Serendipia

El destino ha querido que me sienta a escribirte esta carta, para felicitar tu sexto cumpleaños, con una batalla hormonal premenstrual librándose en mi interior, y en uno de esos «picos de la curva» de maldito estrés, así que discúlpame de antemano la (aun) más pegajosa intensidad, y la vulnerabilidad que ni siquiera voy tratar de disimular.

Mientras repaso los fotogramas que me ha brindado la presencia en tu vida alegre, me asalta una idea.: Manuela, eres una serendipia.

Eres un hallazgo fascinante y asombroso, completamente afortunado y del todo inesperado. No por accidental, sino porque a tu padre y a mi nos pilló despistados y desacostumbrados, que llegaras de esa forma tan candorosa y apacible.

El 3 de febrero de 2016 por la mañana, estaba trabajando y sentí la necesidad de pasear. Me encontraba perfectamente. Ni incómoda, ni asustada. Estaba previsto que llegaras unos días antes, pero no tenías prisa. Aún hoy no la tienes. Salí a la calle y paseé.

Cuando volví a casa, me sentí exhausta y me permití, nos permití, descansar. Sin capacidad para evitarlo, caí dormida. Durante una hora me entregué a un sueño profundo y sin culpa que es tan propio de lo que tú has construido en esta casa.

Después de recoger a tu hermano y comer juntos, una vez que nos quedamos los tres solos, Raúl tú y yo, sobre las 17.00 horas, comencé a sentir contracciones. Sigue desconcertándome y maravillándome que no las experimenté con dolor ni zozobra, sino como profundos e imprescindibles movimientos sísmicos que me ensanchaban por dentro, como si te hiciera hueco con mis propias manos. Quizás sí dolían, pero no tenía miedo. Y sin miedo el dolor no era más que la conciencia del cuerpo trabajando felizmente. Puse Spotify. Cogí a tu hermano en brazos y bailamos en el salón. A cada contracción me agachaba y cerraba los ojos y sentía la excitación desprevenida e indolente de cuando hacíamos cola para ver a nuestro grupo favorito, en celsius negativos, con 15 años. Te esperaba emocionada y confiaba en ti, en mi y en el amor arrollador que había descubierto un par de años antes y que ha sido, sin duda, el descubrimiento de mi vida, una vocación. La piedra filosofal. El talón de Aquiles.

Las contracciones eran cada dos minutos, tan seguidas, pero tan dulces, que no podía creer que estuvieras tan cerca. Cuando llegué al hospital, totalmente ajena a una dilatación de 5 cm, aún en calma y despreocupada, los protocolos médicos amenazaron con despertarme de mi estado aletargado de conciencia, pero ni un solo segundo recuerdo haber tenido miedo, o angustia. Está claro que no era yo; neurótica y nocivamente comprometida, sino tú, maravillosamente alocada, jovial y agradecida.

Y, a las 12.05 pm del día 4 de febrero, con dos empujones, sin fricción, sin desgarro y sin sutura llegaste al mundo, justo desde dentro de mi útero, con mucho pelo negro y un mar calmado en tu mirada, y te agarraste a mis tetas sin drama ni penar. Ese instante en que te cogí en brazos, viscosa, cargada de esperanza y curiosidad, es la deuda impagable de mi existencia. No hay, es que no la hay, una experiencia que si quiera se acerque a este momento brutal y significativo en el que toda la importancia, en forma de amor inescrutable, se acunó entre mis brazos extenuados para sostenerte. Y te contemplé, con tus ojos rasgados, tu boca pequeña, tus manos y piernas de color rosa moviéndose descoordinados, y continuamos, en el mismo espacio físico ya las dos, tejiendo un hilo que es la cuerda de mi paracaídas.

Y tal como fue tu llegada, es tu discurrir por esta vida, como una sonaja que nos distrae de lo que erradamente tomamos como urgente, como la brisa que empuja el aire cargado. Eres tú quien me coge la cabeza para dirigirme la mirada al cielo,ñ y me recuerda que el arco iris sale cuando el sol se impone tras la tormenta, dejando los restos del aguacero, a ras del suelo.

Durante estos seis años me has colmado de lo que más he necesitado: Unicornios, arco iris, coreografías en la cocina, cosquillas, risas escandalosas y esa forma de hablarle al mundo valiente y confiada. Tan noble, tan descarada, tan niña, tan dichosamente niña, girando sobre ti misma con una falda de lunares hasta caer al suelo mareada; saltarina y un poco botarate. Apaciblemente dicharachera y atolondrada. Tan alegre y tan necesaria.

Quizás no sabes cuánto cuentas para mi porque tengo una deuda contigo. Aunque no me lo reprochas, lo sabes. Has estado en medio de dos gravedades en ocasiones insorteables y, rápidamente te convertías en la solución fácil y menos apremiante. Quiero que sepas que nunca jamás he dejado de mirarte, aunque fuera con el rabillo del ojo.

Te quiero.

Te deseo un feliz cumpleaños. Deseo que no pierdas jamás esta alegría. Que nunca nada ni nadie te quite el brillo chispeante de la mirada, ni la risa exagerada, que sigas torciendo los ojos para hacer el payaso y que me sigas hablando como una rapera del Bronx cuando quieres dejarme claritas las cosas.

Te quiero, Manuela. Cuánto te quiero.


			

Te quiero bestial.

Están siendo unas Navidades muy duras. Ni las canciones moñas, ni el anuncio de El Almendro (y su canalla referencia al reencuentro familiar por Navidad), ni los mantecados Felipe II; ni tan siquiera Love Actually, Dios mío, están siendo suficientes para que conecte con el entorno. Nada. Soy un detestable Grinch.

Son las circunstancias que nos han tocado vivir, y estoy tratando de no sacarlo de madre.

Pero mañana es tu cumpleaños, y no puedo, no quiero, más bien, faltar a la carta, porque, por suerte, sigo teniendo claro que esto es lo que cuenta. Lo tengo más aún. Cuando la muerte hace su aparición irremediable, ineluctable, incontestable, y manda al carajo de un plumazo las pequeñeces que nos ahogan, la fuerza de los hechos, la evidencia de finitud, nos dirigen la mirada, y, aunque sólo sea transitoriamente, tenemos consciencia de que el tiempo sólo existe “durante”.

Así que mi momento navideño, por el que volví a entregarme al agradecimiento, lo tuve contigo el otro día, cuando, ante la posibilidad de que pasáramos la Nochebuena separados, me miraste con las lágrimas en las mejillas y me dijiste: Pero mamá, yo quiero estar contigo.

Y el corazón se me hizo un nudito rebosante de AMOR. Amor bestial.

Y pensé, después, que llevas, cielo, regalándome amor bestial ocho años ya. Porque, no solo te quiero que duele, sino que me he sentido y me siento contigo, profundamente amada. Me quieres tan ciega y confiadamente, que es un privilegio inigualable. El mayor de los honores. La fortuna. La vida con estrella. Y tú y yo, de alguna manera sabemos, que esa relación es única e irrepetible.

El aprendizaje de ser tu madre me ha desatado ataduras ante las que había claudicado, y me ha reconciliado con mi versión original. Y desde ese lugar, te veo y me ves.

A veces te miro dormido, con tus piernas fuertes y tu rostro sereno, y recuerdo mi angustia cuando, de bebé, no podía consolarte, pero aún así te sujetaba en brazos, te mecía y te cantaba, una canción después de otra. Durante horas. Y no sabía si lo estaba haciendo bien.

Cuando te abandonas a mi criterio con esa confianza inquebrantable, pienso que has comprendido casi la única cosa que, verdaderamente, quiero que sepas.

Eres un niño mágico. Tienes esta sensibilidad maravillosa que te hará consciente. Y la consciencia igual te hará gozar que padecer, pero de seguro, te va regalar vivir saliéndote del del dibujo.

Suelo decir que me da miedo que crezcas. Pero no es cierto. Me parece fascinante tu evolución, y la nuestra, y los días se vuelven cada vez más interesantes y estimulantes contigo. Así que estoy entusiasmada con la idea de seguir conociéndonos.

Te deseo un felicísimo cumpleaños mi amor, aunque sea en medio de este tiempo incierto. Te quiero bestial.

Tu madre.

Feliz cumpleaños, Saúl

A aquellos que nos decían que te ibas a criar solo, los quisiera ver yo un día de estos en casa. Uno de esos de horarios cruzados en extraescolares, deberes, frigorífico vacío y montaña de colada.

No te crias solo, no. Te estás criando bien hermoso, pero con el sudor de nuestras frentes.

Porque, Benjamín mio, eres de la escuela “wildmanuela” o, como diría tu padre, “nadie al volante”.

Vamos, que vives sin miedo y con alegría. Probándote en cada movimiento. Desafiando todas las reglas empíricas de la seguridad e indemnidad personales, y riéndote del instinto de conservación de la vida.

Eres un bebé al estilo Bartomeu-Lopez. Tú padre y yo no sabemos hacer hijos que se estén sentados, ni siquiera dispositivos mediante. A ti todo eso, plin. Donde esté un trepar por las sillas hasta los armarios de la cocina, o esparcir tres botes de pasta de dientes por el suelo del cuarto de baño, que se quite Peppa Pig.

Y aún con toda tu inagotable capacidad de idear maldades, eres, cada mañana, la luz de mis ojos.

Y aunque me hagas voltearlos de tanto preguntarme “Ezo qué eh?”, en un sevillano cerrado, te contestaría tres millones de veces por oírte decir ese “aaah”, que tiene el tono más bonito que jamás se haya escuchado a este lado del meridiano.

Y, aunque necesite una partida en la nómina para alimentarte, me flipa verte comer a dos carrillos.

Eres tremendamente bueno. Eres un bebé cariñoso y dulce que siempre dice hola ladeando la cabeza y agitando la manita, y que se despide con un “hastaahorayhastaluego”, así, todo junto.

No das nada por hecho, y dejas que la vida te premie y te sorprenda.

No importa que cada mañana tome la decisión Inamovible de destetarte porque, a la noche, cuando te acurrucas sobre mi brazo con la respiración profunda y el pelo mojado de sudor, que crezcas no me parece cosa urgente.

Con esa candidez tuya humanizas a toda la familia, incluso a los delincuentes en los que, a veces, se transforman tus hermanos. Pueden estar enroscados en reproches y amenazas de muerte entre ellos dos, que con el sonido de tus pies pequeños correteando el pasillo, se convierten en seres amorosos que se deshacen en mimos y juegos.

Y por esa relación, la vuestra, ya vale la pena todo el sudor de criaros.

Leía ayer, en la newsletter de Jesús Terrés (@nadaimporta) que está hasta los mismísimos del “cualquier tiempo pasado fue mejor” y de llorar por las esquinas añorando la infancia. Que su infancia no es su patria.

A mí la pertenencia me lleva a esos instantes vuestros. Al abrazo que Raúl te da cada mañana… A la forma en que Manuela se destornilla de la risa con tus cucamonas. Si a algo me debo, es a vuestra algarabía.

2 años en los que, en medio del caos estructural en el que se han convertido nuestras vidas, no puedo dejar de agradecer.

A estas horas, hace dos años, estaba, de nuevo, herida fatalmente de amor.

Feliz cumpleaños, Saúl.

Como zorras

¿Como podría, estando tan loco por mi como estaba, ser el verdugo de nuestra relación?

No podría él querer hacerme daño, porque estar conmigo había sido, en sus propias palabras, un golpe de suerte. Un sueño. Así que, en todo caso, sería el sufriente enamorado de la mujer fatal, a la que muchos deseaban y con la que algunos, digamos, habían estado.

La lista de tíos en mi haber, seguramente equiparable en número a la suya, era, sin embargo, indudablemente más larga. Pero, sobre todo, mucho más deshonesta.

Todo se de-construyó despacio. Al principio fueron los besos y abrazos que hacían jóvenes e impúdicos los encuentros con los amigos. Esos besos y abrazos lozanos y adolescentes que eran la expresión del afecto álgido, de la amistad poderosa en la mocedad.

¿Qué crees que sienten toda esta panda de adolescentes salidos cuando les besas y abrazas?

¡Lo sabré yo, que soy tío! Los tíos somos así.

Después fueron las miradas, las sonrisas.

¡Maldita sea! con lo que a mis amigos les gustaba mi sonrisa. Y, ¡Qué demonios! con lo que a mí me gustaba mi sonrisa. La reprimí insistente e inflexiblemente, hasta enfriar todas las relaciones bonitas con hombres o mujeres libres. Hasta desaparecer por completo del mapa afectivo de todos los seres humanos varones que conocí. Hasta quedar en medio de un lugar que quedaba lejos de todos.

Y ¿Cómo se deja de mirar?

Primero esquivando aquí y allá. Evitando las miradas directas o excesivas. Sin sostenerlas, reducidas a su utilidad esencial:

¿Cuánto te debo?, ponme una cerveza, ¿Dónde está la clase de criminología?

Pero no era suficiente. Para más seguridad, agachando la cabeza.

Luego fue la ropa. Toda la ropa. Los shorts, los vaqueros ajustados, los tops, las blusas transparentes… Y todo aquello que bien podía lucir con 18 años. Elegí, consciente, uniformarme de chándal de lunes a domingo, para defenderme del insulto, la degradación y el juicio inquino y malicioso que me llevaba a odiarme, y a asquearme de mi misma.

Lo mismo un día lloraba cogido a mis piernas suplicándome perdón, como un niño pequeño humillado y reducido, que al siguiente me gritaba cosas terribles golpeando puertas con brazos y piernas, como una bestia feroz.

Tuve la culpa de que rozase su coche, porque le puse nervioso, y de que lo echaran del trabajo, porque, por mi misma existencia, no se podía centrar. Siempre vigilante.

Mientras estudiaba en la universidad, sobreactúe una cinefilia irreversible para no salir de noche. Las pocas noches que lo hice, terminaba inventándome que algún familiar estaba enfermo para justificar que me la pasara en la puerta del pub; dando explicaciones.

Si algún tío me miraba, me echaba a temblar. El único plan seguro era estar con mi compañera de piso y su novio. Y ni eso.

Un viernes cualquiera, de visita en mi piso de estudiantes, veíamos una peli. Nuestro rudimentario equipo de reproducción, un euroconector empalmado con cinta adhesiva, se empeñaba en hacer mal contacto.

Después de ver la película, cada oveja ya con su pareja, noté que iba a estallar. Era su mirada: Tensa, contenida. Un gesto de desaprobación inquebrantable. Poco importaba que no tuviera ni idea de qué le pasaba. Algo era. Y era mejor no preguntar. En algún momento se desataría la tormenta cargada de truenos ensordecedores, asolando la endeble esperanza que albergaba de tener un fin de semana normal. Cavilaba, asustada y resignada, repasando mis gestos y palabras.

Y ahí estaba:

¿No podías agacharte más para arreglar el euroconector, no? Tenias que enseñarle las bragas al novio de tu amiga…

Cuesta ponerse a salvo de toda esa mierda. Desoír las amenazas y los chantajes emocionales que siguen a la decisión de largarte.

Por desgracia, se que esta y otras historias, aún hoy, tienen lecturas machistas e indeseables y, por eso, es necesario revolverse. Como una zorra. Como una víbora.

Feliz día a todas las mujeres.

Con los brazos abiertos.

Pequeña guerrera:

A luz te di yo hace cinco años; pero la luz me la diste tú, de una vez por todas. Para la eternidad.

Brillas tanto como la purpurina que van dejando tus disfraces, y que se pega imbatible en las juntas del suelo de la casa. Y aunque te ha tocado una posición difícil, nunca dejas de brillar.

¿Sabes una cosa? No necesitas carta de presentación. Todo aquél que te conoce te llama por tu nombre. Me tengo que reír, mientras muevo la cabeza a ambos lados, resignada a tu poderío, cuando la cajera del supermercado me pregunta por tí. Cuando me pregunta ¿Dónde te has dejado a «la Manuela»? Otras veces dice incluso «mi Manuela» o, como la tía Valentina, que dice «la Manuelita», porque, cariño mío; tú eres un poco de todos, porque a todos haces parte de ti.

Del mismo modo a cuando Saúl te busca si tu padre o yo le torcemos el gesto, y se te dirige con los brazos en alto buscando el consuelo que, con una ternura inigualable, sin dudarlo un segundo, le das.

Es imposible conocerte sin celebrarte.

Los cumpleaños me ponen nostálgica. Me siento y repaso la galería del móvil, conmemorando momentos que, seguramente, fueron menos idílicos de cómo los pienso… sin ser capaz de contener la desazón de dejarlos atrás. Aunque, en la constante contradicción de mi misma esencia, los voy alternando con fash fowards cuidadosamente inventados; te imagino leyendo los libros que tu misma escogerás, maldiciéndome por no dejarte volver una hora más tarde; emocionada por ir a un concierto, enamorándote, viajando o riendo al teléfono con tu mejor amigo.

Atesoro el recuero del día en que naciste. Fue la segunda vez en toda mi existencia en que sentí la vida como una certeza absoluta. Ya nunca volveré a ser la misma persona que era antes de ti.

Manuela: Con tu pelo alborotado, como dice la canción. Con el cuerpo saltarín, la risa escandalosa y el tono alegre en la voz, me recuerdas, cada día, la alegría de vivir. Te quiero y te admiro, pequeña mía. Admiro el vigor y la determinación de tu carácter, y me emociona tu generosidad; la pureza de tu mirada; la libertad de tu espíritu… tu humilde genialidad.

Hoy, aún confinados por quinta vez en este tiempo endiablado, y recién enterados de que encadenamos cuarentena, que será la sexta, me he venido abajo. Asustada, cabreada, desesperada, triste. Viéndote en tu cumpleaños, sola, sin familia, sin amigos, sin carreras ni juegos, sin poder salir a la calle. Y al levantar la mirada de la oscuridad de mi ombligo, ahí estabas: Jugando en la cocina con los globos que hemos inflado, antes de que llegaran tus hermanos, con esa risa tuya, encendida. Esa risa. Y has dicho: Mamá, me encanta mi cumpleaños. Has apagado las luces, y me has cogido de la mano.

Y he pensado: «Pequeña princesa guerrera: Lo has vuelto a hacer. Me has vuelto a enseñar cómo se mira la vida venir como un regalo inigualable. No dando nada por sentado. Recibiendo cada momento desde el asombro y la más profunda gratitud.»

Te deseo un día feliz, aunque se que lo tendrás. Te deseo una vida en la que experimentes felicidad, y también se que lo harás. Yo quiero acompañarte en tu andadura con toda la delicadeza que te mereces, y ojalá puedas tener, al menos, la certeza absoluta de que, donde quiera que esté, siempre tendré los brazos abiertos para que descanses en mi. Y si lo haces, te daré todo el amor que tengo, y, si no, también te lo daré, porque, como dice Rebecca Pearson, eso hace una madre.

Te quiero, Manuela. Feliz cumpleaños.

Beautiful Boy

Cuando escuché la canción de John Lennon como parte de la banda sonora de la película homónima, comprendí totalmente ese sentimiento extraño, dulce y, en cierta medida incordioso, que viene produciéndome todo esta historia de que creces. Esta es la magia de la música, del cine y de la literatura. De repente una canción, un texto o un fotograma, te ordenan las emociones.

Son tiempos difíciles, hijo, y cierto impulso melodramático me lleva a continuar con este insufrible rollo epistolar que me he montado para vosotros. Por si algún día os sirve; os hace falta u os permite encontrar alguna respuesta. Asumo que, probablemente, en algún momento de vuestra existencia, os resulte embarazoso, pero os ha tocado una madre con ínfulas de escritora de guiones de telenovelas, así que, es la vela que habrán de aguantar vuestros palos.

Ese sentimiento del que te hablo, es pura nostalgia. Alegría y añoranza; esperanza y compromiso; pero también una íntima tristeza y, celebro, cada vez, un poco menos de miedo. Es el pie de foto de un cómic con dos viñetas. Una en la que corres torpemente hacia mis brazos, con la sonrisa encendida y gritando mamá, y otra en la que me cuentas, afligido, que esa niña de tu clase ha tirado a la basura el regalo que tan cuidadosamente habías preparado par ella, pintando corazones en un pedazo de azulejo, y yo te doy un abrazo, sin poder recuperar de la basura ese maravilloso pedazo de azulejo.

Es querer soltar y soltar la cuerda, suplicándole a todos los Santos que me pueda quedar con la punta. O dejarte ir confiando en que siempre encontrarás el modo de volver.

Lo nuestro se ha transformado. Evoluciona en un ritmo y cadencias definitivamente más geniales que las que habría soñado. La vida me está regalando una historia de amor fascinante, incluso con sus desengaños.

No puedo decirte que no esté siendo desafiante. Lo está siendo. Desde que pisaste este mundo, con ese otro mundo tuyo, tan grande y tan profundo.

Ya te he contado muchas veces que me has enseñado mucho sobre el corazón. Hasta me has enseñado, a la vejez ciruela, a comprender a una niña que lloraba demasiado, lo perdía todo y se pasaba la vida transitando desde la exigencia a la culpa, y vuelta. Tú me has reconciliado con esa niña, que pensaba que nunca era suficiente; que se quedaba paralizada por el miedo, antes de atreverse a ser juzgada, y que tenía que desmarañar un nudo tras otro, cada vez que reñía con algún amigo en el patio del colegio, aunque le supusiera noches en vela. Que no sabía vivir las cosas en libertad y sin cargas; que solía ser presa de la más profunda indecisión, incluso cuando se trataba de la elección más simple, más que por falta de criterio, por querer aglutinar en su decisión los criterios de todos.

A mi me decían que no tenía personalidad. Yo creo que tienes una personalidad sustanciosa y desbordante, que es una fortuna para todo aquél que te conoce, aunque les exija grandes dosis de empatía, paciencia y compromiso. Gracias a ti puedo hoy liberar a esa niña del juicio incompasivo al que la he sometido.

Algún día, hijo mío, comprenderás que tú también debes soltar una cantidad de lastre indecible, que ha nacido contigo. Trato de mostrarte ese camino, que tendrás que andar tú, con tus piernas y tu ritmo cardiaco. Unos días el sol te bañará la espalda y será gustoso y reconfortante; el aire te removerá el pelo y te enfriará la cara, y te sentirás vivo y poderoso. La lluvia mojará tus manos y sentirás gratitud y te envolverán los olores, los sabores y los colores de un mundo fascinante.

Otros ratos estarás cansado, sentirás dolor y miedo o pena. Una pena que se incrustará muy hondo, y que parecerá insuperable. Y solo también comprenderás, que todos podemos vivir con ciertas mutilaciones. Y que muy pocas cosas en este mundo; quizás ninguna, aunque parezca realmente terrible, te deja sin capacidad de júbilo, por lo menos en el largo plazo.

Hay poco que yo te pueda enseñar; poco más de un par de cosas: Como poner los ojos en blanco o gastar bromas imitando todos los acentos internacionales. Lo demás lo vas a aprender por tu cuenta, con este endiablado misterio de la vida.

Cumples siete. Me cuentas chistes en los que no tengo que simular la reacción porque de verdad me hacen gracia; me haces preguntas que me cuesta responder y tienes puntos de vista diferentes a los míos. Es muy divertido y muy satisfactorio que te guste una canción que te muestro, y me hincho de orgullo cuando te descubro esa sensibilidad exquisita con lo humano. Cuando eliges una y otra vez el libro de poesía para dormir, o eres delicado con otras personas.

Creces. Como debe ser. Muy rápido, como me gustaría que no fuera.

El otro día tu padre os preguntó: ¿Sabéis que tenéis la mejor madre del mundo? (seguramente estaba intentado compensar alguna afrenta… jeje) y tu te apresuraste a contestar, con la mayor de las naturalidades: Eso sí que es verdad. Y la verdad es que me equivoco cien veces, contigo también. Cada día. Pero este amor tan insólito que siento por vosotros, me apresura a enfocarme en daros lo mejor de todo lo que puedo ofrecer, sin ánimo de perfección, con todas mis carencias en las manos.

Te deseo un muy feliz cumpleaños, hijo mío. De momento, aún tengo la calma de saber que, lejos de posibles conflictos pasajeros sobre el color de las velas, serás feliz en tu día, pero en adelante, aprende bien que en ese camino tuyo y solamente tuyo, siempre seremos un refugio en el que poder resguardarte de la tormenta. Aunque no podamos detenerla, podremos hacer chocolate caliente.

Se me parte el alma.

Tal cual.

La estampa de entradas escalonadas, flechas en el suelo y señalizaciones perimetrales, me parte el alma.

Las caritas pequeñas con las sonrisas escondidas, por muchos colores y superhéroes que les pongamos a las mascarillas, me parte el alma.

El reencuentro distanciado, como un oximoron perverso, el olor a gel hidroalcoholico en las puertas de entrada… Y, sobre todas las cosas, sus caras de desconcierto. Eso, me parte el alma.

Y sospecho que nosotros, acostumbrados a los contrasentidos, nos encogemos de hombros ante tanta contradicción paseándose desvergonzada al lado nuestro, y hasta nos reservamos, en un ejercicio de prudencia domesticada, calificar de injusticia lo que no es más que eso… Pero ellos, a Dios gracias, no tienen entrenado el sentido de la resignación, y nos miran con extrañeza. Con preguntas en los ojos y el gesto inocente de quien, aún sin comprender del todo, elige confiar.

Y eso, recibir en contraprestación una confianza plena que no me siento del todo en condiciones de merecer, porque la sencilla realidad es que yo tampoco entiendo, me parte el alma.

Me miran así cuando les espeto que no se acerquen, que no entren, que se pongan gel, que no toquen; y, con cada orden del estilo, me tengo que tragar una enorme bola de cemento que se me atranca en la boca del estómago.

Me parte el alma cada uno de los abrazos que no van a darles sus profesores; cada beso que no va a enjuagar sus lágrimas cuando se hagan daño; cada canción que no van a cantar y cada función que no van a tener.

Cuando me los imagino en la hora del recreo cautivos tras las barreras infranqueables hechas con cinta de carrocero… Se me parte el alma.

Y que no me vengan con el cuento chino de que los niños se adaptan. No les queda más. Ellos siguen riendo, y jugando de la misma forma en que respiran, porque es lo suyo.

A nosotros, como adultos responsables, nos compete partirnos la cara porque no se les quite más de lo necesario… Para que cuando haya que adoptar una medida en la que resulten los únicos o principales perjudicados, por una vez, a los que mandan les tiemble el pulso.

Nos toca reivindicar que cuidar de ellos es la prioridad, y que ni el colegio ni los abuelos pueden entenderse como recurso al servicio del endiablado jeroglífico de la conciliación.

Se lo debemos( realmente se lo debemos por aplicación del artículo 154 del código civil).

Ninguno podemos ser garante, con esta pandemia cansina, y muchas bolas de cemento tendremos que tragar sin solución, pero podemos y debemos dar a la infancia el lugar que le corresponde, y sacarla del cajón de los trastos perdidos.

Porque verla cubrirse de polvo, bajo la mirada de todos, me parte el alma.

He vuelto

Hola a todos y a todas:

He vuelto. Después de varios meses en los que sólo me he dejado caer por aquí para cantar alabanzas de mi prole, he vuelto.

Escribir me hace bien. Y no lo he hecho mucho últimamente; y, claro, lo he notado. Con el temporal, he cerrado puertas y ventanas y el aire empieza a notarse cargado.

Con todo lo que ha venido sucediéndole a este mundo, con tantos dilemas y desafíos. Con esta transformación de las relaciones sociales y familiares tan inaudita, y con tantas opiniones, debates, discusiones, juicios y estudios de los del método científico y de los que no; Con tanta gente hablando tanto, y todo el tiempo, me he auto Desautorizado para la expresión pública.

Llevo medio año recogiendo velas, ocupándome en silencio de lo más mío que, les digo tal cual siento, no es poco.

Pero claro, tan en lo práctico y lo cotidiano he andado inmersa, que de pronto he vuelto la mirada asustada, buscando eso que me dejé por el camino… Esa tendencia a estar en el debate; a levantar la mirada de mi trabajo y de mis hijos para tener una opinión y compartirla; aquello que me exponía y me hacía vulnerable pero que me daba vidilla…

Yo, que soy la que saca la religión y la política en las reuniones familiares, incluso con los cuñados, y la que no tiene ni pizca de miedo a la confrontación, me vengo rumiando las ideas desde hace meses.

Para ser estrictamente sincera, confesaré que he tratado de satisfacer mi inclinación a la tertulia, dando la brasa a mis hijos mayores. Un día les estaba soltando un discurso soporífero sobre la distribución de competencias en materia de educación, hasta que mi hijo me contestó: Mamà, que sepas que no he entendido ABSOLUTAMENTE NADA.

Y entonces resolví: Pues Raquel, vete a quemar orejas a los de facebook e instagram.

Y no piensen que me voy a cortar, no. Que lo mismo me van a ver hablar sobre la última sentencia del supremo que le lee la cartilla a las universidades públicas y a su controvertida y archiflexibilizada (siendo escandalosamente eufemística) figura del profesor asociado, que cuestionándome por qué mis tres hijos alinean sus necesidades de deposición entre sí; incluso a veces con las mías. Sin mucho criterio.

El Covid bien merece un par de entradas. Y lo de ser familia numerosa en tiempos de pandemia, ni les cuento. Alguna reseña de series les va a caer, que el confinamiento me ha dejado, entre otras cosas, unas cuantas suscripciones a plataformas digitales.

Sigan atentos a sus pantallas.

La foto es de un juicio telemático. Eso que me suena a pura ciencia ficción o a título de capítulo del libro de historia: La nueva normalidad (como la Gran Depresión o los Felices Años Veinte)

A Saul

Hijo mío: Escribo estas letras cuando está a punto de cumplirse un año del día en que naciste. De ese perfecto día en que llegaste al mundo para hacerlo todo un poco más difícil, definitivamente, pero mucho más emocionante.

Hace poco descubrí que Saul significa «el que es deseado» y me sonreí frente a la pantalla de la wikipedia. Me vinieron a la memoria todas las veces en que, precisamente, te deseaba… Y todas las conversaciones en que tu padre me exigía un plan de viabilidad que garantizase tu concepción.

Ese plan que tu padre quería, hacía aguas por todas partes. Ni en términos de gestión del tiempo, ni desde la perspectiva económica, ni mucho menos en cuanto a la compatibilización de tu existencia junto a las dos existencias previas de tus hermanos, con mi vida profesional, parecías un negocio seguro.

Cuando te deseé éramos 4 viviendo en un apartamento de menos de 60 m2, con un solo baño, y en nuestro coche no cabía una persona entre las dos sillas colocadas en la parte trasera. El ritmo del trabajo era frenético y yo lloraba a menudo porque no llegaba a nada, y porque la mayoría de noches, aún, apenas conseguía dormir 5 o 6 horas.

Tu padre, que también te deseaba, pero que se encargó de hacer de abogado del diablo, me escenificaba los días futuros. Me profetizaba viajes para ir a trabajar sin haber dormido, el estrés por los plazos, los juicios, las reuniones, las llamadas… Y me recordaba mis dos previas maternidades; mis expectativas de maternar, incluyendo mucha teta, muchos brazos, mucha conexión. Me recordaba que los hijos sucesivos son exponenciales y que la conjugación de edades podía ser un cóctel molotov.

Y, aún así, Saul, eras deseado. Y tanto fuiste que aquí estás.

No tengo muy claro si hubieras sobrevivido al vaticinio de una pandemia y un confinamiento de más de 70 días…. Suerte la tuya de que fuera lo más lejos que teníamos, allá por el mes de septiembre de 2018.

Me regalaste una experiencia arrolladora con tu parto.

Juro que pensé que jamás olvidaría aquel dolor…y, la verdad es que por momentos querría volver a estar justo ahí.

Yo quería dar a luz sin epidural porque quería ser plenamente consciente de parir.

Nada más llegar al hospital lo solté tal cual:

No quiero ponerme la epidural.

Para consuelo de mi débil voluntad de parturienta, me tocó una matrona que, no se si por respeto o más bien por desidia, no rechistó; no trató de convencerme ni me miró de reojo en esa expresión de «mira la moderna ésta… Se va a enterar de lo que es bueno…» Simplemente me miró y me dijo: En ese caso, aquí te dejo… Tendrás que aguantar.»

Y eso hice. Respirarte en cada contracción; concentrarme y resistirme a la desesperación. Remangarme. Me sentí responsable de darte un buen parto. De ponerme a tu disposición para permitirte nacer de la forma más agradable posible.

Eesa responsabilidad me llenó de coraje. No necesitaba a nada ni a nadie; estaba en un paritario pero podría haber estado en cualquier parte. Estábamos solos: Tú, yo y el de los 70, que aguantó como un jabato los apretones de mano y que, para mí sorpresa, no salió corriendo a buscar al anestesista cuando oyó mis primeros gritos.

Porque grité. Vaya que si grité.

Yo, que me pensaba tan digna que ningún dolor de parto, por fuerte que fuese, me podría hacer perder la compostura delante de perfectos sanitarios desconocidos, me quedé afónica berreando con sonidos guturales. Sudando. Desgañitándome. Suplicando, mientras asomabas tu dulce cabecita de 10 jodidos centímetros de diámetro, que me ayudaran a sacarte de ahí.

No fue un parto largo, pese a que nos sorprendiste a todos naciendo con la cara hacia arriba. Debiste girarte al final, porque en ninguna ecografía me alertaron de que vinieras en esa posición. Mejor así, porque navegando a posteriori, por las aguas del omnisciente Google, me ahorré un montón de preocupaciones.

Mi compañera Júlia me dijo que en Alemania se decía de los niños que nacían así, que lo hacían mirando a la luna. Me gusta la idea de pensar que llegaste queriendo ver el mundo. Valiente y decidido, curioso y esperanzado…

Además de la consciencia, lo que me brindó la falta de analgesia durante tu alumbramiento, fue la seguridad y el control. No sentí miedo, ni incertidumbre. Fue como si el proceso del parto lo tuviera completamente asimilado y naturalizado. Fue hacer aquello para lo que estaba muy preparada.

Y, después de casi partirme en dos y quedarme exhausta empujando hasta sentir que me iban a salir los ojos de las órbitas, ahí estabas tú. Tan perfecto. Sencillamente otra obra perfecta y maravillosa que me hizo sentir exactamente lo mismo que tres y cinco años antes: Una plenitud sin fisuras; un júbilo, una alegría, una paz que parecieran trascender a las cosas de este mundo.

Otra vez engatusada; enamorada perdidamente. Rendida a tu inocente perfección.

Desde entonces no has hecho más que alegrarnos y complicarnos la vida, y llenar la casa de dulzura.

Sin ni siquiera proponértelo, eres el paño caliente de los enfados de tus hermanos, que se pasan el día besándote, abrazándote y llamándote bebé adorable… Tú sí que vas a estar mimado, porque todos te mimamos.

Mañana cumples un año, mi niño de luna, y yo sólo quiero mirarte a una distancia prudente y no perder detalle de cómo te lo estás pasando en esta vida; cada uno de tus días. Te quiero. 💕

A Manuela:

Amor mío:

No sé ni cuándo, ni cómo, ni de qué manera han pasado los 1095 días de tus tres explosivos años. Bueno, una cosa sí sé. Han pasado rápido; fugaces, diría.

Has dejado de ser un bebé, aunque yo siga arañando a esa etapa, voces absurdas y canciones de cuna, de vez en cuando. Soy dolorosamente consciente de que vas a dejar de ser la pequeña en no mucho tiempo, y temo no estar preparada para verte gestionarlo, con tus triunfos y derrotas. Aunque sé que lo harás. Conmigo de tu parte.

Es una sensación complicada ésta.

Guardo el recuerdo intacto del día que me puse de parto y, canasta en mano, miré a tu hermano que jugaba indiferente en el suelo de la habitación. Estaba innegablemente emocionada de saber que iba a abrazarte por primera vez. Sin embargo, me inundó una tristeza inexplicable al tomar conciencia de que Raúl ya no sería el único, ni el pequeño. Lo observé, tan ajeno a los retos y experiencias que se cernían sobre sus tiernos dos años, y me llené de compasión.

Y últimamente me brota esta compasión en cada abrazo que te doy; en cada caricia, cuando, ay Manuela, jugueteas con tus manos en mis labios y en mis ojos antes de dormirte, posándome una mirada de puro amor (ojalá pudieras hacer eso toda la vida…).

Tus tres años de existencia me han dado la certeza absoluta de que los hijos siempre te dan una lección. Viniste a sanar las culpas y los miedos de mi primera maternidad y me hiciste fuerte y segura. Has dinamitado la losa del deber ser y me has regalado la libertad para hacer las cosas de otras formas, incluso asumiendo con madurez la posibilidad de equivocarme.

Has sido el lado amable del aprendizaje. El de las «prácticas», cuando has comprendido el concepto y, aunque sigas teniendo infinidad de preguntas, tienes algunas respuestas que te mueven a tomar decisiones, con valentía y responsabilidad.

Te veo crecer, con tu alegría y tu naturalidad; con tu confianza y tu seguridad y tu modo particular de ser solamente tú, y me trasladas a la calma más ortodoxa; a la de la ausencia de conflicto o turbulencia. Eres tan luminosa, Manuela; tan fácil en el sentido más maravilloso de la palabra…

Vas por la vida sin pedirle nada, recibiendo los días como regalos. Tienes un sentido de pertenencia profundo. Te sabes de nosotros; de tu hermano, de tu padre… Te sabes sin miedo y sin duda, y con esta conciencia te desenvuelves auténtica y libre, deliciosamente libre.

Me gusta tu manera de ser princesa por momentos y por momentos salvaje; tu forma de hacer añicos las etiquetas; incluso las mías.  Me gusta cómo te defiendes a ti misma, con mucho de lo que a mi siempre me ha faltado. Con este amor propio tan saludable y cautivador.

Eres fuerte e inteligente, dulce y amable; solidaria y sensible. Es verdadera fortuna ser tu mamá, y estar invitada a los próximos días, meses y años de tu vida. A atravesar los momentos que están por venir, aunque verdaderamente me asuste lidiar con tu determinación cuando superes los 12…

Me propongo haceros entender, cuando nazca vuestro hermano, y no tenga tanto tiempo ni atención, y por momentos pierda el enfoque, que os quiero del mismo modo extremo. Y sé que lo entenderéis algunas veces; y, cuando no, me presto a comprenderos.

Feliz Tercer cumpleaños, mi amor, vamos a hacer de este día un día especial que quieras recordar cuando crezcas. Vamos a intentar hacer esto con cada uno de tus días.

Te quiero.