Vísteme despacio que tengo prisa.

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Padres y madres “all over the world“: ¿No os parece que esta expresión es la síntesis perfecta de vuestra vida como responsables de niños de entre uno y cuatro?

Pero ¿Por qué, niños del mundo, jamás queréis poneros la  ropa? Si la compramos de algodón y utilizamos Norit!!

Son las 3.30 pm. Si estamos pisando la calle a las 17.00, me daré por satisfecha, así que me propongo redimirme, vestirlos en tendencia y candorosos, más que peinarlos RE- peinarlos, e incluso ponerles colonia y quién sabe si unos tirantes al mayor y un lazo bien plantado a la pequeña..

Me voy al cuarto rebosante de ínfulas de grandeza, y abro el armario buscando sendos atuendos de los que hacen girarse al personal y, mientras estoy absorta pensando en lo cool que le quedan a WildManuela los vestidos con Converse, oigo a Raúl preguntarse inocente, pero en voz alta, dónde está su helicóptero que ha dejado en el sofá durante los diez segundos en que se lanzaba de cabeza desde el respaldo, probando si había mejorado su técnica de vorteleta. Sin solución de continuidad, unos pies corriendo destartalados, como si les fuera la vida en ello, en dirección opuesta.

Cierro los ojos, encojo los hombros y aprieto los dientes. Ya se lo que viene.

Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

No contesto. Sé lo que sigue:

Manuela me ha quitado el helicóoooooooooptero.

Después de 15 minutos de negociaciones, de sofocar tensiones y evitar lesiones; de consolar llantos y ofrecer alternativas, retomo el armario abierto con un poco menos de entusiasmo. Bueno, es Martes por la tarde; tampoco tienen que ir los niños de revista, con un par de conjuntos graciosos, servirá.

Tras  dos paseos adicionales al armario aún abierto, porque se me olvidó el pañal de una, los calcetines de otro y porque el pantalón blanco tenía una mancha de rotulador amarillo (lo que lo condena a la bolsa con ropa para frotar que pende en la despensa desde hace ocho meses), me felicito con condescendencia sincera por haberme hecho con el arsenal necesario, y por haber superado la primera de las fases de mi misión.

Me quito el jersey adelantándome a mi propia frustración. La tensión sudando se soporta peor.

Primer llamamiento:

-Hijo: Tienes la ropa en el sofá. ¿Puedes vestirte que vamos a salir?

  • Nooooo

-¿No quieres salir a la calle?

  • Siii, pero me llevo el violín.

Hijo de mi vida, hablo conmigo misma. No introduzcas ahora esta variable. Lo tenía previsto. Soy consciente de que tendremos que abrir ese melón antes de cruzar el umbral de la puerta, pero, hijo mío, como diría el Sr. Mariano Rajoy: “No entremos en eso ahora.”

Me resigno. No hay otra opción que entrar en eso, AHORA; JUSTO AHORA. Si las mujeres fuéramos un poco más como mi hijo, no habría brecha salarial que se nos resistiera…

Tras alcanzar un acuerdo razonable, que no era mi primera opción ni la suya, volvemos, veinte minutos después, a la ropa sobre el sillón.

Me contengo la emoción de ver que el primogénito empieza a bajarse los pantalones, y cojo en brazos a mi pequeña Wildy con la intención de llevarla hasta el sofá.

Patalea, arquea la espalda y llora diciendo que no.

La suelto. Miro el reloj: Las 16.10. Respiro. Manuela ¿A ti te apetece salir a la calle?

Siiiii. Calle, CALLE!! Grita con alboroto.

-Pues entonces tienes que vestirte.

A que no e illas, canturrea.

Casi me pierdo. Estoy a punto de dejarme llevar por la tensión creciente y mi adulto razonamiento según el cual si quieres salir y para salir tienes que ponerte la ropa, HAY QUE VESTIRSE, cuando consigo retroceder en la inercia inevitable hacia el desbordamiento, y tomarme un minuto para pensar.

Tengo dos opciones: Una pasa por reivindicar mi posición de autoridad y decirle que no es hora de jugar. A ésta le van a secundar llantos y oposición. Otra pasa por jugar un poco,  evitar la reacción defensiva y tratar de buscar, en los cinco minutos siguientes, el momento y la fórmula para plantearle que tenemos que vestirnos.

Consigo, hoy, rescatar de mi precario saco de paciencia, que parece la hucha de las pensiones, una sonrisa. Me agacho y simulo algo parecido a un monstruo acechante pisoteando con fuerza el pasillo de mi casa, mientras Manuela ríe y grita y huye despavorida.

La reduzco a base de cosquillas y cuando está noqueada, la llevo hasta el sofá en el socorrido “saco de patatas”.

Comienzo a vestirla; hasta que se hace consciente. Justamente cuando estoy a punto de superar el pañal que es el 45% de todo el trámite. Y se gira, y cual Houdini, se escabulle de entre mis brazos y mis piernas y corre a toda velocidad, desnuda, canturreando de nuevo “A que no e illas…”

Miro el reloj de nuevo. Son las 16.30. Cojo el móvil. Mando un mensaje. Renuncio a la primera opción de mi optimista planificación. La tintorería puede esperar.

Miro al mayor: Sigue con los pantalones bajados, haciendo moverse a una moneda sobre un folio por medio de un imán colocado debajo.

Hijo, tienes que vestirte para salir, ¿Recuerdas?

Ah, sí. Voy.

Espero. Sigue con la moneda.

-Raúl.

-Sí, sí, sí… 

Coge el pantalón.

Vuelvo a hacerme con la pequeña y consigo vestirla de cintura para abajo.

Le canto la canción de cachivache (un pájaro que hemos inventado en casa) para distraer su atención del trance de introducir su desproporcionada cabeza por el cuello del jersey. Ni modo. LLora, me dice que le aprieta.

-Eze nooooooooooooo!!!

Durante unos segundos le discuto. Me rindo. Traigo otro. Espero no encontrarme a mi madre por la calle. Hija, ese jersey que lleva la nena tiene pelusas, está estropeado… (como si lo estuviera viendo).

PUES SÍ, MIRA MAMÁ SÍ, PERO ES UNA APUESTA SEGURA y SON LAS 17.15, le espeto con rotundidad a mi madre en mi mundo interior. La situación real más bien acabaría con: Vaya! Es verdad, no me había dado cuenta…No se vaya a pensar que le he puesto ese jersey de pura desesperación.

Con la pequeña vestida y la mente centrada únicamente en que no se quite los zapatos, ayudo al mayor a ponerse los propios y comienza la fase tres. Me la planteo como aquéllos concursos de los 90´en que un conductor de entretenimiento retaba a concursantes enloquecidos a que cogieran de una tienda todo aquello que pudieran durante diez exiguos minutos.

Visualizo las bolsas de merienda; las frutas, snacks y botellas de agua.

Visualizo las piezas de construcción en el suelo y las películas para devolver al videoclub.

Visualizo las ropas sucias sobre las sillas y los pijamas sobre la mesa del salón.

Visualizo los abrigos y gorros, guantes y bufandas.

Visualizo sus juguetes preferidos y sus gafas de sol (que últimamente quieren llevar con mucha independencia del sol que haga).

Trazo en mi mente el plan perfecto. Calculo las distancias y tengo en cuenta la proximidad de mis hijos a todo el “stuff” recogido, sorteando sus intentos de retomar nuevas actividades. Les doy algo para comer y les esbozo los primeros versos de una canción.

Y suena el silbato en mi mente alerta y corro, y me agacho, me levanto, abro cajones, los cierro, meto, saco y corro.

Todo listo.

Espera. Las llaves de casa. Les pregunto a ellos si las han visto. Lo hago por inercia, pero una vez Raúl me dijo que sí; y me señaló donde estaban. Para que veas, pensé.

Y ahora sí. Son las 17.40. Estamos listos.

No están peinados.

No llevan colonia.

Yo tampoco.

En el ascensor lo percibo de repente. Abandonad toda esperanza, pienso. Cojo el móvil: 

Tengo que volver. No me esperes. Si consigo salir de nuevo, aviso. 

Huele a caca. 

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MI PRIMER DÍA

Mi historia con los gimnasios es la historia de una eterna primera cita.

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Desde mi terrible preadolescencia,  mi primer día de gimnasio arranca con el entusiasmo de convertirme en Jennifer Aniston. Sin embargo, rara vez consigo pasar de eso, del primer día. Y así hasta el año siguiente por estas fechas, cuando la sombra del verano y de los cuerpos en paños menores comienza a planear sobre los momentos ociosos de mi pensamiento.

Hace unas semanas, en un momento de ésos de venirse abajo que nos dan sobre todo a las mamás, estábamos mi querido hombre de los 70´y yo analizando lo que nos ha supuesto, en cuanto a tiempo  disponible, el reciente aumento de la familia… O como él diría “el que no para la moto”… Y lo cierto es que no para, no. Vas de una tarea a otra como si estuvieras haciendo uno de esos ridículos circuitos del Grand Prix. De los rulos de colchoneta a la pared de escalar, de ahí al punte movedizo o a las urnas gigantes llenas de insectos…

Así que mi marido, tan paradigma él de la gente sana, me volvió a proponer:

  • Deberías hacer deporte… Te vendría bien para encontrarte mejor físicamente y para desconectar un poco de la casa y de los niños.

No sufran; no hiere mi susceptibilidad. Tenía razón. Por más que me gustaría justificar un estilo de vida desprovisto de toda actividad deportiva (que no física) como opción viable, no es posible. Lo cierto es que, se mire por donde se mire, hacer deporte es bueno.

Así que, desde aquél día voy al gimnasio. Hace ya cuatro semanas de aquéllo; y voy dos veces por semana; y, de momento, la verdad, nos estamos conociendo y nos estamos gustando. Voy con pies de plomo por mis experiencias pasadas; no me atrevo a cantar victoria, pero siguen apeteciéndome las citas, semana tras semana.

Y ello a pesar de ser una completa PARIA en lo que a mundo deportivo se refiere.

Me detuve a valorar qué tipo de actividad quería realizar. Tenía un bono de dos días por semana y uno de los días estaba forzosamente asignado al Sábado por la mañana, muy por la mañana. Concretamente a las 8:00 horas de la mañana, pues mi apretada agenda social (llena de visitas al pediatra, tardes de parque, lavadoras y secadoras) no me permitía otra disposición.

Me llamó poderosamente la atención lo de la Zumba… Me pasé de los 14 a los 16 llevando calentadores con leggins y soñando con ser la bailarina de flash dance… Pero que levante la mano aquél hijo de los 80 que no se viene arriba con esta escena..!

 (He de decir que mientras edito el post y pongo este vídeo, mi hijo está bailando como un loco intentando imitar la rueda en el suelo que hace la protagonista. Tan buen rollo me ha dado que he tenido que hacer un parón para bailar con él… )

Mi parte racional me mandaba a pilates; porque tengo la espalda, como dirían en mi pueblo, hecha un solar y, puesto que tendré que  pasarme unos cuantos años más cargando de prole,no me viene mal fortalecer un poco la zona.

Empecé con el pilates y aún no me he animado con a zumba… Primero tengo que encontrar unos buenos calentadores…

Y llegó el gran día. Saqué mi mochila surfera, mis Nike de hace diez años, me coloqué mi chándal y mi camiseta de algodón y me planté en el gimnasio con los nervios de quién va a una entrevista de trabajo.

Y cuando llegué, me di cuenta de todo el tiempo que hacía que no pisaba un gimnasio. Ni siquiera había visto los sistemas de control de entradas y salidas con puertas de aeropuerto. Cuando yo iba al gimnasio el control era el tradicional “a tí no te he visto nunca por aquí,  ¿tienes carnet?”

Y cuando entré a lo que ahora se llama “sala polivalente”, donde empezaba la clase de pilates, a punto estuve de hacerme la infeliz preguntando si era ahí la clase de AEROBIC para decir que me había equivocado de día y poder salir corriendo (menos mal que no lo hice, porque, al parecer, el aerobic ha pasado a la historia..): ¿Pero dónde había estado yo metida los últimos diez años?

Entre mujeres (y un hombre) con coletas altísimas y bien recogidas y preciosos conjuntos deportivos de color fucsia y negro, a juego con  zapatillas New Balance, estaba yo, con un chándal gris de algodón; una camiseta que rezaba “Tu herma ha estado en Granada y se ha acordado de tí” del año 92, unas zapatillas de deporte que parecían las de Michael Jordan y los pelos en la cara.

Cogí una colchoneta y la puse lo más alejada del espejo que pude; entre el cubo de la basura y las cajas de las pelotas, cruzando los dedos para pasar desapercibida. Y cuando iba a sacar mi toalla de flores verdes y turquesas del IKEA, descubro que nadie tiene toallas al uso; la gente lleva una suerte de trapo de tejido melocotón, tamaño mediano y colores vistosos y lisos. Así que adiós a la pretendida discreción. Mi toalla floreada de tamaño 2 x 2, mi chándal de algodón y mis pelos en la cara, rompían una simetría y uniformidad perfectas reinantes en el espacio.

Y de repente viene el monitor y cruza algunos chascarrillos con las demás chicas mientras miro hacia el suelo para que no me pregunte si soy nueva. En cualquier caso, no creo que albergara duda alguna al respecto.

Empieza la clase con estiramientos ciertamente gratificantes y pienso: Pues mira tú, para no haber hecho pilates en mi vida y, después de varios años de nula actividad deportiva, no estoy tan mal… Mi autoreconocimiento dura poco tiempo. De repente el monitor empieza a describir ejercicios que soy incapaz de visualizar. Me fijo en las compañeras y entiendo que no los puedo visualizar porque soy absolutamente incapaz de realizarlos. Lo intento; todo el mundo reproduce las posturas con el cuerpo firme y recto; a mi me tiemblan hasta las uñas, y lucho aparatosamente por mantener el equilibrio.

Mi sujetador de lactancia no contiene lo que debiera; la coleta baja se me deshace constantemente y hace que todos los pelos se me vengan a la boca… Y así, con pelos en la boca, el pecho colgando y el cuerpo temblándome, trato de mantenerme sobre mi antebrazo apoyado en el suelo y el lateral de un solo pie, roja como un tomate, para trabajar los oblicuos.

El monitor no deja de decir que bascule y que contraiga el “core” y yo no tengo ni idea de qué es una cosa ni la otra… (Ahora ya sí, eh? he aprendido mucho). Mientras todas las demás se concentran en la respiración, yo miro a unas y a otras preguntándome cómo demonios consiguen mantenerse rectas en esa posición sin que les tiemble nada..Será que tienen el “core” muy fortalecido..

Y cuando el monitor indica que bajemos a la colchoneta vértebra a vértebra y vuelve a los estiramientos gratificantes, en lo que parece ser el final de una hora eterna, no puedo evitar sonreír pensando en lo bien que me ha venido una hora fuera de casa, sin niños, escuchando Crowded House, aunque ejercicio haya hecho poco…

No quiero dejar de decir que cada día se me ha ido dando mejor y que estoy empezando a disfrutarlo. Aunque si quieren que les confiese algo… Lo que más disfruto sigue siendo esa hora fuera de casa, sin niños, en la que escucho música aceptable y logro ser consciente de mi misma.

 

 

 

DE LA CONCILIACIÓN Y OTROS FANTASMAS

La verdad es que no quiero ser cansina.

O estoy inmersa en un mundo paralelo de madres, horarios, quejas, niños, noches en vela y sueños daneses, o realmente el debate sobre la conciliación de la vida laboral, y personal y familiar está absolutamente de moda. De actualidad. Rabiosa. Porque apenas se escuchan voces amables al respecto.

Aunque “ardo en deseos”,  por lo de no querer ser demasiado cansina, no voy a hacer un discurso general de lo trasnochado de los planteamientos conceptuales que soportan todo nuestro enfoque respecto del trabajo, como parte esencial de la vida de las personas. Permítanme únicamente apuntar que, como de costumbre, partimos de la tendencia a sofocar en oposición a la de favorecer; de imponer en vez de motivar, o de costreñir, en vez de razonar.

¿Acaso tiene algún sentido que aún los empresarios asuman ejercicio de poder de dirección en base a la información que recaban de los sistemas de control de horarios y resulten ajenos a las cotas de productividad, o de satisfacción de los clientes?

Tampoco quiero ser cansina con Dinamarca o Suecia, pero ¿Cómo no tenemos claro ya que ofrecer a las personas tiempo libre, de ocio y recreación personal, de dedicación a la familia y a la sociedad.. mejora el rendimiento personal en todos los aspectos?

Bueno, reiterando, como no quiero ser cansina ni repetirme como el “ajo” en un debate que está bastante explotado y manido, les voy a contar una historia:

Mi historia comienza el pasado Lunes, 26 Octubre y abarca hasta apenas ayer mismo.

Soy madre y soy autónoma, Y NECESITO AYUDA. (Les ruego que imaginen una reunión de personas en círculo, con gesto preocupado y andar pesado y a mí, dirigiéndome al resto con resignación y cierto abatimiento).

Generalmente, desde que nació mi hijo Raúl, he tratado de trabajar sólo por las mañanas para poder dedicar la tarde a pasar tiempo con él. Por obligación y, sobre todo, por convicción. Porque ya me parece demasiado que desde su más tierna fase de cachorro tenga que pasar 5 horas diarias en la guardería; porque creo firmemente que la educación de los hijos corresponde a los padres; que proporcionarles cada día cariño y afecto, enseñarles cómo nosotros hacemos las cosas y también otras formas de hacerlas, interactuar con ellos; llevarlos de la mano; leer cuentos; jugar a hacer carreras; tomar una merienda juntos; cantar canciones, pasear; mirarles a los ojos y que sepan que estamos ahí los primeros, porque somos lo primero en sus vidas embrionarias; decirles que NO, mostrarles que sus actos tienen consecuencias; indicarles que los errores pueden corregirse y, si no, que pueden enseñarles…Porque pienso que todo eso es la labor más importante que tenemos entre manos los que somos padres; y porque de esto, en alguna medida importante (según los científicos) depende mucho quiénes sean esos nuestros hijos en el futuro.

Por supuesto tengo que decir que me lo he venido pudiendo permitir. Supongo que hay personas que, por sus circunstancias, no tienen la posibilidad de siquiera pasar unas horas al día con sus hijos. Esto es una cuestión de Estado. Un error de nuestro Estado que obvia de forma flagrante la importancia que tiene la educación de los niños cuando son pequeños, y la necesidad de proteger a la familia como núcleo social básico en que una persona crece y se desarrolla. Éso sí que afecta verdaderamente al mandato constitucional de protección a la familia y no otras extravagancias…

Por suerte, en este sentido, soy autónoma y no dependo nada más que de mis clientes, de manera que con altas exigencias de rendimiento y con planes organizativos que ya los hubiera querido el III REICH para sí; he venido pudiendo organizarme para, más o menos, y restando jornadas de ocio a los fines de semana, concentrar mi horario hasta las 4 de la tarde, como mucho.

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Sin embargo, lo cierto es que, por desgracia paradójica, soy autónoma. No gran empresaria, no. Autónoma. Abogada autónoma para ser exactos. Con una estabilidad económica incierta y voluble; con una cantidad de gastos indecente y con responsabilidades que no dejan de envolverte por más que apagues la luz del despacho y llegues a casa.

Y, en ésas estaba yo este mes, cuando se me acumularon muchos, muchos plazos, varios señalamientos y trabajo al que dar salida con el cronómetro de mi embarazo a pleno ritmo.

Y no es que estuviese pretendiendo hacerme de oro, no. Es que en esta profesión a veces esto pasa. Los Jueces y Tribunales del país se reúnen en un avión como los miembros del Club Bilderberg y deciden, todos a una, señalar en las mismas fechas; emplazar con los mismos términos… Y quizás, desde el punto de vista económico, sea el mes más desastroso de la historia y, con suerte, pagues los gastos del despacho y la cuota del autónomo.

Y empecé a trabajar de Lunes  a Domingo; por la mañana y por la tarde. Desde las desoladoras 7 de la mañana y hasta las oscuras 9 de la noche.

Y mi hijo no podía estar conmigo. Y tenía que estar en la guardería, y con los abuelos, y con los tíos… Y, vaya por delante, que con todos ellos está genial. Pero no se puede quedar atrás que ME ECHA DE MENOS. Mucho. Tanto que cuando vuelvo a las 9 no puedo despegarlo de mi cuello De forma intermitente me asfixia en abrazos y achuchones, y me castiga con negativas y desdenes… Está contrariado y confundido.

 Y así, pasó la primera semana hasta que, desbordado por la situación y aquejado de un resfriado, se plantó. Y se plantó de la única forma que le es factible: Llorando y llorando y reclamando a mamá… Y lo hizo en un momento en que mamá no podía estar. Y llegó la noche; y después de acostarme a las 12 trabajando, él a las dos dijo que se acabó lo que se daba; que no quería dormir más si no era en mis brazos. Y lo hizo esa noche, precisamente la noche que precedía a un señalamiento que se presumía largo y tenso, en los Juzgados de Murcia.

Veía pasar las horas del reloj (las 3, las 4), y veía como se acercaba de forma incorregible la hora en que el despertador tendría que sonar (que no era otra que las desoladoras 6 de la mañana) , así que la ansiedad y el desasosiego se apoderaban de mí. Y cada vez era menos capaz de reaccionar con paciencia y entendimiento. En mi mente se mezclaban las preguntas de los interrogatorios y los gritos de mi hijo mientras su padre trataba sin éxito, de consolarlo para que yo durmiera un poco.

El de los 70´también se agitaba ante el rechazo que cada gesto suyo provocaba en nuestro hijo, y perdía los nervios y las maneras; y el Leñador lloraba más y más.

Al final todos en pie, desde las 3 de la mañana. En el salón; en el sofá. Derrotados. Raúl padre frustrado al verme extenuada y no tener solución; Raúl hijo por fin tranquilo entre mis brazos y yo, rendida ante la naturaleza misma, con muchas ganas de llorar y con una pregunta que me rondaba una y otra vez: ¿Qué estamos haciendo?..

 A las 7 de la mañana me metía en la ducha mientras mi hijo daba golpes en la puerta y lloraba para que volviera a cogerlo en brazos; me vestía con él agarrado a mi pierna mientras los dos llorábamos; él porque no entendía; yo, porque tampoco entendía.

Salía por la puerta de casa con rabia y tristeza a partes iguales, y me dirigía a hacer mi trabajo de la mejor forma posible, pero sin haber pegado un ojo, ni haberme siquiera alimentado.

El juicio, que empezó a las 10, acabó a las 14:00 de la tarde. 4 horas luchando por mantener la concentración y la tensión que una vista oral implica. Y acabó, y aún cuando hubo momentos en que pensaba que iba a desfallecer, mantuve el tipo y no lo acusé. Pero aún, ese día, me quedaba una tarde entera en el despacho. Hasta las 19.30. Y volvía a casa de nuevo casi a las 9 para acunar al Leñador un rato antes de que se durmiera y acostarme de nuevo para, al día siguiente,, repetir la operación. Durante otra semana más; mientras mi hijo se despertaba entre tres y cuatro veces todas las noches.

Al final, mi cuerpo embarazado de 7 meses dijo basta. Comencé un Miércoles con un dolor de cabeza que no me dejaba dormir, ni pensar, ni trabajar, y por más que tomaba paracetamol, no remitía. El Doctor lo tenía claro. Estrés. Yo también.

20140221_173821Y, ahora, con las aguas ligeramente en calma, me pregunto qué solución puedo dar a estas situaciones y, por más que lo pienso tampoco encuentro una respuesta.

No podemos reducir jornada, ni pedir excedencia. Los clientes no nos van a esperar un año hasta que nuestros hijos sean más mayores. No podemos conseguir permiso de lactancia ni flexibilización de horarios.. A veces no podemos ni apagar el móvil.

Pero ¿saben lo que me vendría bien? AYUDA. Más personal. Alguien a quién asignar tareas que resulten delegables. Alguien que saldría directamente de la situación de desempleo para trabajar, conmigo, ayudándome, haciendo crecer mi despacho; facilitándome el oficio, ayudándome a conciliar…

Pero lo cierto es que con los gastos que ya de por sí tengo de la actividad profesional, un nuevo gasto como ése NO ME LO PUEDO PERMITIR. O quizás un mes sí; pero no al siguiente.

Y sigo preguntándome por qué pago de cuota a la seguridad social lo mismo que quién factura diez veces más que yo; y el mismo precio de alquiler, el mismo precio de guardería, los mismos impuestos…

A alguien se le ha ocurrido que lo que los autónomos necesitamos es INCENTIVOS ECONÓMICOS??

Puesto que no podemos abandonar la empresa en la confianza de que alguien hará nuestro trabajo, por qué a nadie se le ocurre que si tenemos incentivos fiscales; bonificaciones y ayudas y proporcionalidad entre nuestras cargas sociales y fiscales y nuestro nivel de facturación, más mamás y papás nos aventuraremos a emprender; a crear negocios y empresas, a contratar más gente; a arriesgar, a crecer, a invertir, a hacer publicidad, a alquilar inmuebles, a comprar maquinaria, a tener más hijos…y…  en definitiva, A PRODUCIR.?? Y además, lo haremos más felices, más alegres y, de seguro de seguro que haremos menos gasto a la sanidad pública.

Y además de todo eso.. Estaremos en casa con nuestros hijos, les educaremos, estaremos pendientes de sus necesidades; de sus motivaciones y de sus intereses, lo que nos servirá para orientarlos, para guiarlos, y  haremos decrecer la bochornosa tasa de fracaso escolar.

A ver si esto llega a los Sres. Rivera e Iglesias y hacen una propuesta que me convenza… A los otros, ya los tengo calados.

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Mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa

IMG_0525Ser mamá está de moda, así que, por suerte para mí, estoy de moda. Sin más trámites ni ulteriores comprobaciones gozo de la aceptación e incluso de la simpatía de bastantes personas: Conocidas (algunas, antes de la maternidad vivían ajenas a mi existencia) y también desconocidos varios.

No se crean que no me gusta la idea… En realidad estoy tan contenta como cuando descubrí que aún guardaba unos pantalones pata de elefante y con bolsillos altos en el armario. Muy “seventies”. Más que los que ha sacado Amancio para la nueva temporada de Zara. Tanto que tardé medio minuto en ponérmelos y salir a la calle a lucirlos. Antes de que el Sr. Ortega volviera a copiar a Yves Sant Laurent con otros muy parecidos, y ya no pudiera dármelas de “trendsetter”.

Lo que pasa es que como siempre, estar en la cresta de la ola; en el “candelabro” que diría nuestra querida Sofía Mazagatos, tiene su contrapunto. Es un poco trampa; no se vayan a creer.

Lo que “mola” así, a la sociedad en general, no son las mamás cualquiera, no. Son un tipo de mamá muy específico y, de hecho, androide.

En primer lugar, es determinante cuán cuantiosa sea tu descendencia. Efectivamente, en los perfiles de instagram se lee tan poco “mamá de 1” como “mamá de 7”. Y es que el precio justo está entre tres y cinco. Si, sí; como lo oyen; no se me asusten.

¿Dónde ha quedado la tendencia evidente de tener dos que ha marcado los últimos treinta años? Pues ahí; precisamente en los denostados últimos treinta años. Los años de las madres como las nuestras, que nos envenenaban a base de biberones de fórmula (sí, nos daban fórmula las muy crueles), nos dejaban llorar en la cuna para dormir y nos trituraban la comida hasta que teníamos dientes (!pero qué insensatas!!).

Tener uno o dos hijos no te hace merecedora del respeto y la admiración que te reportan cuatro, ¿Dónde vas a parar?… Así que si este es su caso, tiene dos opciones: Póngase a procrear como una loca o ya puede currarse lo de obtener la máxima puntuación en el resto de requisitos para la conversión en “mummy cool”.

Por otra parte, si tiene cuatro, relájese. Puede suspender en las demás áreas. Se le exime de tener que hornear pasteles o de ser experta en Montessori.

No se vaya a pasar con lo de traer seres al mundo. Si ha sobrevivido a cinco, sus comportamientos se van a examinar con lupa (ya puede gustarle hacer huertos ecológicos con sus pequeños…) y si pasa de este número, será inmediatamente desterrada del selecto grupo de las madres modernas para pasar al de las madres beatas inconscientes.

Si importante es el número, importante también es el género. ¿Una mamá con tres niños?… Buff… Enséñeme su carnet de la biblioteca municipal; o al menos que alguno de sus hijos (mejor si son los tres) sea rubito con pelo largo y, en definitiva, con un poco cara de niña. Si sus tres varones son morenetes, con poco pelo y más bien brutotes, lo siento; no molará tanto.

Totalmente prohibido ser una ama de casa “al uso” o tener una profesión que ocupe más del 30% de sus jornadas diarias.  Ni una cosa ni la otra.

Si Usted ha decidido quedarse en casa, y no hacer “nada más” (yo aún no he descubierto si el tiempo que una persona puede dedicarle a las labores del hogar es finito…, creo que no) ya puede empezar a ponerse de cara a la pared y a darse unos azotes. Vía libre a la culpabilidad. Claro; Usted no es una mujer productiva; está bastante anticuada; su espos@/compañer@/pareja en general se encarga de mantenerla; no podrá realizarse. Vamos, que está bastante lejos de molar… Pero no se preocupe en absoluto; yo le doy una solución cómoda y sencilla: Elija un espacio luminoso y bonito de su hogar (si no lo tiene, búsquelo en casa de una vecina) y haga una foto de su MAC (si tiene un pc de toda la vida, no nos vale; pida el MAC) trabajando con alguna aplicación de organización y planificación, en la que se pueda fijar en qué tarea va a emplear los siguientes 2.400 segundos, y súbala a instagram.

Debería también hacer muffins junto a sus hijos y restaurar algún mueble antiguo de casa.

Si Usted ha decidido no abandonar un status profesional que le costó tiempo, dinero, sudor y sangre, aún tiene la cosa más negra… Cójase unos clavos y un par de travesaños de madera porque lo suyo va a ser una crucifixión. Si sale de casa  a las 7:00 am y vuelve después de las 20:00 horas, la cosa tiene difícil apaño. Usted no será más que una trepa insensible no merecedora de su prole, por más que su trabajo tenga fines sociales o sea el único medio de proveer de ingresos a su familia.

Si trabaja una media de 25-30 horas semanales como es mi caso, tampoco se libra de las juergas que se montan en su cabeza los remordimientos. Por partida doble, además. En el trabajo no está al 100%. Mira impasible como se despiden, sin pedir disculpas, sus ambiciones de antaño. 

En casa tampoco. La primera vez que a su hija hubo que darle puntos de sutura !Usted estaba trabajando!!

En la reunión con sus socios está pensando en que ahora papá estará bañando a los pequeños, y cuando Usted baña a los pequeños, está pensando que aún no ha terminado el informe del asunto Nuñez.

Visto lo visto, o bien tiene un trabajo muy molón que le da de comer empleándole un máximo de 15 horas semanales, o bien Usted no tiene que trabajar porque dispone de otra fuente de ingresos, pero puede hacer lo de las fotos de su MAC y lo de los pasteles.

No “se vale” haber decidido que se puede vivir con 1.400 Euros al mes que gana su pareja. Para estar entre el matriarcado Vogue deben ganar más. De alguna manera tienen que comprar los buga boos; la trona Stock; la silla del coche Cybex Syrona; los electrodomésticos SMEG…

Por último pero no menos importante, debe Usted estar bastante buena. Tampoco es que tenga que tener unos abdominales de acero (de hecho mejor que no  los tenga, eso podría implicar que pasa demasiado tiempo haciendo deporte y por consiguiente no es Usted la madre completamente entregada al bienestar de sus hijos que debiera ) Pero debe ser sexy… “Estar para una vuelta” que diría mi hombre de los 70´ si le pregunta el primo Buby´s.

Esto es todo. Si cumple estos presupuestos será una mamá maravillosa. De lo contrario…

Bueno, de lo contrario seguramente será Usted la mejor madre que sus hijos puedan tener; será igual de buena como madre de lo que lo es como mujer y, ante todo será lo que haya querido o podido ser en esta vida. Auténtica, genuina, imperfecta, corriente y moliente; antihéroe. Y lo mejor de todo: No tendrá que dar explicaciones a nadie de cómo ni por qué.