Una docena de huevos, por favor.

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Cuando eres padre, comes huevos. Te los comes todos seguidos, sin aliño ni condimento.  Los engulles a puñados, casi sin masticar y aguantando estoicamente la indigestión con rostro sereno. Sin torcer el gesto. Que no se note que casi te atragantas, que parezca que lo tienes controlado: ¿A mí? No hombre, no,…. !Ponme otra docena cuando quieras…!

Ahora creo que subestimé la condición de madre/padre.

Ahora sé que subestimé a mi Señora madre y a mi Señor padre.

Mientras gestaba al leñador, no dejaba de imaginarme acunándolo en mi regazo mientras se dormía plácidamente al arrullo de mi canto; o me lo figuraba a él durmiendo en su cunita de sábanas blancas y azules con olor a nenuco en un estado que ya quisieran los budistas alcanzar, mientras su madre contestaba miles de llamadas de clientes, preparaba el juicio de la semana siguiente, o atendía una videoconferencia con un partner inglés.

Los fines de semana y fiestas de guardar nos hacía a los tres viajando de un lado a otro; despertándome por las mañanas junto al hombre de los 70 en alguna habitación de hotel con balcón al mar y pidiendo el desayuno al servicio de habitaciones, mientras esperábamos que nuestro retoño de suave piel, se despertara dedicando a sus progenitores una gran sonrisa de agradecimiento y satisfacción.

Después, nos imaginaba yendo en familia a pasear con nuestro estiloso buga boo y, a nuestro vástago sonriendo y grajeando bajo la atenta mirada de sus felices y orgullosos papás.

Cuando el leñador vino al mundo, nos concedió una noche de la felicidad que me había pronosticado. En esta primera noche de vida en el hospital, mi bebé de casi cuatro kilos de peso, durmió como un lirón desde las 24 p.m hasta las 8 a.m y sólo se despertó una vez, con un gruñido casi imperceptible que rápidamente interpreté como hambre y me apresuré a atender ofreciéndole el pecho a demanda y sin demanda (a diestro y siniestro) tal como había aprendido a hacer de la mano de Carlos González.

Al llegar a casa, todo cambió.

¿24 hours party people? Yo que creía que  en aquéllas fiestas memorables en las que podía estar hasta 3 noches sin dormir, traspasaba los límites de lo aconsejable; de lo saludable, presa de mi hipocondría general y de mi tendencia  a diagnosticarme a base de Wikipedia, incluso buscaba en internet enfermedades relacionadas con la falta de sueño.

Durante el día, aquél pequeño y misterioso ser dormía “microratos” que duraban lo que tardaba yo en encender el ordenador…

El hombre de los 70 y yo no estábamos para hacer balance de cuánta felicidad el pequeño leñador había traído a nuestras vidas. Bastante teníamos con no destruirnos mutuamente o no quedarnos dormidos sobre el plato cuando finalmente podíamos sentarnos a la mesa.

Mi despacho en ciernes, mis clientes de antes y de ahora, mis proyectos, mi ir al cine o mi cubatear con las supernennas tenían que esperar.

Si tuviera que ofrecer consuelo a otros padres en una situación similar, creo que el mejor de todos es el manido: “Todo mejorará”. Es cierto; todo mejora.

El pequeño leñador fue encontrando una rutina.

Descubres soluciones fantásticas para problemas irresolubles (a nosotros la mochila portabebés nos salvó la vida); amamantar a tu criatura se convierte en tu mejor “skill” y, de un día para otro, como si de una revelación se tratase, te das cuenta de que estás atesorando momentos que le brindan todo el significado a la existencia.

El camino ya no parece tan exótico ni las metas tan grandiosas; el camino se hace familiar, cotidiano y las metas son menos ambiciosas (o no), pero nobles, luminosas. La reflexión o el balance se saldan con el sí.

Por eso, a fecha de hoy, y siendo que recientemente he recuperado mi capacidad reproductiva (esa que la lactancia me tenía a raya, no fuera a abarcar más de lo humanamente posible), nos planteamos, me planteo, si deseo repetir la experiencia.

Y en esas listas de PROS Y CONTRAS que recomiendan los psicólogos y que jamás en la vida he hecho, se aglutinan los contras sin compasión, y, convencida ya de lo idóneo, de lo conveniente, miro la lista de los pros, en la que bailan sobradas y risueñas dos únicas ideas: La primera, la TATA MADRINA, que hizo mi infancia mucho más divertida; mi adolescencia mucho menos dura y que, ahora, en la edad adulta, me hace sentir absolutamente afortunada de haber tenido una hermana.

La segunda, que no se describe con palabras, tiene el olor de Raúl cuando nació, el tacto cálido de sus manitos rechonchas en mi barriga y el sonido estruendoso de su primer “mamá”.

Visto lo visto, mucho me temo que, tarde o temprano, nadie nos libra de unas cuantas docenas de huevos más.

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