Y ¿Quién es ella? ¿En qué lugar se enamoró de tí? La llegada de un hermano.

Mmmm. Parece que ya es de día. Sí, efectivamente veo luz por los agujeritos de la persiana. Sin embargo mi habitación sigue en penumbra.

¿Dónde estará mi chupete? ¿Y mamá? No me gusta despertar solo y que todo esté en penumbra. Quiero ver a mamá.

Voy a llamarla. 

Mamá, Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaa, Mamáaaaaaaaaaaaaaa.

No viene. Quizás aún no me ha oído. Voy a llamarla un poco más fuerte. Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!

Por la puerta aparece alguien. No es mamá. Es papá. Yo quiero ver a mamá. Me gusta que mamá me abrace por la mañana cuando me despierto, y que me pregunte cómo he dormido.

Quiero ver a mamá.

Cielo, mamá está dando de comer a la hermanita. En cuanto termine, viene.

Pero yo quiero ver a mamá. Quiero verla ya. Quiero abrazar a mamá ahora. 

Antes mamá siempre venía cuando la llamaba. Antes siempre estaba cuando quería abrazarla.

Antes de que llegara la hermana, mamá siempre tenía tiempo para hacer desfiles tocando el tambor, para jugar a las carreras de coches, o servir de trampolín para que yo me resbalara por sus piernas…

Y ahora, lo echo de menos. La echo de menos. 

Podría ser un día cualquiera en las vidas de muchos padres.

Me he pensado mucho escribir sobre esta realidad. Cada vez que escribo en relación con algún tema que afecta directamente a mis hijos, me pregunto cómo se sentirían ellos si pudieran leerlo. Quiero ser todo lo delicada y todo lo respetuosa que se merecen sus sentimientos.

Enfocar la llegada de un hermano al entorno familiar es difícil y espinoso. En ocasiones, genera algunas situaciones que resultan arduas de manejar para los padres. Si a esto le unes que el mayor está en la “fascinante” y arrolladora etapa de los dos años, tenemos un cocktail bien cargadito.

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No negaré que en algunos momentos me he sentido superada, casi paralizada en situaciones así. Y en muchas de esas situaciones hubiera escrito sobre este asunto ofuscada, en un post que hubiera resultado muy distinto al que hoy Ustedes van a leer. Por suerte me he contenido y no lo he escrito.

Y escribo ahora, sentada en relativa paz, lejos de los niños; de los dos, y analizo la situación tratando de darle cordura.

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Y averiguo la realidad latente; que ha estado ahí desde el principio, tan clara, tan obvia, tan lógica… Y que, sin embargo, tantas veces se ha ocultado a mis ojos.

EMPATÍA.

EMPATÍA es el único truco o consejo que puedo dar a las madres y padres que estén pasando por esta situación. Por la llegada de un hermano menor.

EMPATÍA hacia los niños.

Parece un perogrullo, no? Pues no lo es. En absoluto. Deténganse un momento a hacer balance y apuesto a que pueden contar un buen puñado de situaciones en que, evidentemente de forma inconsciente, los padres tendemos a no hacernos cargo de los sentimientos de nuestros hijos; de los niños en general.

Sucede que bajo el nombre de rabietas, a veces lo que hacemos es minusvalorar las emociones de los niños; relativizarlas, restarles importancia. Consideramos que son cosas de niños, que no hay que hacerle demasiado caso.

Si nuestro amigo del alma nos llama a media noche llorando, diciéndonos que se siente muy mal, lo último que se nos ocurriría sería espetarle que deje de llorar y tampoco nos enfadaríamos ni pensaríamos que es una persona MALA.

No se sorprendan; no es ridículo lo que digo. Se han dado cuenta de que la sociedad habla de “niños malos” cuando demuestran especial sensibilidad (lloran) o tienen dificultades para dormir o comer, y que son “niños buenos” aquéllos que duermen mucho, comen bien y lloran poco??

Trasladen este criterio al mundo de los adultos. Seguramente nos parecerá que un adulto que llora con facilidad (AKA una servidora) es un ser sensible, y que una persona que no duerme mucho es vital o simplemente tiene insomnio… Con lo de la comida, tres cuartos de lo mismo.

Entonces, cómo medimos si un niño es malo o bueno?? Pues, sencillamente, en consideración a cuánta atención nuestra requieren. Si requieren mucha, son malos; si requieren poca, son muy buenos.

Así expuesto, estarán de acuerdo conmigo en que nos estamos equivocando. Que estas cuestiones no son lo que define a un niño, a un ser humano, como bueno  o malo.

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Bien, pues todo esto quería exponerlo como muestra de que, efectivamente, nos resistimos a ser PLENAMENTE EMPÁTICOS con nuestros hijos. A veces pienso que nos da un poco de miedo. Como si poner en valor sus sentimientos y darles relevancia supusiera una claudicación. Como si nos restara imperio, autoridad; como si los estuviéramos mimando… Y eso no es más que la consecuencia de una educación en la que se nos ha convencido de que a los niños hay que tratarlos con severidad… Mano dura… Y si más lloran, menos mean.

Lo primero que me aconseja aplicar la empatía en las situaciones a las que me estoy refiriendo es NO TRATAR DE APLACAR EL SENTIMIENTO del hijo mayor. No escandalizarse de que de repente quiera que soltemos al hermano menor y lo dejemos solo en la cuna, o que no lo vistamos, o que no lo alimentemos. En realidad lo que nuestro hijo quiere es estar con nosotros y eso implica que no estemos con el otro/a.

Tampoco tratar de evadirlo del mismo recurriendo a, como yo los llamo, opiáceos… Soluciones inmediatas que pueden calmar o conformar a nuestro hijo/a pero que dejan el problema intacto, aunque atrapado en algún lugar más profundo en el que fermentará y del que volverá más tarde, con un sabor aún más amargo.

Lo de las distracciones; al menos en mi caso, creo que puede ser una solución en situaciones de emergencia. Por supuesto.

Tampoco se trata de que seamos utópicos. No podemos pensar que, en todo momento, tenemos el tiempo y las circunstancias para tratar de mantener una conversación con nuestro hijo y encauzar su frustración de una forma positiva. A veces, simplemente no se puede. Esto es una realidad. Y, créanme, la TABLET , el móvil, los dibujos, el caramelo y otras muchas cosas pueden ser un recurso para estas situaciones.

Desde luego que en mi casa lo son. Y no pasa nada.

Simplemente, desde mi punto de vista, es conveniente, siempre que se pueda, tratar de encarar el problema junto al niño.

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Lo de no tenerle miedo a los sentimientos de nuestros hijos fue algo que me descubrió Marisa en una breve conversación que mantuvimos no hace mucho, y debo decir que me abrió los ojos.

Me di cuenta de que, en algún sentido, a veces estaba pretendiendo que mi hijo mayor fuera simplemente perfecto. Que no albergara ningún sentimiento negativo… Pero la realidad es que nadie lo es.

Todos los adultos, sin excepción, a veces nos enfadamos, a veces nos frustramos, a veces nos entristecemos, a veces (yo muchas) queremos cruzarle la cara a alguien, o coger las maletas e irnos lejos… ¿Por qué les negamos a los niños que puedan sentirse así?

Una vez superada esta fase. ACEPTANDO que tu hijo está triste por la mera existencia de su hermano/a (lo que no significa que no lo quiera); podemos ayudarle a verbalizarlo. Ponerlo en palabras ayuda, también ponerlo en garabatos sobre un papel, o en gestos faciales…

Después podemos hacerle ver que lo entendemos. Si en ese momento nos es posible darle un abrazo a nuestro hijo, éso puede ayudar a que realmente sienta que no lo juzgamos. Que lo queremos, incluso cuando tiene esas actitudes, aunque podamos decirle que no está bien lanzar juguetes contra los muebles o pintar la mesa del salón. Pese a todo, los queremos.

Seguidamente podemos decirle cómo lo vemos nosotros.

Un simple “Se´que para tí es un rollo que justo ahora, que estábamos tan a gusto jugando juntos a El Tío de la Pita, tenga que ponerme a darle de mamar a Manuela. A mi también me gustaría seguir desfilando contigo”.

En mi caso, también funciona generarle nuevas ilusiones, como por ejemplo, diciéndole “En cuanto termine de mamar tu hermana, la acostaré y entonces yo puedo hacer de Tomir y tu de Tamboril” o, más a largo plazo: “Cuando la hermana sea mayor, ella podrá hacer de reina mora e ir detrás de nosotros.”

Como digo, ser sensible a los sentimientos de nuestros hijos no implica hacer dejación de nuestra obligación de decirles lo que está bien o mal. Si, como consecuencia de la frustración mi hijo ha tirado la comida al suelo o ha lanzado un jarrón y lo ha roto, le diré que eso está mal y que tiene que recogerlo; una vez esté más tranquilo, tendrá que recogerlo, con mi ayuda si es preciso, pero deberá recogerlo… Mientras no lo recoja, no podremos ponernos a jugar de nuevo.

Una de las cosas que más me importa en este mundo, es que mis hijos desarrollen entre ellos un vínculo de amor.

Por ahora, la forma en que yo trato de fomentar eso es demostrándoles cuánto los quiero siempre que puedo. Les aseguro que funciona.

A mi hijo le encanta cuando los abrazo a los dos a la vez y les digo: Ay mis dos hijos, mis dos tesoros, lo que más quiero en el mundo!! Tanto es así que, él mismo, muchas veces aprovecha cuando tengo en brazos a su hermana para acercarse a mi y decirme: Mamá, tus dos hijos juntos...  Y, como sabe que aprovecho la más mínima ocasión en que están juntos para inmortalizar el momento, añade: No nos echas una foto? O corre a darle un beso a Manuela y exclama: Mira, mamá, cómo se ríe conmigo!!

Evito compararlos. Claro que son diferentes; pero diferentes nunca implica mejor ni peor.

Trato de mostrarles mutuamente cómo y cuánto les quiere su hermano/a. Acostumbro a decirle a Raúl que su hermana se lo pasa pipa con él porque hace muchas cosas graciosas y divertidas y, aprovecho cualquier ocasión para que Manuela mire a su hermano… No le hace falta mucho, es oír su voz y le entra el riso…

Tanto el de los 70´como yo intentamos con nuestro comportamiento crear en nuestros hijos el concepto de reglas de casa o, como yo prefiero llamarlo, POLÍTICAS DE EMPRESA o decálogo de buenas prácticas…

Por ejemplo es política de empresa dar las buenas noches; pedir las cosas por favor, decir gracias, dar besos; no pegar ni gritar al otro… Y esas políticas se aplican para todos y cada uno de los miembros de la familia. Espero que, de este modo, también mis hijos puedan desarrollar  las relaciones entre ellos sobre estas premisas.

Por último, ya saben lo ávidos que son los niños para asumir responsabilidades. Les satisface ser responsables de las cosas, así que trato de implicar a Raúl en el cuidado y aprendizaje de su hermana. Él se siente feliz de saber que podrá enseñarle a hacer filas de coches… y, de momento, insiste cada día en que Manuela coja alguno de sus coches. Me pregunta: Mamá, le dejo un coche a Manuela…? Y le contesto: Lo que tu quieras. Y entonces se dirige hacia ella y trata de que ésta lo agarre con la mano; como no lo hace, pese a su insistencia, lo deja sobre su cuerpo y dice: Mamá se lo dejo en la barriga..

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Además de todo esto, que para mí es lo fundamental, hay pequeñas prácticas que pueden ayudar con esta etapa. Una de ellas es organizar los calendarios de manera que logremos sacar tiempo para  hacer muchos planes en familia (todos juntos) y algún que otro plan de papá y mamá con cada uno de los hijos. No hace falta que sean planes muy excepcionales.

Mi hijo disfruta mucho salir una tarde sólo con mamá al parque y tomar un helado o ir con papá sólo en la bici…

Con todo, él disfruta mucho más los planes de todos juntos; y es que, en realidad,  con un hermano todo es MÁS DIVERTIDO. Ellos también lo saben… Sólo tienen que llegar a comprenderlo, y eso, lleva tiempo…

PD.1- Las fotos son de la Comunión de Ana, la hija de mis primos, Ginés y Ana. Gracias a los dos, fue un día muy bonito junto a la familia de mi querido padre.

PD2.- El vestido es de Zara y me pareció una opción muy buena para poder dar el pecho. Al ser camisero me lo podía desabrochar con mucha facilidad. Los zapatos son de Zendra.

PD3.- El peinado es obra de Toñi López. La verdad es que me encantó el resultado..

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LAS VENTAJAS DE CASARSE CON UN MÚSICO

Hace unos días me preguntaba el de los 70´si me había parado a pensar en qué balance hago de las consecuencias que implica que él sea músico.

Se refería, básicamente, a que su trabajo le obliga a ausentarse en muchas ocasiones en días  y horarios no laborales para gran parte de los mortales.

Ya saben lo mucho que me quejo de esa incompatibilidad de horarios que sufre mi familia, pero lo cierto es que estar casada con un artista también encierra sus ventajas. Una de ellas es que muchas veces tiene que viajar por razones de trabajo, y si Júpiter se alinea con Saturno, toda la familia podemos acompañarle.

Eso pasó hace unas semanas. El de los 70´participaba con la Orquesta Sinfónica de la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM) en un concierto junto a Estrella Morente en que representaban El Amor Brujo de Manuel de Falla. Como era fin de semana  y además, coincidía con días festivos en Caravaca, decidimos que hacíamos las maletas y nos íbamos todos. Pero todos, todos, porque mi cuñado y mi hermana se apuntan a un bombardeo (y nosotros encantados) y a mi madre la cuasi obligamos y sorprendimos. No se me ocurría mejor regalo para el día de la madre que invitarla a pasar esos días con nosotros.

El tiempo acompañó y disfrutamos de un fin de semana súper divertido y relajante.

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Esto de los viajes en familia ha sido un descubrimiento para mí.

Viajar con niños es una oportunidad fascinante para educarlos.

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Educar me parece hoy en día, el proyecto o empresa más complicado al que me he enfrentado en la vida. Es muy difícil. Es un trabajo constante que ocupa todos los minutos del día, todos los días de la semana, todas las semanas del mes y todos los meses del año. Es un trabajo delicado en el que se avanza y se retrocede continuamente; en el que tienes que reinventarte; olvidar lo que habías aprendido; adaptarte una y mil veces; ser exigente con tus objetivos, relajada con tus exigencias y condescendiente con tus errores…

Cada situación cotidiana, por nimia que sea es una fuente de educación, para bien y para mal.

En todo este embrollo, viajar con los niños me parece una herramienta muy útil y sana para trabajar en la educación que queremos para nuestros hijos. Viajando los niños conocen el mundo y sus gentes: Empezando con el hecho de que carguen con sus propias maletas, se hagan responsables de lo suyo, esperen en la recepción de un hotel, pidan los servicios por favor, esperen su turno en el baño, vean cómo de contenta se pone su madre ante un plato de arroz de marisco; jueguen con la arena de la playa, descubran que juntos se pueden hacer muchas cosas, se lancen a preguntar por todo; cojan un autobús, un taxi, un tren; visiten un museo que le gusta a papá.

Viajando los niños tienen la oportunidad de disfrutar de la naturaleza y aprender a cuidarla; de considerar hábitos distintos y aprender a ser críticos y respetuosos.

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Creo que viajando la familia se conoce en su individualidad. Mi hijo puede ver que a mamá le gusta el mar y que la relaja; o que a papá le encanta recorrer la ciudad en bicicleta.

Creo que viajando con los hijos, éstos perciben cuánto se les quiere; porque les enseñas, porque te congratulas de su diversión.

Creo que viajar en familia ayuda a fortalecer los lazos..

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Supongo que todo esto también se puede aprender sin viajar, pero viajando se hace menos duro y más divertido. Creo que regalar a los niños experiencias es muy positivo para desarrollar su curiosidad.

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Desde luego que viajar con niños tiene sus inconvenientes y que viajar resulta caro, pero imagino que se trata de analizar ventajas e inconvenientes y establecer prioridades.

En nuestro caso, para enfrentar lo primero las sabias palabras del de los 70´que ya han resonado por aquí alguna vez: Puede que sea devastador para el cuerpo pero es regenerador para la cabeza; y para lo segundo: Quizás no podamos cambiar el coche y sigamos teniendo que tirar de transporte público en los viajes; quizás tenga que pasar con el par de pantalones que tengo o renunciar a comprar una lavadora nueva..

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(Aciertan dónde está el de los 70´?)

En cualquier caso, no se trata de hacer un viaje de 80 días alrededor del mundo… Creo que es suficiente con una escapadita de vez en cuando; y cuando el presupuesto y las circunstancias lo permitan, planear algo mayor!

ESPÉRAME

Espera, cariño, a que se me pase la frustración que me tiene en jaque desde ayer porque lo tengo todo a medias. Y cuando se me pase la frustración y me sienta más relajada, espera a que resuelva las cuestiones urgentes del trabajo.

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Espera a que termine de cambiar el pañal de Raúl (ya sabes lo que cuesta mantenerlo quieto durante 5 segundos) y te pregunto qué tal se presenta hoy la tarde en el trabajo… Aunque lo mismo cuando termine, empieza a pedirme brazos para ir a dormir y tienes que encargarte de acunar a Manuela, mientras me meto en la cama con él.

Para el pecho, espera tu turno; que después de que Manuela mame, tiene que manosearlo tu hijo, y ya, después, Manuela quiere mamar otra vez.

Espera a que ponga lavadoras, que no nos quedan bodies limpios, y puedo contarte lo que se me ha ocurrido que podemos hacer en el baño para ganar espacio.

Espera a que se duerma la niña y puedo preguntarte qué te parece la próxima gira europea de Pearl Jam. Espera que se duerma y soñamos con la idea de que podemos ir a alguno de los conciertos…

Hoy me he estado acordando de lo que nos reímos aquella noche en mi piso de estudiantes cuando te arrastrabas por el suelo liado en mi albornoz, mientras sonaba Spin de Black circle. Cuando termines de acompañar a Raúl en su comida, te lo recuerdo y verás cómo nos reímos los dos juntos.

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Espera a que terminemos de comentar acerca de cómo fomentar la autonomía de nuestro hijo y después te pregunto cómo va el Madrid en la Champions; aunque si nos enzarzamos en intercambio de opiniones, al final se hace la hora de recogerlo del cole.

Encárgate ahora de llamar a la casa de comidas para llevar, y después ya podemos darnos ese abrazo que tanto necesito.

Ayer quería decirte que estabas muy guapo con esa camisa nueva y que me gusta la forma en que te has afeitado la barba,  pero ya sabes cómo se despertó Raúl de la siesta… Entre unas cosas y otras, quedó para mí.

Ya se que te dije que podríamos ver una peli juntos cuando acostásemos a los niños, pero qué quieres que te diga!; me duermo de pie.

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He sacado un hueco para ir a la peluquería y me he depilado aunque no te hayas dado cuenta; o tal vez sí lo has hecho y pensabas decírmelo pero, como yo, no viste el momento.

Ya saldremos los dos, no te preocupes, ahora ve con tu hijo en la bici y pasa tiempo con él que sabes que le entusiasma.

Sí, se que la última vez que nos reímos juntos a carcajadas por algo que no fuera una payasada del Leñador, fue cuando acerté cuál era la tarea del hogar que más te disgusta.. En serio, no hace falta ser muy listo; cuando coges la balleta para limpiar el mantel repleto de migas de pan, pones la misma cara que cuando tuviste que defender tu concierto solista de final de carrera… Es obvio que te tensa.

Ya me imagino que debes encontrarte un poco triste ante la idea de que tu hermano se marche lejos. Espera a que termine de cuadrar la contabilidad familiar de este mes y hablamos de ello.

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Me han recomendado un libro que estoy deseando poder leer. Cuando termines de explicarle a Raúl por qué no puede comer ahora un bombón, me encantaría compartirlo contigo.

Pensaba aprovechar el viaje a Murcia para contarte que quiero empezar a hacer deporte, pero al final tuve que pasármelo cantando un “veo veo” que siempre empieza con la letra M..

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Qué bien me sentó el beso que me diste en el pasillo el otro día, de forma inesperada, mientras corría a la habitación de Raúl a por un pañal para cambiarlo, sobre todo ahora que tantas veces me miro al espejo y pienso que no hay manera de que pueda resultarte atractiva

Cuánto disfruto esos 3 segundos de retoce en la cama cuando nos acostamos, antes de caer rendidos. Es sorprendente sentirse mimado cuando pasas el día mimando a otros.

Me gustas mucho, hombre de los 70´, cuando me das la cena mientras sostengo a la pequeña que se ha puesto a llorar. En esos momentos me convenzo de que recuperaremos ese espacio a dos bandas que hemos dejado en barbecho.

Y lo que más me gusta de todo, es que tú lo tienes absolutamente claro: Volverán, como las oscuras golondrinas, las cenas para dos, las escapadas románticas, las noches y las mañanas de pasión, los conciertos y las películas…

Y, mientras tanto, sigue enamorándome cambiando pañales con garbo; haciéndoles a tus hijos ataques del amor y quedándote por la noche a dormir a Manuela para que yo pueda irme a la cama.

 

 

 

 

Mi niño es un maleducado.

El otro día despertó mi interés un artículo que alguien compartió en facebook del diario “El Periódico” a propósito de la tolerancia social hacia las familias con hijos.

En él, un padre de familia relataba una experiencia desafortunada mientras viajaba en el tren con sus hijos, ante la desaprobación por parte de algunos de los demás viajeros, de su presencia misma.

Lo más interesante para mí fue el debate que se creó, al pie del artículo,a través de los comentarios de los lectores.

Simplificando hasta el absurdo, había quiénes estaban a favor del padre indignado; otros comprendían perfectamente el rechazo que para los otros viajeros, provocaba la familia con dos niños pequeños y, otros, y aquí la muestra de población que puso en jaque mi razonamiento, opinaban que por supuesto que se debía tolerar la presencia de niños pero siempre y cuando fueran niños bien educados…

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Atendiendo a los ejemplos que muchos de los implicados en el debate utilizaban para justificar su empatía hacia los viajeros que mostraron abiertamente su rechazo hacia los infantes, MI HIJO ES UN ABSOLUTO MALEDUCADO.

Sí, sí; tantos desvelos, tanto empeño, tanto tiempo invertido en intentar educarlo para que, al final, me haya salido un pequeño monstruo indigno de viajar en tren, en autobús, en avión; de ir a un restaurante o a una cafetería… Y lo peor de todo es que todo eso ha pasado sin que yo me hubiese enterado.

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Yo, que respiraba aliviada en la idea de que tan mal no se nos estaba dando la cosa al de los 70´y a mí cuando el leñador, a sus tiernos dos años, casi siempre pide las cosas por favor, acostumbra a decir gracias y hasta está aprendiendo a pedir disculpas; yo, que me derretía de ternura porque mi hijo se interesaba por dar la mano a mi abuela de 92 años cuando vamos por la calle o, en el parque, termina dejando su bici a todos los niños… Resulta que era totalmente inconsciente de que estaba creado un monstruo..

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Un pequeño monstruo, sí, porque mi hijo, cuando vamos a un restaurante, después de alrededor de hora y cuarto u hora y media sentado en la trona, se baja al suelo y juega a las carreras con los coches alrededor de nuestra mesa; un completo trasto que echa limón y patatas fritas en su vaso de agua y lo revuelve todo; un esperpento que ríe a carcajadas sonoras; que se arrodilla y se mancha y que rompe los manteles de papel.

Cómo no me había dado cuenta de lo peligroso y molesto que resulta mi hijo cuando en el tren pregunta millones de veces dónde está el maquinista; o se empeña en  apoyar la cabeza en los cristales. Cómo no había caído en la cuenta de que es un completo terrorista que canta “La araña insi winsi” a plena voz o se quita los zapatos. Cómo no he sido consciente hasta ahora de que mi hijo no muestra respeto alguno hacia la sociedad, porque me pide que le lea un cuento o da vueltas sobre sí mismo.

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Aunque…. Esperen un momento… ¿ No se trataba de tolerar a los niños? Quiero decir, ¿A los niños normales; a los de toda la vida…?

Vamos a ver, personas adultas que no soportáis a los niños maleducados como el mío: ¿Qué diferenciaría a un niño  bien educado cuya presencia sí resulta tolerable en restaurantes y transportes públicos, de un adulto como vosotros? Si estamos hablando de niños bien educados, que no se levantan de su asiento en tres horas de viaje; que comen sin mancharse y que no despegan el pico; que se ponen la mano para toser o estornudar y hasta ceden el paso a las señoras, entonces, amigos, ¿!!cómo no los ibais a tolerar??!! De la misma forma en que se os tolera a vosotros…

Pero así no son los niños. No al menos los sanos; los que son felices. Los niños de dos años, normales y felices, no suelen estar más de dos horas sentados sin moverse, porque necesitan moverse y liberar adrenalina; no  pueden estar callados, porque tienen la necesidad de comunicarse, de preguntar; quieren saberlo todo.. Vaya manía más estúpida!; Quieren tocar el agua y chafar las patatas fritas porque están conociendo el mundo… Menudo despropósito!; cantan, porque así expresan su alegría… Qué estupidez!..

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Así que sí, los niños en ocasiones revientan la comodidad del silencio y la tranquilidad abosolutas; coincidir con niños en un restaurante implica  que no vas a sentir que cenas a solas con tu pareja…Pero, queridos y queridas, ¿no vivimos en sociedad? ¿no implica esta realidad soportar situaciones no siempre deseables?… A mi, a veces tampoco me apetece escuchar a los de la mesa de la comida de trabajo reírse a carcajadas contando chistes machistas cuando voy con mi familia… Pero a nadie se le ocurre pensar que a los machistas debería prohibírseles ir a restaurantes.. ¿Por qué, entonces, sí nos planteamos que los niños no deberían viajar en tren?.

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Y, aunque a algunos no les interese, las contrapartidas que nos ofrecen los niños, creánme, son mucho más interesantes que las que suelen ofrecer los machistas…

En definitiva: Quiero que mi hijo sea un niño bien educado y por eso me esforzaré en seguir enseñándole a pedir las cosas por favor, a no insultar ni increpar a los demás, a dar las gracias; a pedir disculpas… Pero seguiré dejando que mi hijo se baje al suelo en los restaurantes, cante y baile cuando oye música y me pregunte cuarenta y cinco veces dónde está el maquinista…

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Las fotos son un poco de aquí y de allá…

 

 

Bienvenida al mundo. Bienvenida a casa (crónica de un parto mil veces anunciado)

El pasado día 4 de Febrero, Jueves ya, a las 00.06, después de haberse hecho infinitamente de rogar, llegaba al mundo nuestra pequeña Manuela.

Desde el Martes por la mañana estaba teniendo cada vez más contracciones. De hecho, llamé a mi hermana ese mismo día  para decirle que creía que sería esa tarde.  Al final tampoco fue esa tarde, y mi familia estaba al borde del infarto con mis pálpitos sobre el parto… Tanto, que casi se lo pensaron cuando el Miércoles por la tarde les llamé para decirles que me iba al hospital…

El Miércoles a media mañana empecé a sentir un cansancio insoportable y mucho sueño. . Se me cerraban los párpados, así que tuve que dejar el trabajo y acostarme a dormir.

Durante toda la tarde estuve teniendo contracciones, pero no me alarmé porque tampoco eran nada nuevo… Algunas más intensas, tal vez.

Sobre las 18:00 horas de la tarde, las contracciones se empezaron a hacer regulares; las sentía cada 9 minutos aproximadamente. Me temía que el proceso empezaba a desencadenarse, pero por los muchos relatos de partos (con Raúl rompí la bolsa y no tuve la experiencia de ponerme de parto, porque fue inducido) que había leído en internet, consideré que aquéllo duraría horas hasta que estuviera en el momento oportuno.. Así que con calma, me puse mi lista de Spotify “Songs to exist” para relajarme un poco y empecé a bailar en el salón con mi Leñador, al ritmo de Hand of Love de The Sound.

Pero la cosa parecía ir más rápido de lo que me había planteado y, sobre las 19.30, las contracciones eran ya cada 3 minutos. Aún no había avisado a nadie, así que me apresuré en llamar al de los 70″ que parecía que hubiese tenido que venir desde los 70´. No se si alguna vez he contado por aquí que mi marido no va a morir de un infarto. Tardó casi media hora en aparecer. Media hora que se me hizo eterna. En un momento lo llamé y me soltó: “Estoy buscando aparcamiento“… Y yo ya me lo imaginaba tratando de evitar la zona azul, calles demasiado estrechas, zonas poco transitadas.. Y las contracciones seguían cada 3 minutos.

En cada contracción me ponía en cuclillas y balanceaba el cuerpo para facilitar la colocación del bebé.

Cuando mi querido esposo se dignó a aparecer con calma y quietud, en una representación perfecta de lo antagónico a lo que reflejan las películas sobre los papás cuando sus queridísimas se ponen de parto, y, cuando también llegaron abuelos para atender al que se quedaba, cogimos las bolsas y nos fuimos al hospital. Ese momento en el que me despedía del leñador sabiendo que era el último en el que sería mi único hijo (al menos de forma visible para èl) me provocó sentimientos encontrados. Sentí mucha tristeza al dejarlo tan ajeno a lo que iba a suceder.

Al llegar a Urgencias, mientras esperábamos en la sala de espera, me sentía muy tranquila, cómoda, y empecé yo también a dudar de que nos fuéramos a  quedar.

Me hicieron pasar a monitores. La matrona me preguntó cómo me encontraba y si tenía contracciones. Le dije que sí, pero que no me encontraba mal; no me dolían demasiado. Algo, no obstante, debió observar en mí porque decidió explorarme inmediatamente, antes de ponerme en monitores. Al hacerlo vi como pedía una lanceta y le pregunté para qué, algo alarmada. Me dijo que iba a romper la bolsa y le contesté: Pero ¿ya? Y me dijo, ¿cuándo quieres que lo haga si tienes más de 5 centimetros de dilatación..?

La verdad es que no lo esperaba y, de repente, me encontraba con todos los aparatos conectados y en camisón sobre la cama. Algo empezaba a no gustarme.

Seguidamente me dijo que iba a llamar al anestesista. Gran momento de la tarde: Le indiqué que mi intención era intentar dar a luz sin ponerme la epidural y que, en ese momento, puesto que me encontraba soportando el dolor con bastante dignidad, prefería aguantar…

No le sentó nada bien a la señora esta indecisa decisión porque me espetó que “de intentar, nada” que me daba 10 minutos para decidir si quería ponérmela o no. Que era ahora o no era nunca. A todo esto añadió: Cuando el dolor sea insoportable no quiero tener que discutir contigo…

Realmente esa actitud era todo lo contrario a lo que necesitaba para haber continuado con mi propósito del parto natural. Diez minutos. No lo sabía; no sabía lo que quería hacer… Empezaba a sentir dolores más intensos y sobre todo empecé a sentir MIEDO. Miedo atroz a decir que no quería epidural y a encontrarme después incapaz de soportarlo. Pedí que llamaran a mi marido, que seguía en la sala de espera, y la matrona me dijo que éso era algo que debía decidir yo sola.

Me temía que había dado con una de esas matronas para las que la parturienta, acá una servidora, no tenía vela en el nacimiento… Pese a que me encontraba bastante empequeñecida por los acontecimientos, arranqué el valor para decirle que quería ver a mi marido y hablar con él.

Con cara de bastante contrariedad, se fue a llamar a la sala de espera y a hacerlo pasar. Le comenté lo ocurrido y le dije que podía soportar el dolor y que quería continuar intentándolo y él lo vio perfecto; me veía bien… Pero en ese momento volvió la matrona pro epidural y me dijo que me iba a doler mucho más.

Nos preguntó por qué razón no quería epidural y le expliqué lo que me sucedió en el nacimiento de Raúl. Me dijo que eso no me iba a volver a suceder de ninguna manera. Que en ese momento tenía demasiado epidural en el cuerpo porque había pasado más de 10 horas conectada a la oxitocina y a la anestesia; pero que en esta ocasión la cosa iba rápida y que la anestesia me quitaría el dolor pero no me impediría sentir las contracciones.

Raúl resultó totalmente convencido por la matrona y me dijo que por él se la pondría. Que puesto que no iba a tener el mismo problema que con Raúl, entonces, para qué iba a estar sintiendo el dolor??!! Francamente no fue por falta de apoyo. Raúl me apoyaría aunque lo que quisiera fuera cruzar el atlántico a nado, pero él no quería verme pasar dolor y la matrona resultaba francamente convincente con sus palabras.

Pues, con este panorama, accedí a ponérmela… Con las mismas dudas que hubiera albergado si hubiera decidido no ponérmela finalmente, y muy confiada en que en esta ocasión, la sensación fuera distinta.

Y tan distinta me pareció!!, pues, aunque el anestesista me había indicado que en 10 o 15 minutos me haría efecto, había pasado media hora y, en cada contracción, sentía un dolor altamente intenso… Cada vez más intenso. Se lo dije a la matrona y le faltó reírse en mi cara. No hacía falta ser experto en lenguaje no verbal para percibir el orgullo de quién se sabe convalidado en sus predicciones por los hechos constatados. Vamos, la señora estaba pensando algo como… Mírala, la que quería parir sin anestesia!! Pero debió de quedarse con alguna duda porque volvió a entrar a la sala y, viéndome realmente apurada, partiendo cada uno de los huesos de la mano de mi esposo, se acercó a mirar el cateter de la epidural para, a continuación, exclamar: Madre mía, si no está saliendo!!

AJÁ, Señora, quién hubiera reído ahora henchida de orgullo habría sido yo si no hubiera sido porque el dolor no me daba tregua…

Decidió explorarme antes de llamar al anestesista y me dijo que estaba de 8 cm y medio… Vaya por Dios!! los Astros se habían rendido a mi deseo de aguantar sin epidural. Enseguida entró el anestesista en la habitación y, sin decirme nada, cogió el catéter y me suministró por esa vía un fármaco.

A continuación, indicó: Te he puesto otra cosa que te hará un efecto muy rápido y te provocará bloqueo muscular total. No da tiempo a otra cosa…

MANDE??!! Quiere decir que dejaré de tener cualquier tipo de sensibilidad de cintura para abajo en 5 minutos??! Pues sí. Así era.

No me lo podía creer!! Había llegado al hospital con más de 5 cm de dilatación, después de bailar los dolores de parto al ritmo de Van Morrison y Tom Waits; había manifestado mi deseo inseguro de dar a luz sin anestesia para evitar la impotencia que sentí durante el expulsivo de mi hijo, en esta nueva ocasión; había sucumbido a las bondades de la epidural cantadas por la matrona pro anestesia y a su firme convicción de que esta vez sería distinto; sin embargo, por piruetas del destino, había completado hasta una dilatación de más de 8 centímetros sin una gota de anestesia… Y ahora, a las puertas del final, iba a pasarme EXACTAMENTE LO MISMO que me pasó con Raúl… Precisamente lo que quería evitar… Después de todos los vaivenes, de los dolores, de los miedos y de las dudas…

Entré en modo cólera. Sólo la parsimonia de mi hombre de los 70´ y el apoyo moral de mi familia al otro lado del What´s app, consiguió sosegarme y permitirme concluir que iba a dar a luz a mi hija, sí o sí, y que, puesto que nada se podía hacer ya, no valía la pena estar enfadada. No podré negar que el hecho de imaginarme un expulsivo igual, me frustraba y me hacía sentirme decepcionada.

Sin embargo, por otra pirueta del destino, NADA FUE IGUAL QUE en el expulsivo del Leñador… Y la matrona pro anestesia, que tanto me había disgustado en un primer momento, de repente se convirtió en una profesional dulce, atenta y muy experimentada.

Me llevaron a paritorio. Me hizo saber que sentía que al final me hubieran tenido que poner la solución rápida pero que empujaría, y lo haría muy bien.  Yo me tomé un minuto para decirle a Manuela que iba a hacer todo lo que estuviera en mi mano.. Que me iba a dejar la piel.

Y empecé a empujar cuando la matrona me indicaba.. Empujaba sin sensibilidad, con la cabeza, los brazos y la parte del tórax que se mantenía viva… Lo hacía como podía, todo lo fuerte que podía.

Al tercer empujón la matrona hizo traer el espejo y vi cómo salía la cabeza de Manuela… Llenita de pelo; con mucho pelo… Y me sentí impresionada; maravillada. En dos empujones más mi niña preciosa estaba fuera.

Dios mío; qué guapa estaba!!!

Recuerdo que lo primero que pensé es que se parecía muchísimo a su hermano. Estaba preciosa… Caliente, otra vez.. Suave, tan mía, tan dulce y tan tierna… Tan milagrosamente viva, moviéndose, llorando, mostrando su rechazo a la luz, el frío, el mundo… De nuevo en mis brazos, pegada a mi pecho… Fue sencillamente asombroso.

No tuvieron que hacerme episiotomía, ni maniobra de Kristeller, ni desgarro, ni nada de nada… Manuela había venido al mundo con bastante prudencia; sin alboroto, pero con firmeza y decisión.

Manuela llegó al mundo a las 00.06 del día 4 de Febrero; pesó 3.560 kg y midió 50 cm. Y se hizo patente que todos la estábamos esperando. Todas nuestras vidas.

Y qué quieren que les diga… Que ya se ha incrustado en mi piel de nuevo, ese momento de contacto caliente y húmedo y que, de nuevo, pese a todos los giros inesperados que nos deparó su llegada, fue, junto con el nacimiento de mi hijo, la experiencia más maravillosa de toda mi vida.

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SÁBADOS Y ALUMBRAMIENTOS II

Esta entrada es anterior al nacimiento de nuestra hija Manuela. No había tenido tiempo de publicarla antes, pero lo hago ahora como prrludio de la experiencia reciente. A ver si los fierecillas me dejan un rato para sentarme!

Como lo prometido es deuda, y mientras puedo saldarla, voy a finalizar la historia del día en que el Leñador conoció el mundo por primera vez.

Me quedé por el momento de entrar al paritorio.

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Creo que fue éste en el que las matronas se dieron cuenta de que se habían pasado con el chute de epidural, porque no pude ayudar NADA EN ABSOLUTO a trasladarme a la camilla. Ni siquiera apoyar la pierna sobre la cama con fuerza para facilitarles a ellas el trabajo. La misma historia sucedió de la camilla al potro.

Y, como digo, empezaba la hora más dura del parto para mí. No tenía dolor. Nada de dolor en absoluto. Estaba completamente dormida de cintura para abajo; sin embargo me sentía extenuada, mareada, y no dejaba de vomitar jugos gástricos (que es lo único que a esas alturas permanecía en mi estómago).

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La matrona que me atendió durante el expulsivo (que era distinta a la que había estado junto a mi durante el tiempo de dilatación) era otro ángel del cielo y me decía cuando tenía que empujar.. Y yo, sin sensibilidad alguna, trataba de ejecutar lo que recordaba que se hace para empujar. Mi cerebro se empeñaba en dar a mis músculos las órdenes de tensionar y apretar, pero no podía comprobar que lo hacía; no podía sentir que contribuía en modo alguno a que saliera.

Al parecer algo conseguía porque la matrona, cual coach de primera, me insistía en que lo hacía muy bien y en que tenía que empujar un poco más… Pero el tiempo pasaba y Raúl no termina de aparecer. Había pasado casi una hora (yo seguí vomitando sin parar… Muy cansada) y empecé a percibir cierta inquietud en la matrona. Sentí miedo. No quería que hubiera forceps, ni ventosa, ni mucho menos quería imaginarme una césarea de urgencia y ya sólo pensaba en que Raúl estuviera bien… Fue bastante agónico.

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Al final el ginecólogo apareció por allí y observó mi último pujo. Como un león se subió sobre mí y me hizo la polémica maniobra de Kristeller: Aplicando una fuerza que me hizo gritar, apretó su brazo contra mi bajo vientre y deslizó como una pala hacia abajo.

Mucho había oído hablar sobre lo peligroso de esta maniobra y sentí miedo, aunque, hoy por hoy creo que si no lo hubiera hecho, tal vez hubiese sido necesario emplear otro instrumental…

Y no se si fue la adrenalina o qué otra bendita hormona de las que fueron muy oportunamente colocadas en nuestro organismo, pero cuando Raúl salió; cuando lo ví, cuando lo colocaron sobre mi pecho, NO TENÍA NADA…. Ni miedo, ni angustia, ni mareo, ni cansancio, ni obcecación… Fue como si yo misma hubiera vuelto a nacer. Me sentía bien. Estaba bien. Estaba feliz.

Por eso guardo un buen recuerdo del parto; porque sea como fuere, al final Raúl salió, y salió bien, y pude tenerlo durante dos horas pegado a mi pecho tras dar a luz… y esa sensación de calor húmedo junto a mí no desparece de mi piel jamás. Está incrustada.

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No obstante todo ello, esa misma experiencia es la que me ha hecho albergar el deseo de prescindir de la epidural en este parto. Pero esto es otra hitoria.

En los últimos días, la decisión acerca de si quería o no epidural, me ha venido costando demasiado estrés y ansiedad.

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La verdad es que, aunque admiro profundamente a las mujeres que encuentran algo místico en el dolor del parto y deciden, en consecuencia, dar a luz sin epidural (como un trance único y decisivo para el vagaje emocional de la mujer), el pragmatismo heredado de mi madre, me excluye de ese grupo. Pienso que si hay una opción segura de evitar un dolor tormentoso, entonces eso es una cosa buena. Sin embargo hay dos razones que me llevan a desear parir de forma natural (como dicen).

Por un lado, quiero sentir como puedo empujar; quiero empujar. Es muy agónica la sensación cuando la matrona insiste en que empujes y no tienes un carajo de idea de cómo hacerlo, o de si lo estás haciendo… Te sientes completamente inútil. Es como si no pudieras contribuir en nada al alumbramiento de tu hijo. Únicamente estás ahí, lo intentas, pero por más que lo haces, tu cuerpo no responde.

Creo que la sensación de ver cómo tu cuerpo hace su trabajo debe ser satisfactoria.

Y luego está el miedo, a que si se mantiene esa imposibilidad haya que instrumentalizar…

Por otro lado, tuve un postparto más bien malo y, tengo oído que sin epidural la recuperación es mucho más rápida.

Así las cosas, en mi interior se debaten estas razones con las que me aconsejan evitar el dolor si es difícilmente soportable.

Como quiera que no me apetece librar más este debate emocional, mi decisión última ha sido dejar que los acontecimientos se sucedan según su ritmo normal y tomar la decisión en el momento, atendiendo a las circunstancias… Quién sabe? Quizás soy de ese selecto grupo que da a luz en dos empujones… O quizás las cosas se complican, y no me queda elección.

PD- Las fotos siguen siendo del Sábado pasado

SÁBADOS Y ALUMBRAMIENTOS

No se pongan nerviosos que aún no he dado a luz, no… Tanto tiempo intuyendo que la pequeña se iba a adelantar  y, ahora, muy cerca de alcanzar la hora D, me paso el día esperando y la noche desesperando.

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Todo mi entorno ha perdido una porra sobre el día del alumbramiento, alentada por mi maternal convicción de que no llegaba ni a las 38 semanas. A excepción de mi hombre de los 70, al que le quedan apenas 7 horas para despedirse del mérito de descifrar la incógnita que tiene en vilo a propios y extraños.

Y no se si a Ustedes (madres que me lean) les sucede como a mí, pero cuánto más tiempo pasa, más visualizo y represento el momento del alumbramiento en mi cabeza. Tanto que en las últimas noches, me quita el sueño.

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Cierto que no será la primera vez… Pero, o bien tengo el recuerdo distorsionado del primero, o verdaderamente estaba más tranquila… Supongo que, al menos, sí que era mucho más ignorante. Estaba ilusionada por tener a mi hijo y no tenía ni papa de cómo era una contracción; ni una episiotomía; ni un desgarro; ni un postparto; ni las primeras etapas de la lactancia… Ni los jod.. entuertos.

He leído mucho sobre partos y he de decir que me causa bastante sorpresa comprobar como muchas mamás tienen un recuerdo tendencialmente negativo respecto de cómo transcurrió, o, al menos lo relatan con evidente tono de decepción.

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El parto de mi hijo Raúl fue, lo que se podría decir, intervenido (si es que yo he logrado entender bien lo que ese concepto significa); con su epidural; con su oxitocina, con su suero, con su antibiótico, con su episiotomía y desgarro incluidos… Y, aunque hubieron momentos realmente duros, guardo un buen recuerdo.

Con Raúl había estado manteniendo cierto descanso por amenaza de parto prematuro desde la semana 32.  Finalmente no llego hasta la 38+6.  Durante toda la semana antes de dar a luz, había estado sintiendo contracciones con cierta frecuencia y, durante determinados periodos, regulares y bastante continuadas.

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La mañana del día que ingresé (que fue el día 29 de Diciembre) comencé  a sentir contracciones cada 5 ó 6 minutos aproximadamente. No eran dolorosas pero sí las sentía con intensidad. Como era primeriza y los resultados del estreptococo habían sido positivos (de manera que mi absoluta fijación era llegar pronto al hospital para que pudieran administrarme el antibiótico suficiente), allí que me planté. En monitores comprobaron que, ciertamente, tenía contracciones bastante frecuentes pero no tenía nada de dilatación, así que el ginecólogo, después de asegurarse de que vivía a menos de 10 minutos del hospital, me recomendó irme a casa y volver cuando los intervalos entre las contracciones se redujeran un poco, o fueran aquéllas más dolorosas.

Me fui a casa y, en apenas dos horas, noté que había fisurado la bolsa. No “rompí aguas”, sino que iba notando pequeños escapes involuntarios de líquido amniótico con cada movimiento que hacía. Comprobé que el líquido que salía estaba transparente y me lo tomé con calma.

Al llegar al hospital corroboraron que, efectivamente, se había roto la bolsa y me ingresaron a la espera de que comenzara el parto. El ginecólogo estaba seguro de que me pondría de parto por la continuidad de las contracciones. Me pusieron el antibiótico y, no obstante, me programaron lo programaron para las 8.00 horas de la mañana siguiente, ante el improbable y finalmente acontecido hecho, de que no se desencadenara espontáneamente.

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Y no se desencadenó… De manera que a la mañana siguiente, tras una noche entera de paseos junto a mi hermana por los pasillos del hospital, emocionada, nerviosa y, desde el prisma de mi inminente alumbramiento, asombrosamente poco asustada, me metieron a la sala de dilatación, abrieron el grifo de la oxitocina y comenzó la fiesta.

Las contracciones dolorosas no se hicieron mucho de rogar…  Estaba monitorizada, con la vía de la oxitocina, el suero y el antibiótico, pero le pedí a una matrona que era un ángel del cielo, si podía moverme y no encontró ningún problema.. De hecho, la pobre se pasaba el rato acudiendo a mis aposentos a recolocar los sensores del monitor porque de tanto moverme perdían la señal. De hecho, finalmente puse el huevo en la pelota de pilates que me aliviaba bastante el dolor y allí me mantuve mientras mi querido esposo capturaba imágenes terroríficas sobre mi cara sufriente en el momento álgido de la contracción.

Acudieron un par de veces a hacerme los benditos tactos (qué cosa más maravillosa, verdad?…) y, al segundo me dijeron que podían ponerme la epidural, aunque decidí esperar un poco porque hasta ese momento, gracias a los intervalos entre contracción y contracción que eran paseos por las nubes, podía soportar el dolor. Un par de horas más tarde, cuando volvió a pasar la matrona y me propuso la epidural, pedí que me la pusieran porque la cosa pintaba lenta y el dolor se hacía ya bastante difícilmente soportable. Eran ya aproximadamente las 15:00 horas.

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He de decir que lo que hasta ese momento había estado siendo una experiencia dolorosa pero no desagradable, se convirtió en una sensación desagradable aunque menos dolorosa.

 No sé si me pusieron demasiada epidural o si, simplemente, me resultaron especialmente incómodos sus efectos secundarios. Creo que las dos cosas. Comencé a marearme, a tener mucha angustia y dejé de sentir POR COMPLETO la mitad inferior de mi cuerpo. Tenía que mantenerme con los ojos cerrados, entre la vigilia y el sueño para no encontrarme enferma.

Tanto fue así, que le pedí a la matrona que me bajaran la epidural. Lo hizo, y encontré cierto alivio.

Al cabo de un rato, empecé a notar una presión/quemezón/dolor en la parte baja de la vagina y pensé que quizás se habían pasado bajando la anestesia… Pero la matrona entró y me confirmó que era el bebé, que estaba bajando por el canal de parto… Volvió a hacer uno de esos tactos maravillosos y me dijo que había tocado el pelo de Raúl..

En poco menos de media hora me encontraba en el paritorio…. Sinceramente, éste fue el momento más duro y agónico.

Cómo finalizó la historia, ya lo saben quiénes acostumbran a leerme.. Para saber cómo continúa, tendrán que esperar un poco. Lo desvelaré en el siguiente post; para el cual espero tener una nueva historia de alumbramientos para contar!!

PD.- Las fotos son de esta mañana de Sábado preciosa, en la que he disfrutado de un precioso paseo, aún embarazada!