las de los grupos de jovenzuelos que se que más tarde maldeciré porque comen palomitas como pollos detrás de mi cabeza.

Cuando llega mi turno me sacude cierto alborozo y me siento ligera; liviana. Pido las entradas: Dos cuando me acompaña mi hombre de los 70* o alguno de mis amigos selectos; una si voy felizmente sola. Compruebo con un vistazo rápido que no me he equivocado al decir la sala y no me voy a meter a ver el último bodrio de Woody Allen (al que hace cuatro películas que dejé de dar oportunidades en base a lo que un día nos había unido en una relación de pasión y ternura).  Le sonrío insistentemente a la inmutable e impávida Señora de pelo rizado  detrás del cristal de la taquilla, hasta parecer completamente estúpida, con la persistente y vana esperanza de que un día me devuelva la sonrisa (no se puede mantener tanto tiempo el rictus mustio, por muy ensayado que se tenga).

Subo las escaleras forradas de alfombra roja presintiendo la trascendencia del momento.  Le entrego la entrada al “recogeentradas” que amenaza con despertarme de mi sueño de cenicienta cuando la rompe en dos con un brusco gesto de manos, y me indica con recalcitrante vulgaridad: “A la izquierda”. Recupero la ensoñación cuando compruebo que en el trozo de entrada que me queda, aún se lee el título de la película y pienso que, probablemente y sin demasiada intención, un día me vuelva a topar con ese pedazo de papel en algún bolsillo.

Paso de largo por el puesto de palomitas y refrescos.. ¡Pero a quién se le ocurre comer y beber mientras ve una película en el cine!!.

Entro a la sala antes de que se apaguen las luces y voy directa a la fila seis… Como de costumbre todos los asientos están vacíos… Entre que las grandes salas con distribución en gradas han raptado a todos los espectadores, y que la gente tiene la manía de sentarse en el cine lo suficientemente lejos para aparentar que no está en el cine, hasta la fila 8-9 no se ve un alma.

Visiono los trailers tomando notas mentales: Oh Dios, espero que mi esposo esté pensando en otra cosa y no se de cuenta de que van a estrenar “Los Robots que un día fueron inteligentes pero se volvieron zombies y colonizaron Marte”; o ¿Cómo es posible que los directores sigan dando papeles a Jennifer López…?

Y de repente la música ensordecedora de la productora.

A partir de este momento, la soledad más deliciosa. La trama, los giros, el pulso, la música, la fotografía, la dirección, los diálogos, las interpretaciones, la representación de las vivencias, los conflictos, las tensiones, las pasiones… Todo traspasando la piel de los presentes para evocar, pinchar, rasgar, escocer, estresar, consternar, soliviantar, acallar, apaciguar, doblegar, denunciar… Y así, descubriéndome en aspectos escondidos o desapercibidos, retozo durante dos horas de oasis maravilloso que lima las asperezas de la semana.

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