Y ¿Quién es ella? ¿En qué lugar se enamoró de tí? La llegada de un hermano.

Mmmm. Parece que ya es de día. Sí, efectivamente veo luz por los agujeritos de la persiana. Sin embargo mi habitación sigue en penumbra.

¿Dónde estará mi chupete? ¿Y mamá? No me gusta despertar solo y que todo esté en penumbra. Quiero ver a mamá.

Voy a llamarla. 

Mamá, Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, Mamáaaaaaaaaaaaaaa.

No viene. Quizás aún no me ha oído. Voy a llamarla un poco más fuerte. Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!

Por la puerta aparece alguien. No es mamá. Es papá. Yo quiero ver a mamá. Me gusta que mamá me abrace por la mañana cuando me despierto, y que me pregunte cómo he dormido.

Quiero ver a mamá.

Cielo, mamá está dando de comer a la hermanita. En cuanto termine, viene.

Pero yo quiero ver a mamá. Quiero verla ya. Quiero abrazar a mamá ahora. 

Antes mamá siempre venía cuando la llamaba. Antes siempre estaba cuando quería abrazarla.

Antes de que llegara la hermana, mamá siempre tenía tiempo para hacer desfiles tocando el tambor, para jugar a las carreras de coches, o servir de trampolín para que yo me resbalara por sus piernas…

Y ahora, lo echo de menos. La echo de menos. 

Podría ser un día cualquiera en las vidas de muchos padres.

Me he pensado mucho escribir sobre esta realidad. Cada vez que escribo en relación con algún tema que afecta directamente a mis hijos, me pregunto cómo se sentirían ellos si pudieran leerlo. Quiero ser todo lo delicada y todo lo respetuosa que se merecen sus sentimientos.

Enfocar la llegada de un hermano al entorno familiar es difícil y espinoso. En ocasiones, genera algunas situaciones que resultan arduas de manejar para los padres. Si a esto le unes que el mayor está en la “fascinante” y arrolladora etapa de los dos años, tenemos un cocktail bien cargadito.

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No negaré que en algunos momentos me he sentido superada, casi paralizada en situaciones así. Y en muchas de esas situaciones hubiera escrito sobre este asunto ofuscada, en un post que hubiera resultado muy distinto al que hoy Ustedes van a leer. Por suerte me he contenido y no lo he escrito.

Y escribo ahora, sentada en relativa paz, lejos de los niños; de los dos, y analizo la situación tratando de darle cordura.

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Y averiguo la realidad latente; que ha estado ahí desde el principio, tan clara, tan obvia, tan lógica… Y que, sin embargo, tantas veces se ha ocultado a mis ojos.

EMPATÍA.

EMPATÍA es el único truco o consejo que puedo dar a las madres y padres que estén pasando por esta situación. Por la llegada de un hermano menor.

EMPATÍA hacia los niños.

Parece un perogrullo, no? Pues no lo es. En absoluto. Deténganse un momento a hacer balance y apuesto a que pueden contar un buen puñado de situaciones en que, evidentemente de forma inconsciente, los padres tendemos a no hacernos cargo de los sentimientos de nuestros hijos; de los niños en general.

Sucede que bajo el nombre de rabietas, a veces lo que hacemos es minusvalorar las emociones de los niños; relativizarlas, restarles importancia. Consideramos que son cosas de niños, que no hay que hacerle demasiado caso.

Si nuestro amigo del alma nos llama a media noche llorando, diciéndonos que se siente muy mal, lo último que se nos ocurriría sería espetarle que deje de llorar y tampoco nos enfadaríamos ni pensaríamos que es una persona MALA.

No se sorprendan; no es ridículo lo que digo. Se han dado cuenta de que la sociedad habla de “niños malos” cuando demuestran especial sensibilidad (lloran) o tienen dificultades para dormir o comer, y que son “niños buenos” aquéllos que duermen mucho, comen bien y lloran poco??

Trasladen este criterio al mundo de los adultos. Seguramente nos parecerá que un adulto que llora con facilidad (AKA una servidora) es un ser sensible, y que una persona que no duerme mucho es vital o simplemente tiene insomnio… Con lo de la comida, tres cuartos de lo mismo.

Entonces, cómo medimos si un niño es malo o bueno?? Pues, sencillamente, en consideración a cuánta atención nuestra requieren. Si requieren mucha, son malos; si requieren poca, son muy buenos.

Así expuesto, estarán de acuerdo conmigo en que nos estamos equivocando. Que estas cuestiones no son lo que define a un niño, a un ser humano, como bueno  o malo.

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Bien, pues todo esto quería exponerlo como muestra de que, efectivamente, nos resistimos a ser PLENAMENTE EMPÁTICOS con nuestros hijos. A veces pienso que nos da un poco de miedo. Como si poner en valor sus sentimientos y darles relevancia supusiera una claudicación. Como si nos restara imperio, autoridad; como si los estuviéramos mimando… Y eso no es más que la consecuencia de una educación en la que se nos ha convencido de que a los niños hay que tratarlos con severidad… Mano dura… Y si más lloran, menos mean.

Lo primero que me aconseja aplicar la empatía en las situaciones a las que me estoy refiriendo es NO TRATAR DE APLACAR EL SENTIMIENTO del hijo mayor. No escandalizarse de que de repente quiera que soltemos al hermano menor y lo dejemos solo en la cuna, o que no lo vistamos, o que no lo alimentemos. En realidad lo que nuestro hijo quiere es estar con nosotros y eso implica que no estemos con el otro/a.

Tampoco tratar de evadirlo del mismo recurriendo a, como yo los llamo, opiáceos… Soluciones inmediatas que pueden calmar o conformar a nuestro hijo/a pero que dejan el problema intacto, aunque atrapado en algún lugar más profundo en el que fermentará y del que volverá más tarde, con un sabor aún más amargo.

Lo de las distracciones; al menos en mi caso, creo que puede ser una solución en situaciones de emergencia. Por supuesto.

Tampoco se trata de que seamos utópicos. No podemos pensar que, en todo momento, tenemos el tiempo y las circunstancias para tratar de mantener una conversación con nuestro hijo y encauzar su frustración de una forma positiva. A veces, simplemente no se puede. Esto es una realidad. Y, créanme, la TABLET , el móvil, los dibujos, el caramelo y otras muchas cosas pueden ser un recurso para estas situaciones.

Desde luego que en mi casa lo son. Y no pasa nada.

Simplemente, desde mi punto de vista, es conveniente, siempre que se pueda, tratar de encarar el problema junto al niño.

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Lo de no tenerle miedo a los sentimientos de nuestros hijos fue algo que me descubrió Marisa en una breve conversación que mantuvimos no hace mucho, y debo decir que me abrió los ojos.

Me di cuenta de que, en algún sentido, a veces estaba pretendiendo que mi hijo mayor fuera simplemente perfecto. Que no albergara ningún sentimiento negativo… Pero la realidad es que nadie lo es.

Todos los adultos, sin excepción, a veces nos enfadamos, a veces nos frustramos, a veces nos entristecemos, a veces (yo muchas) queremos cruzarle la cara a alguien, o coger las maletas e irnos lejos… ¿Por qué les negamos a los niños que puedan sentirse así?

Una vez superada esta fase. ACEPTANDO que tu hijo está triste por la mera existencia de su hermano/a (lo que no significa que no lo quiera); podemos ayudarle a verbalizarlo. Ponerlo en palabras ayuda, también ponerlo en garabatos sobre un papel, o en gestos faciales…

Después podemos hacerle ver que lo entendemos. Si en ese momento nos es posible darle un abrazo a nuestro hijo, éso puede ayudar a que realmente sienta que no lo juzgamos. Que lo queremos, incluso cuando tiene esas actitudes, aunque podamos decirle que no está bien lanzar juguetes contra los muebles o pintar la mesa del salón. Pese a todo, los queremos.

Seguidamente podemos decirle cómo lo vemos nosotros.

Un simple “Se´que para tí es un rollo que justo ahora, que estábamos tan a gusto jugando juntos a El Tío de la Pita, tenga que ponerme a darle de mamar a Manuela. A mi también me gustaría seguir desfilando contigo”.

En mi caso, también funciona generarle nuevas ilusiones, como por ejemplo, diciéndole “En cuanto termine de mamar tu hermana, la acostaré y entonces yo puedo hacer de Tomir y tu de Tamboril” o, más a largo plazo: “Cuando la hermana sea mayor, ella podrá hacer de reina mora e ir detrás de nosotros.”

Como digo, ser sensible a los sentimientos de nuestros hijos no implica hacer dejación de nuestra obligación de decirles lo que está bien o mal. Si, como consecuencia de la frustración mi hijo ha tirado la comida al suelo o ha lanzado un jarrón y lo ha roto, le diré que eso está mal y que tiene que recogerlo; una vez esté más tranquilo, tendrá que recogerlo, con mi ayuda si es preciso, pero deberá recogerlo… Mientras no lo recoja, no podremos ponernos a jugar de nuevo.

Una de las cosas que más me importa en este mundo, es que mis hijos desarrollen entre ellos un vínculo de amor.

Por ahora, la forma en que yo trato de fomentar eso es demostrándoles cuánto los quiero siempre que puedo. Les aseguro que funciona.

A mi hijo le encanta cuando los abrazo a los dos a la vez y les digo: Ay mis dos hijos, mis dos tesoros, lo que más quiero en el mundo!! Tanto es así que, él mismo, muchas veces aprovecha cuando tengo en brazos a su hermana para acercarse a mi y decirme: Mamá, tus dos hijos juntos...  Y, como sabe que aprovecho la más mínima ocasión en que están juntos para inmortalizar el momento, añade: No nos echas una foto? O corre a darle un beso a Manuela y exclama: Mira, mamá, cómo se ríe conmigo!!

Evito compararlos. Claro que son diferentes; pero diferentes nunca implica mejor ni peor.

Trato de mostrarles mutuamente cómo y cuánto les quiere su hermano/a. Acostumbro a decirle a Raúl que su hermana se lo pasa pipa con él porque hace muchas cosas graciosas y divertidas y, aprovecho cualquier ocasión para que Manuela mire a su hermano… No le hace falta mucho, es oír su voz y le entra el riso…

Tanto el de los 70´como yo intentamos con nuestro comportamiento crear en nuestros hijos el concepto de reglas de casa o, como yo prefiero llamarlo, POLÍTICAS DE EMPRESA o decálogo de buenas prácticas…

Por ejemplo es política de empresa dar las buenas noches; pedir las cosas por favor, decir gracias, dar besos; no pegar ni gritar al otro… Y esas políticas se aplican para todos y cada uno de los miembros de la familia. Espero que, de este modo, también mis hijos puedan desarrollar  las relaciones entre ellos sobre estas premisas.

Por último, ya saben lo ávidos que son los niños para asumir responsabilidades. Les satisface ser responsables de las cosas, así que trato de implicar a Raúl en el cuidado y aprendizaje de su hermana. Él se siente feliz de saber que podrá enseñarle a hacer filas de coches… y, de momento, insiste cada día en que Manuela coja alguno de sus coches. Me pregunta: Mamá, le dejo un coche a Manuela…? Y le contesto: Lo que tu quieras. Y entonces se dirige hacia ella y trata de que ésta lo agarre con la mano; como no lo hace, pese a su insistencia, lo deja sobre su cuerpo y dice: Mamá se lo dejo en la barriga..

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Además de todo esto, que para mí es lo fundamental, hay pequeñas prácticas que pueden ayudar con esta etapa. Una de ellas es organizar los calendarios de manera que logremos sacar tiempo para  hacer muchos planes en familia (todos juntos) y algún que otro plan de papá y mamá con cada uno de los hijos. No hace falta que sean planes muy excepcionales.

Mi hijo disfruta mucho salir una tarde sólo con mamá al parque y tomar un helado o ir con papá sólo en la bici…

Con todo, él disfruta mucho más los planes de todos juntos; y es que, en realidad,  con un hermano todo es MÁS DIVERTIDO. Ellos también lo saben… Sólo tienen que llegar a comprenderlo, y eso, lleva tiempo…

PD.1- Las fotos son de la Comunión de Ana, la hija de mis primos, Ginés y Ana. Gracias a los dos, fue un día muy bonito junto a la familia de mi querido padre.

PD2.- El vestido es de Zara y me pareció una opción muy buena para poder dar el pecho. Al ser camisero me lo podía desabrochar con mucha facilidad. Los zapatos son de Zendra.

PD3.- El peinado es obra de Toñi López. La verdad es que me encantó el resultado..

LAS VENTAJAS DE CASARSE CON UN MÚSICO

Hace unos días me preguntaba el de los 70´si me había parado a pensar en qué balance hago de las consecuencias que implica que él sea músico.

Se refería, básicamente, a que su trabajo le obliga a ausentarse en muchas ocasiones en días  y horarios no laborales para gran parte de los mortales.

Ya saben lo mucho que me quejo de esa incompatibilidad de horarios que sufre mi familia, pero lo cierto es que estar casada con un artista también encierra sus ventajas. Una de ellas es que muchas veces tiene que viajar por razones de trabajo, y si Júpiter se alinea con Saturno, toda la familia podemos acompañarle.

Eso pasó hace unas semanas. El de los 70´participaba con la Orquesta Sinfónica de la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM) en un concierto junto a Estrella Morente en que representaban El Amor Brujo de Manuel de Falla. Como era fin de semana  y además, coincidía con días festivos en Caravaca, decidimos que hacíamos las maletas y nos íbamos todos. Pero todos, todos, porque mi cuñado y mi hermana se apuntan a un bombardeo (y nosotros encantados) y a mi madre la cuasi obligamos y sorprendimos. No se me ocurría mejor regalo para el día de la madre que invitarla a pasar esos días con nosotros.

El tiempo acompañó y disfrutamos de un fin de semana súper divertido y relajante.

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Esto de los viajes en familia ha sido un descubrimiento para mí.

Viajar con niños es una oportunidad fascinante para educarlos.

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Educar me parece hoy en día, el proyecto o empresa más complicado al que me he enfrentado en la vida. Es muy difícil. Es un trabajo constante que ocupa todos los minutos del día, todos los días de la semana, todas las semanas del mes y todos los meses del año. Es un trabajo delicado en el que se avanza y se retrocede continuamente; en el que tienes que reinventarte; olvidar lo que habías aprendido; adaptarte una y mil veces; ser exigente con tus objetivos, relajada con tus exigencias y condescendiente con tus errores…

Cada situación cotidiana, por nimia que sea es una fuente de educación, para bien y para mal.

En todo este embrollo, viajar con los niños me parece una herramienta muy útil y sana para trabajar en la educación que queremos para nuestros hijos. Viajando los niños conocen el mundo y sus gentes: Empezando con el hecho de que carguen con sus propias maletas, se hagan responsables de lo suyo, esperen en la recepción de un hotel, pidan los servicios por favor, esperen su turno en el baño, vean cómo de contenta se pone su madre ante un plato de arroz de marisco; jueguen con la arena de la playa, descubran que juntos se pueden hacer muchas cosas, se lancen a preguntar por todo; cojan un autobús, un taxi, un tren; visiten un museo que le gusta a papá.

Viajando los niños tienen la oportunidad de disfrutar de la naturaleza y aprender a cuidarla; de considerar hábitos distintos y aprender a ser críticos y respetuosos.

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Creo que viajando la familia se conoce en su individualidad. Mi hijo puede ver que a mamá le gusta el mar y que la relaja; o que a papá le encanta recorrer la ciudad en bicicleta.

Creo que viajando con los hijos, éstos perciben cuánto se les quiere; porque les enseñas, porque te congratulas de su diversión.

Creo que viajar en familia ayuda a fortalecer los lazos..

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Supongo que todo esto también se puede aprender sin viajar, pero viajando se hace menos duro y más divertido. Creo que regalar a los niños experiencias es muy positivo para desarrollar su curiosidad.

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Desde luego que viajar con niños tiene sus inconvenientes y que viajar resulta caro, pero imagino que se trata de analizar ventajas e inconvenientes y establecer prioridades.

En nuestro caso, para enfrentar lo primero las sabias palabras del de los 70´que ya han resonado por aquí alguna vez: Puede que sea devastador para el cuerpo pero es regenerador para la cabeza; y para lo segundo: Quizás no podamos cambiar el coche y sigamos teniendo que tirar de transporte público en los viajes; quizás tenga que pasar con el par de pantalones que tengo o renunciar a comprar una lavadora nueva..

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(Aciertan dónde está el de los 70´?)

En cualquier caso, no se trata de hacer un viaje de 80 días alrededor del mundo… Creo que es suficiente con una escapadita de vez en cuando; y cuando el presupuesto y las circunstancias lo permitan, planear algo mayor!

ESPÉRAME

Espera, cariño, a que se me pase la frustración que me tiene en jaque desde ayer porque lo tengo todo a medias. Y cuando se me pase la frustración y me sienta más relajada, espera a que resuelva las cuestiones urgentes del trabajo.

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Espera a que termine de cambiar el pañal de Raúl (ya sabes lo que cuesta mantenerlo quieto durante 5 segundos) y te pregunto qué tal se presenta hoy la tarde en el trabajo… Aunque lo mismo cuando termine, empieza a pedirme brazos para ir a dormir y tienes que encargarte de acunar a Manuela, mientras me meto en la cama con él.

Para el pecho, espera tu turno; que después de que Manuela mame, tiene que manosearlo tu hijo, y ya, después, Manuela quiere mamar otra vez.

Espera a que ponga lavadoras, que no nos quedan bodies limpios, y puedo contarte lo que se me ha ocurrido que podemos hacer en el baño para ganar espacio.

Espera a que se duerma la niña y puedo preguntarte qué te parece la próxima gira europea de Pearl Jam. Espera que se duerma y soñamos con la idea de que podemos ir a alguno de los conciertos…

Hoy me he estado acordando de lo que nos reímos aquella noche en mi piso de estudiantes cuando te arrastrabas por el suelo liado en mi albornoz, mientras sonaba Spin de Black circle. Cuando termines de acompañar a Raúl en su comida, te lo recuerdo y verás cómo nos reímos los dos juntos.

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Espera a que terminemos de comentar acerca de cómo fomentar la autonomía de nuestro hijo y después te pregunto cómo va el Madrid en la Champions; aunque si nos enzarzamos en intercambio de opiniones, al final se hace la hora de recogerlo del cole.

Encárgate ahora de llamar a la casa de comidas para llevar, y después ya podemos darnos ese abrazo que tanto necesito.

Ayer quería decirte que estabas muy guapo con esa camisa nueva y que me gusta la forma en que te has afeitado la barba,  pero ya sabes cómo se despertó Raúl de la siesta… Entre unas cosas y otras, quedó para mí.

Ya se que te dije que podríamos ver una peli juntos cuando acostásemos a los niños, pero qué quieres que te diga!; me duermo de pie.

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He sacado un hueco para ir a la peluquería y me he depilado aunque no te hayas dado cuenta; o tal vez sí lo has hecho y pensabas decírmelo pero, como yo, no viste el momento.

Ya saldremos los dos, no te preocupes, ahora ve con tu hijo en la bici y pasa tiempo con él que sabes que le entusiasma.

Sí, se que la última vez que nos reímos juntos a carcajadas por algo que no fuera una payasada del Leñador, fue cuando acerté cuál era la tarea del hogar que más te disgusta.. En serio, no hace falta ser muy listo; cuando coges la balleta para limpiar el mantel repleto de migas de pan, pones la misma cara que cuando tuviste que defender tu concierto solista de final de carrera… Es obvio que te tensa.

Ya me imagino que debes encontrarte un poco triste ante la idea de que tu hermano se marche lejos. Espera a que termine de cuadrar la contabilidad familiar de este mes y hablamos de ello.

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Me han recomendado un libro que estoy deseando poder leer. Cuando termines de explicarle a Raúl por qué no puede comer ahora un bombón, me encantaría compartirlo contigo.

Pensaba aprovechar el viaje a Murcia para contarte que quiero empezar a hacer deporte, pero al final tuve que pasármelo cantando un “veo veo” que siempre empieza con la letra M..

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Qué bien me sentó el beso que me diste en el pasillo el otro día, de forma inesperada, mientras corría a la habitación de Raúl a por un pañal para cambiarlo, sobre todo ahora que tantas veces me miro al espejo y pienso que no hay manera de que pueda resultarte atractiva

Cuánto disfruto esos 3 segundos de retoce en la cama cuando nos acostamos, antes de caer rendidos. Es sorprendente sentirse mimado cuando pasas el día mimando a otros.

Me gustas mucho, hombre de los 70´, cuando me das la cena mientras sostengo a la pequeña que se ha puesto a llorar. En esos momentos me convenzo de que recuperaremos ese espacio a dos bandas que hemos dejado en barbecho.

Y lo que más me gusta de todo, es que tú lo tienes absolutamente claro: Volverán, como las oscuras golondrinas, las cenas para dos, las escapadas románticas, las noches y las mañanas de pasión, los conciertos y las películas…

Y, mientras tanto, sigue enamorándome cambiando pañales con garbo; haciéndoles a tus hijos ataques del amor y quedándote por la noche a dormir a Manuela para que yo pueda irme a la cama.

 

 

 

 

Mi niño es un maleducado.

El otro día despertó mi interés un artículo que alguien compartió en facebook del diario “El Periódico” a propósito de la tolerancia social hacia las familias con hijos.

En él, un padre de familia relataba una experiencia desafortunada mientras viajaba en el tren con sus hijos, ante la desaprobación por parte de algunos de los demás viajeros, de su presencia misma.

Lo más interesante para mí fue el debate que se creó, al pie del artículo,a través de los comentarios de los lectores.

Simplificando hasta el absurdo, había quiénes estaban a favor del padre indignado; otros comprendían perfectamente el rechazo que para los otros viajeros, provocaba la familia con dos niños pequeños y, otros, y aquí la muestra de población que puso en jaque mi razonamiento, opinaban que por supuesto que se debía tolerar la presencia de niños pero siempre y cuando fueran niños bien educados…

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Atendiendo a los ejemplos que muchos de los implicados en el debate utilizaban para justificar su empatía hacia los viajeros que mostraron abiertamente su rechazo hacia los infantes, MI HIJO ES UN ABSOLUTO MALEDUCADO.

Sí, sí; tantos desvelos, tanto empeño, tanto tiempo invertido en intentar educarlo para que, al final, me haya salido un pequeño monstruo indigno de viajar en tren, en autobús, en avión; de ir a un restaurante o a una cafetería… Y lo peor de todo es que todo eso ha pasado sin que yo me hubiese enterado.

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Yo, que respiraba aliviada en la idea de que tan mal no se nos estaba dando la cosa al de los 70´y a mí cuando el leñador, a sus tiernos dos años, casi siempre pide las cosas por favor, acostumbra a decir gracias y hasta está aprendiendo a pedir disculpas; yo, que me derretía de ternura porque mi hijo se interesaba por dar la mano a mi abuela de 92 años cuando vamos por la calle o, en el parque, termina dejando su bici a todos los niños… Resulta que era totalmente inconsciente de que estaba creado un monstruo..

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Un pequeño monstruo, sí, porque mi hijo, cuando vamos a un restaurante, después de alrededor de hora y cuarto u hora y media sentado en la trona, se baja al suelo y juega a las carreras con los coches alrededor de nuestra mesa; un completo trasto que echa limón y patatas fritas en su vaso de agua y lo revuelve todo; un esperpento que ríe a carcajadas sonoras; que se arrodilla y se mancha y que rompe los manteles de papel.

Cómo no me había dado cuenta de lo peligroso y molesto que resulta mi hijo cuando en el tren pregunta millones de veces dónde está el maquinista; o se empeña en  apoyar la cabeza en los cristales. Cómo no había caído en la cuenta de que es un completo terrorista que canta “La araña insi winsi” a plena voz o se quita los zapatos. Cómo no he sido consciente hasta ahora de que mi hijo no muestra respeto alguno hacia la sociedad, porque me pide que le lea un cuento o da vueltas sobre sí mismo.

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Aunque…. Esperen un momento… ¿ No se trataba de tolerar a los niños? Quiero decir, ¿A los niños normales; a los de toda la vida…?

Vamos a ver, personas adultas que no soportáis a los niños maleducados como el mío: ¿Qué diferenciaría a un niño  bien educado cuya presencia sí resulta tolerable en restaurantes y transportes públicos, de un adulto como vosotros? Si estamos hablando de niños bien educados, que no se levantan de su asiento en tres horas de viaje; que comen sin mancharse y que no despegan el pico; que se ponen la mano para toser o estornudar y hasta ceden el paso a las señoras, entonces, amigos, ¿!!cómo no los ibais a tolerar??!! De la misma forma en que se os tolera a vosotros…

Pero así no son los niños. No al menos los sanos; los que son felices. Los niños de dos años, normales y felices, no suelen estar más de dos horas sentados sin moverse, porque necesitan moverse y liberar adrenalina; no  pueden estar callados, porque tienen la necesidad de comunicarse, de preguntar; quieren saberlo todo.. Vaya manía más estúpida!; Quieren tocar el agua y chafar las patatas fritas porque están conociendo el mundo… Menudo despropósito!; cantan, porque así expresan su alegría… Qué estupidez!..

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Así que sí, los niños en ocasiones revientan la comodidad del silencio y la tranquilidad abosolutas; coincidir con niños en un restaurante implica  que no vas a sentir que cenas a solas con tu pareja…Pero, queridos y queridas, ¿no vivimos en sociedad? ¿no implica esta realidad soportar situaciones no siempre deseables?… A mi, a veces tampoco me apetece escuchar a los de la mesa de la comida de trabajo reírse a carcajadas contando chistes machistas cuando voy con mi familia… Pero a nadie se le ocurre pensar que a los machistas debería prohibírseles ir a restaurantes.. ¿Por qué, entonces, sí nos planteamos que los niños no deberían viajar en tren?.

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Y, aunque a algunos no les interese, las contrapartidas que nos ofrecen los niños, creánme, son mucho más interesantes que las que suelen ofrecer los machistas…

En definitiva: Quiero que mi hijo sea un niño bien educado y por eso me esforzaré en seguir enseñándole a pedir las cosas por favor, a no insultar ni increpar a los demás, a dar las gracias; a pedir disculpas… Pero seguiré dejando que mi hijo se baje al suelo en los restaurantes, cante y baile cuando oye música y me pregunte cuarenta y cinco veces dónde está el maquinista…

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Las fotos son un poco de aquí y de allá…

 

 

La increíble sensación de venirse…Abajo

O sentirse superada. Totalmente. Con la situación fuera de todo control.

La mayoría de homo sapiens sobre la faz terrestre habrán experimentado esta sensación alguna vez y coincidirán conmigo en que resulta terrorífico. Uno desea desaparecer; encontrar una vía de escape bajo los azulejos del baño que te lleve a mundos más amables.

Creo que la maternidad, sobre todo cuando es múltiple, es un hervidero imparable de increíbles sensaciones de venirse abajo (dicho sea, para los que quieran empezar a señalarme con el dedo, que también es un hervidero permanente de increíbles sensaciones de venirse arriba, y que, como todos Ustedes saben, éstas superan siempre el filtro letal de nuestra memoria, mientras las primeras sólo salen ilesas cuando son especialmente traumáticas… Seguro que nadie se acuerda de esa mañana de Lunes en que su hijo mayor tiró su primer vaso de agua al suelo, mientras el pequeño gateaba por la cocina desnudo y las tostadas del desayuno empezaban a quemarse…).

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Pues me ha dado por pensar en ello desde que leí este post de MAMÁ EN EL SIGLO XXI.

Y es que, no quiero ponerme en modo anuncio de jamón de york de Campofrío pero…Qué narices: Somos puñeteras heroínas!

La maternidad, la mía y las ajenas, me ha desvelado el sublime poder de la mujer; de la mujer madre… Y no es que subestime en absoluto el poder de la mujer no madre.. Ni del hombre y, por consiguiente, del ser humano en general; de sus capacidades, sus límites o posibilidades… Es simplemente que hoy quiero hacer mención de honor a éstas; porque, queridos y queridas, a veces es realmente duro, muy duro, y sin embargo, no nos adelantan la edad de jubilación.

Mientras leía el post de mi compañera, casi me echo a llorar; porque podía ponerme en sus zapatos y sentir la angustia de ese momento en que se apodera de tí la increíble sensación de venirse abajo… En que, en el mejor de los casos, haces como ella y te encierras en el baño durante dos minutos, conscientemente indiferente a los peligros que mientras tanto, puedan acechar a tu prole, y lloras amargamente (eso sí, durante dos minutos) con el grifo abierto en su máxima potencia.

He descubierto que para muchas mujeres con descendencia, el día tiene 30 horas; la noche apenas un par de ellas; son capaces de subsistir alimentándose poco y a deshoras, consiguen almacenar en sus cerebros más citas, datos e informaciones que los servidores del Pentágono y, además, se ponen los labios rojos para salir a la calle; beben vino mientras discuten de política; se presentan a oposiciones; hacen crecer un negocio; hacen yoga; corren maratones; montan en Harley Davison…

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Mi maternidad me ha permitido poner en otra óptica las historias que mi madre me contaba de cuando, tras traerme al mundo, tuvo que quedarse hasta diez días en el Hospital, con todos los puntos de la episiotomía infectados, con 39 de fiebre y acunándome entre gemidos por los pasillos del Clínico La Arrixaca; de cuando, con los dolores de un cólico nefrítico (las que, como yo, los hayáis sufrido, saben que son para volverse loco) se ocupaba de un bebé con pulmonía (AKA una servidora) y de una niña de año y medio que, de pura necesidad de atención, tenía hasta llagas en la boca…

Y hay momentos, compañeras y compañeros, en los que el medidor de presión oscila a lo largo del espacio sombreado en rojo, y es necesario que la válvula suba y gire, y libere la presión porque, de lo contrario, se produce una explosión. Una explosión en forma de gritos, llantos, culpas, miedos o cosas aún peores.. Y, aunque la mayor parte de las veces, se puede arreglar, es un momento del que no nos gusta participar.

Y, como para muestra un botón, les cuento que últimamente también yo me he sentido al borde de hacerme un  Meryl Streep en Kramer contra Kramer. Concretamente cuando, con mi hija de 18 días enganchada al oxígeno en un hospital, tras tres noches sentada en un sillón raído y con el mecanismo de reclinar inutilizable, sacaba apenas hora y media para poder ver a mi otro hijo y, al tener que abandonarlo de nuevo (preocupada por si a Manuela le iban a poner la nebulización y no iba a llegar a tiempo de ser yo quién la sostuviera mientras lloraba) me pedía: “Mamá no te vayas” y me preguntaba, acentuando con el mayor salero del mundo el tono interrogativo: “Te quedas que juguemos?“;

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Y en momentos como ése, indescriptiblemente cansada, tratando de ignorar las listas de to does; el trabajo; los pelos de loca; la capa de polvo que envuelve los muebles del salón; la lista de llamadas de mis amigas… Piensas en una cama con sábanas blancas y limpias, que no huelen a leche materna, en una taza de fresas con nata al despertar y una película europea de media tarde.

Pero Ustedes saben como yo que si te lo ofrecieran (la cama, las fresas y la película) no las cambiarías por las cuatro barras de hierro con forma de sillón que te permiten estar al lado de tu bebé cuando entre cables y gomas, te sonríe; o la hora y media que puedes pasar jugando con tu hijo y escuchando las risas escandalosas que le provocan tus cosquillas…

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Y no es que palos con gusto no duelan; claro que duelen, pero hay algo mucho más grande, y eso, nosotras y ellos (padres y madres), lo sabemos.

 

 

 

Bienvenida al mundo. Bienvenida a casa (crónica de un parto mil veces anunciado)

El pasado día 4 de Febrero, Jueves ya, a las 00.06, después de haberse hecho infinitamente de rogar, llegaba al mundo nuestra pequeña Manuela.

Desde el Martes por la mañana estaba teniendo cada vez más contracciones. De hecho, llamé a mi hermana ese mismo día  para decirle que creía que sería esa tarde.  Al final tampoco fue esa tarde, y mi familia estaba al borde del infarto con mis pálpitos sobre el parto… Tanto, que casi se lo pensaron cuando el Miércoles por la tarde les llamé para decirles que me iba al hospital…

El Miércoles a media mañana empecé a sentir un cansancio insoportable y mucho sueño. . Se me cerraban los párpados, así que tuve que dejar el trabajo y acostarme a dormir.

Durante toda la tarde estuve teniendo contracciones, pero no me alarmé porque tampoco eran nada nuevo… Algunas más intensas, tal vez.

Sobre las 18:00 horas de la tarde, las contracciones se empezaron a hacer regulares; las sentía cada 9 minutos aproximadamente. Me temía que el proceso empezaba a desencadenarse, pero por los muchos relatos de partos (con Raúl rompí la bolsa y no tuve la experiencia de ponerme de parto, porque fue inducido) que había leído en internet, consideré que aquéllo duraría horas hasta que estuviera en el momento oportuno.. Así que con calma, me puse mi lista de Spotify “Songs to exist” para relajarme un poco y empecé a bailar en el salón con mi Leñador, al ritmo de Hand of Love de The Sound.

Pero la cosa parecía ir más rápido de lo que me había planteado y, sobre las 19.30, las contracciones eran ya cada 3 minutos. Aún no había avisado a nadie, así que me apresuré en llamar al de los 70″ que parecía que hubiese tenido que venir desde los 70´. No se si alguna vez he contado por aquí que mi marido no va a morir de un infarto. Tardó casi media hora en aparecer. Media hora que se me hizo eterna. En un momento lo llamé y me soltó: “Estoy buscando aparcamiento“… Y yo ya me lo imaginaba tratando de evitar la zona azul, calles demasiado estrechas, zonas poco transitadas.. Y las contracciones seguían cada 3 minutos.

En cada contracción me ponía en cuclillas y balanceaba el cuerpo para facilitar la colocación del bebé.

Cuando mi querido esposo se dignó a aparecer con calma y quietud, en una representación perfecta de lo antagónico a lo que reflejan las películas sobre los papás cuando sus queridísimas se ponen de parto, y, cuando también llegaron abuelos para atender al que se quedaba, cogimos las bolsas y nos fuimos al hospital. Ese momento en el que me despedía del leñador sabiendo que era el último en el que sería mi único hijo (al menos de forma visible para èl) me provocó sentimientos encontrados. Sentí mucha tristeza al dejarlo tan ajeno a lo que iba a suceder.

Al llegar a Urgencias, mientras esperábamos en la sala de espera, me sentía muy tranquila, cómoda, y empecé yo también a dudar de que nos fuéramos a  quedar.

Me hicieron pasar a monitores. La matrona me preguntó cómo me encontraba y si tenía contracciones. Le dije que sí, pero que no me encontraba mal; no me dolían demasiado. Algo, no obstante, debió observar en mí porque decidió explorarme inmediatamente, antes de ponerme en monitores. Al hacerlo vi como pedía una lanceta y le pregunté para qué, algo alarmada. Me dijo que iba a romper la bolsa y le contesté: Pero ¿ya? Y me dijo, ¿cuándo quieres que lo haga si tienes más de 5 centimetros de dilatación..?

La verdad es que no lo esperaba y, de repente, me encontraba con todos los aparatos conectados y en camisón sobre la cama. Algo empezaba a no gustarme.

Seguidamente me dijo que iba a llamar al anestesista. Gran momento de la tarde: Le indiqué que mi intención era intentar dar a luz sin ponerme la epidural y que, en ese momento, puesto que me encontraba soportando el dolor con bastante dignidad, prefería aguantar…

No le sentó nada bien a la señora esta indecisa decisión porque me espetó que “de intentar, nada” que me daba 10 minutos para decidir si quería ponérmela o no. Que era ahora o no era nunca. A todo esto añadió: Cuando el dolor sea insoportable no quiero tener que discutir contigo…

Realmente esa actitud era todo lo contrario a lo que necesitaba para haber continuado con mi propósito del parto natural. Diez minutos. No lo sabía; no sabía lo que quería hacer… Empezaba a sentir dolores más intensos y sobre todo empecé a sentir MIEDO. Miedo atroz a decir que no quería epidural y a encontrarme después incapaz de soportarlo. Pedí que llamaran a mi marido, que seguía en la sala de espera, y la matrona me dijo que éso era algo que debía decidir yo sola.

Me temía que había dado con una de esas matronas para las que la parturienta, acá una servidora, no tenía vela en el nacimiento… Pese a que me encontraba bastante empequeñecida por los acontecimientos, arranqué el valor para decirle que quería ver a mi marido y hablar con él.

Con cara de bastante contrariedad, se fue a llamar a la sala de espera y a hacerlo pasar. Le comenté lo ocurrido y le dije que podía soportar el dolor y que quería continuar intentándolo y él lo vio perfecto; me veía bien… Pero en ese momento volvió la matrona pro epidural y me dijo que me iba a doler mucho más.

Nos preguntó por qué razón no quería epidural y le expliqué lo que me sucedió en el nacimiento de Raúl. Me dijo que eso no me iba a volver a suceder de ninguna manera. Que en ese momento tenía demasiado epidural en el cuerpo porque había pasado más de 10 horas conectada a la oxitocina y a la anestesia; pero que en esta ocasión la cosa iba rápida y que la anestesia me quitaría el dolor pero no me impediría sentir las contracciones.

Raúl resultó totalmente convencido por la matrona y me dijo que por él se la pondría. Que puesto que no iba a tener el mismo problema que con Raúl, entonces, para qué iba a estar sintiendo el dolor??!! Francamente no fue por falta de apoyo. Raúl me apoyaría aunque lo que quisiera fuera cruzar el atlántico a nado, pero él no quería verme pasar dolor y la matrona resultaba francamente convincente con sus palabras.

Pues, con este panorama, accedí a ponérmela… Con las mismas dudas que hubiera albergado si hubiera decidido no ponérmela finalmente, y muy confiada en que en esta ocasión, la sensación fuera distinta.

Y tan distinta me pareció!!, pues, aunque el anestesista me había indicado que en 10 o 15 minutos me haría efecto, había pasado media hora y, en cada contracción, sentía un dolor altamente intenso… Cada vez más intenso. Se lo dije a la matrona y le faltó reírse en mi cara. No hacía falta ser experto en lenguaje no verbal para percibir el orgullo de quién se sabe convalidado en sus predicciones por los hechos constatados. Vamos, la señora estaba pensando algo como… Mírala, la que quería parir sin anestesia!! Pero debió de quedarse con alguna duda porque volvió a entrar a la sala y, viéndome realmente apurada, partiendo cada uno de los huesos de la mano de mi esposo, se acercó a mirar el cateter de la epidural para, a continuación, exclamar: Madre mía, si no está saliendo!!

AJÁ, Señora, quién hubiera reído ahora henchida de orgullo habría sido yo si no hubiera sido porque el dolor no me daba tregua…

Decidió explorarme antes de llamar al anestesista y me dijo que estaba de 8 cm y medio… Vaya por Dios!! los Astros se habían rendido a mi deseo de aguantar sin epidural. Enseguida entró el anestesista en la habitación y, sin decirme nada, cogió el catéter y me suministró por esa vía un fármaco.

A continuación, indicó: Te he puesto otra cosa que te hará un efecto muy rápido y te provocará bloqueo muscular total. No da tiempo a otra cosa…

MANDE??!! Quiere decir que dejaré de tener cualquier tipo de sensibilidad de cintura para abajo en 5 minutos??! Pues sí. Así era.

No me lo podía creer!! Había llegado al hospital con más de 5 cm de dilatación, después de bailar los dolores de parto al ritmo de Van Morrison y Tom Waits; había manifestado mi deseo inseguro de dar a luz sin anestesia para evitar la impotencia que sentí durante el expulsivo de mi hijo, en esta nueva ocasión; había sucumbido a las bondades de la epidural cantadas por la matrona pro anestesia y a su firme convicción de que esta vez sería distinto; sin embargo, por piruetas del destino, había completado hasta una dilatación de más de 8 centímetros sin una gota de anestesia… Y ahora, a las puertas del final, iba a pasarme EXACTAMENTE LO MISMO que me pasó con Raúl… Precisamente lo que quería evitar… Después de todos los vaivenes, de los dolores, de los miedos y de las dudas…

Entré en modo cólera. Sólo la parsimonia de mi hombre de los 70´ y el apoyo moral de mi familia al otro lado del What´s app, consiguió sosegarme y permitirme concluir que iba a dar a luz a mi hija, sí o sí, y que, puesto que nada se podía hacer ya, no valía la pena estar enfadada. No podré negar que el hecho de imaginarme un expulsivo igual, me frustraba y me hacía sentirme decepcionada.

Sin embargo, por otra pirueta del destino, NADA FUE IGUAL QUE en el expulsivo del Leñador… Y la matrona pro anestesia, que tanto me había disgustado en un primer momento, de repente se convirtió en una profesional dulce, atenta y muy experimentada.

Me llevaron a paritorio. Me hizo saber que sentía que al final me hubieran tenido que poner la solución rápida pero que empujaría, y lo haría muy bien.  Yo me tomé un minuto para decirle a Manuela que iba a hacer todo lo que estuviera en mi mano.. Que me iba a dejar la piel.

Y empecé a empujar cuando la matrona me indicaba.. Empujaba sin sensibilidad, con la cabeza, los brazos y la parte del tórax que se mantenía viva… Lo hacía como podía, todo lo fuerte que podía.

Al tercer empujón la matrona hizo traer el espejo y vi cómo salía la cabeza de Manuela… Llenita de pelo; con mucho pelo… Y me sentí impresionada; maravillada. En dos empujones más mi niña preciosa estaba fuera.

Dios mío; qué guapa estaba!!!

Recuerdo que lo primero que pensé es que se parecía muchísimo a su hermano. Estaba preciosa… Caliente, otra vez.. Suave, tan mía, tan dulce y tan tierna… Tan milagrosamente viva, moviéndose, llorando, mostrando su rechazo a la luz, el frío, el mundo… De nuevo en mis brazos, pegada a mi pecho… Fue sencillamente asombroso.

No tuvieron que hacerme episiotomía, ni maniobra de Kristeller, ni desgarro, ni nada de nada… Manuela había venido al mundo con bastante prudencia; sin alboroto, pero con firmeza y decisión.

Manuela llegó al mundo a las 00.06 del día 4 de Febrero; pesó 3.560 kg y midió 50 cm. Y se hizo patente que todos la estábamos esperando. Todas nuestras vidas.

Y qué quieren que les diga… Que ya se ha incrustado en mi piel de nuevo, ese momento de contacto caliente y húmedo y que, de nuevo, pese a todos los giros inesperados que nos deparó su llegada, fue, junto con el nacimiento de mi hijo, la experiencia más maravillosa de toda mi vida.

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SÁBADOS Y ALUMBRAMIENTOS II

Esta entrada es anterior al nacimiento de nuestra hija Manuela. No había tenido tiempo de publicarla antes, pero lo hago ahora como prrludio de la experiencia reciente. A ver si los fierecillas me dejan un rato para sentarme!

Como lo prometido es deuda, y mientras puedo saldarla, voy a finalizar la historia del día en que el Leñador conoció el mundo por primera vez.

Me quedé por el momento de entrar al paritorio.

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Creo que fue éste en el que las matronas se dieron cuenta de que se habían pasado con el chute de epidural, porque no pude ayudar NADA EN ABSOLUTO a trasladarme a la camilla. Ni siquiera apoyar la pierna sobre la cama con fuerza para facilitarles a ellas el trabajo. La misma historia sucedió de la camilla al potro.

Y, como digo, empezaba la hora más dura del parto para mí. No tenía dolor. Nada de dolor en absoluto. Estaba completamente dormida de cintura para abajo; sin embargo me sentía extenuada, mareada, y no dejaba de vomitar jugos gástricos (que es lo único que a esas alturas permanecía en mi estómago).

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La matrona que me atendió durante el expulsivo (que era distinta a la que había estado junto a mi durante el tiempo de dilatación) era otro ángel del cielo y me decía cuando tenía que empujar.. Y yo, sin sensibilidad alguna, trataba de ejecutar lo que recordaba que se hace para empujar. Mi cerebro se empeñaba en dar a mis músculos las órdenes de tensionar y apretar, pero no podía comprobar que lo hacía; no podía sentir que contribuía en modo alguno a que saliera.

Al parecer algo conseguía porque la matrona, cual coach de primera, me insistía en que lo hacía muy bien y en que tenía que empujar un poco más… Pero el tiempo pasaba y Raúl no termina de aparecer. Había pasado casi una hora (yo seguí vomitando sin parar… Muy cansada) y empecé a percibir cierta inquietud en la matrona. Sentí miedo. No quería que hubiera forceps, ni ventosa, ni mucho menos quería imaginarme una césarea de urgencia y ya sólo pensaba en que Raúl estuviera bien… Fue bastante agónico.

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Al final el ginecólogo apareció por allí y observó mi último pujo. Como un león se subió sobre mí y me hizo la polémica maniobra de Kristeller: Aplicando una fuerza que me hizo gritar, apretó su brazo contra mi bajo vientre y deslizó como una pala hacia abajo.

Mucho había oído hablar sobre lo peligroso de esta maniobra y sentí miedo, aunque, hoy por hoy creo que si no lo hubiera hecho, tal vez hubiese sido necesario emplear otro instrumental…

Y no se si fue la adrenalina o qué otra bendita hormona de las que fueron muy oportunamente colocadas en nuestro organismo, pero cuando Raúl salió; cuando lo ví, cuando lo colocaron sobre mi pecho, NO TENÍA NADA…. Ni miedo, ni angustia, ni mareo, ni cansancio, ni obcecación… Fue como si yo misma hubiera vuelto a nacer. Me sentía bien. Estaba bien. Estaba feliz.

Por eso guardo un buen recuerdo del parto; porque sea como fuere, al final Raúl salió, y salió bien, y pude tenerlo durante dos horas pegado a mi pecho tras dar a luz… y esa sensación de calor húmedo junto a mí no desparece de mi piel jamás. Está incrustada.

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No obstante todo ello, esa misma experiencia es la que me ha hecho albergar el deseo de prescindir de la epidural en este parto. Pero esto es otra hitoria.

En los últimos días, la decisión acerca de si quería o no epidural, me ha venido costando demasiado estrés y ansiedad.

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La verdad es que, aunque admiro profundamente a las mujeres que encuentran algo místico en el dolor del parto y deciden, en consecuencia, dar a luz sin epidural (como un trance único y decisivo para el vagaje emocional de la mujer), el pragmatismo heredado de mi madre, me excluye de ese grupo. Pienso que si hay una opción segura de evitar un dolor tormentoso, entonces eso es una cosa buena. Sin embargo hay dos razones que me llevan a desear parir de forma natural (como dicen).

Por un lado, quiero sentir como puedo empujar; quiero empujar. Es muy agónica la sensación cuando la matrona insiste en que empujes y no tienes un carajo de idea de cómo hacerlo, o de si lo estás haciendo… Te sientes completamente inútil. Es como si no pudieras contribuir en nada al alumbramiento de tu hijo. Únicamente estás ahí, lo intentas, pero por más que lo haces, tu cuerpo no responde.

Creo que la sensación de ver cómo tu cuerpo hace su trabajo debe ser satisfactoria.

Y luego está el miedo, a que si se mantiene esa imposibilidad haya que instrumentalizar…

Por otro lado, tuve un postparto más bien malo y, tengo oído que sin epidural la recuperación es mucho más rápida.

Así las cosas, en mi interior se debaten estas razones con las que me aconsejan evitar el dolor si es difícilmente soportable.

Como quiera que no me apetece librar más este debate emocional, mi decisión última ha sido dejar que los acontecimientos se sucedan según su ritmo normal y tomar la decisión en el momento, atendiendo a las circunstancias… Quién sabe? Quizás soy de ese selecto grupo que da a luz en dos empujones… O quizás las cosas se complican, y no me queda elección.

PD- Las fotos siguen siendo del Sábado pasado

LA CANASTILLA DEL BEBÉ

Buenas tardes a todos/as:

Sigo embarazada. Noticia nefasta para mi ansiedad, y de regocijo para mi lista de “to does”.

Hace un par de semanas que, ante el marcaje de mi Señora madre, tengo preparada la bolsa del hospital con las cositas de Manuela.

Supongo que todo el que tenga la suerte de tener a su madre cerca, tiene la bolsa del hospital preparada con suficiente antelación… Si alguna de Ustedes peca de despistaílla, le cedo a mi madre unos días. Le garantizo que tendrá la colada hecha y las ropitas del bebé planchadas, antes de llegar a la semana 37.

He pensado que quizás a alguien pueda serle de utilidad ver lo que yo (con la inestimable e insistente ayuda de mi madre mutada en grillo pepito), he preparado para llevar al hospital.. Y si no es el caso… Si no les resulta útil en modo alguno, al menos pongo fotitos de la ropa pequeñita de Manuela, que es una auténtica monada..

1.- Evidentemente, la bolsa: Ésta es la misma que utilicé con Raúl. Es de Tuc Tuc y la compré en una tienda de Caravaca.

La verdad es que fue una  buena compra porque nos ha dado mucho juego para viajar mientras Raúl era más pequeño. Tiene muchos compartimentos diferentes para organizar las cosas del bebé  y, además, es de un tejido que se lava con mucha facilidad:

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2.- Pañales, toallitas y cremita del culete:

En algunos hospitales facilitan los pañales.

Las toallitas y la crema son las que finalmente he terminado utilizando para Raúl porque me han convencido más.

La cremita de Welda, de caléndula, me la regaló por primera vez mi socia y amiga Julia cuando nació Raúl. Simplemente me encantó. Cómo huele, su textura y, especialmente su eficacia. A Raúl apenas se le ha irritado la piel del culete usando esta crema y si alguna vez hemos usado otra que le ha provocado irritación, al volver a utilizar ésta, se ha calmado muy rápidamente. La venden en el Corte Inglés y en algunas farmacias o parafarmacias. Por supuesto en internet, siempre.

Las toallitas, junto a las de Suavinex, son mis favoritas también.

 3.- Bodies:

De bodies no he comprado ni uno!! Son todos de Raúl. Tengo muchísimos.

Todas las mamás sabrán que recién nacidos los niños hacen muchísima caca.. Raúl hacía prácticamente con cada toma y, por el tipo de caca que es, (líquida) casi siempre terminaba saliéndose del pañal y ensuciando toda la ropita. Como en casa no teníamos secadora y era pleno invierno, tuvimos que armarnos con un arsenal muy importante de esta prenda si no queríamos dejar al peque desnudo mientras se secaban las coladas.

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Éstos son todos de H&M. La verdad es que son mis favoritos. De algodón orgánico y con apertura lateral. Son muy cómodos y bonitos.

4.- Gorros y Manoplas:

Tenía un conjunto de gorro y manoplas muy bonito que la Tita Elena regaló a Raúl para cuando nació y que iba acompañado de un pijamita precioso. Todo de Tous.

Hace unos días mi hermana me regaló otro conjuntito en color rosa. Me los llevo los dos, así estrena modelito cada día.

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5.- Pijamas: 

Llevo cuatro pijamas.

Concédanme un segundo antes de llamarme exagerada.

Llevo dos pijamas de la talla 0 y dos de la talla 1. Con Raúl me llevé la mayoría de la talla 0 y no pude ponerle ninguno. Le quedaban muy pequeños y tuvimos que salir corriendo en búsqueda de pijamas más grandes. Así que esta vez, prevengo.

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El de rayas grises es uno de los que se quedó sin estrenar con Raúl.

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6.- Ropita:

Llevo también dos conjuntos para la salida del hospital. Uno un poco más pequeño y otro más grande.

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7.- Una mantita:

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8.- El chupete:

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Con Raúl seguí los consejos de la matrona que aconsejaba no utilizarlo hasta los 15 días de nacimiento del bebé para que no pudiera confundirle y entorpecer la lactancia. Al final Raúl no cogió el chupete hasta pasados muchos meses…

En esta ocasión tampoco quiero introducirle el chupete de forma rápida. Para favorecer la lactancia (experiencia que para mí ha sido altamente gratificante, como contaba aquí) prefiero ponerlo al pecho cada vez que necesite mamar (por la razón que sea..) y, ya, más adelante, intentaré introducirlo porque, ciertamente, con Raúl nos ha venido muy bien. No obstante, es uno de esos “por si acasos”.

8.- El regalo de la tata:

El regalo de la tata madrina es el llamado BRINGING HOME BABY BUNDLE de FRESHLY PICKED (marca americana de mocasines y zapatos).

Desde que lo descubrí en el blog de una chica que suelo leer y que, al parecer, había colaborado en su diseño, me dejó prendada. Es una preciosidad. Se trata de una canastilla que se compone de una bata para mamá; una gasa o sabanita fina para el bebé o lo que los angloparlantes llaman Swaddle y utilizan para liar a los recién nacidos de esa forma que parecen larvas (técnica que, por cierto, creo que funciona para darle bienestar y seguridad al bebé y evitar el llanto); un gorrito para el bebé, unos calcetines para mamá y unos mocasines que son realmente adorables.

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El mío es en color Blossom (cerezo), pero los hay también en gris y azul. Lo hubo también en amarillo, pero me temo que fue una edición especial y a fecha de hoy, está agotada.

No llevo nada de aseo como geles, champús y colonias.

El baño se lo hacen en el hospital con su propio utillaje y en cuanto a la colonia, tengo que reconocer que no soy muy partidaria de las colonias en los recién nacidos.

Tienen un olor fascinante; genuino y único y me parece una locura enmascararlo debajo de una colonia! Es como mezclar un buen Ribera con coca-cola, o no?

Por lo que a mi respecta, procuro no olvidarme de: Una bata, unas zapatillas de casa, la bolsa de aseo, una ropa para la salida del hospital; compresas maternales y discos de lactancia!

 

Creo que eso es todo…

 

 

 

MANUELA

No me cuesta nada imaginarme tu reacción desde hace unas semanas, cada vez que me hubieras visto llegar con la enorme barriga que luzco..

Parece que te estuviera viendo ahora mismo acercarte a la cunita el primer día en que vuestras vidas confluyeran;  con los ojos húmedos y arrugados y tu risa incontenida. Ay tu risa! que era tan verdadera… Que me recordaba a cuando eras niño sin que yo, lógicamente, te haya  conocido de niño…

Y la misma cantinela repetirías al verla cada día, o cuando la acunaras en brazos cantándole aquélla nana de Mercedes Sosa que cantaba Víctor Jara.

(No me cabe duda de que votarías a Podemos si te enterases de que la canta Pablo Iglesias…)

Echo de menos decirte que estoy asustada; que la inmensa alegría que siento, no siempre empequeñece el temor de enfrentarme a la nueva situación.

 Todo porque sé que no me ibas a compadecer…Antes al contrario. Sé, a ciencia cierta que me dirías dos cosas:

La primera, que un hijo es lo más maravilloso que te puede regalar la vida… Y que Dios proveerá; y la segunda que donde caben 4, caben 5, y que, en el peor de los casos; todos a tu casa… y tú tan feliz.

Tu nieta, papá, se llamará MANUELA. Como tú, que significa Dios con nosotros; porque nos encanta como suena… Porque Manuela suena a mujer fuerte y de corazón noble… a dulzura y a carácter…

Y porque es tu nombre; el que resuena en mi memoria el día de hoy, de tu cumpleaños, con tanta fuerza.

Ésto sería lo que harías cada día al verme,  y al verla: CANTAR, como siempre:

PD.- Y no te preocupes, me encargaré de que la llamen MANUELA, sin diminutivos ni sucedáneos… y así te desquitas de que, muy a tu pesar, todos te llamaran MANOLO.

Embarazo: Segundo trimestre. De los plexos coroideos y otras historias para no dormir.

Tan inmersa me encuentro ya en el tercer trimestre que casi se me han olvidado las bondades del segundo.

Ahora, que ya empieza a no haber posición compatible con las formas y dimensiones de mi cuerpo cuando se trata de dormir, lejos me quedan las noches boca abajo y los despertares con la espalda indemne.

Como una ensoñación, vienen a mi memoria días sin nauseas y de asombrosa agilidad.

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Recuerdo cómo engullía sin remordimientos cual profundo e insaciable agujero negro y, aún así, hacía la digestión sin enterarme.

También me acuerdo de que seguía llorando con los trailers televisivos de “tengo una carta para ti” (no les quiero ni contar lo que están haciendo ahora, en mi frágil estabilidad emocional, los anuncios navideños..). Y todo eso por no hablarles de las cosas serias. Si, como la mayoría de Ustedes, me siento hundida por las tragedias que se están viviendo en el mundo en los últimos tiempos, les aseguro que afrontarlas con la sensibilidad que comporta el estado hormonal de una preñez, resulta devastador.

Recuerdo que el pelo me lucia fuerte y brillante y la piel tersa. Recuerdo vitalidad y ánimo alegre. Recuerdo regularidad intestinal (que queda ya muy lejos), y hasta ver pelis por la noche.

Pero como a menudo no todo puede ser perfecto, recuerdo haber pasado semanas de angustia y preocupación; de miedo y desazón.

En la ecografia de las 20 semanas nos dijeron que nuestra hija tenía dos quistes en los plexos coroideos; es decir, en el cerebro.

El ginecólogo que me atendió fue amable y trató de restarle importancia al hallazgo. Me dijo que era bastante común y que solían desaparecer; que, puesto que no se percibía ninguna otra anomalía en nuestra pequeña, se descartaba la amniocentesis y que no sería nada, que no me preocupara.

Pero madres y padres del mundo: Cómo no nos íbamos a preocupar?!!

“A toro pasado” he comprobado que es algo muy común con lo que la ginecología actual está muy familiarizada; pero no les miento si les digo que, antes de que le pasara a nuestro bebé; no era nada consciente de ello.

Y, como no puedo negar una malsana adicción a autodiagnosticarme a través de páginas y foros de Internet; allí que empecé yo a buscar respuestas; en la soledad de mi hogar; sabiéndome culpable, como si estuviera vaciando cuentas corrientes ajenas.

Ésto viene siendo así casi desde que empezó el milenio; y miren que soy más bien de ir al medico poco o nada. Y les puedo decir, que con cada síntoma introducido en google siempre acababa convencida de que tenía VIH… Les aseguro que todos los síntomas del mundo (por extraños que parezcan) pueden relacionarse con el VIH.

Y lo cierto es que, últimamente, “me estoy quitando”; pero aquel día; con las palabras quistes y cerebro rondando en el mío, no pude evitar lanzarme a los brazos engañosos y despiadados de la red.

Y allí empezó la zozobra: Que si trisomía 18 ; que si graves malformaciones; que si esperanzas de vida…

Y las informaciones que discretamente íbamos recopilando nos alentaban a no estar preocupados. Discretamente, digo, porque apenas me atrevía a verbalizar el problema, que parecía ganar realidad cuando lo exteriorizaba.

Consultados tanto profesionales médicos de nuestra confianza como alguna persona que había lidiado con el mismo susto o parecido, todos nos decían que lo más probable es que no fuera absolutamente nada.

Pero había una cosa; un dato que me impedía abandonarme a la confianza y al optimismo; y era que casi todos preguntaban si era un solo quiste… Y lo cierto es que NO; ERAN DOS.

Todos parecían prestos a sentenciar que NO HABÍA MOTIVO DE PREOCUPACIÓN si hubiésemos contestado que era un quiste; pero cuando decíamos que eran dos, con cierta contrariedad mantenían su diagnóstico favorable, aunque parecían permitirse a si mismos el margen de la duda.

Y así, entre días de miedo y días de paz pasamos las siguientes 6 semanas, hasta que volvimos a ver a nuestra pequeña; y para entonces, los quistes se habían esfumado y, con ellos, nuestros terrores…

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 Y he ahí nuestra niña…