Porque lo digo yo.

 

¿Están ahí mis vidas? ¿ Me escuchan? ¿Me oyen? ¿Me sienteeeeen? Yo estoy felizs, felizs..

Perdónenme la efusiva entrada, pero he escrito un post con la única verdadera intención de comenzarlo así (lo siento, no puedo. Love you por esto, Thalía). Ahora les suelto una retórica cualquiera para despistar.

Las mamás y los papás nos transformamos, en no pocas ocasiones, en seres desmedidamente ridículos. Asómense alguna vez a una fiesta de fin de curso (de hijos de otros, claro -la viga sólo se ve en el ojo ajeno-) y disfruten del espectáculo.

Los más discretos rezuman orgullo por los poros de sus pieles, sonríen con la boca abierta durante los 5 minutos de la actuación, y graban en bucle los mismos movimientos en todos los planos conocidos y desconocidos: Picados, contrapicados, laterales, frontales, para que se le vean los bajos del pantalón de campana tan bien cosidos…

Algunos se lanzan a tararear letras en un inglés de discutible dicción, y los más osados se atreven incluso a emular a John Travolta en la omnipresente en cada fiesta de fin de curso, banda sonora de Grease.

En otro nivel están lo que son capaces de liarse a mamporros con cualquiera que se le ocurra ocupar los espacios reservados a las “very important person”; léase los padres de las criaturas actuantes.

Pero lo cierto es que no sólo nos ponemos en evidencia cuando se trata de procesar amor a nuestra estirpe, sino que en ocasiones también nos las pintamos embarazosas cuando se trata de ponerse firme y “educar”. Y esto resulta un tanto más complicado.

A lo largo de mi experiencia maternal he ido cayendo en la cuenta de algunas actitudes mías y de otras comadres que, pese a haber escenificado en perfecta interpretación de orgullo y determinación, a poco de haber sido analizadas, me han generado bochorno.

Me suele pasar con la frase, afortunadamente sorteada hasta este momento por mí (no canto victoria, en esto de la maternidad, he caído en casi todo lo que integra mi black list de futura madre, confeccionada allá  por mis tiernos 24 años) : “Qué feo te pones cuando lloras” y sus variantes, claro (“Qué niño más feo, los niños no lloran, no se puede llorar… Los niños buenos no lloran…”).

Y lo más aterrador es que esta frase se la decimos a nuestros hijos y a cualquier hijo de vecino!!, y lo digo en estricto sentido literal.

Vamos, que vas por la calle con tu hijo gimoteando, pasas frente a un banco de señoras “al fresco” y, con una probabilidad del 85%, una de ellas le suelta a tu enrabietado vástago (y para poner sólo un poquito de más leña en el fuego de una rabieta que tratas de disimular estar controlando) que se está poniendo muy feo de llorar.

Y luego lo pienso desde vestigios de madurez que, sólo a veces, asaltan mi entendimiento, y, dejénme que les diga: Si en uno de esos días en los que haciendo cola en la casa de comidas preparadas, se me viene a la cabeza que se me ha olvidado llevar a la tintorería la única chaqueta decente que tengo en el armario para la reunión de las 4, y me da una llorera incontrolable y, créanme, purificadora, alguien (henchido de buena intención) se me acercara para decirme que me pongo fea cuando lloro, más vale que no tenga aún en la mano el caldo de pollo.

Tres cuartos de lo mismo cuando pretendemos que nuestros hijos deglutan la comida cual pavos, a velocidad infernal, y amenazamos con la cuchara a 0,03 mm de su boca, cargada hasta arriba, mientras los miserables se debaten entre la vida y la muerte con el bocado que les hemos metido en el segundo anterior, y les espetamos órdenes del tipo “traga” como si estuviéramos frente a nuestro compañero de piso, con una botella de Brugal verticalizada sobre su boca, en un jueves universitario.

Por no hablar de cuando les sacamos burla… He hecho el ejercicio de ponerme a lloriquear frente al espejo para ver qué tal y, sinceramente, en zanguangos y zanguangas de “taitantos” no queda elegante.

Mi preferida es, sin duda, cuando llevamos la autoridad ridículamente lejos y nos empeñamos en mantener con nuestros hijos una guerra de poder en torno a si debe o no debe abrir el actimel por el “abre-fácil” o como a él le viene en gana que es, por ejemplo, pegándole pinchazos con el tenedor. Y la confrontación escala hasta que todo se escapa de control y los gritos y los llantos se suceden, mientras el Actimel, aún sin abrir, nos mira impávido desde la encimera de la cocina.

Cuando analizo la situación y me paro a considerar la verdadera razonabilidad del temor que me acecha (a saber, si mi hijo se abre el Actimel hoy con el tenedor, mi cesión sólo puede conducir a que  se convierta en déspota, drogadicto o asesino en serie) me entran los rubores.

No hay nada mejor para estas coyunturas, que un “bañico” de humildad, y que nos paremos a considerar que, ni siquiera cuando estamos comunicándonos con ellos, tenemos siempre la razón. Y si hemos caído en el bochorno y la turbación… Pues vamos a ponerle humor.

Gracias, chin chin, Gracias, chin chin

Tikiti, tikitikiti, tikitikitikitikitikitikiti…

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Vísteme despacio que tengo prisa.

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Padres y madres “all over the world“: ¿No os parece que esta expresión es la síntesis perfecta de vuestra vida como responsables de niños de entre uno y cuatro?

Pero ¿Por qué, niños del mundo, jamás queréis poneros la  ropa? Si la compramos de algodón y utilizamos Norit!!

Son las 3.30 pm. Si estamos pisando la calle a las 17.00, me daré por satisfecha, así que me propongo redimirme, vestirlos en tendencia y candorosos, más que peinarlos RE- peinarlos, e incluso ponerles colonia y quién sabe si unos tirantes al mayor y un lazo bien plantado a la pequeña..

Me voy al cuarto rebosante de ínfulas de grandeza, y abro el armario buscando sendos atuendos de los que hacen girarse al personal y, mientras estoy absorta pensando en lo cool que le quedan a WildManuela los vestidos con Converse, oigo a Raúl preguntarse inocente, pero en voz alta, dónde está su helicóptero que ha dejado en el sofá durante los diez segundos en que se lanzaba de cabeza desde el respaldo, probando si había mejorado su técnica de vorteleta. Sin solución de continuidad, unos pies corriendo destartalados, como si les fuera la vida en ello, en dirección opuesta.

Cierro los ojos, encojo los hombros y aprieto los dientes. Ya se lo que viene.

Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

No contesto. Sé lo que sigue:

Manuela me ha quitado el helicóoooooooooptero.

Después de 15 minutos de negociaciones, de sofocar tensiones y evitar lesiones; de consolar llantos y ofrecer alternativas, retomo el armario abierto con un poco menos de entusiasmo. Bueno, es Martes por la tarde; tampoco tienen que ir los niños de revista, con un par de conjuntos graciosos, servirá.

Tras  dos paseos adicionales al armario aún abierto, porque se me olvidó el pañal de una, los calcetines de otro y porque el pantalón blanco tenía una mancha de rotulador amarillo (lo que lo condena a la bolsa con ropa para frotar que pende en la despensa desde hace ocho meses), me felicito con condescendencia sincera por haberme hecho con el arsenal necesario, y por haber superado la primera de las fases de mi misión.

Me quito el jersey adelantándome a mi propia frustración. La tensión sudando se soporta peor.

Primer llamamiento:

-Hijo: Tienes la ropa en el sofá. ¿Puedes vestirte que vamos a salir?

  • Nooooo

-¿No quieres salir a la calle?

  • Siii, pero me llevo el violín.

Hijo de mi vida, hablo conmigo misma. No introduzcas ahora esta variable. Lo tenía previsto. Soy consciente de que tendremos que abrir ese melón antes de cruzar el umbral de la puerta, pero, hijo mío, como diría el Sr. Mariano Rajoy: “No entremos en eso ahora.”

Me resigno. No hay otra opción que entrar en eso, AHORA; JUSTO AHORA. Si las mujeres fuéramos un poco más como mi hijo, no habría brecha salarial que se nos resistiera…

Tras alcanzar un acuerdo razonable, que no era mi primera opción ni la suya, volvemos, veinte minutos después, a la ropa sobre el sillón.

Me contengo la emoción de ver que el primogénito empieza a bajarse los pantalones, y cojo en brazos a mi pequeña Wildy con la intención de llevarla hasta el sofá.

Patalea, arquea la espalda y llora diciendo que no.

La suelto. Miro el reloj: Las 16.10. Respiro. Manuela ¿A ti te apetece salir a la calle?

Siiiii. Calle, CALLE!! Grita con alboroto.

-Pues entonces tienes que vestirte.

A que no e illas, canturrea.

Casi me pierdo. Estoy a punto de dejarme llevar por la tensión creciente y mi adulto razonamiento según el cual si quieres salir y para salir tienes que ponerte la ropa, HAY QUE VESTIRSE, cuando consigo retroceder en la inercia inevitable hacia el desbordamiento, y tomarme un minuto para pensar.

Tengo dos opciones: Una pasa por reivindicar mi posición de autoridad y decirle que no es hora de jugar. A ésta le van a secundar llantos y oposición. Otra pasa por jugar un poco,  evitar la reacción defensiva y tratar de buscar, en los cinco minutos siguientes, el momento y la fórmula para plantearle que tenemos que vestirnos.

Consigo, hoy, rescatar de mi precario saco de paciencia, que parece la hucha de las pensiones, una sonrisa. Me agacho y simulo algo parecido a un monstruo acechante pisoteando con fuerza el pasillo de mi casa, mientras Manuela ríe y grita y huye despavorida.

La reduzco a base de cosquillas y cuando está noqueada, la llevo hasta el sofá en el socorrido “saco de patatas”.

Comienzo a vestirla; hasta que se hace consciente. Justamente cuando estoy a punto de superar el pañal que es el 45% de todo el trámite. Y se gira, y cual Houdini, se escabulle de entre mis brazos y mis piernas y corre a toda velocidad, desnuda, canturreando de nuevo “A que no e illas…”

Miro el reloj de nuevo. Son las 16.30. Cojo el móvil. Mando un mensaje. Renuncio a la primera opción de mi optimista planificación. La tintorería puede esperar.

Miro al mayor: Sigue con los pantalones bajados, haciendo moverse a una moneda sobre un folio por medio de un imán colocado debajo.

Hijo, tienes que vestirte para salir, ¿Recuerdas?

Ah, sí. Voy.

Espero. Sigue con la moneda.

-Raúl.

-Sí, sí, sí… 

Coge el pantalón.

Vuelvo a hacerme con la pequeña y consigo vestirla de cintura para abajo.

Le canto la canción de cachivache (un pájaro que hemos inventado en casa) para distraer su atención del trance de introducir su desproporcionada cabeza por el cuello del jersey. Ni modo. LLora, me dice que le aprieta.

-Eze nooooooooooooo!!!

Durante unos segundos le discuto. Me rindo. Traigo otro. Espero no encontrarme a mi madre por la calle. Hija, ese jersey que lleva la nena tiene pelusas, está estropeado… (como si lo estuviera viendo).

PUES SÍ, MIRA MAMÁ SÍ, PERO ES UNA APUESTA SEGURA y SON LAS 17.15, le espeto con rotundidad a mi madre en mi mundo interior. La situación real más bien acabaría con: Vaya! Es verdad, no me había dado cuenta…No se vaya a pensar que le he puesto ese jersey de pura desesperación.

Con la pequeña vestida y la mente centrada únicamente en que no se quite los zapatos, ayudo al mayor a ponerse los propios y comienza la fase tres. Me la planteo como aquéllos concursos de los 90´en que un conductor de entretenimiento retaba a concursantes enloquecidos a que cogieran de una tienda todo aquello que pudieran durante diez exiguos minutos.

Visualizo las bolsas de merienda; las frutas, snacks y botellas de agua.

Visualizo las piezas de construcción en el suelo y las películas para devolver al videoclub.

Visualizo las ropas sucias sobre las sillas y los pijamas sobre la mesa del salón.

Visualizo los abrigos y gorros, guantes y bufandas.

Visualizo sus juguetes preferidos y sus gafas de sol (que últimamente quieren llevar con mucha independencia del sol que haga).

Trazo en mi mente el plan perfecto. Calculo las distancias y tengo en cuenta la proximidad de mis hijos a todo el “stuff” recogido, sorteando sus intentos de retomar nuevas actividades. Les doy algo para comer y les esbozo los primeros versos de una canción.

Y suena el silbato en mi mente alerta y corro, y me agacho, me levanto, abro cajones, los cierro, meto, saco y corro.

Todo listo.

Espera. Las llaves de casa. Les pregunto a ellos si las han visto. Lo hago por inercia, pero una vez Raúl me dijo que sí; y me señaló donde estaban. Para que veas, pensé.

Y ahora sí. Son las 17.40. Estamos listos.

No están peinados.

No llevan colonia.

Yo tampoco.

En el ascensor lo percibo de repente. Abandonad toda esperanza, pienso. Cojo el móvil: 

Tengo que volver. No me esperes. Si consigo salir de nuevo, aviso. 

Huele a caca. 

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Lo que de verdad importa.

Miércoles, día 26 de Abril, 11:00 AM. Estoy en el despacho. ¿Por qué siempre me sucederá lo mismo? A finales de Marzo me congratulo de lo tranquilo que se atisba el mes de Abril y me regocijo ante la expectativa de no abrir el pc durante los cuatro fines de semana que nos brinda; con sus Sábados y sus Domingos. Tengo que adelantar trabajo que luego llegan los imprevistos y se me vuelve a liar el “zompo”, pienso…

Pero qué demonios, el relajo no me sienta bien. Al final ya tengo el zompo liado. Menudo final de mes; y los impuestos, y los plazos, y las vistas… Y las citas y reuniones. Recuerda la de las 12, me prevengo.

Suena el móvil; es un mensaje de What´s app:

La zozobra y la ansiedad por los plazos, las vistas, los impuestos, las reuniones se diluyen, se deshacen como la cera de una vela encendida. La lista de tareas y los pensamientos, la gestión del tiempo y la organización se acomodan en lugares secundarios cediendo el paso amablemente.

Parece mentira, con lo importante que parecía todo eso hace diez segundos.

Suelto el móvil y lo dejo sobre la mesa. Tengo dos minutos para tomar una decisión; para moverme en realidad. La decisión la he tomado ya. De forma casi involuntaria; refleja.

Cojo el bolso. Llamo a mi secretaria: Cancela la reunión. Tendré que darme prisa si quiero llegar a tiempo.

Cojo el coche. Me muerdo el labio. Tengo que darme prisa si quiero llegar. Ya me lo dijeron la semana pasada; pero lo olvidé. ¿Cómo pude olvidarlo? Tienes demasiadas cosas en la cabeza, me autodisculpo.

Suena el móvil de nuevo. Otro mensaje de What´s App: Oh no!! Ya están ahí. No voy a llegar. Meto la 6ª. Corro un poco más.

Mierda! Me lo estoy perdiendo. Me la estoy perdiendo. Y si está asustada? y si no lo comprende…? Y si le encanta? Cómo será su cara?? Mierda!! Me lo estoy perdiendo.

Estoy llegando; me quedan cinco minutos. Suplico al cielo: Que no se hayan ido todavía.

Cojo, por fin, la calle que lleva a la guardería de mi hija. Todavía se oye la dulzaina. Y el tambor. Aún están ahí.

Aparco, por decir algo.

Salgo del coche. Activo el modo rastreo y la localizo: Está contenta!! Hace palmas!!  “El Tío de la Pita y Tamboril” entonan la serafina y mi hija baila, agacha las piernas y mueve las manos haciendo círculos. balbucea algo parecido a Serafina y se ríe, con la boca muy abierta y los ojos achinados.

Me ve y de inmediato gira la cabeza hacia los músicos. Quiere mostrármelo. Quiere enseñarme lo que ha descubierto. Si yo no hubiera estado, también habría querido enseñármelo. Menos mal que estoy. Menos mal.

La cojo en brazos y baila, sigue bailando y mirándome, y mirándolos, y riéndose, y me está queriendo decir: Mira, mamá, cómo cantan, y tocan música, y me estoy divirtiendo y me gusta. Y me lo está diciendo.

Y con toda seguridad, el mes de Mayo tenga menos fines de semana, pero ha valido la pena.

El tío de la Pita es lo que de verdad importa.

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Feliz día de la Madre a todas las mamás del mundo. Todos los días, son los días de las madres; pero qué bien que haya uno en el que se acuerdan de decírnoslo!!

PD.- Las fotos son de un viaje a Amsterdam y Utrecht que hicimos en Semana Santa y del que escribiré algo por aquí.

TALLER DE ALQUIMIA

“Hoy una mano de congoja
llena de otoño el horizonte.
Y hasta de mi alma caen hojas.”

Que diría Neruda.

No es ningún secreto que me gusta el Otoño. No es ningún secreto que la melancolía es un sentimiento con el que me encuentro familiarizada.

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El Sábado la Asociación Amarena organizó un Taller de Alquimia para niños de entre 3 y 6 años, al que acudimos con Raúl.

El Taller incluía “cuentacuentos olfativos”, almuerzo y una actividad que consistía en que los niños pudieran crear su propio perfume con las flores y frutos que ellos mismos recolectaban, de la mano de la cuentacuentos Gabriela,  que se metió en el bolsillo a todos los presentes con su canturreo y su sombrero rojo.

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Para nosotros fue una maravillosa oportunidad de pasar un rato con Raúl a solas. Para mí, en particular, fue un momento único para disfrutar de Las Fuentes del Marqués en el Otoño. Es un paisaje al que nunca podré terminar de agradecer la belleza. Da igual cuántas veces lo hayas visto…Es, sencillamente, mágico.

Pero como una imagen vale más que las 157 palabras que llevo escritas en este momento, les dejo unas fotos.

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Por cierto.. Que en mi despensa guardo el tarro con la mezcla de mi pequeño alquimista, y allí estará durante los díez días que tiene que permanecer en oscuridad el unguento antes de filtrarlo, y quién sabe? Quizás en el cuarto trastero reposa el próximo Channel Nº 5….

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Gracias a Amarena; gracias a Gabriela y gracias a todos los que participaron e hicieron que la mañana se convirtiese en un cuento de otoño con un perfume especial!

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Hasta pronto!!

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CUENTOS PREFERIDOS, BY LEÑADOR

Bienvenidos y bienvenidas:

Al leñador le gustan los cuentos. Le encantan, de hecho… Y saben lo que les digo? Que menos mal!! Teniendo en cuenta su ascendencia genética, tenía un 50% de probabilidades de que le gustara la lectura y otro 50% de que lo más parecido a la literatura que pasara por sus manos, fuera la contraportada de las cintas de DVD del videoclub…

Por mi parte, si hubiera renegado de las historias impresas me hubiera sentido bastante frustrada, para qué les voy a engañar… Como si le diera por aficionarse al reagetton (tengo mis dudas de que se escriba así, pero para lo poco que voy a utilizar esta palabra en mi vida, tampoco me voy a molestar en buscarla…) o terminara conduciendo una moto de cross.

Cada noche en mi casa se libra una ardua negociación en torno al número de cuentos que vamos a leer… Generalmente lo hemos estandarizado en unos tres; el cuarto vendría a ser el de la negociación… El que estoy dispuesta a ceder pero no se lo hago saber.

Pero claro está que el Leñador tiene sus propios gustos en cuanto a literatura se refiere… Y como las pasiones son como son, casi cada noche terminamos leyendo los mismos.

A continuación les voy a indicar algunas de los que han sido sus lecturas preferidas desde que comenzara a interesarse por ellas y hasta la actualidad.

I.- PRIMEROS CUENTOS

1.- ¿Qué sonido es ese? Animales. De la editorial YoYo: Una apuesta segura. Como su propio nombre indica ya, un libro con los sonidos de los animales.

Al Leñador le encantaba escuchar los sonidos e imitarlos y muy pronto comenzó a memorizar los nombres de los animales.

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2.- ¿Dónde está el bebé tigre? Este cuento fue todo un Hit… La familia Tigre salía de viaje, pero el bebé tigre había desparecido; había que buscarlo por todo la casa. Además de ser un libro con sonido, tenía puertas que abrir, sábanas que levantar, buzones que destapar lo que mantenía al leñador muy pero que muy atento.

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3.- Números, de Combel: Un cuento muy sencillo con números, animales y texturas: Un elefante liso, dos caracoles en espiral… Al leñador le gustaba mucho experimentar con las texturas.

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4.- ¿Dónde vives, Caracol? De Peter Horacek: Un cuento muy sencillo, con unas ilustraciones muy bonitas que capta la atención de los pequeños.

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5.- VIOLÍN, COCODRILO Y LUNA, de Antonio Rubio y Oscar Villán, de la Editorial Kalandraka:

Podría decir que han sido sus preferidos de más pequeño. Están pensados para contarlos entonando y contienen todo lo que resulta atractivo a cortas edades: Ilustraciones muy sencillas y básicas, muy representativas; repetición, acumulación, rima…

El de LUNA lo considero un básico. Raúl nos pedía que se lo contásemos una y otra vez..

El del violín ha sido su compañero durante mucho tiempo porque le permitía imitar los sonidos de los instrumentos musicales, que son una de sus pasiones.

El de cocodrilo es muy útil para empezar a introducir los colores.

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6.- El Pollo Pepe de Nick Denchfield: Un cuento con Pop Up que resultaba muy divertido y sorprendente para los niños. Me gustó especialmente este cuento porque es de los que tienen un desarollo sencillo que permite que sean los propios niños los que lo cuenten solos.

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II.- CUENTOS ENTRE DOS Y TRES AÑOS:

1.- Chica Chicha Bum Bum de Bill Martin Jr: Un rítmico cuento sobre el abecedario. Los sonidos que se emiten y el reiterar la onomatopeya “chicka chicka bum bum” les encanta… Un libro para contar casi cantando.

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2.- La Pequeña Oruga Glotona, de Erik Carle: Un clásico!! Al Leñador le encantaba enumerar todos los comestibles que aparecen en el cuento y descubrir como la oruga pasaba de ser pequeñita a ponerse muy gorda y, después, convertirse en mariposa!!

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3.- Presiona Aquí, de Hervé Tullet: Otro clásico y una delicia de cuento. Un libro interactivo en el que el niño participa en la narración determinando el transcurrir de los acontecimientos e interviniendo en ellos. Divertido y sorprendente.

4.- La cebra Camila, de Marisa Nuñez: Durante largo tiempo este cuento fue requerido cada noche por el Leñador. Me parece un cuento precioso, con un vocabulario muy rico y variado pero también con recursos como la rima, la reiteración y la acumulación que permiten entonarlo, dándole mucho dinamismo y musicalidad.

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5.- A qué sabe la luna? De Michael Gregnieck: Aunque su lectura está recomendada a partir de 5 años, al Leñador siempre le gustó mucho este cuento. Es una preciosa moraleja sobre la amistad, la cooperación y el trabajo en equipo. El Leñador se mantiene siempre muy atento para ve qué animal viene a construir la torre que permita llegar a la luna…

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6.- MAMÁ; De Martina Ruiz Johnson: Una belleza de cuento que explica la vinculación de la mamá con su hijo desde el embarazo, parto, crianza… Con unos versos en rima realmente tiernos y con unas ilustraciones preciosas y muy poéticas… A Raúl le encanta este cuento y, la verdad, a mi también!!

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7.-¿ADIVINA CUÁNTO TE QUIERO? Clásico entre los clásicos!! Una obra preciosa muy adecuada para enseñar la expresividad del cariño, el afecto y el amor, y que si cuentas recreando los gestos de las liebres color de avellana, resultará altamente divertido para los niños!

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8.- LA PEQUEÑA LOCOMOTORA QUE SÍ PUDO, de Watty Pipper. Me parece un cuento muy pero que muy completo… No conseguíamos encontrarlo en castellano, así que finalmente nos hicimos con uno de segunda mano, una edición bastante antigua e incluso algo roto, y en español latino (creo que por todo eso le tengo especial cariño). No obstante me parece un libro perfecto para enseñar a los niños diversos conceptos desde científicos (cómo rueda un vehículo con ruedas cuando hay una pendiente o una inclinación hacia abajo), de lenguaje (el libro cuenta con un rico vocabulario y muchas enumeraciones y, además utiliza distintos tonos y expresividad para los personajes) y hasta emocionales (albergando un mensaje sobre la superación y a confianza en uno mismo).

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9.- POR CUATRO ESQUINITAS DE NADA, de Jerome Rullier: Un cuento también muy completo pues muestra nobles valores como el de aceptar las diferencias; el diálogo; la amistad… Y lo hace a través de formas geométricas en una narración que se agradece por su sencillez.

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10.- BUENAS NOCHES, LUNA; de Margaret Wise Brown: Puede ser uno de mis más favoritos. Es un cuento para dormir; escrito ni más ni menos que en 1947 y que, desde su publicación, ha sido leído por millones de niños antes de irse a la cama y es uno de los 100 libros más vendidos de la historia. El protagonista del cuento se despide de todos los objetos y personajes a su alrededor antes de irse a dormir. La rima, el tono descriptivo, la adjetivación, los colores y los planos… El cuento consigue crear un clima de relajación y el niño se concentra en recordar los detalles de la habitación. Además tiene dos partes que al Leñador le resultan sorprendentes e impactantes: La viejecita tejiendo que dice “sssch no hables” y el “Buenas noches, Nadie”.

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Me queda contarles los cuentos que ahora mismo más demanda El Leñador, pero no quiero que esta entrada me quede demasiado larga, así que lo dejaré para una segunda entrega.

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Espero que les haya sido de utilidad.

Feliz Semana!

RABIETAS

Ha llegado el momento. Hemos iniciado esa fase. Estamos en ese punto. Inexorablemente; irremediablemente.

El Leñador venía advirtiéndonoslo dese hace unos meses con pequeños y aislados episodios de tiranía; de imposición iracunda de su voluntad que, no obstante, su padre y yo podíamos sosegar y contener con relativa comodidad y sin demasiados daños colaterales.

Pero ahora, a estas alturas, con casi dos años de absorción imparable de conocimiento y estrategia, y de carnes blandas en su muslamen, El Leñador coge rabietas… Y gracias al Cielo diré que son contadas; me aventuraría a decir que anecdóticas.. Sin mucho volumen de voz, porque no se si su esporadicidad responde a que nos vamos a librar de esta fase casi airosos, o que la misma no ha hecho más que empezar.

He de reconocer que, como primeriza, mi estreno en esta situación de tensión nunca antes vista, ni siquiera en las más agresivas de mis experiencias profesionales, me hizo llorar de desesperación.

Era una tarde como otra cualquiera… Mi pequeño debía tener el día revuelto porque estuvo bastante difícil toda la tarde. Me refiero a que me costaba más de lo común conseguir entenderme con él.  Cuando tiene estos días, trato de no alarmarme ni desquiciarme aunque, como humanísima que soy, en muchos momentos me siento al borde de pegarle un puntapié a la paciencia.

Respiro y pienso que yo también tengo días malos. ¿Por qué no los va a tener él?; así que trato de dejarlo a su aire, actuando de contenedor de sus frustraciones y no interviniendo demasiado.

Pero hacia al final de la tarde; después de conseguir con asombrosa dificultad y con varios kilos de paciencia, que recogiéramos juntos las pinzas de tender para guardarlas en su sitio… Le propuese amorosa: Cielo, ahora deja el cestillo en el mueble que vamos al baño!.

El pequeño Leñador me miró desafiante y sin retirarme la mirada vació de nuevo el cesto de las pinzas en el suelo.

Respiré de nuevo apretando los dientes y le dije con firmeza pero con toda la dulzura que pude rebuscar en mi interior: Muy bien, Raúl, pues ahora, tendrás que volver a recogerlas.

Me contestó raudo y tajante: NO. Así que le contradije: SÍ. Traté de explicarle que para irnos al baño, antes teníamos que recoger las pinzas. Siguió negándose, así que traté de darle espacio y le indiqué que cuando le apeteciese recoger las pinzas, me lo dijera, que le ayudaría y que, entretanto, yo iba a fregar unos platos.

Me siguió y comenzó a pedir que lo tomara, así que le insistí en todas las ocasiones que estaba fregando los platos y que, antes de tomarlo para ir al baño, tendríamos que recoger las pinzas.

Después de más de media hora de lucha dialéctica, me dijo: “Mamá, pinzas”, así que le sonreí, lo cogí gustosa de la mano y me dirigí con él hacía donde las pinzas amenazaban desde el suelo. Me pidió que “Mamá primero”, así que comencé a meter las pinzas en el cesto, hasta que cuando había recogido casi la mitad, cogió el cesto y volvió a tirar todas las pinzas que yo había guardado.

Cómo les diría que le habría gritado; quizás tampoco era uno de mis días. Conseguí contenerme; dejé el cesto en el suelo y volví a decirle con un tono de amabilidad absolutamente impostado, que tendría que volver a recoger las pinzas. Me fui a lo mío.

Hasta en tres ocasiones más me pidió que le ayudara a recoger y volvió a tirar el cesto de las pinzas, hasta que, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, le dije: Raúl, ahora tendrás que recoger las pinzas tu solo, porque ya no confío en que vayas a recogerlas.

Había pasado casi una hora. De hecho, habíamos alcanzado la hora en que él suele irse a dormir y, sin embargo, estábamos aún sin bañar, sin cenar y con todas las pinzas por el suelo.

Dudé, dudé como dudo cada día, cada hora, cada minuto acerca de qué debía hacer; ¿recoger las pinzas?, ¿gritarle? ¿castigarle de algún modo? ¿tomarlo y abrazarlo?. Dudé entonces como sigo dudando ahora de si en ese momento y en tantos otros, hice lo mejor; pensé en qué opinaría mi madre, mi suegra, mi marido, la vecina del quinto; esa mamá del parque que tiene ocho hijos y parece siempre tan tranquila…

Y al final, me reconforté pensando que éramos mi hijo y yo, en una situación complicada; y que nadie mejor que yo lo conoce y que, lo que hago, bajo la dirección de mi instinto, es lo que considero que mejor funciona con mi familia. Así que volví a los quehaceres tratando de mantener conversación con él y recordándole, en algunos momentos, que las pinzas esperaban que las recogiera. Que una vez estuvieran en su sitio, lo tomaría para llevarlo al baño.

Unos veinte minutos más duró su obstinación. Finalmente; después de una hora y media desde que empezó el duelo, se quedó unos segundos mirando fijamente las pinzas y comenzó a recogerlas una por una… Sentí alivio; sentí sosiego… Ya me había planteado seriamente que no recogería las pinzas.

Después alzó las manso hacia mi y me pidió que lo tomara con evidente entusiasmo.

Pese a que estaba cabreada; por lo “cabezota” que había sido, por la situación que acababa de vivir y porque me sentía contrariada, inexperta, insegura., decidí pasar página completamente; disfrutar del momento del baño como si nada hubiera pasado y buscar con El Leñador esa complicidad nuestra que tanto nos alegra la vida.

Creo que ambos aprendimos cosas del otro y de nosotros mismos en ese momento, por cotidiano que parezca; y, durante un par de días, cada vez que Raúl entraba en mi habitación, me recordaba que había recogido las pinzas…

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PD.- AVISO A NAVEGANTES: Este post únicamente tiene como intención relatar una vivencia personal respecto de la vida cotidiana con mi hijo de dos años. No creo que haya una única forma buena de hacerlo, ni soy capaz en absoluto de juzgar la forma en que lo haría otra persona, aún cuando fuera muy distinta a la mía. Más bien, lo que me interesa relatar, por si a algunas madres que hemos sido por vez primera les pudiera servir de ayuda, es que todas nos sentimos inseguras en muchas ocasiones y que dudamos de nuestras decisiones porque sabemos que son importantes para ellos. No pasa nada. Es humano. Lo importante es hacer lo que uno considere más apropiado con su familia; en función de sus circunstancias y condiciones. Siempre que no se dañe al otro, cada familia conoce lo que funciona en su casa.