San Sebastián con niños

No se vayan a pensar que les voy a resolver el misterio de la Santísima Trinidad. No tengo secreto ni truco infalible. Lo único que puedo hacer es contar mi experiencia por si algún descerebrado se está planteando hacer un viaje de más de 7 horas en coche con niños pequeños, esperando que le pueda ser de mínima utilidad.

I.- El coche:

Sin duda la principal contraindicación para el destino elegido era la distancia para llegar en coche hasta San Sebastián.

Mi marido y yo, movidos por el romanticismo nostálgico, nos resistimos a recurrir a distracciones electrónicas, sobre todo teniendo en cuenta que en el coche, el hastío de los pequeños sólo nos va a molestar a nosotros; legítimos progenitores.

No me malentiendan, pues. Si tuviéramos que viajar en avión por esas horas, seguro que no me temblaría el pulso en descargarme las 380 temporadas de la patrulla canina. Cuando entra en juego la paz ajena, relajo mis principios.

No les voy a andar con paños calientes. Los viajes largos en coche con  niños pueden ser un horror.

Nosotros, en este caso particular, decidimos hacer un alto en el camino; una parada logística, o, si lo prefieren, una escala de emergencia para evitar el suicidio en carretera. Buscamos un hotel a las afueras de Madrid, aceptablemente bueno, no tan bonito pero bastante barato y, eso sí, con piscina.

Una piscina que al final resultó contener agua de los mares del Norte a 2º centígrados, pero que cumplió su función. A saber: Agotar a dos fieras después de 4 horas de encierro automovilístico.

De nuestra estancia en la capital, déjenme que les recomiende el lugar al que fuimos a cenar. Tapas buenas y originales, precio más que asequible y una bonita decoración. Se llama 80 Grados. Al que nosotros fuimos se encuentra en la zona de Las Tablas, aunque creo que tienen otro local en Malasaña.  Si van, no dejen de probar la mini hamburguesa y las croquetas de jamón.

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Pero volviendo a la espinosa cuestión del coche, me permito decirles cuáles son mis estrategias de contención:

  • Juguetes de casa: Sobre todo de ésos que incentivan el juego imaginativo. En el caso de mi hijo los coches de toda la vida, pequeños y metálicos, no tienen competencia. Si tiene dos o tres puede jugar durante lapsos temporales realmente largos. Manuela prefiere peluches o muñecos y el juego simbólico: Les da de comer, los cura, les hace de maestra…
  • Cuentos: Éste es el truco estrella. En los momentos en los que parecen estar a punto de perder el control, leerles un cuento puede ser una fórmula fantástica de entrar en un ambiente más relajado. También suelo llevar libros de colorear o con pegatinas, que aseguran un rato de entretenimiento pacífico.
  • Los clásicos: Mis preferidos. Viajar con niños no se inventó en el Siglo XXI. Antes también se hacía, y los niños jugábamos al Veo Veo, a las Palabras Encadenadas, a contar los coches de color “x” y a cantar canciones. Mis hijos se entretienen muchísimo con el Veo Veo. En este último viaje se inventaron otros juegos como esperar a que adelantáramos camiones y gritar olé, o contar los segundos que tardábamos en salir de los túneles.
  • Los chistes escatológicos: Sí. Hemos entrado en la etapa en la que lo más desternillante del mundo es que alguien se suba a un avión y haga caca desde allí, así que una ronda de chistes sobre culetes y pedos nos aseguran unas buenas risas.
  • Víveres: Esencial ir bien servido de comidas y bebidas.

Con esto y con todo, hay momentos en los que nada parece funcionar. Se desesperan, lloran, se enfadan… Y entonces sólo vale tener paciencia y asumirlo como algo totalmente normal.

ii.- El alojamiento:

Ésta es de las pocas cosas en la vida que tengo claras clarinete. Para viajar con niños estancias de más de un par de días, mejor casa/piso/apartamento que hotel.

No me imagino comiendo y cenando fuera con los niños durante 8 días. Una casa ofrece espacio para que puedan jugar con sus cosas, descansar, incluso gritar o revolver.

En este caso, cogimos un apartamento con Feel Free Rentals, y lo recomiendo verdaderamente. El apartamento estaba más que bien. Era espacioso, reformado, limpio y ordenado, y tenía una ubicación inmejorable.

iii.- La estancia:

De una forma resumida, éstos son los planes que nosotros decidimos (o nos vimos abocados a) hacer durante nuestra estancia:

  • Día 1: San Sebastián. Playa de la Concha. Peine de los Vientos. De pinchos y Parte Vieja:

Pasear por el Paseo de La Concha es un imprescindible. Nosotros lo hicimos hasta el Peine de Los Vientos. Allí los niños se divirtieron mucho jugando con el aire que salía de los agujeros en el suelo.

Para mí fue un todo un lujo contemplar la belleza que tiene esta ciudad oliendo a mar, y escuchando a mar.

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Era bastante escéptica a la opción de ir de pinchos con los niños.  La idea de moverse de bar en bar sin lugar para sentarse no me parecía que fuera a casar bien con dos pequeños hambrientos y cansados. Sin embargo, resultó todo lo contrario. La razón: Toda la zona de bares de la Parte Vieja por la que anduvimos es peatonal; los niños comían y corrían por alrededor sin que resultara peligrosa (a veces el principal inconveniente a la hora de salir a comer con ellos fuera de casa, es su baja capacidad para permanecer sentados durante largos ratos). Al estar de pie y en la calle podíamos estar atentos a ellos mientras disfrutábamos de la gastronomía donostiarra.

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Por la misma zona, descubrimos una chocolatería a la que no pudimos resistirnos:

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Por la tarde paseamos por el Barrio Antiguo, disfrutando de los preciosos edificios de la Belle Epoque que luce la ciudad. Les recomiendo tomar un café en la Plaza de la Constitución o la Plaza Gipuzcoa; acercarse a contemplar la Iglesia del Buen Pastor y la Basílica de Santa María o, simplemente, caminar junto al Río Urmea, atravesando alguno de sus puentes.

Tanto paseo con los niños se fue haciendo cada vez más complicado, así que, como corresponde, terminamos el día en un parque con toboganes gigantes, que nos aseguró la distensión.

  • Día 2: Museo de la Ciencia. Planetario y Zarautz.

Somos unos expertos en los Museos de la Ciencia. A poco que tenga cierto prestigio, nos entregamos del todo a su capacidad de asombrar e interesar a los pequeños y a los no tan pequeños (no se imaginan el entusiasmo que muestra el de los 70´con los espacios interactivos.)

En cualquier caso: Lo recomiendo encarecidamente. No es demasiado grande, pero me parece que está perfectamente organizado. La mayoría de las salas son enormemente interactivas; se respira paz y concentración.

Para mis hijos fue de gran interés la primera sala que podría llamar sobre física (con poleas, palancas; pesos, volúmenes, imanes) o Animalia. Y fue muy gracioso (especialmente para mí) verme el rostro dentro de 50 años en una pantalla gigante mientras mi hija exclamaba: Mamá, qué fea, o mi hijo me pedía entre gimoteos que no me pusiera así nunca… Ay, C´est la vie!

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Un auténtico hit fue el laberinto de espejos. Aunque les recomiendo que presten atención, o se llevarán más de un capón con sus propias narices..

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Si deciden visitarlo, no dejen de acudir a una sesión del Planetario en 3D. Divertidísimo y muy didáctico.

Por la tarde conducimos hasta Zarautz y, les digo, aunque no tiene mucho más que la playa, merece una visita. El atardecer allí era una delicia.

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  • Día 3. Hondarribia. San Sebastián.

El tercer día teníamos programado visitar Hondarribia y después acercarnos a Biarritz y San Juan de Luz. Pero como si quieres hacer reír a Dios, haz planes, finalmente visitamos Hondarribia, !y de chiripa!

El tercero fue el día en que la cosa se torció. Los niños estaban cansados, tardamos una hora y media en aparcar y la idea de esperar en un bar atestado para tomar unos pinchos no mejoró la situación. Finalmente, paseamos un poco por su bonita (y turística, muy turística) calle de casas de colores, comimos en un bar que no era ninguno de los que nos habían recomendado (pero que tenía un buen banco corrido donde los niños descansaron) y compramos un helado antes de volver a casa y pasar la tarde en el Parque de Cristina Enea, ya en San Sebastián. Un lugar, por cierto, más que recomendable para los pequeños y que consiguió cambiarnos el humor.

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  • Día 4: Kurssal. Monte Igueldo.

El cuarto día de nuestra estancia aprovechamos la mañana para visitar algunas tiendas, volvimos a la calle 31 de Agosto para comer y después paseamos hasta el Puerto. Allí cogimos un autobús que nos llevó a Monte Igueldo.

Una de las cosas que más ilusión hace a mis hijos cuando viajamos es probar distintos medios de transporte, así que montar en autobús, funicular (para subir a Monte Igueldo) y hacer el mini mini mini paseo en barquito que se puede hacer arriba por 20 eurazos, les hizo el día.

Desde luego las vistas de la ciudad desde allí bien merecieron la pateada.

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El parque de atracciones me reconcilió con el ocio infantil. Vintage. Sin temáticas ni merchandising. Cochecitos mondos y pelondos. Tío vivo, colchonetas, montaña rusa…

 

  • Día 5. Paseo en bici por la ciudad y Acuario.

El último de nuestros días completos en la ciudad, alquilamos bicicletas. Muy recomendable, ya que toda la ciudad dispone de carriles bici. Estuvimos casi dos horas de pedaleo.

 

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Raúl, en su propia bici, aguantó como un campeón.

Por la tarde, visitamos el Acuario de San Sebastián, con el que tengo la misma sensación que en el Museo de la Ciencia. Más bien pequeñito, pero perfectamente organizado y cuidadosamente expuesto.

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A la vuelta, como a la ida, volvimos a tomar aire en Madrid.

Y hasta aquí nuestra experiencia en la ciudad vasca. Reconozco que me resultó más bonita, incluso, de lo que la imaginaba y, por cierto, a todos nos cautivó su ambiente. Tiene una combinación de tradición y vanguardia que me parece asombrosamente equilibrada.

 

 

 

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Porque lo digo yo.

 

¿Están ahí mis vidas? ¿ Me escuchan? ¿Me oyen? ¿Me sienteeeeen? Yo estoy felizs, felizs..

Perdónenme la efusiva entrada, pero he escrito un post con la única verdadera intención de comenzarlo así (lo siento, no puedo. Love you por esto, Thalía). Ahora les suelto una retórica cualquiera para despistar.

Las mamás y los papás nos transformamos, en no pocas ocasiones, en seres desmedidamente ridículos. Asómense alguna vez a una fiesta de fin de curso (de hijos de otros, claro -la viga sólo se ve en el ojo ajeno-) y disfruten del espectáculo.

Los más discretos rezuman orgullo por los poros de sus pieles, sonríen con la boca abierta durante los 5 minutos de la actuación, y graban en bucle los mismos movimientos en todos los planos conocidos y desconocidos: Picados, contrapicados, laterales, frontales, para que se le vean los bajos del pantalón de campana tan bien cosidos…

Algunos se lanzan a tararear letras en un inglés de discutible dicción, y los más osados se atreven incluso a emular a John Travolta en la omnipresente en cada fiesta de fin de curso, banda sonora de Grease.

En otro nivel están lo que son capaces de liarse a mamporros con cualquiera que se le ocurra ocupar los espacios reservados a las “very important person”; léase los padres de las criaturas actuantes.

Pero lo cierto es que no sólo nos ponemos en evidencia cuando se trata de procesar amor a nuestra estirpe, sino que en ocasiones también nos las pintamos embarazosas cuando se trata de ponerse firme y “educar”. Y esto resulta un tanto más complicado.

A lo largo de mi experiencia maternal he ido cayendo en la cuenta de algunas actitudes mías y de otras comadres que, pese a haber escenificado en perfecta interpretación de orgullo y determinación, a poco de haber sido analizadas, me han generado bochorno.

Me suele pasar con la frase, afortunadamente sorteada hasta este momento por mí (no canto victoria, en esto de la maternidad, he caído en casi todo lo que integra mi black list de futura madre, confeccionada allá  por mis tiernos 24 años) : “Qué feo te pones cuando lloras” y sus variantes, claro (“Qué niño más feo, los niños no lloran, no se puede llorar… Los niños buenos no lloran…”).

Y lo más aterrador es que esta frase se la decimos a nuestros hijos y a cualquier hijo de vecino!!, y lo digo en estricto sentido literal.

Vamos, que vas por la calle con tu hijo gimoteando, pasas frente a un banco de señoras “al fresco” y, con una probabilidad del 85%, una de ellas le suelta a tu enrabietado vástago (y para poner sólo un poquito de más leña en el fuego de una rabieta que tratas de disimular estar controlando) que se está poniendo muy feo de llorar.

Y luego lo pienso desde vestigios de madurez que, sólo a veces, asaltan mi entendimiento, y, dejénme que les diga: Si en uno de esos días en los que haciendo cola en la casa de comidas preparadas, se me viene a la cabeza que se me ha olvidado llevar a la tintorería la única chaqueta decente que tengo en el armario para la reunión de las 4, y me da una llorera incontrolable y, créanme, purificadora, alguien (henchido de buena intención) se me acercara para decirme que me pongo fea cuando lloro, más vale que no tenga aún en la mano el caldo de pollo.

Tres cuartos de lo mismo cuando pretendemos que nuestros hijos deglutan la comida cual pavos, a velocidad infernal, y amenazamos con la cuchara a 0,03 mm de su boca, cargada hasta arriba, mientras los miserables se debaten entre la vida y la muerte con el bocado que les hemos metido en el segundo anterior, y les espetamos órdenes del tipo “traga” como si estuviéramos frente a nuestro compañero de piso, con una botella de Brugal verticalizada sobre su boca, en un jueves universitario.

Por no hablar de cuando les sacamos burla… He hecho el ejercicio de ponerme a lloriquear frente al espejo para ver qué tal y, sinceramente, en zanguangos y zanguangas de “taitantos” no queda elegante.

Mi preferida es, sin duda, cuando llevamos la autoridad ridículamente lejos y nos empeñamos en mantener con nuestros hijos una guerra de poder en torno a si debe o no debe abrir el actimel por el “abre-fácil” o como a él le viene en gana que es, por ejemplo, pegándole pinchazos con el tenedor. Y la confrontación escala hasta que todo se escapa de control y los gritos y los llantos se suceden, mientras el Actimel, aún sin abrir, nos mira impávido desde la encimera de la cocina.

Cuando analizo la situación y me paro a considerar la verdadera razonabilidad del temor que me acecha (a saber, si mi hijo se abre el Actimel hoy con el tenedor, mi cesión sólo puede conducir a que  se convierta en déspota, drogadicto o asesino en serie) me entran los rubores.

No hay nada mejor para estas coyunturas, que un “bañico” de humildad, y que nos paremos a considerar que, ni siquiera cuando estamos comunicándonos con ellos, tenemos siempre la razón. Y si hemos caído en el bochorno y la turbación… Pues vamos a ponerle humor.

Gracias, chin chin, Gracias, chin chin

Tikiti, tikitikiti, tikitikitikitikitikitikiti…

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The Crack.

Ha llegado la hora. La de la verdad.

Esta es la historia de un amor como no hay otro igual; que me hizo comprender todo el bien, todo el mal. Que le dio luz a mi vida.

Todo comenzó una mañana de día intrasemanal del año 2003. Mi primer día de Universidad (para comprender el alcance de la falta de sintonía de mi propia persona con el entorno circundante, pueden leer este otro post). 

Entre bolsos de Luis Vuitton y polos de Ralph Lauren, en las filas de detrás, como corresponde a toda chica especial que se precie, sonreía dicharachera, as always, una joven impactantemente guapa; preocupantemente delgada, con el pelo negro y los ojos inmensos.

Vestía un poco “indie” y un poco “gótica”, y sin embargo, al contrario de lo que me sucedía, y como más tarde descubriría en un rasgo admirable de su cautivadora personalidad, parecía sentirse como pez en el agua.

Si hubiera tenido preferencia por el sexo femenino me hubiera enamorado de ella al instante. De hecho lo hice, en algún sentido.

Me pasé los primeros días mirándola, observando su carácter despreocupado; su tendencia al jolgorio y la alegría, y sus ojos inmensos.

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Yo salía de clase y me iba a mi agujero.

Hasta que un día se acercó a mí (no hubiera podido ser de otro modo) Y me invitó a acompañarla, junto al resto de su grupo, a la cantina. Hiperventilé un poco, pero cómo resistirse a tremendo magnetismo.

Y comenzamos a hablar, y no necesitamos más de una hora. Todo fluía. Nos reímos, nos interesamos mutuamente. Nos gustamos. Desde entonces no puedo recordar mis pisos de estudiantes sin ella. Ni puedo imaginar mi vida en su ausencia.

Conversábamos sin fin; queriéndonos quedar en esas conversaciones toda la vida. Nos lo contamos todo. Nos lo bebimos todo, también. Nos comíamos los jueves y los viernes por la noche. Nos moríamos de la risa entre humo de cigarrillos, y nos ofrecíamos apoyo logístico para ligar, hasta que nos quedábamos pilladas por alguno en particular, y nos llorábamos las penas.

Las noches más salvajes y libres las viví con ella. Amanecíamos en cafeterías a las 8.00 am, con teléfonos de conquistas en los bolsillos; el rímel corrido y la risa estampada e imborrable. Éramos gamberras y éramos jóvenes.

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Mis años de universidad llevan, irremediablemente, su nombre escrito.

También nos consolamos. En cada momento amargo. Nos congratulamos y nos aconsejamos. Ella fue mi musa, mi apoyo, mi alter ego, my Soul Sister y la piedra en el zapato cuando era menester. Y por eso la admiré aún más.

Nos hemos confesado lo inconfesable, y no nos hemos escandalizado. Es la única persona con la que aún me sientan bien los Gyn Tonics y con la que no me da miedo una resaca. Es mi regalo de la universidad, lo que no habría esperado  ni en mis mejores sueños. Sería el destino, si creyera en él.

Y aunque, hoy por hoy, la mayor locura que se nos pasa por la cabeza es tomarnos una cerveza de baja gradación, y nuestros encuentros se limitan a la media hora para comer, como un oasis entre las responsabilidades profesionales, a las conversaciones les siguen faltando horas

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Juntas hemos sido modernas; guapas, también feas; hemos sido rancias y cotillas.

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Y es que Ariadna, mi bien, eres mucha Ariadna. Aunque tantas veces lo hayas dudado. Eres una crack que lo fucking petas, como tu dirías.

Definitivamente no importa cuántas mudanzas vitales me queden por hacer. Siempre te meto en la caja de las cosas que se vienen conmigo.

¿Para cuándo unas cervezas, aunque sean sin alcohol?

 

 

Tully y la experiencia extracorpórea.

Un día fui al cine.

Fui al cine a ver “Tully”; de Jason Reitman.

Tenía tantas expectativas en esta película que me asustaba un poco descubrirla y poder desmitificarla. Prefería, en mi intimidad, que siguiera siendo el tratamiento definitivo de la cuestión de la maternidad en esta turbulenta y tantas veces contradictoria era. La vi y la desmitifiqué. Efectivamente. Es imposible contarlo todo sobre la maternidad y poner el acento en lo uno y en lo opuesto que la maternidad fuerza a convivir.

Hay dos cosas en ella que me deciden a recomendarla: Charlize Theron  y el drama… O acaso no terminen por ser lo mismo las dos…

Charlize Theron; Marlo, es la madre reina. La antimadre. La superviviente a la maternidad que todas somos en algún momento, en algún punto. Marlo responde a la lógica aplastante de la escasez de tiempo y de las necesidades que la cotidianeidad le arroja a la cara.

Sufre el proceso de transformación en sus carnes. Carnes que, a Dios gracias, se hacen físicamente visibles. Se muestran ataviadas en sujetadores de lactancia y camisones arrugados. Un proceso que se parece al que la “literatura” ha oficializado como relato de las experiencias cercanas a la muerte. Que comienza con el abandono del propio ser, el cual mira al yo corpóreo desde la distancia, con incredulidad y pena. 

Y esta zanja de miedos y nostalgia entre lo que se fue y lo que se viene siendo, y el innombrable camino de vuelta entre lo que se viene siendo y lo que se sabe que ya no se va a ser más, están tan pragmáticamente mostrados en esta película, que provoca el sopor de la revelación de una realidad disimulada.

Ni el cuerpo ni el sexo son lo mismo. Ni el hambre ni la risa ni el tiempo son lo mismo, y por supuesto el sueño ya no es lo mismo.

Y en este punto de no retorno, se hace presente el drama que es la soledad; que es la soledad en el drama. El callejón sin salida entre la angustia y su feliz escenificación, entre el grito y su sofoco que, con suerte se puede susurrar a una igual, camino del parque, en prudentes frases inacabadas que, con un poco más de suerte, son recogidas del suelo y devueltas con ternura. Por una igual.

Una encrucijada que encuentra la paz en la entrega que el amor ordena. Y en la decisión consciente de la renuncia. Que no por ser renuncia sagrada y decisión consciente, dejan de ser dolorosas y sofocantes.

La mente autómata que por momentos se queda enraizada en una responsabilidad que se nos antoja excesiva e insoportable y que nos convierte en pequeños seres confusos, con la humanidad en nuestras manos y lo que más queremos bajo nuestras faldas, continuamente cuestionadas, desde dentro y desde fuera. Mendigándonos gotas de paciencia y empatía y tragándonos las ganas irracionales de quedarnos en esa posición extracorpórea, para, sin embargo, volver una y otra vez.

La maternidad que también tiene aristas de drama, aunque demasiado a menudo enterrado en confines indecibles. La maternidad despiadada. Silenciada y solitaria. La de la depresión post parto, la del agotamiento infinito. La de la torturadora ausencia de recesos.

Esta maternidad cuenta Tully. Y no está todo lo que es, pero es todo lo que está.

La provocadora e hiriente diferencia entre la dificultad que supone ser MADRE,  nunca buena, y la accesibilidad del mérito de BUEN PADRE. Esto también es Tully.

Elevar la maternidad a categoría de relevancia. Esto también es Tully.

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De los delitos y las penas

Ríos de tina han corrido ya desde que el Jueves se hiciera público el fallo de la sentencia dictada por la AP Navarra, por la violación múltiple de una chica en San Fermín, en el año 2016.

Ríos de tinta y debate, mucho debate. Fuera y también dentro.

Como casi todo se ha dicho, poco más puedo ( o quiero) añadir, pero si un par de elementos para invitar a la reflexión.

¿Por qué no estoy de acuerdo con el fallo de la sentencia?

Las razones por las que no estoy de acuerdo con el fallo de la sentencia, NO son las siguientes:

“No es no”: La sentencia declara probado que esta chica, a la que tanto me cuesta llamar esta chica, porque querría llamarla Celia, Carlota, Carla, Candela…un nombre propio que no implicara distancia tan larga con su dolor, no consintió las penetraciones y demás humillaciones.

La chica no debió hablar, coquetear, besarse o lo que quiera que fuese con esos malnacidos: La sentencia se resiste a varias tentaciones de utilizar estas conductas previas como prueba de descargo en favor de los acusados. Es lógico. Sólo cabría hacer uso inadecuado de estos hechos en lo que respecta a pronunciarse sobre el consentimiento que se declara ausente. Por esto, desde mi punto de vista, no se habrían necesitado argumentos para sortear la relevancia de estos hechos, pues convencidos de la ausencia de consentimiento, no tiene sentido querer escaparlos.  Poco importa que la chica se besara con uno o con dos; o si lo hizo durante 3 segundos o durante 5 minutos. Los actos criminales perpetrados sobre ella por los que han sido condenados los malnacidos, no fueron consentidos.

Pero fuera del costreñido traje del Derecho Penal, sí han florecido los prejuicios a pie de calle.

He escuchado con asombrosa naturalidad hombres y mujeres sosteniendo que la chica fue una ingenua; una “valiente”, que no debió seguir el juego… Hasta yo misma me he sorprendido concluyendo que debió atemorizarse antes. Probablemente porque nos educaron en el deber del temor, y porque me pasé toda mi adolescencia y juventud sintiendo miedo de potenciales violadores.

No me son ajenos (ni a mi hermana y amigas tampoco) las llaves en forma de puño americano en las manos; los ojos de lechuza tratando de adivinar cualquier forma en el horizonte de calles estrechas y oscuras; las palpitaciones y hasta los rezos al eco de pasos cercanos; el nudo en la garganta con el sonido de un motor reduciendo marchas; el alivio al divisar la puerta del portal. El tener todo previsto para que la llave encaje a la primera; la mirada clavada en el cuarto de contadores; subir las escaleras muy rápido y haciendo ruido, espantando espíritus; el escalofrío al cerrar la puerta de casa detrás de ti.

No me es ajena la tabarra a los amigos para que te acompañen; ni odiarte por la minifalda cuando te quedas sola. Ni el miedo de mi madre, y de mi padre. Sus palabras cada Viernes, cada Sábado: No te vuelvas sola. Jamás. Como el peligro más real y salvaje.

Las “Niñas de Alcásser” y mucho más miedo. Mi vecina contándome en el baño de su casa, mientras yo era todavía una niña, que les introdujeron hierros incandescentes en la vagina, y como esas palabras me persiguieron toda mi adolescencia.

Lo normal era tener miedo, y no actuar en consecuencia era una osadía; una temeridad que podría haberse convertido en la culpa de mi propia violación, de haber ésta tenido lugar.

Y precisamente por esto, no puedo estar de acuerdo con esta sentencia:

Porque la principal prueba de cargo de la condena es el testimonio de la víctima; que ha superado los “filtros” jurisprudenciales. Así lo declaran los magistrados. Es válido como prueba de cargo. Entonces, ¿Por qué no es válido en cuanto al MIEDO que la víctima declaró haber sentido? Miedo que fue, según esta declaración, lo que la llevó a aquietarse ante la voluntad de los agresores.

Si además, como sucede en este caso, cualquier mujer desprovista de superpoderes como hacerse invisible, huir en una tela de araña o desplegar una fuerza sobrehumana a la ingesta de espinacas QUE NO HUBIERA QUERIDO TALES ACTOS SEXUALES, hubiera sentido MIEDO ante 5 hombres desconocidos, mayores y fornidos que te quitan la ropa, está claro que el fallo debió estimar la concurrencia de intimidación y, por ende, la agresión sexual.

Y volvemos al problema del consentimiento. Porque, desde mi punto de vista, en este caso particular sostener la ausencia de intimidación y, a la vez, la ausencia de consentimiento, es complicado.

El único escenario en el que acierto a interpretar una situación de ausencia de miedo en las circunstancias descritas en los hechos probados de la resolución (una chica, cinco tíos, acorralada, un cuarto oscuro, angosto, con una sola salida bloqueada por los cuerpos de los agresores, madrugada, nadie en la calle…) es la del consentimiento. Es decir, si yo no quiero que me hagan esto, cómo no voy a sentir miedo ante tan aterradoras circunstancias??

¿Por qué, entonces, la Sentencia descarta la violencia o la intimidación? Me van a perdonar que me ponga técnica.

Vayamos por partes.

Primero a las voces que hacen recaer toda la responsabilidad en la mente patriarcal de los jueces:

El Código Penal, al hacer mención a la violencia en el artículo 178 del CP, no se refiere a la evidente violencia sexual que implica todo acto de penetración o incluso tocamiento no consentido.

Es el CP el que no equipara a la violencia que requiere en los artículos 178 y 179, la violencia sexual porque, de lo contrario, el delito de abuso sexual NO TENDRÍA NINGUNA APLICACIÓN, no existiría. Si todo acto de naturaleza sexual no consentido implicara, según el Código Penal, violencia, todos encajarían en el 178 y 179. Los artículos 181 y 182 serían testimoniales.

La otra violencia; a la que el Código Penal se refiere, es la violencia física como medio para doblegar la voluntad de la víctima, neutralizando, en su caso, su resistencia para poder violentarla sexualmente después.  Terror extremo.

Y en este punto, quisiera matizar un poco la apreciación generalizada de que el tipo penal de agresión sexual exige resistencia de la víctima. Desde mi conocimiento de la Jurisprudencia interpretativa del delito de agresión sexual, no diría tanto que el tipo exige resistencia de la víctima en el plano ideal, si se quiere, o considerándolo como categoría delictual de forma apriorística, sino que la resistencia de la víctima, de existir, se configura como medio de prueba de la concurrencia de violencia idónea para el fin de doblegar su voluntad, en su revisión a posteriori. Al menos, ese es mi desideratum. 

Es decir, si los malnacidos de Pamplona hubiesen agarrado a la chica de los brazos y la hubiesen introducido dentro del portal “a la fuerza”, creo que no habría conflicto alguno en apreciar la violencia, aunque la víctima no hubiera opuesto mayor resistencia. Si la hubieran empujado al suelo, por ejemplo, aunque a partir de ahí se hubiese sometido protegiendo su integridad física, creo que ningún conflicto habría habido en apreciar violencia.

Hasta donde sé, la chica declaró que estaba cogida de la mano con un chico y que la dirigieron al portal éste y otro; que no se resistió porque pensaba que iban a fumar un porro y, desde mi punto de vista, en este caso sí, Código Penal en mano, y sentencias del TS en torno al mismo, no permiten apreciar violencia. La violencia de la que habla ese artículo, claro. Cosa distinta es  que pocas formas de violencia pueden ser más salvajes que la que implica cinco hombres penetrándote contra tu voluntad.

En definitiva, creo que no es acertado decir que es necesario luchar a brazo partido contra tu agresor, poniendo en riesgo tu vida, para que se aprecie un delito de agresión sexual, en a aplicación del CP.

Otro cantar es la intimidación que se define como la amenaza de un mal grave, real e inmediato, idóneo para doblegar la voluntad de la víctima.

Y aquí es, donde Código Penal en mano, los magistrados que tomaron la decisión se encontraron con la patata caliente. Muy caliente.

De la prueba que se practicó, no se desprende que los malnacidos verbalizaran amenaza contra la víctima; ni que adoptaran una actitud de violencia contra las cosas (si hubiera sido contra su persona, estaríamos en el terreno de la violencia) que permita, en un escenario en el que el hecho no está sucediendo, sino mirándolo en reconstrucción, concluir a las claras la amenaza de mal grave e inminente. Es decir, ninguno de ellos dijo, según siempre los hechos probados: “Cállate o te matamos.” “Agáchate o te damos una paliza” “ponte aquí si no quieres acabar mal…” Ninguno de ellos, al parecer, dio un golpe en la pared y gritó: Me c… en la p…, agáchate.

Eran 5, le doblaban la edad y la complexión, era de madrugada, estaba sola y sintió miedo. Así lo declaró.

Los jueces tenían dos caminos: Acobardarse ante el principio “in dubio pro reo” y esconder todas sus dudas bajo la alfombra del tipo de abuso sexual agravado, un poco menos duro para los malnacidos, o empatizar, ser valientes y acercarse al concepto menos positivista y más ideal  de Justicia.

Pero quién les abría esos dos caminos, era el Código Penal. Y una larga historia de pedagogía sobre las garantías de los acusados; las garantías procesales; los principios de presunción de inocencia y el principio por el cual “en caso de duda a favor del reo” (in dubio pro reo).

5 meses debatiendo a tres, en los que uno tenía claro que aquello fue una fiesta a seis.

No pretendo justificar a los jueces y su decisión, sino tratar de encontrar respuestas; y sin embargo, desde mi punto de vista existía la fórmula de no vulnerar esos principios y, era, precisamente, la virtualidad probatoria del testimonio de la víctima que declaró, no olvidemos, que sintió MIEDO; pero me parece necesario y procedente un alto al fuego.

La sentencia es recurrible, y según parece, será recurrida.

Y, fuera ya del caso en concreto, vamos ahora al meollo de la cuestión.

¿Cuál es en realidad el debate? El debate se postula en términos de definición penal o en términos penológicos. De ahí el título de mi entrada.

Es decir ¿Con qué no estamos de acuerdo? ¿Con que le hallan llamado abuso? ¿Con que la violencia -no sexual- suponga un plus de reprochabilidad penal respecto de agresiones sexuales que no contengan actos violentos -distintos a la, llamémosla violencia sexual-? ¿Contra la pena? ¿Qué pasa cuando resulta violada una comatosa como en “Hable con ella”, la peli? 

Si en el caso de autos la chica hubiera estado semiinconsciente por el alcohol, sin posibilidad de hablar o moverse, y la hubieran penetrado veinte, hubiera habido de calificarlo como abuso; Código Penal mediante. 

¿Queremos otorgarle mayor castigo a unas conductas sobre otras?

Si es sólo el nombre, la tarea es sencilla, si estamos hablando de alterar los juicios de valor que encierran los tipos penales, es para parárselo a pensar.

¿Qué merece mayor reproche jurídico penal: Un acto de penetración vaginal por uno que, además,  pega a la víctima dos bofetadas, o una violación de cinco, en las tres vías posibles, sin que concurra agresión física (fuera de la propia violencia sexual)?. ¿Qué merece mayor reproche jurídico penal: Una chica penetrada por 5 sin violencia -extrasexual- o una violación de 5 que, además, apalean a la víctima y la dejan en una cuneta??

Porque si el debate es penológico y existe una horquilla de penas, ahora sí, tenemos que graduar los reproches penales a las diversas conductas.

Nos adentramos en el tortuoso camino de la JUSTICIA. ¿Cuándo es justicia para Celia, Candela, Carlota…??

Decía Ulpiano que la Justicia es:

  • Honeste vivire
  • Alterum non laedere
  • Ius sum quique tribuere.

Y cuando uno o unos no viven honestamente y dañan al otro, sólo nos queda dar a cada uno lo que le corresponde. Pero ¿ Qué les corresponde a estos malnacidos? ¿20 años? ¿10? ¿30?….

Si fuera mi hija  la que sufrió el terror, una vida entera no sería suficiente…

 

 

No Country for women I

Haciendo mi particular especial del Día Internacional de la Mujer que se celebra el próximo 8 de Marzo, les cuento que como mujer y trabajadora, he experimentado discriminación en el desarrollo de mi profesión, en alguna ocasión. 

Y lo aireo así, sin pudor y sin reparos, no porque soy presa de este victimismo que muchos perciben en tanto alboroto hormonal-feminista, sino, precisamente, porque como ya les conté por aquí, las cosas deben ser llamadas por su nombre, y machista hay que decirlo más, para que se oiga, para que se vea, para que se asuma y para que se cambie. Hay que decirlo cuando hay que decirlo, lo que significa que no hay decirlo cuando no hay que decirlo.

En el frío invierno de 2013 (me van a permitir que le imprima carácter literario, que ya saben lo que me gusta una historia), corría el mes de Diciembre cuando una señora que se encontraba atravesando dificultades de diversa índole, contactó conmigo para solicitar mi asesoramiento legal.

Tras una larga conversación, la señora me pidió que me hiciera cargo de diversos procedimientos y expedientes instados en su nombre y cuya tramitación se encontraba en manos de un respetado colega.

En escrupuloso cumplimiento del Código Deontológico de la Abogacía Española, una servidora trató de contactar con el distinguido compañero por mar, tierra y aire, para solicitar su Venia y preocuparme de la liquidación de los honorarios que, en su caso, restaran por hacer efectivos. 

Desgraciadamente, nada funcionó. Ni el móvil, ni el fijo, ni el e-mail… Así que, tras dos semanas de intentos, solicité una cita personal a través de su secretaria, única persona con la que había logrado contactar.

En cumplimiento, de nuevo escrupuloso, del código deontológico, no me planteé cosa distinta a que la reunión tuviese lugar en el despacho del compañero que tenía antigüedad y experiencias mucho más dilatadas que las mías. Eso sí, teniendo en cuenta que rondaba la semana 35 de embarazo (mi hijo nacería en la 38), pedí amablemente a la Secretaria si podía atenderme a una hora distinta de la que me ofrecía (20.30 horas) puesto que, después de un día completo de trabajo, a esas horas los pies ni me cabían en los zapatos, y la distancia que había entre mi despacho y el suyo me obligaba a conducir durante unos 20 min.

(con este párrafo así escrito ya tienen los cazadores y las cazadoras, presa suficiente para encontrar victimización y reclamo de una dulcificación del mundo de los negocios. A ésos y a ésas sólo les diré que los parió una mujer que primero estuvo embarazada, y por eso pueden hacer tantas cosas geniales por la sociedad en la que viven.)

Tras consultarlo mi única intermediaria con mi inaccesible compañero me informó, la secretaria, de que no era posible, a no ser que se aplazase demasiado en el tiempo.

Asumí que el compañero estaba infamemente ocupado y no decliné la cita.

Llegado el día y la hora acordada, me personé junto con mi feto de 35 semanas, en el despacho del compañero.

La secretaria ya no estaba (quizás estaba con sus hijos), pero me atendió otro amable compañero que hacía pasantía con mi inaccesible compañero jefe, con el que, además, había coincidido en la Universidad. El amable compañero me pidió, amablemente, que esperase en un banco de espera, en la entrada del despacho.

Me senté repantingada, en la única forma posible para encajar la barriga entre las piernas y esperé. Esperé UNA HORA.

A lo largo de esta hora, el amable compañero salía de su despacho reiteradamente, supongo que para comprobar que no había dado a luz en aquél banco ni me había dormido (cosa para la que faltó bien poco).

Cada vez que salía de su despacho para verificar mi estado de salud/gestación, lo percibía más y más incómodo. En cada ocasión me decía: Lo hemos avisado. No tardará. 

Yo, que pese a estar bastante molesta con la situación, empatizaba con la de aquél amable compañero, le decía que no se preocupara, y le agradecía su atención.

Finalmente, el inaccesible compañero jefe salió de un ornamentado despacho junto a sus clientes, despidiéndolos; estrechando la mano de un señor firmemente, sin que mi presencia captara su atención en absoluto, hasta que hubieron salido del campo de visión los citados clientes.

Una vez de frente el compañero jefe y yo, y el pasante que esperaba aparentemente avergonzado ante la puerta de su despacho, el primero miró al tercero el cual le indicó que era la compañera que venía en relación con el asunto de Doña fulana.

El compañero jefe por fin contempló considerar mi presencia, por otro lado voluminosa, en la entrada de su despacho y  se me acercó. Me dio la mano con menos firmeza de lo que había hecho con su cliente y con gesto de poca importancia. Me presenté y me invitó a pasar a una sala de juntas, a la que también invitó al amable compañero y a otro joven abogado, cuya existencia había sido hasta entonces ignorada por mí.

Una vez allí tomé la palabra para solicitar la Venia y, sin que hubiera terminado mi exposición se dirigió a los jóvenes compañeros para que le pusieran en contexto, como si no tuviera ni idea de por qué estaba yo allí.

Expuesto el tema, el compañero jefe, dijo:

  • Ah sí! vale, muy bien. De esta Señora, interesantes sólo hay dos asuntos.. Todavía nos debe parte de los honorarios.

Tomé de nuevo la palabra para prestarme a hacer llegar la minuta a la cliente.

Le pedí la documentación de la que pudiera disponer y se resistió remitiéndome a la procuradora, indicándole yo en ese momento que se trataba de alguna documentación original que entendía que podía estar entre sus archivos.

Finalmente le pidió al amable compañero, sin demasiada amabilidad, que la trajera.

Antes de que éste volviera, el compañero jefe se había levantado, así que dando por terminada la reunión, tras una hora de espera, y cinco minutos de conversación, hice lo propio.

Me acerqué a estrecharle la mano sin ningunas ganas, pero con poco empuje para avergonzarlo, y mientras los jóvenes abogados, el amable compañero ya regresado, esperaban tras él, el compañero jefe apreció:

  • Estás embarazada 
  • Sí. Sonreí por la evidencia.
  • Y ¿Cómo vas a llevar el asunto?!

Lo sentí como una invasión intolerable habida cuenta del tono grotesco con que me interpeló, como si fuera una pregunta retórica que con escasa utilidad, escondía una crítica profesional para la que se sentía legitimado.

Bien que no hubiera contestado a mis mensajes; bien que no hubiera accedido a buscarme un hueco en su agenda en una hora menos intempestiva; acepté, aunque de muy mala gana y resignada, que me hubiera tenido esperando una hora, y que me recibiera sin una sola disculpa y con mucha prisa, pero esta pregunta tendenciosa y malintencionada, había atravesado el límite de lo que estaba dispuesta a tolerar.

  • Yo me ocuparé de eso, contesté con seriedad con la intención de limitar su acceso en mi respuesta.
  • Tendrás algún socio, insistió.
  • Tengo una SOCIA. Afirmé.
  • No será madre, al menos, sentenció.
  • Sí lo es. Volví a afirmar con rotundidad.

Hizo un gesto con la cabeza, como si no lo pudiera comprender.

Cogí la documentación, me despedí amablemente del amable compañero y me fui.

En el coche de vuelta a casa, repasé mentalmente las MIL RESPUESTAS LÚCIDAS Y OPORTUNAS que podría haberle dicho; los discursos que podía haber pronunciado; los límites que pude y debí poner y, como tantas veces, como muchas veces para mí y para otras, me culpé por no haberme defendido de forma más digna.

No me volverá a pasar, pensé. No me ha vuelto a pasar. No porque ahora sea yo una mujer indestructible, sino porque, afortunadamente para mí, no he me vuelto a topar con un compañero así.

 

 

YA NO PUEDO MÁS.

No voy a cantaros que vivir así, es morir de amor.

Hoy tengo que gritar de alguna forma que es profundamente injusto y superlativamente hiriente escuchar semejantes palabros de la boca de niños  y niñas.

Pero ¿Cómo es posible que una niña de 8 años diga que no puede más con la vida?!!

Una niña de ocho años tiene que poder con mil vidas que le pongan por delante. Tiene que comerse la vida a bocados. Tiene que querer siempre más y más vida. Una niña de 8 años tiene que correr y saltar, y reír y jugar, y aprender y cantar, y bailar y experimentar. No puede estar cansada de la vida. Debe beberse la vida.

Cuando escuché a Marta decir que no podía más con su vida, se me partió el alma. Comprendí en este momento lo que significa que el alma se te parta. Porque te rompes por dentro.  Algo muy afilado se clava en algún lugar inidentificable. Te quiebras. Falta el aire.  Se te hace incompresible. Es una realidad que no puedes asumir; que deseas ignorar. Que quieres aniquilar, fulminar.

Y sigo escuchando a su madre, que está desesperada porque ¿Cómo no lo va a estar?

Ella, que desde el mismo día en que conoció la existencia de Marta le ha asignado el lugar de los reyes. La ha amado y cuidado con sus manos y sus pies y su cabeza. La ha amamantado, la ha acunado, la ha protegido y la ha soñado creciendo, viviendo, siendo feliz. Invariablemente.

Y, sin embargo, Marta, con 8 años, sufre. Se siente sola. No quiere ir al colegio. Allí le gritan, le pegan, le insultan, le vejan… Por nada. Por ser. Por ser gorda, o flaca, o alta o baja, o por no tener dinero, o por necesitar ayuda con el aprendizaje, o por tener aparato o gafas, o por estar enferma. Marta está triste cada día, todos los días, y no podemos permitírnoslo.

A Marta los insultos y los golpes se le pegan a la piel; se le incrustan y la acorralan. Y se desprecia y se culpa y ya nunca se cree que, en contra de lo que le repiten cada día de su vida ante las audiencias más vergonzantes, su existencia tiene más valor y dignidad que las de aquellos que la agreden. Aunque su padre porfíe de tal manera que parece querer imprimirlo con la voz en el aire.

A Marta la despierta la angustia por la mañana y se duerme agitada por el miedo y reducida por la soledad. Y sus padres no saben si es mejor no perderle la pista, o dejar de darles pistas a sus agresores.

No hace mucho, horrorizada por el inenarrable caso de maltrato infantil sucedido en Perris, California, leía la carta que un compañero de clase dedicaba a una de los hermanos Turpin, Jennifer Turpin, en la que pedía perdón por no haber actuado ante la situación de acoso escolar que sufrió la pequeña. Recuerdo especialmente que se lamentaba porque jamás se les ocurrió pensar que la vida de esta chiquilla, que apenas cambiaba de ropa y que olía a sudor, escondía torturas tan terribles. Y porque resultó que la realidad de esta niña era la más impía de las desolaciones, el desamor en su versión más cruel.

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Y me dió por pensar en esta costumbre nuestra tan humana de no acertar a vestirnos con la piel del otro. De ser de juicio rápido y fácil. De plegarnos a los prejuicios y estereotipos y de justificarnos en la inocencia del chismorreo patrio.

No tengo ni papa de psicología infantil, pero lo que sí sé es que nuestros hijos absorben los gestos y las palabras, los tonos e incluso los silencios con la avidez del instinto de supervivencia,  y aprenden el mundo según se lo mostramos. Nuestros actos les regulan el termómetro del bien y el mal.

Y por todo esto reflexiono hoy para proponerme ser consciente siempre de que aquel, el otro, el que no es como yo, está viviendo una vida cuyas circunstancias desconozco, así que me propongo ser amable, y que mis hijos lo vean, porque, tal vez, quienes primero tenemos que hacérnoslo mirar, somos nosotros.