DES-PERTENENCIA

Son días de familia. De vuelta a casa y de hogar. Son días de patria, de identidad y de gregarismo. De compañía.

Son días de infancia.

Hay, sin embargo, algo oscuro e indescifrable en perder a un padre. Como una revelación cruel y torticera; como una verdad de plomo que sólo se verbaliza con silencio. Un secreto que se hace incompresible a los demás.

Algo que se va quedando frío y compacto. Como el agua que resbala y se pierde; como el regusto de las luces que se apagan y los ecos que desaparecen. Hay una soledad originaria. Un plano que se abre y que se abre; que se expande. Un punto que se difumina, una cuerda que se parte.

Hay una añoranza rencorosa. Un dolor un poco envenenado; porque se haya ido, pero también porque te ha dejado, así, en el plano abierto y con la cuerda rota.

Hay un misterio que se calla, que se envuelve y se consagra.

Y al hablar del padre muerto sientes ridículo; porque antes de decirlo sonaba más importante. Y una vez fuera, todo lo demás se reconstruye. Por eso callas. Y dejas que siga siendo plomo.

Recuerdo de las historias de hospitales. Viejas conocidas traicioneras.

Recuerdo de aquello por lo que se quiere y de aquello por lo que, todavía, no se quiere. Pero sobre todo, impulso de pertenencia. A las luces y a las sombras. De unas y otras brotaron las miserias y las deidades.

En voz alta: Te echo de menos, papá.

papa

 

 

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A LOS SEÑORES DEL INE

Señores del Instituto Nacional de Estadística que han iniciado los trámites para sancionarme con la cantidad de 130 Eurajos, por haberme retrasado en el envío de información solicitada; déjenme decirles algo:

Me hago cargo de la utilidad social de su labor, y también de la oportunidad de fijar plazos a los requeridos, como única forma posible de cumplir con sus objetivos y finalidades.

Háganse cargo Ustedes, no obstante, de que soy abogada (ya lo saben, porque lo ponían en el formulario) y madre. De dos niños pequeños: De tres-casi-cuatro y uno-casi-dos años, respectivamente. Y de que soy autónoma.

 Déjenme decirles que mientras Ustedes me requerían, el TSJ me emplazaba para formular demandas; que en los quince días sucesivos a recibir su notificación he tenido varios señalamientos; unas cuantas citas, reuniones que atender, comunicaciones que redactar, llamadas que devolver… Infinitos e mails que contestar.

Déjenme decirles que he estado enferma; con un virus del demonio. Y que mi hija también lo estuvo primero, y que mi hijo estuvo después.

Háganse cargo, por favor, de que mi hijo ha tenido que preparar su concierto de villancicos del Conservatorio; de que teníamos que ensayar todos, todos los días.

Quiero decirles que ha sido el cumpleaños de mi abuela. Que ha cumplido 94, y que había que celebrárselo. Porque 94 no se cumplen todos los días.

Sepan también que tengo cierta conciencia respecto de aquello en lo que quiero que los niños inviertan el tiempo. Que les puedo poner la tele cuando llego a casa para secuestrar toda actividad cerebral y, consiguientemente física, de sus masas grises y seguir trabajando, cumpliendo trámites; atendiendo requerimientos administrativos o recopilando datos, pero que no quiero.

Quiero que sepan que cada Viernes me he llevado la maleta del trabajo a casa. Y que lo detesto. Que casi no recuerdo la sensación de dejar el PC en la mesa del despacho; cerrado, apagado, y largarme. Solo con el bolso. Sin la carga; la física y la otra. Con horas por delante.

Me gustaría que supieran que cada semana mis suegros, mi madre, mi marido y yo tenemos una cumbre para organizarnos la semana. Que a veces, incluso, tenemos que pedir refuerzos a mi hermana y cuñados.  Y que seguimos una férrea disciplina. Sin fisuras. Con plan a, b y c.. Porque todos tienen compromisos, trabajos, requerimientos y burocracias a las que atender.

Quiero que sepan que no encuentro el hueco para hacer deporte; y que me duele la espalda.

Que viajo cada día más de una hora y media y, últimamente me revuelvo en el asiento frente al volante, porque así, sentada, no puedo acudir al Registro de la Propiedad ni comprar los plátanos que se han acabado en casa.

Aunque me da vergüenza, déjenme que les cuente que tengo las cortinas del salón en la colada desde hace dos meses. Y que la lámpara del baño sigue sin poner. Y que a mi hija pequeña le llevo el babi a la guardería una semana sí y otra no… Porque si entra en el cubo de la ropa sucia un Viernes, no sale de ahí hasta el Sábado siguiente.

Déjenme decirles que mi marido ha trabajado mañana y tarde, y a veces noche.

Les quiero contar que NO ME DA LA VIDA. Les quiero decir que muchos proyectos personales y otros tantos profesionales se me acumulan en la parte trasera de la agenda, donde va lo que no es PARA YA. Que es casi todo; casi todo lo que no tiene que ver conmigo.

Y, entiéndanme, Señores del INE, no pretendo victimizar mi posición; lo que quiero es que  de su parte, se hagan cargo. De la suya, y de todas las partes.

Y así las cosas, Señores del INE, ruego acepten mis disculpas. Las que también tengo que pedir a las “seños” de la guarde de mi hija por no haber llevado aún la ropa para la fiesta del Viernes; por retrasarme una semana en conseguir una pandereta para el villancico. Las mismas que tengo que pedir a mis amigas por no contestar a los What´s App.

Y les pido que no me sancionen. Que se hagan cargo de que es Navidad y tengo que pagar peaje y aduana para tres Reyes Magos con sus Pajes y sus Camellos; y que algo les tendré que poner para cenar. Me han dicho que son de buen comer.

Quizás, en sus mentes de estadistas, pueden concluir que, estadísticamente, las mamás y papás que trabajan dentro y fuera de casa, emplean una media de entre 30 y 45 días en responder a sus requerimientos… Y quizás, haciéndose cargo, puedan establecer plazos más flexibles, o generosos.

Señores del INE, si me tienen que sancionar, háganlo, pero por favor, háganse cargo de que NO ME DA LA VIDA.


 

 

 

La Jauría.

Sinceramente, me parece mejor calificativo para hacer referencia a la presunta agresión que tuvo lugar en Pamplona, durante la celebración de San Fermín el pasado año 2016; a sus presuntos autores; a la atrevida disposición de éstos; al enjuiciamiento; a las decisiones judiciales; a las reacciones en redes sociales y en medios de comunicación…

Permítanme en primer lugar que hable siempre de presunta y de presuntos. Porque, con independencia del reproche moral que quepa hacer a los actos cometidos por los acusados, desde ya, desde entonces; su culpabilidad, desde el prima jurídico-penal, sólo podrá predicarse una vez finalizadas las sesiones del juicio oral. Tampoco digo desde que se dicte sentencia condenatoria porque, ya ven, los jueces NO siempre tienen la razón. No siempre imparten justicia. No siempre aciertan.

Pese a todo, la presunción de inocencia es un principio fundamental del Derecho Penal, y es urgente y necesario, y en este sentido, ni siquiera la legítima indignación puede nublarnos el juicio. Ni el particular, ni el que se está desarrollando en la Audiencia de Navarra, en el cual los acusados, a través de sus letrados, tienen el derecho a defenderse.

Y otros principios fundamentales de nuestro Ordenamiento jurídico son la tutela judicial efectiva; la igualdad de género y la libertad: De movimiento, de expresión, de pensamiento; de creencia…

Libertad que ampara que la presunta víctima de la agresión, tras ésta, haga y deshaga a su antojo lo que le venga en gana. Que ampara, incluso, que no se encuentre traumatizada por los hechos. Que salga, que beba o que tenga cuantas relaciones sexuales desee.

Sencillamente la actitud y el comportamiento de la presunta víctima tras el hecho de la agresión, NO tiene relevancia alguna para el juicio sobre en anclaje de los hechos en el supuesto de violación, contemplado en el código penal.

Les voy a confesar que, en un primer momento, cuando escuché la noticia de la admisión por el tribunal de la prueba consistente en un informe de un detective privado, y el posterior revuelo social, acogí la información con extrema prudencia. He comprobado la oportunidad de esta actitud cuando se valoran desde la opinión pública decisiones judiciales, ya que más veces de lo deseable los titulares son engañosos y manipuladores.

La Jurisprudencia del Tribunal Supremo en relación con los delitos de naturaleza sexual, ha venido admitiendo que los mismos puedan ser apreciados contando con la declaración de la víctima como única prueba de los hechos (es, por otro lado, lógico pues, generalmente, uno o unos no suelen violar en público…). La otra cara de la moneda es que dicha declaración tiene que tener la fuerza y la consistencia necesaria para desvirtuar la presunción de inocencia que tienen, no sólo los presuntos agresores del caso concreto, sino todos y cada uno de los que habitamos este país.

Por aquí razonaba yo para tratar de encontrar justificación a la decisión judicial, en el sentido de que pudiera existir alguna declaración  de la presunta víctima en la que manifestara de forma libre, espontánea y no viciada, que mantuvo una relación sexual consentida con estos cinco chicos.. Y he aquí donde llegué a mi conclusión de que admitir dicho informe genéricamente, es una decisión judicial nada acertada; más que cuestionable.

Otra cosa hubiera sido que el Tribunal hubiese admitido tomar en consideración (para después valorar) la constancia de una declaración de la víctima posterior a los hechos y que hubiese entrado en contradicción con lo declarado previamente.  Como digo, desde mi punto de vista, dicha admisión hubiese resultado procedente, sin perjuicio de que su concreta valoración exigiera tener en cuenta otros factores como a quién se hizo esa declaración, cuándo, en qué circunstancias y en que situación emocional…

Pero es que nada más lejos de la realidad. No hay nada parecido en este caso. Lo que se admiten son publicaciones de la presunta víctima en redes sociales en las que ésta reproduce frases de “super shore”; sale de fiesta; quizás habla de sexo, de alcohol… y sencillamente no encuentro la manera de relacionar estas cuestiones con el juicio sobre la ausencia de consentimiento en el acto sexual, o la situación de conciencia de los presuntos agresores en el momento de llevarlo a cabo. No hay manera.

Y, además de que esta decisión no hay por donde cogerla, si se quiere desde un punto de vista técnico, refuerza un mensaje instalado en lo más profundo de nuestra tradición social machuna: Si eres una mujer, mucho cuidado con disfrutar del sexo, del flirteo, del alcohol o de una juerga con amigas.  Todavía se califica a las chicas que expresan públicamente su sexualidad como “ligeras”, “sueltas” o directamente “putas” y a los hombres como “linces”, “campeones”, “seductores” o “truhanes”, con cargas semánticas absolutamente opuestas.

Me pregunto si una chica que generalmente quiere tener sexo pasa automáticamente al lado oscuro y tiene que renunciar a su libertada sexual. A poder decir que no. Me pregunto si las mujeres tenemos que elegir entre poner nuestra sexualidad al servicio de los hombres, o apostatar de ella por completo; con el esposo y la luz apagada, o cuando y como ellos quieran.

Ya en otro orden de cosas, dejando al lado la mezquindad del comportamiento de esa indeseable jauría, que tantos y tantas han expresado ya, con mejor sensibilidad que yo, no puedo evitar pensar en el coto de caza en el que se convierte Pamplona durante San Fermín. Un coto donde las jaurías encuentran espacio para liberar la ira y la violencia; un territorio que durante unos días, se convierte en Sodoma y Gomorra.

Un escenario donde el alcohol juega la carta de relativizarlo todo; antes, durante y después.

No puedo evitar pensar en Gandía Shore, o en Mujeres y Hombres y Viceversa y en lo que mostramos a nuestros hijos.

No puedo evitar pensar en los otros 15 tíos del Whats app a los que no se les pasa por la cabeza oponerse a lo que sus amigotes están haciendo, en directo. No puedo evitar pensar en que éstos otros 15 tíos les ríen la gracia y les profesan su admiración.

Desde hace una semana, tengo el estómago revuelto. De asco.

 

CLULESS (Fuera de onda)

 

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Mi primer año de universidad da para muchas historias. Para muchas. Algunas quedarán ocultas al conocimiento de mis hijos bajo pactos sagrados de silencio. Y si a alguna o a alguno se les ocurre abrir el pico, no me voy a cortar en mantenerlas donde deben estar bajo amenazas y chantaje del sucio… Que yo las maldades no me las ingeniaba sola.

Tengo grabado en la memoria el escalofrío que sentí la primera vez que entré a mi clase de Derecho. Pero, para ser justos, ahora, con la claridad de la madurez, creo que el escalofrío se lo debió llevar el Sr. Montoro (no el Ministro) sino mi profesor de Filosofía del Derecho.

Yo representaba lo que venía siendo una hibridación perfecta de las tribus urbanas del momento (entre hippie, punky y heavy, andaba el juego); todo ello unido a una reseñable falta de amor propio y noviazgos tormentosos, y al racionamiento económico impuesto por las limitaciones presupuestarias de mis benefactores.

Para situarnos, yo podía vestir, en uno de mis días buenos,  un chándal de algodón, una camiseta de Sex Pistols que mi ex había heredado de su primo mayor,  y una riñonera con una llamativa hoja del cannabis. Recuerdo haber llevado hasta calentadores de colores.

Y, por supuesto, cuando hablo de chándal, no me refiero a la favorecedora ropa deportiva de Oysho. Yo me refiero al chandal de toda la vida. Al de los domingos de relajo; al de la escuela el día que tocaba gimnasia. Al de ‘choni’. Al de los heroinómanos en los 80. Al chándal, como realidad social y concepto antropológico. A ése.

Una vez una amiga mía me dijo que como iba yo a la universidad, no bajaba ella ni a tirar la basura… y tanta gracia me hizo esta frase, al cabo de los años, cuando ya era yo una distinguida letrada que vestía falda de tubo negra, que imploré a mis amigas que formara parte de los lemas que se corearan en mi despedida de soltera.

De esta guisa me iba yo a la universidad; y me sentaba en una silla situada en el medio, en la primera o segunda fila. Eso es. No se piensen que mi falta de adecuación al entorno me detenía. Como les decía, yo de amor propio andaba más bien escasa. En todos los ámbitos menos en uno. El del aprendizaje.

Iba a hablarles de mi seguridad en el entorno académico… Pero no se si sería del todo correcto utilizar esta expresión, porque el entorno académico, considerándolo de una forma global, tampoco me resultaba un ambiente amable: No era yo de formar grandes corrillos en la cantina, ni de tener una significación importante en los pasillos. Los profesores no me conocían porque nunca pisaba un despacho; ni mandaba mails. Siguen dándoseme regular las relaciones institucionales.

Pero yo era una idealista. Y me encantaba ir a clase. Me sentaba en primera fila por el puro placer de aprender. Y me abstraía de todo lo demás; y me sentía legitimada para recibir las informaciones y los conocimientos, y, pese al chándal, no me avergonzaba en absoluto. Es más, pensaba, real e ilusoriamente, que nadie me iba a prejuzgar por las fachas. Y no hablaba con la gente. Escuchaba y aprendía. Me emocionaba incluso, a veces y luego se lo contaba todo a mis amigos no universitarios. Les explicaba los grados del dolo en la comisión de los delitos en Derecho Penal, y los principios para la interpretación de los contratos.

Y, aunque ahora cada vez que lo pienso me sigo preguntando cómo podía, mostraba absoluta indiferencia ante el hecho de que a mi alrededor se desplegaba un auténtico desfile de pret a porter con las últimas tendencias de la temporada. Tacones, bolsos, pantalones ajustados, blusas, maquillaje, gomina en los chicos, polos y muchos logotipos de marcas. Como digo, entonces, ahora no me explico cómo, me la traía al pairo que pareciera que me había despistado buscando la clase de bellas artes o de sociología.

Pues bien, en uno de esos días de Derecho Penal Parte General, mi  admirado y honrado  profesor, el Señor Don Jaime Peris Rieira, cuyas clases siempre me parecieron una delicia para el entendimiento, recomendó el archiconocido libro de Cesare Beccaria “De los delitos y las Penas”, y tanto me fascinó la sinopsis que del mismo hizo, que recién terminada la clase, me fui para la Biblioteca de la Facultad de Derecho a hacerme con él.

Cuando entré, por primera vez, en este espacio, sí me temblaron las piernas. Si el pasillo de la segunda planta de la facultad era el desfile de la colección Otoño Invierno, la Biblioteca era el Backstage. Pero aquí, a diferencia de lo que sucedía en el aula, yo no podía dar sentido a mi presencia en el proceso mismo del aprendizaje. No cabía crear este espacio acotado y seguro que yo construía en cada clase, entre las enseñanzas de los profesores (de los buenos profesores) y mi propio proceso intelectual de comprensión y asimilación. Estaba desprotegida y fuera de lugar en un mundo extraño. Las miradas de aquéllos cuyas mentes estaban esperando una distracción que justificase la pérdida de atención, se clavaron en mi chándal y en mi riñonera cuando crucé el mismo umbral de la puerta.

Me acerqué al mostrador. Todo lo silenciosa que podía. Me dirigí a la Señora al otro lado de la madera, en un tono casi inaudible: “Estaba buscando el libro “De los delitos y las penas” de Cesare Beccaria.”

– ¿Quée? Contestó la señora en un tono estruendoso; estrepitoso, molesto.

Giré la cintura para mirar hacia atrás y sondear la reacción de los presentes. La mayoría miraba. Me acerqué un poco más al mostrador en una evidente tensión creciente.

Que estoy buscando el libro “De los delitos y las penas, de Cesare Beccaria.

Ah! Un momento, voy a buscarlo.

Miró el ordenador y después dio la vuelta al mostrador para dirigirse a las estanterías. Recuperé un poco el aliento y el ritmo cardíaco empezó a volver a la normalidad. La Señora volvió a colocarse tras el mostrador con el pequeño libro entre las manos, y mientras aún estaba en marcha, escuché:

Diez Euros.

El corazón se me disparó de nuevo; esta vez de una forma que parecía incontrolable. ¿Diez euros?, ¿En serio? ¿Había que pagar por sacar un libro de la biblioteca?? Me pareció absolutamente insólito e injusto, pero evidentemente, no iba a hacer preguntas. Faltaría más. Di por supuesto que se trataba de una suerte de depósito o fianza.

Se me hizo un nudo en la garanta. Por absurdo que parezca, en ese momento, ni hacer preguntas ni dejar el libro y salir por la puerta como había entrado, eran opciones que barajaba. Era una cuestión de dignidad salir de allí con mi libro; como si fuera una de los muchos usuarios de esa Biblioteca que parecían absolutamente habituados a los trámites, procedimientos y normas de aquél lugar. Pero diez Euros. Eso era la mitad de mi presupuesto semanal. Y no los tenía. En ese momento no los tenía.

Lo sabía muy bien. No tenía esa cantidad. Hice un cálculo mental de cuánto podía llevar encima y consideré que podría llegar a llevar unos 8,70 Euros. Con un poco de suerte, podría llegar a encontrar alguna moneda más de las de cierto valor (1 euro o 50 céntimos) por ahí despistada. Pero no había marcha atrás. Sin racionalizar el hecho patente de que no tenía los diez euros, abrí mi riñonera y traté de arrastrar con la mano extendida dentro de ella todas las monedas que se hubieran arrinconado en los bordes de las costuras.

Las saqué con el puño cerrado y las coloqué todas sobre el mostrador, dispuesta a contar. Una moneda de euro golpeó en la madera y cayó al suelo. El ruido captó la atención de los escasos estudiantes que aún no habían abandonado su concentración en los apuntes para mirar y disfrutar del espectáculo. Ahora todos miraban. Estaba al borde del llanto.

Recogí la moneda del suelo y la puse en el mostrador al tiempo que me sorprendía el rostro perplejo de la Señora al otro lado.

Pero ¿Qué haces?!! Me dijo en un tono que aún despierta mis más viles sentimientos.

Lo siento. No se si tengo los diez Euros.

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJJAJAJ. Aun recuerdo sus alborotadoras carcajadas, buscando las miradas de las demás personas en la sala, tratando de hacerse con testigos de mi estrepitoso ridículo.

Varios de los presentes respondieron a la mirada de la Bibliotecaria con una sonrisa curiosa y sin apartar la mirada. Como cuando observas el predesenlace de un show que tiene escrito el final que estás esperando.

Me ha dicho Usted diez Euros. Contesté en una afirmación interrogativa, sabiéndome vencida. No había ya esperanza alguna de salir de allí con un mínimo de dignidad entre las manos.

DIEZ DÍAS!! MUJER!! EN LA BIBLIOTECA NO SE PAGA!! Contestó la mujer gritando; en un alarido que ya no rompía el silencio de la sala de estudio, porque nadie estaba estudiando. Todos eran partícipes de mi primera experiencia en la Biblioteca de la Facultad de Dercho. Todos tenían pase VIP a mi solemne puesta en evidencia.

Sabía que estaba colorada como un tomate. Aroalada. Con la cara roja y blanca. Muerta de vergüenza. Sudorosa y torpe. Tremendamente torpe. Recogí mis monedas del mostrador rezándole a Dios para que no se me cayera ninguna al suelo y pudiera salir de allí cuanto antes. Por suerte entraron todas en mi puño y las coloqué de nuevo en mi riñonera. Despegándome las que se me habían quedado incrustadas en la palma por el sudor. Y me fui.

UNO DE LOS NUESTROS

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Ni el desquiciante Tubullar Bells de Mike Olfield poniendo música a las espantosas contorsiones de la pequeña Regan; ni el conejo blanco en el Resplandor. Ni tan siquiera “El que camina detrás de la fila” de los Chicos del Maíz. Nada.

Nada es capaz de encogerme el corazón con semejante prestreza; nada sobre la faz de la tierra es más espeluznante que la ausencia de previsión, organización o plan en una casa con dos hijos post-bebes pero pre-infantes, y, como aquél que dice, dos negocios propios.

No hay márgenes. Es una cuestión de supervivencia.

Recuerdo una noche, cerrada, en la que nos recogíamos con la prole a los pertinentes rituales nocturnos de duchas, cenas, cuentos, más cuentos, historias y canciones, cuando nos cruzamos con el andar despreocupado y ligero de uno de nuestros amigos de la especie “solterum sin hijus”.

Por sus fachas los conocerás.

Esta especie mantiene la tersura de la piel. Los ejemplares de Solterum no presentan las características hendiduras que lucen bajo nuestros ojos, en tonalidades que van del verde al negro, pasando por el violeta. Esta especie muestra, con carácter general, el rictus relajado y la sonrisa cuasi imborrable.

Están al día en materia de cine, música y locales de moda. Tienen el spotify cargado de Playlists, se permiten el lujo de quedarse absortos y de despistarse, trasnochan  por costumbre y se beben los gyn tonics sin remordimiento (sus resacas son otras, no nos engañemos… A ver quién sería el guapo si no…).

Recuerdo, con incómodo asombro como soltó, como el que da los buenos días, que estaba hablando con ciertos congéneres (de los de su especie) y que aún no sabía, a las 10.30 pm, si iban a irse al pueblo vecino a las fiestas patronales, a la playa o a Las Vegas. Parecía que no hubiera espacio para horarios, inconvenientes ni compromisos en esa conversación vía What´s app, que seguro que estaba cargada de gifts y chistes verdes. Podría haberse acordado visitar el Taj Majal, y el rictus “del Matute” no se hubiera movido…Un ápice. Qué escándalo!!

Nosotros no salimos sin un plan. Un plan con sus  variaciones. Plan b, c, d… Y cuando la operación reviste FES (fases especialmente sensibles) porque, por ejemplo, implica lugares especialmente peligrosos en términos de integridad física, o nocturnidad, y el abecedario castellano, “ñ” mediante, se nos queda corto, recurrimos al griego; del alfa a la omega: Por si se duermen en el coche, por si no se duermen, por si no se comen la comida, por si comen demasiado, por si hace frío, por si no lo hace; por si se despeñan por cualquier escalera; por si se hacen las 20.07…

A veces me las he dado de despreocupada pero, para ser franca, no me muevo con soltura en el desgobierno. Prefiero organizarme, aunque sea en líneas generales, ir sincopada y evitar la catástrofe: Si no han dormido siesta, son las 20:00 de la tarde del Domingo y el Lunes hay trabajo, cole y guarde, sencillamente NO podemos hacer un road trip hasta un precioso paraje natural 80 Km ha.  Llámenme estricta o estresada, pero si mis hijos se duermen en el coche a las 20.00 de la tarde (que lo harán) no podré volver a mentarles a Morfeo hasta pasadas las 3.00 AM y… Como que no, que al día siguiente, tampoco hay siesta…

Para los Solterum, esto es pan comido.

Eso sí, ellos tampoco experimentan la indescriptible sensación de expansión cardíaca y la profusa irrigación coronaria, cuando los cachorros te llaman mamá…

 

Definitivamente: Se nos ha ido de las manos.

 

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Llegué a este mundo aquélla mañana en que me coloqué frente al espejo, con una barriga extraña y distinta y un niño  que lloraba en mis brazos. Llegué cuando, después de mirarme intensamente a los ojos, me desprendí al vacío de la desrealización: Ésa que me devolvía la mirada, no parecía yo.

Todo el mundo anterior confluía en un cruce de caminos que estaba representado en mi hijo.

La transformación y el silencio alrededor me llevaron hasta aquí.

La callada cuando miraba a un lado y a otro en busca de respuestas, me aterrorizaron al principio. Después tomé aire, concluí que era cosa mía; de mi deconstrucción y reedificación personal, y de, repente un día, un papá escribía en internet que hubo momentos en los que deseó devolver a su hijo a la inexistencia.

Me escandalicé y me intrigué a partes iguales, y conforme iba leyendo me iba acurrucando en el alivio y el consuelo de la identificación. Y así es como llegué hasta aquí. Hasta el blog. Y disfruto con la red y sus múltiples posibilidades… Con la accesibilidad a artículos y blogs que entretienen, analizan la actualidad o permiten crear espacios de reflexión y debate sobre lo humano y lo divino.

Pero, Señores y Señoras: Se nos ha ido de las manos.

Y esto es algo que venía sospechando desde hacía tiempo pero que se me reveló definitivamente como un baño de realidad corpórea cuando ví a una blogger sujetando en la mano una raíz de gengibre para contar a sus seguidores que era “uno de sus favoritos del mes”… O en su versión anglosajona, un “currently loving”.

La blogger en cuestión se llama. o se hace llamar “A trendy life”.  (Como a mí no me lee nadie, me puedo permitir las alusiones directas sin miedo a las repercusiones…)

Ya el título del blog es para echarle de comer aparte: Una vida de tendencia. Habla por sí mismo.

A trendy life vive viajando de un lugar a otro del mundo; cambiándose de ropa y compartiendo informaciones que, salvo que estuvieráis juntas desde primaria, hubieran resultado, al menos en otros tiempos, totalmente prescindibles.

A trendy life, como otras, han profesionalizado el mundo de la imagen hasta un exponente que me parece insuperable. He repasado sus publicaciones en busca de valor literario o artístico en sus post, o de algún tipo de pericia o técnica concreta, y no he encontrado más que imagen.

Que no se me malentienda. No es este alegato una crítica a “A trendy life”. Ella tiene 290 mil seguidores en Instagram.

Y lo cierto es que después de darle más de una vuelta, he llegado a la conclusión que todo este mundo, el que se nos ha ido de las manos, no es más que una nueva fórmula de tele realidad; que tan poco de realidad tiene… Es decir: En nuestras pantallas gente normal haciendo cosas normales como criar, ponerse crema de sol, viajar (esto no es tan accesible a todos; por lo menos a los niveles de las influencers que incluyen un par de visitas a Nueva York por año y veraneos en Ibiza) poner lavadoras (esto sólo algunas) e incluso sufrir; y, aunque nos quieran queramos convencer de lo realista que es todo, nuestros viajes siempre son más abruptos: En la playa a nuestro hijo le escuecen los ojos; la arena se mete en el tupper de tortilla de patatas y en las piernas tenemos puntos negros que cruelmente descubre sin piedad la claridad del sol de mediodía; cuando ponemos lavadoras se nos derrama el detergente y cuando sufrimos estamos feos; sin maquillar, y nos vestimos de cualquier manera.

Pero las marcas son inteligentes y han sabido que nosotros nos vamos a creer que es espontáneo, la vida misma; y nos lo creemos porque en parte lo es; pero sólo en parte, y ahí el engaño… Y el influencer; porque si fuera sórdido y no viniera en un envoltorio cuidado al milímetro, no osaríamos a darle al Like.

Consumo blogs. Es más, escribo un blog. En general, muchos de ellos, los considero útiles, interesantes. En muchos me gusta la literatura. La forma en que su autor habla de lo que le place; en otros me identifico y me parecen un espacio de transmisión de sabiduría popular bastante eficiente; algunos me sirven de referencia para descubrir nuevos libros o pelis, recetas de cocina o cómo maximizar el espacio de tu armario… Pero, con todo, en muchos momentos siento que se nos ha ido de las manos.

Sentí exactamente eso cuando leí una publicación de una blogger-influencer-trendsetter que consistía en una foto de su hija pequeña llorando y lanzaba un mensaje del tipo: Si quieres ver lo que le pasaba a mi hija, haz clic en el perfil… Por los comentarios del post se deducía que su hija lloraba porque su padre se había ido o se alejaba… En serio, se nos ha ido de las manos. Qué os parece que más de trescientas mil personas estén en vilo con una niña que llora porque su padre se aleja?

Y el riesgo de deslumbramiento que tienen todas estas verdades a medias me parece delicado, así que me obligo a agarrarme a lo muchas veces cutre de mi día a día, aunque mi galería de instagram esté pasada por filtros.

Me convenzo de que, por más que lo parezca, nadie pasa un día en la playa sin que la arena acabe en los perfiles de las ingles de nuestro bikini; de que cuando me siento a dar el pecho a mi hija, se me forman pliegues o, llamémoslo por su nombre, michelines en la barriga; de que después de que mis dos hijos duerman con nosotros en la cama, aunque haya puesto unas preciosas y gustosas sábanas blancas, me duele el cuello; de que nadie se toma el café en la cama todos los días mientras lee un libro y tiene la pedicura perfectamente hecha, todo junto.

Y así, consciente de que no todo es mentira, pero todo no es verdad, navego por este mundo tan inmediato, novedoso y tremendamente útil, pero tramposo, embustero y demasiadas veces, frívolo.

 

PD.- Pongo una foto así, reflexiva y tal.

 

 

 

 

 

 

Los hijos o cómo poner a prueba tu matrimonio.

Querida pareja de enamorados, recién casados o no casados, que soñáis con el momento en el que tengáis que darle un nuevo uso a la habitación de la plancha:

No os equivoquéis.

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Tener hijos no es sólo que papá los cargue a hombros mientras mamá los mira y se enarmora y reenamora. Tener hijos trasciende las lágrimas de emoción en el paritorio. Va mucho más allá. Tener hijos no es dar paseos los Domingos por la mañana, ni tener fotos familiares en el hueco de la escalera.

Nos recuerdo ahora con el retoño envuelto en la toquilla de punto y lazos, maquillada  por aquéllo de empezar el postparto sintiéndote mona, y el de los 70´con los ojos ojerosos y de un lado a otro con los papeles para la inscripción en el Registro, pero con aquella sonrisa imborrable y bobalicona, y pienso:! Qué infelices!!

Tres días en casa son ya suficientes para comprobar, aterrados, que el sueño se ha transformado en pesadilla.

Quién lo probó lo sabe.

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De repente NO PUEDES DORMIR. NUNCA.

Te encuentras con los pezones agrietados (con grietas por las que sale sangre y se convierten en costra); con los puntos de la episiotomía infectados, con un bebé llorón a todas horas clavando las encías en esos pezones agrietados, y completamente exhausta.

Y tu marido también: Agotado, perdido y confuso; posiblemente más que tú porque él no se ha pasado nueve meses leyendo el foro “enfemenino” ni los 500 blogs de maternidad que tú tienes entre los favoritos. Él no sabía “qué se espera cuándo se está esperando” ni le ha quedado claro que dar el pecho es “Un regalo para toda la vida”. Así que él, aún más que tú, no entiende nada.

Durante estos primeros meses, los cambios y la vida se tornan tan brutales, bestiales que no reflexionas; no piensas ni añoras. Te centras en sobrevivir. En salir adelante. Sufres una regresión a tu ser primitivo y te contentas con comer o sentarte en el sofá el rato en que viene tu madre y te coge al bebé.

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El tiempo va pasando y el cansancio, la inseguridad y la presión se van expandiendo como una plaga en las neuronas de tu cerebro.

Él vuelve al trabajo y cuando llega por la noche se encuentra en el salón a una persona inescrutable. Con los ojos hinchados  y con la vacuidad que deja la derrota. En la cocina los platos sin fregar; la bañera llena y las toallas en el suelo; las ropas en las sillas y la lavadora sin poner.

Son casi las once de la noche y, mientras ella espera de él compasión porque no ha podido ducharse en tres días y se siente absolutamente odiosa, él se muere de hambre porque desde las 14.00 horas en que pudo racanear del plato un filete de pechuga mientras sujetaba al bebé, no ha comido nada.

Ceda quién ceda, habrá un herido.

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En esta tesitura no es nada difícil que la relación de pareja quede enquistada en el reproche: “No te imaginas el día que he llevado en el trabajo”; “Yo no me he podido sentar ni cinco minutos..”

Y vuestro buen hacer empieza medirse por las veces en que cada uno se despierta por la noche.

Cuando decidís destapar la caja de pandora, comprobáis compungidos que no sois los mismos. Y cuesta aceptarlo.

No; no somos los mismos. Probablemente nos reímos menos; somos menos despreocupados; incluso menos ágiles desde el punto de vista del ingenio. Menos cariñosos, seguro. Menos sexys, por descontado. Menos pasionales y menos modernos.

¿Cómo vamos a serlo? La vida se ha precipitado por el embudo de la responsabilidad de los niños y el trabajo. Toda tu energía, tu tiempo y, lo que es sin duda más importante, tu capacidad de concentración, está dedicada a sus necesidades; las del trabajo y las de la casa. Pagar las facturas; qué van a comer; qué se van a poner; ¿tenemos ropa limpia?; hace falta comprar fruta; hay que hacer algo con esos celos…

En algún lugar que hemos dado en llamar “más adelante” se aglutinan las conversaciones inacabadas; interrumpidas por un llanto; un conflicto o la dictadura del reloj.

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Y con la seriedad de la carrera, cómo no contemplar la posibilidad de abandonar, o de lesionarse.

Y sin embargo, por paradójico que parezca, yo creo que el reto es revelador. Transformador. Una dimensión paralela que me resultaba ajena, oculta, antes de que llegara El Leñador.

Esa nueva dimensión también se proyecta sobre la relación de pareja. Hay una complicidad; un secreto; una vivencia límite y salvaje que sólo vosotros dos conocéis. A veces hay un miedo cruel; otras un júbilo indescriptible; a veces extenuación y otras gratitud; pero en cualquier caso, sólo a los dos se os revelan de modo tan similar.

Como en todo, se avanza combatiendo; pero no contra el otro, sino junto a él. Y cuando se dispara el fuego amigo, la paciencia, la comprensión y el perdón, refuerzan las tropas.

El humor es el arma estrella: Capaz de derrotar hasta el más temido de los adversarios. Si aquél día en que te levantas por la mañana y no hay ni un solo calzoncillo para ponerle a tu hijo, en vez de montar en cólera con tu pareja porque se ha olvidado de poner la lavadora, simplemente os miráis y os echáis a reir, porque sólo vosotros dos sabéis que con la semana de trabajo, ocupaciones y obstáculos que habéis tenido que superar, es una proeza que sólo os hayáis olvidado de la lavadora, entonces la recriminación y la distancia, quedan reducidas a escombro.

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Y, por supuesto, querida pareja que os representáis vestidos en peto vaquero eligiendo el papel de la habitación, dejad de mirar películas de Hollywood*. Eso no os va a hacer ningún bien. La realidad es otra distinta… Mucho peor y mucho mejor. Mucho más real.

* Yo, que soy una devota del 7º arte, tengo por ahí algunos títulos que me parecen muy altamente recomendables y que tratan precisamente, el tema de las relaciones de pareja, pero de un modo real.  Me propongo irlos recopilando y escribir un post.