No Country for women I

Haciendo mi particular especial del Día Internacional de la Mujer que se celebra el próximo 8 de Marzo, les cuento que como mujer y trabajadora, he experimentado discriminación en el desarrollo de mi profesión, en alguna ocasión. 

Y lo aireo así, sin pudor y sin reparos, no porque soy presa de este victimismo que muchos perciben en tanto alboroto hormonal-feminista, sino, precisamente, porque como ya les conté por aquí, las cosas deben ser llamadas por su nombre, y machista hay que decirlo más, para que se oiga, para que se vea, para que se asuma y para que se cambie. Hay que decirlo cuando hay que decirlo, lo que significa que no hay decirlo cuando no hay que decirlo.

En el frío invierno de 2013 (me van a permitir que le imprima carácter literario, que ya saben lo que me gusta una historia), corría el mes de Diciembre cuando una señora que se encontraba atravesando dificultades de diversa índole, contactó conmigo para solicitar mi asesoramiento legal.

Tras una larga conversación, la señora me pidió que me hiciera cargo de diversos procedimientos y expedientes instados en su nombre y cuya tramitación se encontraba en manos de un respetado colega.

En escrupuloso cumplimiento del Código Deontológico de la Abogacía Española, una servidora trató de contactar con el distinguido compañero por mar, tierra y aire, para solicitar su Venia y preocuparme de la liquidación de los honorarios que, en su caso, restaran por hacer efectivos. 

Desgraciadamente, nada funcionó. Ni el móvil, ni el fijo, ni el e-mail… Así que, tras dos semanas de intentos, solicité una cita personal a través de su secretaria, única persona con la que había logrado contactar.

En cumplimiento, de nuevo escrupuloso, del código deontológico, no me planteé cosa distinta a que la reunión tuviese lugar en el despacho del compañero que tenía antigüedad y experiencias mucho más dilatadas que las mías. Eso sí, teniendo en cuenta que rondaba la semana 35 de embarazo (mi hijo nacería en la 38), pedí amablemente a la Secretaria si podía atenderme a una hora distinta de la que me ofrecía (20.30 horas) puesto que, después de un día completo de trabajo, a esas horas los pies ni me cabían en los zapatos, y la distancia que había entre mi despacho y el suyo me obligaba a conducir durante unos 20 min.

(con este párrafo así escrito ya tienen los cazadores y las cazadoras, presa suficiente para encontrar victimización y reclamo de una dulcificación del mundo de los negocios. A ésos y a ésas sólo les diré que los parió una mujer que primero estuvo embarazada, y por eso pueden hacer tantas cosas geniales por la sociedad en la que viven.)

Tras consultarlo mi única intermediaria con mi inaccesible compañero me informó, la secretaria, de que no era posible, a no ser que se aplazase demasiado en el tiempo.

Asumí que el compañero estaba infamemente ocupado y no decliné la cita.

Llegado el día y la hora acordada, me personé junto con mi feto de 35 semanas, en el despacho del compañero.

La secretaria ya no estaba (quizás estaba con sus hijos), pero me atendió otro amable compañero que hacía pasantía con mi inaccesible compañero jefe, con el que, además, había coincidido en la Universidad. El amable compañero me pidió, amablemente, que esperase en un banco de espera, en la entrada del despacho.

Me senté repantingada, en la única forma posible para encajar la barriga entre las piernas y esperé. Esperé UNA HORA.

A lo largo de esta hora, el amable compañero salía de su despacho reiteradamente, supongo que para comprobar que no había dado a luz en aquél banco ni me había dormido (cosa para la que faltó bien poco).

Cada vez que salía de su despacho para verificar mi estado de salud/gestación, lo percibía más y más incómodo. En cada ocasión me decía: Lo hemos avisado. No tardará. 

Yo, que pese a estar bastante molesta con la situación, empatizaba con la de aquél amable compañero, le decía que no se preocupara, y le agradecía su atención.

Finalmente, el inaccesible compañero jefe salió de un ornamentado despacho junto a sus clientes, despidiéndolos; estrechando la mano de un señor firmemente, sin que mi presencia captara su atención en absoluto, hasta que hubieron salido del campo de visión los citados clientes.

Una vez de frente el compañero jefe y yo, y el pasante que esperaba aparentemente avergonzado ante la puerta de su despacho, el primero miró al tercero el cual le indicó que era la compañera que venía en relación con el asunto de Doña fulana.

El compañero jefe por fin contempló considerar mi presencia, por otro lado voluminosa, en la entrada de su despacho y  se me acercó. Me dio la mano con menos firmeza de lo que había hecho con su cliente y con gesto de poca importancia. Me presenté y me invitó a pasar a una sala de juntas, a la que también invitó al amable compañero y a otro joven abogado, cuya existencia había sido hasta entonces ignorada por mí.

Una vez allí tomé la palabra para solicitar la Venia y, sin que hubiera terminado mi exposición se dirigió a los jóvenes compañeros para que le pusieran en contexto, como si no tuviera ni idea de por qué estaba yo allí.

Expuesto el tema, el compañero jefe, dijo:

  • Ah sí! vale, muy bien. De esta Señora, interesantes sólo hay dos asuntos.. Todavía nos debe parte de los honorarios.

Tomé de nuevo la palabra para prestarme a hacer llegar la minuta a la cliente.

Le pedí la documentación de la que pudiera disponer y se resistió remitiéndome a la procuradora, indicándole yo en ese momento que se trataba de alguna documentación original que entendía que podía estar entre sus archivos.

Finalmente le pidió al amable compañero, sin demasiada amabilidad, que la trajera.

Antes de que éste volviera, el compañero jefe se había levantado, así que dando por terminada la reunión, tras una hora de espera, y cinco minutos de conversación, hice lo propio.

Me acerqué a estrecharle la mano sin ningunas ganas, pero con poco empuje para avergonzarlo, y mientras los jóvenes abogados, el amable compañero ya regresado, esperaban tras él, el compañero jefe apreció:

  • Estás embarazada 
  • Sí. Sonreí por la evidencia.
  • Y ¿Cómo vas a llevar el asunto?!

Lo sentí como una invasión intolerable habida cuenta del tono grotesco con que me interpeló, como si fuera una pregunta retórica que con escasa utilidad, escondía una crítica profesional para la que se sentía legitimado.

Bien que no hubiera contestado a mis mensajes; bien que no hubiera accedido a buscarme un hueco en su agenda en una hora menos intempestiva; acepté, aunque de muy mala gana y resignada, que me hubiera tenido esperando una hora, y que me recibiera sin una sola disculpa y con mucha prisa, pero esta pregunta tendenciosa y malintencionada, había atravesado el límite de lo que estaba dispuesta a tolerar.

  • Yo me ocuparé de eso, contesté con seriedad con la intención de limitar su acceso en mi respuesta.
  • Tendrás algún socio, insistió.
  • Tengo una SOCIA. Afirmé.
  • No será madre, al menos, sentenció.
  • Sí lo es. Volví a afirmar con rotundidad.

Hizo un gesto con la cabeza, como si no lo pudiera comprender.

Cogí la documentación, me despedí amablemente del amable compañero y me fui.

En el coche de vuelta a casa, repasé mentalmente las MIL RESPUESTAS LÚCIDAS Y OPORTUNAS que podría haberle dicho; los discursos que podía haber pronunciado; los límites que pude y debí poner y, como tantas veces, como muchas veces para mí y para otras, me culpé por no haberme defendido de forma más digna.

No me volverá a pasar, pensé. No me ha vuelto a pasar. No porque ahora sea yo una mujer indestructible, sino porque, afortunadamente para mí, no he me vuelto a topar con un compañero así.

 

 

YA NO PUEDO MÁS.

No voy a cantaros que vivir así, es morir de amor.

Hoy tengo que gritar de alguna forma que es profundamente injusto y superlativamente hiriente escuchar semejantes palabros de la boca de niños  y niñas.

Pero ¿Cómo es posible que una niña de 8 años diga que no puede más con la vida?!!

Una niña de ocho años tiene que poder con mil vidas que le pongan por delante. Tiene que comerse la vida a bocados. Tiene que querer siempre más y más vida. Una niña de 8 años tiene que correr y saltar, y reír y jugar, y aprender y cantar, y bailar y experimentar. No puede estar cansada de la vida. Debe beberse la vida.

Cuando escuché a Marta decir que no podía más con su vida, se me partió el alma. Comprendí en este momento lo que significa que el alma se te parta. Porque te rompes por dentro.  Algo muy afilado se clava en algún lugar inidentificable. Te quiebras. Falta el aire.  Se te hace incompresible. Es una realidad que no puedes asumir; que deseas ignorar. Que quieres aniquilar, fulminar.

Y sigo escuchando a su madre, que está desesperada porque ¿Cómo no lo va a estar?

Ella, que desde el mismo día en que conoció la existencia de Marta le ha asignado el lugar de los reyes. La ha amado y cuidado con sus manos y sus pies y su cabeza. La ha amamantado, la ha acunado, la ha protegido y la ha soñado creciendo, viviendo, siendo feliz. Invariablemente.

Y, sin embargo, Marta, con 8 años, sufre. Se siente sola. No quiere ir al colegio. Allí le gritan, le pegan, le insultan, le vejan… Por nada. Por ser. Por ser gorda, o flaca, o alta o baja, o por no tener dinero, o por necesitar ayuda con el aprendizaje, o por tener aparato o gafas, o por estar enferma. Marta está triste cada día, todos los días, y no podemos permitírnoslo.

A Marta los insultos y los golpes se le pegan a la piel; se le incrustan y la acorralan. Y se desprecia y se culpa y ya nunca se cree que, en contra de lo que le repiten cada día de su vida ante las audiencias más vergonzantes, su existencia tiene más valor y dignidad que las de aquellos que la agreden. Aunque su padre porfíe de tal manera que parece querer imprimirlo con la voz en el aire.

A Marta la despierta la angustia por la mañana y se duerme agitada por el miedo y reducida por la soledad. Y sus padres no saben si es mejor no perderle la pista, o dejar de darles pistas a sus agresores.

No hace mucho, horrorizada por el inenarrable caso de maltrato infantil sucedido en Perris, California, leía la carta que un compañero de clase dedicaba a una de los hermanos Turpin, Jennifer Turpin, en la que pedía perdón por no haber actuado ante la situación de acoso escolar que sufrió la pequeña. Recuerdo especialmente que se lamentaba porque jamás se les ocurrió pensar que la vida de esta chiquilla, que apenas cambiaba de ropa y que olía a sudor, escondía torturas tan terribles. Y porque resultó que la realidad de esta niña era la más impía de las desolaciones, el desamor en su versión más cruel.

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Y me dió por pensar en esta costumbre nuestra tan humana de no acertar a vestirnos con la piel del otro. De ser de juicio rápido y fácil. De plegarnos a los prejuicios y estereotipos y de justificarnos en la inocencia del chismorreo patrio.

No tengo ni papa de psicología infantil, pero lo que sí sé es que nuestros hijos absorben los gestos y las palabras, los tonos e incluso los silencios con la avidez del instinto de supervivencia,  y aprenden el mundo según se lo mostramos. Nuestros actos les regulan el termómetro del bien y el mal.

Y por todo esto reflexiono hoy para proponerme ser consciente siempre de que aquel, el otro, el que no es como yo, está viviendo una vida cuyas circunstancias desconozco, así que me propongo ser amable, y que mis hijos lo vean, porque, tal vez, quienes primero tenemos que hacérnoslo mirar, somos nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vísteme despacio que tengo prisa.

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Padres y madres “all over the world“: ¿No os parece que esta expresión es la síntesis perfecta de vuestra vida como responsables de niños de entre uno y cuatro?

Pero ¿Por qué, niños del mundo, jamás queréis poneros la  ropa? Si la compramos de algodón y utilizamos Norit!!

Son las 3.30 pm. Si estamos pisando la calle a las 17.00, me daré por satisfecha, así que me propongo redimirme, vestirlos en tendencia y candorosos, más que peinarlos RE- peinarlos, e incluso ponerles colonia y quién sabe si unos tirantes al mayor y un lazo bien plantado a la pequeña..

Me voy al cuarto rebosante de ínfulas de grandeza, y abro el armario buscando sendos atuendos de los que hacen girarse al personal y, mientras estoy absorta pensando en lo cool que le quedan a WildManuela los vestidos con Converse, oigo a Raúl preguntarse inocente, pero en voz alta, dónde está su helicóptero que ha dejado en el sofá durante los diez segundos en que se lanzaba de cabeza desde el respaldo, probando si había mejorado su técnica de vorteleta. Sin solución de continuidad, unos pies corriendo destartalados, como si les fuera la vida en ello, en dirección opuesta.

Cierro los ojos, encojo los hombros y aprieto los dientes. Ya se lo que viene.

Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

No contesto. Sé lo que sigue:

Manuela me ha quitado el helicóoooooooooptero.

Después de 15 minutos de negociaciones, de sofocar tensiones y evitar lesiones; de consolar llantos y ofrecer alternativas, retomo el armario abierto con un poco menos de entusiasmo. Bueno, es Martes por la tarde; tampoco tienen que ir los niños de revista, con un par de conjuntos graciosos, servirá.

Tras  dos paseos adicionales al armario aún abierto, porque se me olvidó el pañal de una, los calcetines de otro y porque el pantalón blanco tenía una mancha de rotulador amarillo (lo que lo condena a la bolsa con ropa para frotar que pende en la despensa desde hace ocho meses), me felicito con condescendencia sincera por haberme hecho con el arsenal necesario, y por haber superado la primera de las fases de mi misión.

Me quito el jersey adelantándome a mi propia frustración. La tensión sudando se soporta peor.

Primer llamamiento:

-Hijo: Tienes la ropa en el sofá. ¿Puedes vestirte que vamos a salir?

  • Nooooo

-¿No quieres salir a la calle?

  • Siii, pero me llevo el violín.

Hijo de mi vida, hablo conmigo misma. No introduzcas ahora esta variable. Lo tenía previsto. Soy consciente de que tendremos que abrir ese melón antes de cruzar el umbral de la puerta, pero, hijo mío, como diría el Sr. Mariano Rajoy: “No entremos en eso ahora.”

Me resigno. No hay otra opción que entrar en eso, AHORA; JUSTO AHORA. Si las mujeres fuéramos un poco más como mi hijo, no habría brecha salarial que se nos resistiera…

Tras alcanzar un acuerdo razonable, que no era mi primera opción ni la suya, volvemos, veinte minutos después, a la ropa sobre el sillón.

Me contengo la emoción de ver que el primogénito empieza a bajarse los pantalones, y cojo en brazos a mi pequeña Wildy con la intención de llevarla hasta el sofá.

Patalea, arquea la espalda y llora diciendo que no.

La suelto. Miro el reloj: Las 16.10. Respiro. Manuela ¿A ti te apetece salir a la calle?

Siiiii. Calle, CALLE!! Grita con alboroto.

-Pues entonces tienes que vestirte.

A que no e illas, canturrea.

Casi me pierdo. Estoy a punto de dejarme llevar por la tensión creciente y mi adulto razonamiento según el cual si quieres salir y para salir tienes que ponerte la ropa, HAY QUE VESTIRSE, cuando consigo retroceder en la inercia inevitable hacia el desbordamiento, y tomarme un minuto para pensar.

Tengo dos opciones: Una pasa por reivindicar mi posición de autoridad y decirle que no es hora de jugar. A ésta le van a secundar llantos y oposición. Otra pasa por jugar un poco,  evitar la reacción defensiva y tratar de buscar, en los cinco minutos siguientes, el momento y la fórmula para plantearle que tenemos que vestirnos.

Consigo, hoy, rescatar de mi precario saco de paciencia, que parece la hucha de las pensiones, una sonrisa. Me agacho y simulo algo parecido a un monstruo acechante pisoteando con fuerza el pasillo de mi casa, mientras Manuela ríe y grita y huye despavorida.

La reduzco a base de cosquillas y cuando está noqueada, la llevo hasta el sofá en el socorrido “saco de patatas”.

Comienzo a vestirla; hasta que se hace consciente. Justamente cuando estoy a punto de superar el pañal que es el 45% de todo el trámite. Y se gira, y cual Houdini, se escabulle de entre mis brazos y mis piernas y corre a toda velocidad, desnuda, canturreando de nuevo “A que no e illas…”

Miro el reloj de nuevo. Son las 16.30. Cojo el móvil. Mando un mensaje. Renuncio a la primera opción de mi optimista planificación. La tintorería puede esperar.

Miro al mayor: Sigue con los pantalones bajados, haciendo moverse a una moneda sobre un folio por medio de un imán colocado debajo.

Hijo, tienes que vestirte para salir, ¿Recuerdas?

Ah, sí. Voy.

Espero. Sigue con la moneda.

-Raúl.

-Sí, sí, sí… 

Coge el pantalón.

Vuelvo a hacerme con la pequeña y consigo vestirla de cintura para abajo.

Le canto la canción de cachivache (un pájaro que hemos inventado en casa) para distraer su atención del trance de introducir su desproporcionada cabeza por el cuello del jersey. Ni modo. LLora, me dice que le aprieta.

-Eze nooooooooooooo!!!

Durante unos segundos le discuto. Me rindo. Traigo otro. Espero no encontrarme a mi madre por la calle. Hija, ese jersey que lleva la nena tiene pelusas, está estropeado… (como si lo estuviera viendo).

PUES SÍ, MIRA MAMÁ SÍ, PERO ES UNA APUESTA SEGURA y SON LAS 17.15, le espeto con rotundidad a mi madre en mi mundo interior. La situación real más bien acabaría con: Vaya! Es verdad, no me había dado cuenta…No se vaya a pensar que le he puesto ese jersey de pura desesperación.

Con la pequeña vestida y la mente centrada únicamente en que no se quite los zapatos, ayudo al mayor a ponerse los propios y comienza la fase tres. Me la planteo como aquéllos concursos de los 90´en que un conductor de entretenimiento retaba a concursantes enloquecidos a que cogieran de una tienda todo aquello que pudieran durante diez exiguos minutos.

Visualizo las bolsas de merienda; las frutas, snacks y botellas de agua.

Visualizo las piezas de construcción en el suelo y las películas para devolver al videoclub.

Visualizo las ropas sucias sobre las sillas y los pijamas sobre la mesa del salón.

Visualizo los abrigos y gorros, guantes y bufandas.

Visualizo sus juguetes preferidos y sus gafas de sol (que últimamente quieren llevar con mucha independencia del sol que haga).

Trazo en mi mente el plan perfecto. Calculo las distancias y tengo en cuenta la proximidad de mis hijos a todo el “stuff” recogido, sorteando sus intentos de retomar nuevas actividades. Les doy algo para comer y les esbozo los primeros versos de una canción.

Y suena el silbato en mi mente alerta y corro, y me agacho, me levanto, abro cajones, los cierro, meto, saco y corro.

Todo listo.

Espera. Las llaves de casa. Les pregunto a ellos si las han visto. Lo hago por inercia, pero una vez Raúl me dijo que sí; y me señaló donde estaban. Para que veas, pensé.

Y ahora sí. Son las 17.40. Estamos listos.

No están peinados.

No llevan colonia.

Yo tampoco.

En el ascensor lo percibo de repente. Abandonad toda esperanza, pienso. Cojo el móvil: 

Tengo que volver. No me esperes. Si consigo salir de nuevo, aviso. 

Huele a caca. 

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Manuela, la despeinada.

El otro día me informaba mi hermana de que una amiga suya había bautizado a mi pequeña con este preciso y absolutamente oportuno alias.

Manuela siempre va despeinada. Manuela sólo luce “totos” mientras duerme, porque aprovecho los momentos en los que tiene anuladas sus capacidades cognitivas y volitivas, para ponérselos a traición. Una vez despierta, le duran lo que tarda en ser consciente. Entonces se los quita mirándome a los ojos con determinación. Debería, darte vergüenza, mamá, parece querer decirme…

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Otros sobrenombres que nos vienen sirviendo para identificar de forma descriptiva a la benjamina son “Manela Destroyer”; “Manuela Tormento”; “WildManuela”… 

Pues sí, Manuela tiene una gracia especial para hacer lo que le da la real gana. Ella sigue sirviéndose de la estrategia de la discreción para colocarnos a cada uno de nosotros en el lugar en el que nos quiere tener. Con enorme disimulo; así, como quien no quiere la cosa, Manuela hace y deshace.

Esta hija mía es  indiferente a la aprobación o la celebración. A ella la mueven otros pulsos, y yo asisto fascinada a su desenvoltura. Me quito el sombrero ante su tenacidad y su autonomía.

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Manuela, que parecía no escuchar hace dos meses cuando a su hermano se le voló el globo al espacio, y se congratuló de que estuviera con el resto de los astros, esta misma mañana me ha dicho que lo que asomaba al amanecer por la ventana de la cocina, no era la luna, sino el globo de Raúl.

Manuela presume de orgullo  en su justa medida, y marujea cuando la saco a pasear. Después de despedirnos de cada cual que se para a conversar, Manuela me pregunta, haciendo alarde de un gran dominio del deje de patio interior: “¿Y esa quién es?”¿qué te ha dicho?”, labio alzado y palmadita en el hombro por medio. No me cuesta nada imaginármela en un café con las Supernennas interpelando “¿y esa de quién es, nena?”

Me pregunto cómo cabe tanto carácter en un cuerpo tan pequeño.

Y, sin embargo, Manuela desinfla el temperamento a base de besos; caricias y reiterados perdones, por favor y gracias (de buenos modales la niña va sobrada). Es alegría y contento. Es fuerza y nobleza. Su risa es más verdad que ninguna otra cosa.

Manuela, que es un remolino; que, como dirían Sus Satánicas Majestades, es un arco iris, cumple dos años, y cada mañana cuando la cojo en brazos examino que siga teniendo los rasgos de bebé; la nariz redondita y las manos rechonchas; los mocos colgando y la boca desdentada… Y me abrazo al olor a pre-niña que todavía desprende.

Sé que irremediablemente se hará mayor. Eso deseamos por encima de todo y, sin embargo, no consigo normalizar del todo este indolente transcurrir del tiempo.

Desde hace varios días; semanas, tal vez, soy yo la que parezco privada de la indolencia. Tengo la sensación de estar siendo exponencialmente consciente. Amplificadamente consciente. De todo; de lo maravilloso, lo honesto y bondadoso, y también de lo despiadado y lo cruel. Y tan profunda y sentidamente se me imprimen los sucesos y experiencias en la piel, que no puedo más que sentir que soy indescriptiblemente afortunada. Tengo la constante certeza de estar viviendo algo extraordinario, aunque me de un podo de miedo ponerle nombre.

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Manuela: Tú estás dando feliz sentido a esta locura maravillosa. Jamás he tenido tan poco tiempo; jamás he acabado los días tan agotada y, sin embargo, jamás jamás, he experimentado tanta plenitud.

A veces me cuestiono y me cuestionan este “maternocentrismo” o “familiocentrismo”; pero, desde la más profunda de las honestidades, vosotros copáis la lista de prioridades con mayúscula ventaja. Sí, la experiencia de la maternidad, de vuestra maternidad, ha sido el desafío más salvaje, turbador y fascinante al que me he enfrentado jamás.

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Manuela de mis amores. Mi rubia y, sobre todo, peligrosa: Te quiero con locura. Me encantas. Muero con tu flow y tu simpatía y te deseo lo mejor de lo mejor. Hoy y siempre.

 

 

Las cosas mejor por su nombre, ¿no?

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Está la cosa caliente.

Cada mañana, al abrir las publicaciones digitales de los diarios nacionales o, más comúnmente, las redes sociales (que no tienen filtro), me encuentro con, al menos, media docena de artículos, manifiestos, comentarios, reflexiones, divagaciones, ensoñaciones, hashtags, Gifs… sobre las mujeres, y los hombres, y las mujeres que hablan de los hombres; y los hombres que hablan de las mujeres; y las mujeres que hablan de que los hombres hablan de las mujeres… Y así en una espiral infinita de alusiones recíprocas.

Esta mañana he amanecido con las palabras de dos Señores ilustres: Don Javier Marías y Don Arturo Pérez Reverte… El primero que está cansado de que las mujeres hablen de mujeres, y el segundo que, como otros hombres, también parece tener miedo de que, en cualquier momento, por un “quítame allá esas pajas”, acabe con una orden de alejamiento. O peor.

Yo me pregunto qué tipo de denuncias está leyendo el Sr. Marías para que le causen semejante perplejidad… Las que yo vengo escuchando son, en su mayor parte, denuncias de abusos sexuales; chantajes de contenido sexual; amenazas o incluso violaciones.

Dylan Farrow dice que su padre abusó sexualmente de ella cuando tenía 7 años; Salma Hayek dice que Weinstein le chantajeó, exigiéndole una escena de sexo lésbico bajo la amenaza de anular la producción de la película por la que, finalmente, fue nominada al Oscar como mejor actriz; Asia Argento, Kate Beckinsale y hasta 81 mujeres más, entre actrices, modelos o empleadas del productor, han denunciado agresiones o abusos de poder, con contenido sexual, a manos del susodicho.

Ochenta y tres mujeres denunciando un comportamiento criminal de un hombre poderoso, resultan muy estrepitosas, incluso inquietantes. Me hago cargo.

Dice el Sr. Marías que observa sorprendido como esas mujeres reaccionan en formato totalitario ante un manifiesto (!!!) sensato y razonado suscrito también por mujeres. Y, cuidado, desliza que las congéneres que mostramos nuestro desacuerdo al desacuerdo previo de su manifiesto, les negamos la inventiva y la autonomía de pensamiento, al más puro estilo hitleriano, reduciéndolas a papeles.. Por si no había suficiente leña en el fuego, para que arda.

Pues yo le digo, Sr. Marías, “las francesas” intelectuales tienen toda la libertad de pensamiento y expresión para escribir desde sus despachos parisinos que si un hombre, entiéndaseme: Un hom-bre, insiste torpemente en coquetear con una mujer, no es un crimen. Y la cajera de supermercado que ha recibido cien mensajes al día de su encargado, diciéndole lo cachondo que se pone cuando piensa en sus tetas, tiene toda la libertad de expresión y pensamiento, y todo el derecho, además, a sentirse importunada y a denunciar ese coqueteo, torpe a más no poder y “que te cagas” de insistente. Y también tiene el derecho a que si lo denuncia diez años después, cuando sus hijos ya han terminado la universidad y ha puesto en la mesa todos los platos de cocido que tenía que poner, se le conceda la más sublime de las empatías.

Por supuesto que también tengo yo la libertad de pensar que “las francesas” podían haber elegido otro “contexto” para posicionarse.

No le voy a negar que comparto con las francesas intelectuales algunos puntos de vista. No quiero condenar a la hoguera toda la filmografía de Woody Allen o de Roman Polanski; pero para cuando nuestros hijos estén en edad de ver Delitos y Faltas, también estarán en edad de que les podamos contar, destruida la presunción si fuera el caso, que fueron geniales directores y también agresores sexuales. Por desgracia o por fortuna, una cosa no quita a la otra… Además, desde la cárcel, también se puede escribir.

No es odio ni despecho lo que las mueve, Sr. Marías, es justicia.

 Y si en el discurso desentona alguna voz esperpéntica, vamos a cuidarnos de responsabilizar al discurso; no vaya a ser que lo empujemos irremediablemente a la oscuridad de la que sudor, lágrimas y años, le ha costado salir.

Y al Sr. Pérez Reverte le quiero dar una buena noticia: Dígale a Manolo que puede despertar a su mujer acariciándole un seno o agarrándola del trasero. Si hay suerte, ésta se lo agradecerá… Si no, le va a tocar la ducha fría de todas las maneras. Tal vez otro día sea María la que se levanta con ganas de despertar a Manolo de la forma más dulce.

Y también quiero decirle que el sentido común, el menos común de los sentidos, les falta a muchas profesoras de Osaka y a infinidad de encargados de supermercado, y que ni Blancanieves ni La Bella Durmiente han sufrido agresiones sexuales, gracias a Dios. Ahora, como le digo una cosa, le digo la otra, y compartirá conmigo que pasarse la mitad de la historia durmiendo, y la otra mitad encerradas en una torre o en un zulo de enanos en medio de un bosque, les deja poco margen de maniobra. Podemos, eso sí, constatar su alta capacidad de espera.

Machistas los cuentos, son un rato.

Usted, que ha contado a mujeres como Teresa Mendoza, debería encontrar las 7 diferencias.

Que los cuentos, las novelas, las películas, las pinturas, las esculturas y el resto de expresiones gráfico-visuales de una sociedad machista sean machistas, no es nada extraordinario. Lo extraordinario es abrazar el dogma, la disciplina de partido.

Parece lógico que la censura no es la solución, más bien la educación del ojo del que mira, y se expresa. Y en esta dinámica, machista hay que decirlo con sensatez, pero sin miedo, y desde luego, hay que decirlo más.

 

 

 

 

 

 

 

Feliz Cumpleaños

A ver cómo salgo de ésta con dignidad.
A ver cómo consigo decirlo sin que todos los del Facebook me eliminéis de vuestra lista de contactos.
A ver si, después de esto, mis amigas quieren seguir quedando conmigo.

Querido hijo mío de mis entrañas:
Hace cuatro años y un embarazo que era yo una moza joven y resultona de medidas aceptables, altura media y sonrisa permanente. Tenía la piel delicada pero tersa y los pechos pequeños pero bastante bien colocados.
Por aquél entonces andaba yo fascinada por Tom Waits y estaba leyendo Octubre Octubre, de Sampredro.
En esos tiempos había sido herida por AMOR, de Haneke  y frecuentaba bares y pubs con la cotidianeidad con la que ahora vamos al parque.

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Pero llegaste.
Y cambiamos cervezas en la barra de los locales de moda, por bares de comida ignominiosa pero con piscina de bolas o aledaños parques fabricados con petróleo.
Me estás haciendo vieja, pequeño. Las arrugas se me acumulan en el contorno de los ojos y la boca, me arranco las canas aún a riesgo de que se multipliquen, y, aceptémoslo, mi barriga nunca va a volver a ser lo que era.. (Aprovecho para pedirle al Sr. Amancio que se abstenga en lo sucesivo de recuperar el maldito crpped top).

 

Mi espalda lamenta su suerte por la incapacidad de retornar a su posición original (aunque, oye, DON´T PANIC, he leído que las mujeres están más sexis cuando arquean la espalda…. Una noticia muy interesante, sí.).

Me cuesta seguir las conversaciones de las no-madres sobre las puñeteras series del Netflix y he asumido que la frase: “A ver si quedamos y nos tomamos algo”, es una fórmula de cortesía.

Pero déjame decirte, hijo, que el día de tu fiesta de Navidad en el cole, me temblaban las piernas. Estaba asustada, y lloré. Y también con el primer concierto de violín en el que participaste. En realidad, estoy empezando a sospechar que voy a tener que buscarle un hueco a este miedo barra emoción que me viene tocando las narices desde que las relaciones te las montas tu solo; sin mi intermediación

Y voy a decirte otra cosa: Se me cae la baba aunque sea la vez número 17 que interpretas el baile de Corre, salta, juega Es Navidad! y no puedo evitar venirme arriba y seguirte los pasos como cuando en mi juventud me ponían en la discoteca esa canción de Juanes.

Tenerte así tan cerca, en mi propia casa, es una gozada. Es mejor que conocer a Nick Cave (y créeme que para mí esto es mucho).
Ya no eres más un bebé.
Por el amor De Dios, quieres ser astronauta! Tienes tu propio color preferido y pones tu nombre.


Y estoy  embelesada.

Estoy embelesada porque ahora eres un niño noble y bondadoso; generoso, espontáneo, fuerte e inteligente.
Me declaro fan absoluta de tus dibujos de barcos y toboganes. Tus circuitos de trenes son una chulada, y me encanta la forma en que no guardas los secretos.

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Hijo de mi corazón: Has marcado nuestra vida con una profundidad extraordinaria. Y ahora me arrastras de la mano a un mundo maravilloso; de descubrimiento e inquietudes. Y no se me ocurre viaje más fascinante.
Es un privilegio sentarme frente a ti y observarte  resolver y comprender.

Hijo: Te pienso en la intimidad y me tienta la idea de abducirte un poco. Para tenerte aquí, paseando cars por las paredes toda la vida. Pero no es justo, lo sé. Porque en ese mundo de bastantes mentiras, de flagrantes injusticias y de artifiosidad insoportable, también lo vas a pasar francamente bien.

Te reirás a carcajadas; bailarás; quizás sigas tocando el violín. Y te emocionarás con una canción. Llorarás: Unas veces será liberador; otras, doloroso.

Te enamorarás. Sentirás tensión y miedo… y ojalá tengas muchos momentos de paz. Te traicionarán y tú también lo harás. Te repondrás.

Todo eso lo harás por ti mismo. Pero déjame decirte, hijo, y no quiero que te olvides, que yo  estaré aquí. Justo donde ahora, queriéndote y queriéndote.

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Feliz Cumpleaños, hijo mío.

DES-PERTENENCIA

Son días de familia. De vuelta a casa y de hogar. Son días de patria, de identidad y de gregarismo. De compañía.

Son días de infancia.

Hay, sin embargo, algo oscuro e indescifrable en perder a un padre. Como una revelación cruel y torticera; como una verdad de plomo que sólo se verbaliza con silencio. Un secreto que se hace incompresible a los demás.

Algo que se va quedando frío y compacto. Como el agua que resbala y se pierde; como el regusto de las luces que se apagan y los ecos que desaparecen. Hay una soledad originaria. Un plano que se abre y que se abre; que se expande. Un punto que se difumina, una cuerda que se parte.

Hay una añoranza rencorosa. Un dolor un poco envenenado; porque se haya ido, pero también porque te ha dejado, así, en el plano abierto y con la cuerda rota.

Hay un misterio que se calla, que se envuelve y se consagra.

Y al hablar del padre muerto sientes ridículo; porque antes de decirlo sonaba más importante. Y una vez fuera, todo lo demás se reconstruye. Por eso callas. Y dejas que siga siendo plomo.

Recuerdo de las historias de hospitales. Viejas conocidas traicioneras.

Recuerdo de aquello por lo que se quiere y de aquello por lo que, todavía, no se quiere. Pero sobre todo, impulso de pertenencia. A las luces y a las sombras. De unas y otras brotaron las miserias y las deidades.

En voz alta: Te echo de menos, papá.

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A LOS SEÑORES DEL INE

Señores del Instituto Nacional de Estadística que han iniciado los trámites para sancionarme con la cantidad de 130 Eurajos, por haberme retrasado en el envío de información solicitada; déjenme decirles algo:

Me hago cargo de la utilidad social de su labor, y también de la oportunidad de fijar plazos a los requeridos, como única forma posible de cumplir con sus objetivos y finalidades.

Háganse cargo Ustedes, no obstante, de que soy abogada (ya lo saben, porque lo ponían en el formulario) y madre. De dos niños pequeños: De tres-casi-cuatro y uno-casi-dos años, respectivamente. Y de que soy autónoma.

 Déjenme decirles que mientras Ustedes me requerían, el TSJ me emplazaba para formular demandas; que en los quince días sucesivos a recibir su notificación he tenido varios señalamientos; unas cuantas citas, reuniones que atender, comunicaciones que redactar, llamadas que devolver… Infinitos e mails que contestar.

Déjenme decirles que he estado enferma; con un virus del demonio. Y que mi hija también lo estuvo primero, y que mi hijo estuvo después.

Háganse cargo, por favor, de que mi hijo ha tenido que preparar su concierto de villancicos del Conservatorio; de que teníamos que ensayar todos, todos los días.

Quiero decirles que ha sido el cumpleaños de mi abuela. Que ha cumplido 94, y que había que celebrárselo. Porque 94 no se cumplen todos los días.

Sepan también que tengo cierta conciencia respecto de aquello en lo que quiero que los niños inviertan el tiempo. Que les puedo poner la tele cuando llego a casa para secuestrar toda actividad cerebral y, consiguientemente física, de sus masas grises y seguir trabajando, cumpliendo trámites; atendiendo requerimientos administrativos o recopilando datos, pero que no quiero.

Quiero que sepan que cada Viernes me he llevado la maleta del trabajo a casa. Y que lo detesto. Que casi no recuerdo la sensación de dejar el PC en la mesa del despacho; cerrado, apagado, y largarme. Solo con el bolso. Sin la carga; la física y la otra. Con horas por delante.

Me gustaría que supieran que cada semana mis suegros, mi madre, mi marido y yo tenemos una cumbre para organizarnos la semana. Que a veces, incluso, tenemos que pedir refuerzos a mi hermana y cuñados.  Y que seguimos una férrea disciplina. Sin fisuras. Con plan a, b y c.. Porque todos tienen compromisos, trabajos, requerimientos y burocracias a las que atender.

Quiero que sepan que no encuentro el hueco para hacer deporte; y que me duele la espalda.

Que viajo cada día más de una hora y media y, últimamente me revuelvo en el asiento frente al volante, porque así, sentada, no puedo acudir al Registro de la Propiedad ni comprar los plátanos que se han acabado en casa.

Aunque me da vergüenza, déjenme que les cuente que tengo las cortinas del salón en la colada desde hace dos meses. Y que la lámpara del baño sigue sin poner. Y que a mi hija pequeña le llevo el babi a la guardería una semana sí y otra no… Porque si entra en el cubo de la ropa sucia un Viernes, no sale de ahí hasta el Sábado siguiente.

Déjenme decirles que mi marido ha trabajado mañana y tarde, y a veces noche.

Les quiero contar que NO ME DA LA VIDA. Les quiero decir que muchos proyectos personales y otros tantos profesionales se me acumulan en la parte trasera de la agenda, donde va lo que no es PARA YA. Que es casi todo; casi todo lo que no tiene que ver conmigo.

Y, entiéndanme, Señores del INE, no pretendo victimizar mi posición; lo que quiero es que  de su parte, se hagan cargo. De la suya, y de todas las partes.

Y así las cosas, Señores del INE, ruego acepten mis disculpas. Las que también tengo que pedir a las “seños” de la guarde de mi hija por no haber llevado aún la ropa para la fiesta del Viernes; por retrasarme una semana en conseguir una pandereta para el villancico. Las mismas que tengo que pedir a mis amigas por no contestar a los What´s App.

Y les pido que no me sancionen. Que se hagan cargo de que es Navidad y tengo que pagar peaje y aduana para tres Reyes Magos con sus Pajes y sus Camellos; y que algo les tendré que poner para cenar. Me han dicho que son de buen comer.

Quizás, en sus mentes de estadistas, pueden concluir que, estadísticamente, las mamás y papás que trabajan dentro y fuera de casa, emplean una media de entre 30 y 45 días en responder a sus requerimientos… Y quizás, haciéndose cargo, puedan establecer plazos más flexibles, o generosos.

Señores del INE, si me tienen que sancionar, háganlo, pero por favor, háganse cargo de que NO ME DA LA VIDA.


 

 

 

La Jauría.

Sinceramente, me parece mejor calificativo para hacer referencia a la presunta agresión que tuvo lugar en Pamplona, durante la celebración de San Fermín el pasado año 2016; a sus presuntos autores; a la atrevida disposición de éstos; al enjuiciamiento; a las decisiones judiciales; a las reacciones en redes sociales y en medios de comunicación…

Permítanme en primer lugar que hable siempre de presunta y de presuntos. Porque, con independencia del reproche moral que quepa hacer a los actos cometidos por los acusados, desde ya, desde entonces; su culpabilidad, desde el prima jurídico-penal, sólo podrá predicarse una vez finalizadas las sesiones del juicio oral. Tampoco digo desde que se dicte sentencia condenatoria porque, ya ven, los jueces NO siempre tienen la razón. No siempre imparten justicia. No siempre aciertan.

Pese a todo, la presunción de inocencia es un principio fundamental del Derecho Penal, y es urgente y necesario, y en este sentido, ni siquiera la legítima indignación puede nublarnos el juicio. Ni el particular, ni el que se está desarrollando en la Audiencia de Navarra, en el cual los acusados, a través de sus letrados, tienen el derecho a defenderse.

Y otros principios fundamentales de nuestro Ordenamiento jurídico son la tutela judicial efectiva; la igualdad de género y la libertad: De movimiento, de expresión, de pensamiento; de creencia…

Libertad que ampara que la presunta víctima de la agresión, tras ésta, haga y deshaga a su antojo lo que le venga en gana. Que ampara, incluso, que no se encuentre traumatizada por los hechos. Que salga, que beba o que tenga cuantas relaciones sexuales desee.

Sencillamente la actitud y el comportamiento de la presunta víctima tras el hecho de la agresión, NO tiene relevancia alguna para el juicio sobre en anclaje de los hechos en el supuesto de violación, contemplado en el código penal.

Les voy a confesar que, en un primer momento, cuando escuché la noticia de la admisión por el tribunal de la prueba consistente en un informe de un detective privado, y el posterior revuelo social, acogí la información con extrema prudencia. He comprobado la oportunidad de esta actitud cuando se valoran desde la opinión pública decisiones judiciales, ya que más veces de lo deseable los titulares son engañosos y manipuladores.

La Jurisprudencia del Tribunal Supremo en relación con los delitos de naturaleza sexual, ha venido admitiendo que los mismos puedan ser apreciados contando con la declaración de la víctima como única prueba de los hechos (es, por otro lado, lógico pues, generalmente, uno o unos no suelen violar en público…). La otra cara de la moneda es que dicha declaración tiene que tener la fuerza y la consistencia necesaria para desvirtuar la presunción de inocencia que tienen, no sólo los presuntos agresores del caso concreto, sino todos y cada uno de los que habitamos este país.

Por aquí razonaba yo para tratar de encontrar justificación a la decisión judicial, en el sentido de que pudiera existir alguna declaración  de la presunta víctima en la que manifestara de forma libre, espontánea y no viciada, que mantuvo una relación sexual consentida con estos cinco chicos.. Y he aquí donde llegué a mi conclusión de que admitir dicho informe genéricamente, es una decisión judicial nada acertada; más que cuestionable.

Otra cosa hubiera sido que el Tribunal hubiese admitido tomar en consideración (para después valorar) la constancia de una declaración de la víctima posterior a los hechos y que hubiese entrado en contradicción con lo declarado previamente.  Como digo, desde mi punto de vista, dicha admisión hubiese resultado procedente, sin perjuicio de que su concreta valoración exigiera tener en cuenta otros factores como a quién se hizo esa declaración, cuándo, en qué circunstancias y en que situación emocional…

Pero es que nada más lejos de la realidad. No hay nada parecido en este caso. Lo que se admiten son publicaciones de la presunta víctima en redes sociales en las que ésta reproduce frases de “super shore”; sale de fiesta; quizás habla de sexo, de alcohol… y sencillamente no encuentro la manera de relacionar estas cuestiones con el juicio sobre la ausencia de consentimiento en el acto sexual, o la situación de conciencia de los presuntos agresores en el momento de llevarlo a cabo. No hay manera.

Y, además de que esta decisión no hay por donde cogerla, si se quiere desde un punto de vista técnico, refuerza un mensaje instalado en lo más profundo de nuestra tradición social machuna: Si eres una mujer, mucho cuidado con disfrutar del sexo, del flirteo, del alcohol o de una juerga con amigas.  Todavía se califica a las chicas que expresan públicamente su sexualidad como “ligeras”, “sueltas” o directamente “putas” y a los hombres como “linces”, “campeones”, “seductores” o “truhanes”, con cargas semánticas absolutamente opuestas.

Me pregunto si una chica que generalmente quiere tener sexo pasa automáticamente al lado oscuro y tiene que renunciar a su libertada sexual. A poder decir que no. Me pregunto si las mujeres tenemos que elegir entre poner nuestra sexualidad al servicio de los hombres, o apostatar de ella por completo; con el esposo y la luz apagada, o cuando y como ellos quieran.

Ya en otro orden de cosas, dejando al lado la mezquindad del comportamiento de esa indeseable jauría, que tantos y tantas han expresado ya, con mejor sensibilidad que yo, no puedo evitar pensar en el coto de caza en el que se convierte Pamplona durante San Fermín. Un coto donde las jaurías encuentran espacio para liberar la ira y la violencia; un territorio que durante unos días, se convierte en Sodoma y Gomorra.

Un escenario donde el alcohol juega la carta de relativizarlo todo; antes, durante y después.

No puedo evitar pensar en Gandía Shore, o en Mujeres y Hombres y Viceversa y en lo que mostramos a nuestros hijos.

No puedo evitar pensar en los otros 15 tíos del Whats app a los que no se les pasa por la cabeza oponerse a lo que sus amigotes están haciendo, en directo. No puedo evitar pensar en que éstos otros 15 tíos les ríen la gracia y les profesan su admiración.

Desde hace una semana, tengo el estómago revuelto. De asco.

 

CLULESS (Fuera de onda)

 

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Mi primer año de universidad da para muchas historias. Para muchas. Algunas quedarán ocultas al conocimiento de mis hijos bajo pactos sagrados de silencio. Y si a alguna o a alguno se les ocurre abrir el pico, no me voy a cortar en mantenerlas donde deben estar bajo amenazas y chantaje del sucio… Que yo las maldades no me las ingeniaba sola.

Tengo grabado en la memoria el escalofrío que sentí la primera vez que entré a mi clase de Derecho. Pero, para ser justos, ahora, con la claridad de la madurez, creo que el escalofrío se lo debió llevar el Sr. Montoro (no el Ministro) sino mi profesor de Filosofía del Derecho.

Yo representaba lo que venía siendo una hibridación perfecta de las tribus urbanas del momento (entre hippie, punky y heavy, andaba el juego); todo ello unido a una reseñable falta de amor propio y noviazgos tormentosos, y al racionamiento económico impuesto por las limitaciones presupuestarias de mis benefactores.

Para situarnos, yo podía vestir, en uno de mis días buenos,  un chándal de algodón, una camiseta de Sex Pistols que mi ex había heredado de su primo mayor,  y una riñonera con una llamativa hoja del cannabis. Recuerdo haber llevado hasta calentadores de colores.

Y, por supuesto, cuando hablo de chándal, no me refiero a la favorecedora ropa deportiva de Oysho. Yo me refiero al chandal de toda la vida. Al de los domingos de relajo; al de la escuela el día que tocaba gimnasia. Al de ‘choni’. Al de los heroinómanos en los 80. Al chándal, como realidad social y concepto antropológico. A ése.

Una vez una amiga mía me dijo que como iba yo a la universidad, no bajaba ella ni a tirar la basura… y tanta gracia me hizo esta frase, al cabo de los años, cuando ya era yo una distinguida letrada que vestía falda de tubo negra, que imploré a mis amigas que formara parte de los lemas que se corearan en mi despedida de soltera.

De esta guisa me iba yo a la universidad; y me sentaba en una silla situada en el medio, en la primera o segunda fila. Eso es. No se piensen que mi falta de adecuación al entorno me detenía. Como les decía, yo de amor propio andaba más bien escasa. En todos los ámbitos menos en uno. El del aprendizaje.

Iba a hablarles de mi seguridad en el entorno académico… Pero no se si sería del todo correcto utilizar esta expresión, porque el entorno académico, considerándolo de una forma global, tampoco me resultaba un ambiente amable: No era yo de formar grandes corrillos en la cantina, ni de tener una significación importante en los pasillos. Los profesores no me conocían porque nunca pisaba un despacho; ni mandaba mails. Siguen dándoseme regular las relaciones institucionales.

Pero yo era una idealista. Y me encantaba ir a clase. Me sentaba en primera fila por el puro placer de aprender. Y me abstraía de todo lo demás; y me sentía legitimada para recibir las informaciones y los conocimientos, y, pese al chándal, no me avergonzaba en absoluto. Es más, pensaba, real e ilusoriamente, que nadie me iba a prejuzgar por las fachas. Y no hablaba con la gente. Escuchaba y aprendía. Me emocionaba incluso, a veces y luego se lo contaba todo a mis amigos no universitarios. Les explicaba los grados del dolo en la comisión de los delitos en Derecho Penal, y los principios para la interpretación de los contratos.

Y, aunque ahora cada vez que lo pienso me sigo preguntando cómo podía, mostraba absoluta indiferencia ante el hecho de que a mi alrededor se desplegaba un auténtico desfile de pret a porter con las últimas tendencias de la temporada. Tacones, bolsos, pantalones ajustados, blusas, maquillaje, gomina en los chicos, polos y muchos logotipos de marcas. Como digo, entonces, ahora no me explico cómo, me la traía al pairo que pareciera que me había despistado buscando la clase de bellas artes o de sociología.

Pues bien, en uno de esos días de Derecho Penal Parte General, mi  admirado y honrado  profesor, el Señor Don Jaime Peris Rieira, cuyas clases siempre me parecieron una delicia para el entendimiento, recomendó el archiconocido libro de Cesare Beccaria “De los delitos y las Penas”, y tanto me fascinó la sinopsis que del mismo hizo, que recién terminada la clase, me fui para la Biblioteca de la Facultad de Derecho a hacerme con él.

Cuando entré, por primera vez, en este espacio, sí me temblaron las piernas. Si el pasillo de la segunda planta de la facultad era el desfile de la colección Otoño Invierno, la Biblioteca era el Backstage. Pero aquí, a diferencia de lo que sucedía en el aula, yo no podía dar sentido a mi presencia en el proceso mismo del aprendizaje. No cabía crear este espacio acotado y seguro que yo construía en cada clase, entre las enseñanzas de los profesores (de los buenos profesores) y mi propio proceso intelectual de comprensión y asimilación. Estaba desprotegida y fuera de lugar en un mundo extraño. Las miradas de aquéllos cuyas mentes estaban esperando una distracción que justificase la pérdida de atención, se clavaron en mi chándal y en mi riñonera cuando crucé el mismo umbral de la puerta.

Me acerqué al mostrador. Todo lo silenciosa que podía. Me dirigí a la Señora al otro lado de la madera, en un tono casi inaudible: “Estaba buscando el libro “De los delitos y las penas” de Cesare Beccaria.”

– ¿Quée? Contestó la señora en un tono estruendoso; estrepitoso, molesto.

Giré la cintura para mirar hacia atrás y sondear la reacción de los presentes. La mayoría miraba. Me acerqué un poco más al mostrador en una evidente tensión creciente.

Que estoy buscando el libro “De los delitos y las penas, de Cesare Beccaria.

Ah! Un momento, voy a buscarlo.

Miró el ordenador y después dio la vuelta al mostrador para dirigirse a las estanterías. Recuperé un poco el aliento y el ritmo cardíaco empezó a volver a la normalidad. La Señora volvió a colocarse tras el mostrador con el pequeño libro entre las manos, y mientras aún estaba en marcha, escuché:

Diez Euros.

El corazón se me disparó de nuevo; esta vez de una forma que parecía incontrolable. ¿Diez euros?, ¿En serio? ¿Había que pagar por sacar un libro de la biblioteca?? Me pareció absolutamente insólito e injusto, pero evidentemente, no iba a hacer preguntas. Faltaría más. Di por supuesto que se trataba de una suerte de depósito o fianza.

Se me hizo un nudo en la garanta. Por absurdo que parezca, en ese momento, ni hacer preguntas ni dejar el libro y salir por la puerta como había entrado, eran opciones que barajaba. Era una cuestión de dignidad salir de allí con mi libro; como si fuera una de los muchos usuarios de esa Biblioteca que parecían absolutamente habituados a los trámites, procedimientos y normas de aquél lugar. Pero diez Euros. Eso era la mitad de mi presupuesto semanal. Y no los tenía. En ese momento no los tenía.

Lo sabía muy bien. No tenía esa cantidad. Hice un cálculo mental de cuánto podía llevar encima y consideré que podría llegar a llevar unos 8,70 Euros. Con un poco de suerte, podría llegar a encontrar alguna moneda más de las de cierto valor (1 euro o 50 céntimos) por ahí despistada. Pero no había marcha atrás. Sin racionalizar el hecho patente de que no tenía los diez euros, abrí mi riñonera y traté de arrastrar con la mano extendida dentro de ella todas las monedas que se hubieran arrinconado en los bordes de las costuras.

Las saqué con el puño cerrado y las coloqué todas sobre el mostrador, dispuesta a contar. Una moneda de euro golpeó en la madera y cayó al suelo. El ruido captó la atención de los escasos estudiantes que aún no habían abandonado su concentración en los apuntes para mirar y disfrutar del espectáculo. Ahora todos miraban. Estaba al borde del llanto.

Recogí la moneda del suelo y la puse en el mostrador al tiempo que me sorprendía el rostro perplejo de la Señora al otro lado.

Pero ¿Qué haces?!! Me dijo en un tono que aún despierta mis más viles sentimientos.

Lo siento. No se si tengo los diez Euros.

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJJAJAJ. Aun recuerdo sus alborotadoras carcajadas, buscando las miradas de las demás personas en la sala, tratando de hacerse con testigos de mi estrepitoso ridículo.

Varios de los presentes respondieron a la mirada de la Bibliotecaria con una sonrisa curiosa y sin apartar la mirada. Como cuando observas el predesenlace de un show que tiene escrito el final que estás esperando.

Me ha dicho Usted diez Euros. Contesté en una afirmación interrogativa, sabiéndome vencida. No había ya esperanza alguna de salir de allí con un mínimo de dignidad entre las manos.

DIEZ DÍAS!! MUJER!! EN LA BIBLIOTECA NO SE PAGA!! Contestó la mujer gritando; en un alarido que ya no rompía el silencio de la sala de estudio, porque nadie estaba estudiando. Todos eran partícipes de mi primera experiencia en la Biblioteca de la Facultad de Dercho. Todos tenían pase VIP a mi solemne puesta en evidencia.

Sabía que estaba colorada como un tomate. Aroalada. Con la cara roja y blanca. Muerta de vergüenza. Sudorosa y torpe. Tremendamente torpe. Recogí mis monedas del mostrador rezándole a Dios para que no se me cayera ninguna al suelo y pudiera salir de allí cuanto antes. Por suerte entraron todas en mi puño y las coloqué de nuevo en mi riñonera. Despegándome las que se me habían quedado incrustadas en la palma por el sudor. Y me fui.