A Manuela:

Amor mío:

No sé ni cuándo, ni cómo, ni de qué manera han pasado los 1095 días de tus tres explosivos años. Bueno, una cosa sí sé. Han pasado rápido; fugaces, diría.

Has dejado de ser un bebé, aunque yo siga arañando a esa etapa, voces absurdas y canciones de cuna, de vez en cuando. Soy dolorosamente consciente de que vas a dejar de ser la pequeña en no mucho tiempo, y temo no estar preparada para verte gestionarlo, con tus triunfos y derrotas. Aunque sé que lo harás. Conmigo de tu parte.

Es una sensación complicada ésta.

Guardo el recuerdo intacto del día que me puse de parto y, canasta en mano, miré a tu hermano que jugaba indiferente en el suelo de la habitación. Estaba innegablemente emocionada de saber que iba a abrazarte por primera vez. Sin embargo, me inundó una tristeza inexplicable al tomar conciencia de que Raúl ya no sería el único, ni el pequeño. Lo observé, tan ajeno a los retos y experiencias que se cernían sobre sus tiernos dos años, y me llené de compasión.

Y últimamente me brota esta compasión en cada abrazo que te doy; en cada caricia, cuando, ay Manuela, jugueteas con tus manos en mis labios y en mis ojos antes de dormirte, posándome una mirada de puro amor (ojalá pudieras hacer eso toda la vida…).

Tus tres años de existencia me han dado la certeza absoluta de que los hijos siempre te dan una lección. Viniste a sanar las culpas y los miedos de mi primera maternidad y me hiciste fuerte y segura. Has dinamitado la losa del deber ser y me has regalado la libertad para hacer las cosas de otras formas, incluso asumiendo con madurez la posibilidad de equivocarme.

Has sido el lado amable del aprendizaje. El de las “prácticas”, cuando has comprendido el concepto y, aunque sigas teniendo infinidad de preguntas, tienes algunas respuestas que te mueven a tomar decisiones, con valentía y responsabilidad.

Te veo crecer, con tu alegría y tu naturalidad; con tu confianza y tu seguridad y tu modo particular de ser solamente tú, y me trasladas a la calma más ortodoxa; a la de la ausencia de conflicto o turbulencia. Eres tan luminosa, Manuela; tan fácil en el sentido más maravilloso de la palabra…

Vas por la vida sin pedirle nada, recibiendo los días como regalos. Tienes un sentido de pertenencia profundo. Te sabes de nosotros; de tu hermano, de tu padre… Te sabes sin miedo y sin duda, y con esta conciencia te desenvuelves auténtica y libre, deliciosamente libre.

Me gusta tu manera de ser princesa por momentos y por momentos salvaje; tu forma de hacer añicos las etiquetas; incluso las mías.  Me gusta cómo te defiendes a ti misma, con mucho de lo que a mi siempre me ha faltado. Con este amor propio tan saludable y cautivador.

Eres fuerte e inteligente, dulce y amable; solidaria y sensible. Es verdadera fortuna ser tu mamá, y estar invitada a los próximos días, meses y años de tu vida. A atravesar los momentos que están por venir, aunque verdaderamente me asuste lidiar con tu determinación cuando superes los 12…

Me propongo haceros entender, cuando nazca vuestro hermano, y no tenga tanto tiempo ni atención, y por momentos pierda el enfoque, que os quiero del mismo modo extremo. Y sé que lo entenderéis algunas veces; y, cuando no, me presto a comprenderos.

Feliz Tercer cumpleaños, mi amor, vamos a hacer de este día un día especial que quieras recordar cuando crezcas. Vamos a intentar hacer esto con cada uno de tus días.

Te quiero.

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A disposición

dsc_0547Hay algo viscoso, persistente y tedioso que me viene acompañando desde el día en que descubrí, con asombro pero sin sorpresa, el positivo en el clear blue.

Apenas me prodigo cantando las alegrías de mi tercer cachorro por venir; ni abrazo farolas. Me cuido, incluso, de pensar en sus manitas calientes. No esbozo ni de lejos, el cuento de la lechera. Me freno el alborozo de notarle las patadas. En ocasiones esta reticencia a hacerle presente me instala en el archiconocido sentimiento de culpa; en el cuestionamiento de las emociones que me mueve la criatura… Y, a poco que le echo un rato de reflexión, caigo en la cuenta de que lo que tengo es MIEDO.

Lo tuve desde el primer momento, y por mil razones o ni una siquiera, no consigo desincrustármelo.

Yo quería más hijos, aunque la realidad parecía desaconsejármelo irrefutablemente. Yo, que en lo esencial he sido más bien permeable a la impulsividad, me encontraba en cada conversación con la psique calculadora de mi señor esposo, recordándome los viajes al trabajo tras noches sin dormir; los plazos con niños enfermos encima del regazo; las tomas con otros dos infantes colgados del cuello clamando mi atención. Los conflictos y la desconexión a la que me lleva el estrés; y la espera para todo aquello que tuviera que ver conmigo y con nosotros.

Aplazar el deporte, el comer más sano, un día de cine a la semana, leer más libros, salir de noche, hacer el amor, dormir diez horas, quedar con amigas…

Y cuando había repasado mentalmente todas las palmarias contraindicaciones, volvía al origen. A la sonrisa bobalicona de figurarme amamantando, y al júbilo de tres hermanos queriéndose (aunque fuera sólo a ratos).

Así que, finalmente y, como de costumbre, nos pudo el amor y, sin tiempo de reflexión, el nuevo bebé estaba ahí. Como si estuviera decidido a llegar. Sin permitirnos un replanteo; ni siquiera un titubeo. Y ya no había marcha atrás.

Y, en este punto, empezaron a cernirse los miedos, confusos y oscuros, a cubrir de sombras ese horizonte que se me antojaba tan gozoso: ¿Y si algo no va bien? ¿Y si se complica el embarazo? ¿Y si supone un riesgo para el bebé, o para mí? ¿y si afecta a mis dos hijos?..

Conforme va avanzando el seguimiento médico de la gestación, consigo disipar ciertos temores a golpe de informes obstétricos y movimientos fetales, pero el miedo, que no acepta rendición, se cuela por otros agujeros: ¿Cómo voy a sacar tiempo para todo? ¿Cómo lo haré en el trabajo? ¿Cómo gestionarán mis hijos la llegada de un nuevo miembro? ¿Cómo afectará a la relación con mi pareja (tengo claro que traerá turbulencias)? ¿Guardería? Y empiezo a sentirme abrumada, insegura y empequeñecida.

Sin embargo, en algunos instantes de lucidez, en medio de mi tortuoso empeño en tener un PLAN MAESTRO que me garantice el éxito y la cordura cuando el nuevo bebé haga aparición estelar, me recuerdo a mi misma que no tengo el control; que no existe una fórmula ni una receta infalible, y que lo único que está en mi mano es ponerme a disposición. A tu disposición, pequeño bebé. Y dejar que me domines, porque esto hacen los bebés.

Así que aquí estoy, bebé: Dispuesta y disponible. Para ti y tus necesidades y las de tus hermanos, en la medida en que mi condición humana alcance. Dispuesta también a tolerar mis fracasos y mis errores. Dispuesta y disponible para comprender mis frustraciones. Dispuesta para quererte y quereros, siempre otra vez más.

Dispuesta a exigir a mi marido estar dispuesto y disponible. Y, dispuesta también, a recibir la ayuda sin percibirla un descalabro.

Consciente de que pasarás de ser el bebé opcional, a otro maestro; a una fuente de hallazgos y descubrimientos increíbles, sanadores, con tal de que nosotros, nos pongamos a tu disposición. Me darás nuevas certezas y me revelarás, una vez más, que el amor son ondas expansivas, sin término cierto.

Te esperamos dispuestos y disponibles.

Sobre todo, porque Raúl alias Harry Potter y Manuela Hermione Greinger necesitan desesperadamente un Ronald Weasley.

 

Porque lo digo yo.

 

¿Están ahí mis vidas? ¿ Me escuchan? ¿Me oyen? ¿Me sienteeeeen? Yo estoy felizs, felizs..

Perdónenme la efusiva entrada, pero he escrito un post con la única verdadera intención de comenzarlo así (lo siento, no puedo. Love you por esto, Thalía). Ahora les suelto una retórica cualquiera para despistar.

Las mamás y los papás nos transformamos, en no pocas ocasiones, en seres desmedidamente ridículos. Asómense alguna vez a una fiesta de fin de curso (de hijos de otros, claro -la viga sólo se ve en el ojo ajeno-) y disfruten del espectáculo.

Los más discretos rezuman orgullo por los poros de sus pieles, sonríen con la boca abierta durante los 5 minutos de la actuación, y graban en bucle los mismos movimientos en todos los planos conocidos y desconocidos: Picados, contrapicados, laterales, frontales, para que se le vean los bajos del pantalón de campana tan bien cosidos…

Algunos se lanzan a tararear letras en un inglés de discutible dicción, y los más osados se atreven incluso a emular a John Travolta en la omnipresente en cada fiesta de fin de curso, banda sonora de Grease.

En otro nivel están lo que son capaces de liarse a mamporros con cualquiera que se le ocurra ocupar los espacios reservados a las “very important person”; léase los padres de las criaturas actuantes.

Pero lo cierto es que no sólo nos ponemos en evidencia cuando se trata de procesar amor a nuestra estirpe, sino que en ocasiones también nos las pintamos embarazosas cuando se trata de ponerse firme y “educar”. Y esto resulta un tanto más complicado.

A lo largo de mi experiencia maternal he ido cayendo en la cuenta de algunas actitudes mías y de otras comadres que, pese a haber escenificado en perfecta interpretación de orgullo y determinación, a poco de haber sido analizadas, me han generado bochorno.

Me suele pasar con la frase, afortunadamente sorteada hasta este momento por mí (no canto victoria, en esto de la maternidad, he caído en casi todo lo que integra mi black list de futura madre, confeccionada allá  por mis tiernos 24 años) : “Qué feo te pones cuando lloras” y sus variantes, claro (“Qué niño más feo, los niños no lloran, no se puede llorar… Los niños buenos no lloran…”).

Y lo más aterrador es que esta frase se la decimos a nuestros hijos y a cualquier hijo de vecino!!, y lo digo en estricto sentido literal.

Vamos, que vas por la calle con tu hijo gimoteando, pasas frente a un banco de señoras “al fresco” y, con una probabilidad del 85%, una de ellas le suelta a tu enrabietado vástago (y para poner sólo un poquito de más leña en el fuego de una rabieta que tratas de disimular estar controlando) que se está poniendo muy feo de llorar.

Y luego lo pienso desde vestigios de madurez que, sólo a veces, asaltan mi entendimiento, y, dejénme que les diga: Si en uno de esos días en los que haciendo cola en la casa de comidas preparadas, se me viene a la cabeza que se me ha olvidado llevar a la tintorería la única chaqueta decente que tengo en el armario para la reunión de las 4, y me da una llorera incontrolable y, créanme, purificadora, alguien (henchido de buena intención) se me acercara para decirme que me pongo fea cuando lloro, más vale que no tenga aún en la mano el caldo de pollo.

Tres cuartos de lo mismo cuando pretendemos que nuestros hijos deglutan la comida cual pavos, a velocidad infernal, y amenazamos con la cuchara a 0,03 mm de su boca, cargada hasta arriba, mientras los miserables se debaten entre la vida y la muerte con el bocado que les hemos metido en el segundo anterior, y les espetamos órdenes del tipo “traga” como si estuviéramos frente a nuestro compañero de piso, con una botella de Brugal verticalizada sobre su boca, en un jueves universitario.

Por no hablar de cuando les sacamos burla… He hecho el ejercicio de ponerme a lloriquear frente al espejo para ver qué tal y, sinceramente, en zanguangos y zanguangas de “taitantos” no queda elegante.

Mi preferida es, sin duda, cuando llevamos la autoridad ridículamente lejos y nos empeñamos en mantener con nuestros hijos una guerra de poder en torno a si debe o no debe abrir el actimel por el “abre-fácil” o como a él le viene en gana que es, por ejemplo, pegándole pinchazos con el tenedor. Y la confrontación escala hasta que todo se escapa de control y los gritos y los llantos se suceden, mientras el Actimel, aún sin abrir, nos mira impávido desde la encimera de la cocina.

Cuando analizo la situación y me paro a considerar la verdadera razonabilidad del temor que me acecha (a saber, si mi hijo se abre el Actimel hoy con el tenedor, mi cesión sólo puede conducir a que  se convierta en déspota, drogadicto o asesino en serie) me entran los rubores.

No hay nada mejor para estas coyunturas, que un “bañico” de humildad, y que nos paremos a considerar que, ni siquiera cuando estamos comunicándonos con ellos, tenemos siempre la razón. Y si hemos caído en el bochorno y la turbación… Pues vamos a ponerle humor.

Gracias, chin chin, Gracias, chin chin

Tikiti, tikitikiti, tikitikitikitikitikitikiti…

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Vísteme despacio que tengo prisa.

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Padres y madres “all over the world“: ¿No os parece que esta expresión es la síntesis perfecta de vuestra vida como responsables de niños de entre uno y cuatro?

Pero ¿Por qué, niños del mundo, jamás queréis poneros la  ropa? Si la compramos de algodón y utilizamos Norit!!

Son las 3.30 pm. Si estamos pisando la calle a las 17.00, me daré por satisfecha, así que me propongo redimirme, vestirlos en tendencia y candorosos, más que peinarlos RE- peinarlos, e incluso ponerles colonia y quién sabe si unos tirantes al mayor y un lazo bien plantado a la pequeña..

Me voy al cuarto rebosante de ínfulas de grandeza, y abro el armario buscando sendos atuendos de los que hacen girarse al personal y, mientras estoy absorta pensando en lo cool que le quedan a WildManuela los vestidos con Converse, oigo a Raúl preguntarse inocente, pero en voz alta, dónde está su helicóptero que ha dejado en el sofá durante los diez segundos en que se lanzaba de cabeza desde el respaldo, probando si había mejorado su técnica de vorteleta. Sin solución de continuidad, unos pies corriendo destartalados, como si les fuera la vida en ello, en dirección opuesta.

Cierro los ojos, encojo los hombros y aprieto los dientes. Ya se lo que viene.

Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

No contesto. Sé lo que sigue:

Manuela me ha quitado el helicóoooooooooptero.

Después de 15 minutos de negociaciones, de sofocar tensiones y evitar lesiones; de consolar llantos y ofrecer alternativas, retomo el armario abierto con un poco menos de entusiasmo. Bueno, es Martes por la tarde; tampoco tienen que ir los niños de revista, con un par de conjuntos graciosos, servirá.

Tras  dos paseos adicionales al armario aún abierto, porque se me olvidó el pañal de una, los calcetines de otro y porque el pantalón blanco tenía una mancha de rotulador amarillo (lo que lo condena a la bolsa con ropa para frotar que pende en la despensa desde hace ocho meses), me felicito con condescendencia sincera por haberme hecho con el arsenal necesario, y por haber superado la primera de las fases de mi misión.

Me quito el jersey adelantándome a mi propia frustración. La tensión sudando se soporta peor.

Primer llamamiento:

-Hijo: Tienes la ropa en el sofá. ¿Puedes vestirte que vamos a salir?

  • Nooooo

-¿No quieres salir a la calle?

  • Siii, pero me llevo el violín.

Hijo de mi vida, hablo conmigo misma. No introduzcas ahora esta variable. Lo tenía previsto. Soy consciente de que tendremos que abrir ese melón antes de cruzar el umbral de la puerta, pero, hijo mío, como diría el Sr. Mariano Rajoy: “No entremos en eso ahora.”

Me resigno. No hay otra opción que entrar en eso, AHORA; JUSTO AHORA. Si las mujeres fuéramos un poco más como mi hijo, no habría brecha salarial que se nos resistiera…

Tras alcanzar un acuerdo razonable, que no era mi primera opción ni la suya, volvemos, veinte minutos después, a la ropa sobre el sillón.

Me contengo la emoción de ver que el primogénito empieza a bajarse los pantalones, y cojo en brazos a mi pequeña Wildy con la intención de llevarla hasta el sofá.

Patalea, arquea la espalda y llora diciendo que no.

La suelto. Miro el reloj: Las 16.10. Respiro. Manuela ¿A ti te apetece salir a la calle?

Siiiii. Calle, CALLE!! Grita con alboroto.

-Pues entonces tienes que vestirte.

A que no e illas, canturrea.

Casi me pierdo. Estoy a punto de dejarme llevar por la tensión creciente y mi adulto razonamiento según el cual si quieres salir y para salir tienes que ponerte la ropa, HAY QUE VESTIRSE, cuando consigo retroceder en la inercia inevitable hacia el desbordamiento, y tomarme un minuto para pensar.

Tengo dos opciones: Una pasa por reivindicar mi posición de autoridad y decirle que no es hora de jugar. A ésta le van a secundar llantos y oposición. Otra pasa por jugar un poco,  evitar la reacción defensiva y tratar de buscar, en los cinco minutos siguientes, el momento y la fórmula para plantearle que tenemos que vestirnos.

Consigo, hoy, rescatar de mi precario saco de paciencia, que parece la hucha de las pensiones, una sonrisa. Me agacho y simulo algo parecido a un monstruo acechante pisoteando con fuerza el pasillo de mi casa, mientras Manuela ríe y grita y huye despavorida.

La reduzco a base de cosquillas y cuando está noqueada, la llevo hasta el sofá en el socorrido “saco de patatas”.

Comienzo a vestirla; hasta que se hace consciente. Justamente cuando estoy a punto de superar el pañal que es el 45% de todo el trámite. Y se gira, y cual Houdini, se escabulle de entre mis brazos y mis piernas y corre a toda velocidad, desnuda, canturreando de nuevo “A que no e illas…”

Miro el reloj de nuevo. Son las 16.30. Cojo el móvil. Mando un mensaje. Renuncio a la primera opción de mi optimista planificación. La tintorería puede esperar.

Miro al mayor: Sigue con los pantalones bajados, haciendo moverse a una moneda sobre un folio por medio de un imán colocado debajo.

Hijo, tienes que vestirte para salir, ¿Recuerdas?

Ah, sí. Voy.

Espero. Sigue con la moneda.

-Raúl.

-Sí, sí, sí… 

Coge el pantalón.

Vuelvo a hacerme con la pequeña y consigo vestirla de cintura para abajo.

Le canto la canción de cachivache (un pájaro que hemos inventado en casa) para distraer su atención del trance de introducir su desproporcionada cabeza por el cuello del jersey. Ni modo. LLora, me dice que le aprieta.

-Eze nooooooooooooo!!!

Durante unos segundos le discuto. Me rindo. Traigo otro. Espero no encontrarme a mi madre por la calle. Hija, ese jersey que lleva la nena tiene pelusas, está estropeado… (como si lo estuviera viendo).

PUES SÍ, MIRA MAMÁ SÍ, PERO ES UNA APUESTA SEGURA y SON LAS 17.15, le espeto con rotundidad a mi madre en mi mundo interior. La situación real más bien acabaría con: Vaya! Es verdad, no me había dado cuenta…No se vaya a pensar que le he puesto ese jersey de pura desesperación.

Con la pequeña vestida y la mente centrada únicamente en que no se quite los zapatos, ayudo al mayor a ponerse los propios y comienza la fase tres. Me la planteo como aquéllos concursos de los 90´en que un conductor de entretenimiento retaba a concursantes enloquecidos a que cogieran de una tienda todo aquello que pudieran durante diez exiguos minutos.

Visualizo las bolsas de merienda; las frutas, snacks y botellas de agua.

Visualizo las piezas de construcción en el suelo y las películas para devolver al videoclub.

Visualizo las ropas sucias sobre las sillas y los pijamas sobre la mesa del salón.

Visualizo los abrigos y gorros, guantes y bufandas.

Visualizo sus juguetes preferidos y sus gafas de sol (que últimamente quieren llevar con mucha independencia del sol que haga).

Trazo en mi mente el plan perfecto. Calculo las distancias y tengo en cuenta la proximidad de mis hijos a todo el “stuff” recogido, sorteando sus intentos de retomar nuevas actividades. Les doy algo para comer y les esbozo los primeros versos de una canción.

Y suena el silbato en mi mente alerta y corro, y me agacho, me levanto, abro cajones, los cierro, meto, saco y corro.

Todo listo.

Espera. Las llaves de casa. Les pregunto a ellos si las han visto. Lo hago por inercia, pero una vez Raúl me dijo que sí; y me señaló donde estaban. Para que veas, pensé.

Y ahora sí. Son las 17.40. Estamos listos.

No están peinados.

No llevan colonia.

Yo tampoco.

En el ascensor lo percibo de repente. Abandonad toda esperanza, pienso. Cojo el móvil: 

Tengo que volver. No me esperes. Si consigo salir de nuevo, aviso. 

Huele a caca. 

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UNO DE LOS NUESTROS

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Ni el desquiciante Tubullar Bells de Mike Olfield poniendo música a las espantosas contorsiones de la pequeña Regan; ni el conejo blanco en el Resplandor. Ni tan siquiera “El que camina detrás de la fila” de los Chicos del Maíz. Nada.

Nada es capaz de encogerme el corazón con semejante prestreza; nada sobre la faz de la tierra es más espeluznante que la ausencia de previsión, organización o plan en una casa con dos hijos post-bebes pero pre-infantes, y, como aquél que dice, dos negocios propios.

No hay márgenes. Es una cuestión de supervivencia.

Recuerdo una noche, cerrada, en la que nos recogíamos con la prole a los pertinentes rituales nocturnos de duchas, cenas, cuentos, más cuentos, historias y canciones, cuando nos cruzamos con el andar despreocupado y ligero de uno de nuestros amigos de la especie “solterum sin hijus”.

Por sus fachas los conocerás.

Esta especie mantiene la tersura de la piel. Los ejemplares de Solterum no presentan las características hendiduras que lucen bajo nuestros ojos, en tonalidades que van del verde al negro, pasando por el violeta. Esta especie muestra, con carácter general, el rictus relajado y la sonrisa cuasi imborrable.

Están al día en materia de cine, música y locales de moda. Tienen el spotify cargado de Playlists, se permiten el lujo de quedarse absortos y de despistarse, trasnochan  por costumbre y se beben los gyn tonics sin remordimiento (sus resacas son otras, no nos engañemos… A ver quién sería el guapo si no…).

Recuerdo, con incómodo asombro como soltó, como el que da los buenos días, que estaba hablando con ciertos congéneres (de los de su especie) y que aún no sabía, a las 10.30 pm, si iban a irse al pueblo vecino a las fiestas patronales, a la playa o a Las Vegas. Parecía que no hubiera espacio para horarios, inconvenientes ni compromisos en esa conversación vía What´s app, que seguro que estaba cargada de gifts y chistes verdes. Podría haberse acordado visitar el Taj Majal, y el rictus “del Matute” no se hubiera movido…Un ápice. Qué escándalo!!

Nosotros no salimos sin un plan. Un plan con sus  variaciones. Plan b, c, d… Y cuando la operación reviste FES (fases especialmente sensibles) porque, por ejemplo, implica lugares especialmente peligrosos en términos de integridad física, o nocturnidad, y el abecedario castellano, “ñ” mediante, se nos queda corto, recurrimos al griego; del alfa a la omega: Por si se duermen en el coche, por si no se duermen, por si no se comen la comida, por si comen demasiado, por si hace frío, por si no lo hace; por si se despeñan por cualquier escalera; por si se hacen las 20.07…

A veces me las he dado de despreocupada pero, para ser franca, no me muevo con soltura en el desgobierno. Prefiero organizarme, aunque sea en líneas generales, ir sincopada y evitar la catástrofe: Si no han dormido siesta, son las 20:00 de la tarde del Domingo y el Lunes hay trabajo, cole y guarde, sencillamente NO podemos hacer un road trip hasta un precioso paraje natural 80 Km ha.  Llámenme estricta o estresada, pero si mis hijos se duermen en el coche a las 20.00 de la tarde (que lo harán) no podré volver a mentarles a Morfeo hasta pasadas las 3.00 AM y… Como que no, que al día siguiente, tampoco hay siesta…

Para los Solterum, esto es pan comido.

Eso sí, ellos tampoco experimentan la indescriptible sensación de expansión cardíaca y la profusa irrigación coronaria, cuando los cachorros te llaman mamá…

 

Los hijos o cómo poner a prueba tu matrimonio.

Querida pareja de enamorados, recién casados o no casados, que soñáis con el momento en el que tengáis que darle un nuevo uso a la habitación de la plancha:

No os equivoquéis.

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Tener hijos no es sólo que papá los cargue a hombros mientras mamá los mira y se enarmora y reenamora. Tener hijos trasciende las lágrimas de emoción en el paritorio. Va mucho más allá. Tener hijos no es dar paseos los Domingos por la mañana, ni tener fotos familiares en el hueco de la escalera.

Nos recuerdo ahora con el retoño envuelto en la toquilla de punto y lazos, maquillada  por aquéllo de empezar el postparto sintiéndote mona, y el de los 70´con los ojos ojerosos y de un lado a otro con los papeles para la inscripción en el Registro, pero con aquella sonrisa imborrable y bobalicona, y pienso:! Qué infelices!!

Tres días en casa son ya suficientes para comprobar, aterrados, que el sueño se ha transformado en pesadilla.

Quién lo probó lo sabe.

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De repente NO PUEDES DORMIR. NUNCA.

Te encuentras con los pezones agrietados (con grietas por las que sale sangre y se convierten en costra); con los puntos de la episiotomía infectados, con un bebé llorón a todas horas clavando las encías en esos pezones agrietados, y completamente exhausta.

Y tu marido también: Agotado, perdido y confuso; posiblemente más que tú porque él no se ha pasado nueve meses leyendo el foro “enfemenino” ni los 500 blogs de maternidad que tú tienes entre los favoritos. Él no sabía “qué se espera cuándo se está esperando” ni le ha quedado claro que dar el pecho es “Un regalo para toda la vida”. Así que él, aún más que tú, no entiende nada.

Durante estos primeros meses, los cambios y la vida se tornan tan brutales, bestiales que no reflexionas; no piensas ni añoras. Te centras en sobrevivir. En salir adelante. Sufres una regresión a tu ser primitivo y te contentas con comer o sentarte en el sofá el rato en que viene tu madre y te coge al bebé.

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El tiempo va pasando y el cansancio, la inseguridad y la presión se van expandiendo como una plaga en las neuronas de tu cerebro.

Él vuelve al trabajo y cuando llega por la noche se encuentra en el salón a una persona inescrutable. Con los ojos hinchados  y con la vacuidad que deja la derrota. En la cocina los platos sin fregar; la bañera llena y las toallas en el suelo; las ropas en las sillas y la lavadora sin poner.

Son casi las once de la noche y, mientras ella espera de él compasión porque no ha podido ducharse en tres días y se siente absolutamente odiosa, él se muere de hambre porque desde las 14.00 horas en que pudo racanear del plato un filete de pechuga mientras sujetaba al bebé, no ha comido nada.

Ceda quién ceda, habrá un herido.

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En esta tesitura no es nada difícil que la relación de pareja quede enquistada en el reproche: “No te imaginas el día que he llevado en el trabajo”; “Yo no me he podido sentar ni cinco minutos..”

Y vuestro buen hacer empieza medirse por las veces en que cada uno se despierta por la noche.

Cuando decidís destapar la caja de pandora, comprobáis compungidos que no sois los mismos. Y cuesta aceptarlo.

No; no somos los mismos. Probablemente nos reímos menos; somos menos despreocupados; incluso menos ágiles desde el punto de vista del ingenio. Menos cariñosos, seguro. Menos sexys, por descontado. Menos pasionales y menos modernos.

¿Cómo vamos a serlo? La vida se ha precipitado por el embudo de la responsabilidad de los niños y el trabajo. Toda tu energía, tu tiempo y, lo que es sin duda más importante, tu capacidad de concentración, está dedicada a sus necesidades; las del trabajo y las de la casa. Pagar las facturas; qué van a comer; qué se van a poner; ¿tenemos ropa limpia?; hace falta comprar fruta; hay que hacer algo con esos celos…

En algún lugar que hemos dado en llamar “más adelante” se aglutinan las conversaciones inacabadas; interrumpidas por un llanto; un conflicto o la dictadura del reloj.

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Y con la seriedad de la carrera, cómo no contemplar la posibilidad de abandonar, o de lesionarse.

Y sin embargo, por paradójico que parezca, yo creo que el reto es revelador. Transformador. Una dimensión paralela que me resultaba ajena, oculta, antes de que llegara El Leñador.

Esa nueva dimensión también se proyecta sobre la relación de pareja. Hay una complicidad; un secreto; una vivencia límite y salvaje que sólo vosotros dos conocéis. A veces hay un miedo cruel; otras un júbilo indescriptible; a veces extenuación y otras gratitud; pero en cualquier caso, sólo a los dos se os revelan de modo tan similar.

Como en todo, se avanza combatiendo; pero no contra el otro, sino junto a él. Y cuando se dispara el fuego amigo, la paciencia, la comprensión y el perdón, refuerzan las tropas.

El humor es el arma estrella: Capaz de derrotar hasta el más temido de los adversarios. Si aquél día en que te levantas por la mañana y no hay ni un solo calzoncillo para ponerle a tu hijo, en vez de montar en cólera con tu pareja porque se ha olvidado de poner la lavadora, simplemente os miráis y os echáis a reir, porque sólo vosotros dos sabéis que con la semana de trabajo, ocupaciones y obstáculos que habéis tenido que superar, es una proeza que sólo os hayáis olvidado de la lavadora, entonces la recriminación y la distancia, quedan reducidas a escombro.

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Y, por supuesto, querida pareja que os representáis vestidos en peto vaquero eligiendo el papel de la habitación, dejad de mirar películas de Hollywood*. Eso no os va a hacer ningún bien. La realidad es otra distinta… Mucho peor y mucho mejor. Mucho más real.

* Yo, que soy una devota del 7º arte, tengo por ahí algunos títulos que me parecen muy altamente recomendables y que tratan precisamente, el tema de las relaciones de pareja, pero de un modo real.  Me propongo irlos recopilando y escribir un post.

Lo que de verdad importa.

Miércoles, día 26 de Abril, 11:00 AM. Estoy en el despacho. ¿Por qué siempre me sucederá lo mismo? A finales de Marzo me congratulo de lo tranquilo que se atisba el mes de Abril y me regocijo ante la expectativa de no abrir el pc durante los cuatro fines de semana que nos brinda; con sus Sábados y sus Domingos. Tengo que adelantar trabajo que luego llegan los imprevistos y se me vuelve a liar el “zompo”, pienso…

Pero qué demonios, el relajo no me sienta bien. Al final ya tengo el zompo liado. Menudo final de mes; y los impuestos, y los plazos, y las vistas… Y las citas y reuniones. Recuerda la de las 12, me prevengo.

Suena el móvil; es un mensaje de What´s app:

La zozobra y la ansiedad por los plazos, las vistas, los impuestos, las reuniones se diluyen, se deshacen como la cera de una vela encendida. La lista de tareas y los pensamientos, la gestión del tiempo y la organización se acomodan en lugares secundarios cediendo el paso amablemente.

Parece mentira, con lo importante que parecía todo eso hace diez segundos.

Suelto el móvil y lo dejo sobre la mesa. Tengo dos minutos para tomar una decisión; para moverme en realidad. La decisión la he tomado ya. De forma casi involuntaria; refleja.

Cojo el bolso. Llamo a mi secretaria: Cancela la reunión. Tendré que darme prisa si quiero llegar a tiempo.

Cojo el coche. Me muerdo el labio. Tengo que darme prisa si quiero llegar. Ya me lo dijeron la semana pasada; pero lo olvidé. ¿Cómo pude olvidarlo? Tienes demasiadas cosas en la cabeza, me autodisculpo.

Suena el móvil de nuevo. Otro mensaje de What´s App: Oh no!! Ya están ahí. No voy a llegar. Meto la 6ª. Corro un poco más.

Mierda! Me lo estoy perdiendo. Me la estoy perdiendo. Y si está asustada? y si no lo comprende…? Y si le encanta? Cómo será su cara?? Mierda!! Me lo estoy perdiendo.

Estoy llegando; me quedan cinco minutos. Suplico al cielo: Que no se hayan ido todavía.

Cojo, por fin, la calle que lleva a la guardería de mi hija. Todavía se oye la dulzaina. Y el tambor. Aún están ahí.

Aparco, por decir algo.

Salgo del coche. Activo el modo rastreo y la localizo: Está contenta!! Hace palmas!!  “El Tío de la Pita y Tamboril” entonan la serafina y mi hija baila, agacha las piernas y mueve las manos haciendo círculos. balbucea algo parecido a Serafina y se ríe, con la boca muy abierta y los ojos achinados.

Me ve y de inmediato gira la cabeza hacia los músicos. Quiere mostrármelo. Quiere enseñarme lo que ha descubierto. Si yo no hubiera estado, también habría querido enseñármelo. Menos mal que estoy. Menos mal.

La cojo en brazos y baila, sigue bailando y mirándome, y mirándolos, y riéndose, y me está queriendo decir: Mira, mamá, cómo cantan, y tocan música, y me estoy divirtiendo y me gusta. Y me lo está diciendo.

Y con toda seguridad, el mes de Mayo tenga menos fines de semana, pero ha valido la pena.

El tío de la Pita es lo que de verdad importa.

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Feliz día de la Madre a todas las mamás del mundo. Todos los días, son los días de las madres; pero qué bien que haya uno en el que se acuerdan de decírnoslo!!

PD.- Las fotos son de un viaje a Amsterdam y Utrecht que hicimos en Semana Santa y del que escribiré algo por aquí.