La increíble sensación de venirse…Abajo

O sentirse superada. Totalmente. Con la situación fuera de todo control.

La mayoría de homo sapiens sobre la faz terrestre habrán experimentado esta sensación alguna vez y coincidirán conmigo en que resulta terrorífico. Uno desea desaparecer; encontrar una vía de escape bajo los azulejos del baño que te lleve a mundos más amables.

Creo que la maternidad, sobre todo cuando es múltiple, es un hervidero imparable de increíbles sensaciones de venirse abajo (dicho sea, para los que quieran empezar a señalarme con el dedo, que también es un hervidero permanente de increíbles sensaciones de venirse arriba, y que, como todos Ustedes saben, éstas superan siempre el filtro letal de nuestra memoria, mientras las primeras sólo salen ilesas cuando son especialmente traumáticas… Seguro que nadie se acuerda de esa mañana de Lunes en que su hijo mayor tiró su primer vaso de agua al suelo, mientras el pequeño gateaba por la cocina desnudo y las tostadas del desayuno empezaban a quemarse…).

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Pues me ha dado por pensar en ello desde que leí este post de MAMÁ EN EL SIGLO XXI.

Y es que, no quiero ponerme en modo anuncio de jamón de york de Campofrío pero…Qué narices: Somos puñeteras heroínas!

La maternidad, la mía y las ajenas, me ha desvelado el sublime poder de la mujer; de la mujer madre… Y no es que subestime en absoluto el poder de la mujer no madre.. Ni del hombre y, por consiguiente, del ser humano en general; de sus capacidades, sus límites o posibilidades… Es simplemente que hoy quiero hacer mención de honor a éstas; porque, queridos y queridas, a veces es realmente duro, muy duro, y sin embargo, no nos adelantan la edad de jubilación.

Mientras leía el post de mi compañera, casi me echo a llorar; porque podía ponerme en sus zapatos y sentir la angustia de ese momento en que se apodera de tí la increíble sensación de venirse abajo… En que, en el mejor de los casos, haces como ella y te encierras en el baño durante dos minutos, conscientemente indiferente a los peligros que mientras tanto, puedan acechar a tu prole, y lloras amargamente (eso sí, durante dos minutos) con el grifo abierto en su máxima potencia.

He descubierto que para muchas mujeres con descendencia, el día tiene 30 horas; la noche apenas un par de ellas; son capaces de subsistir alimentándose poco y a deshoras, consiguen almacenar en sus cerebros más citas, datos e informaciones que los servidores del Pentágono y, además, se ponen los labios rojos para salir a la calle; beben vino mientras discuten de política; se presentan a oposiciones; hacen crecer un negocio; hacen yoga; corren maratones; montan en Harley Davison…

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Mi maternidad me ha permitido poner en otra óptica las historias que mi madre me contaba de cuando, tras traerme al mundo, tuvo que quedarse hasta diez días en el Hospital, con todos los puntos de la episiotomía infectados, con 39 de fiebre y acunándome entre gemidos por los pasillos del Clínico La Arrixaca; de cuando, con los dolores de un cólico nefrítico (las que, como yo, los hayáis sufrido, saben que son para volverse loco) se ocupaba de un bebé con pulmonía (AKA una servidora) y de una niña de año y medio que, de pura necesidad de atención, tenía hasta llagas en la boca…

Y hay momentos, compañeras y compañeros, en los que el medidor de presión oscila a lo largo del espacio sombreado en rojo, y es necesario que la válvula suba y gire, y libere la presión porque, de lo contrario, se produce una explosión. Una explosión en forma de gritos, llantos, culpas, miedos o cosas aún peores.. Y, aunque la mayor parte de las veces, se puede arreglar, es un momento del que no nos gusta participar.

Y, como para muestra un botón, les cuento que últimamente también yo me he sentido al borde de hacerme un  Meryl Streep en Kramer contra Kramer. Concretamente cuando, con mi hija de 18 días enganchada al oxígeno en un hospital, tras tres noches sentada en un sillón raído y con el mecanismo de reclinar inutilizable, sacaba apenas hora y media para poder ver a mi otro hijo y, al tener que abandonarlo de nuevo (preocupada por si a Manuela le iban a poner la nebulización y no iba a llegar a tiempo de ser yo quién la sostuviera mientras lloraba) me pedía: “Mamá no te vayas” y me preguntaba, acentuando con el mayor salero del mundo el tono interrogativo: “Te quedas que juguemos?“;

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Y en momentos como ése, indescriptiblemente cansada, tratando de ignorar las listas de to does; el trabajo; los pelos de loca; la capa de polvo que envuelve los muebles del salón; la lista de llamadas de mis amigas… Piensas en una cama con sábanas blancas y limpias, que no huelen a leche materna, en una taza de fresas con nata al despertar y una película europea de media tarde.

Pero Ustedes saben como yo que si te lo ofrecieran (la cama, las fresas y la película) no las cambiarías por las cuatro barras de hierro con forma de sillón que te permiten estar al lado de tu bebé cuando entre cables y gomas, te sonríe; o la hora y media que puedes pasar jugando con tu hijo y escuchando las risas escandalosas que le provocan tus cosquillas…

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Y no es que palos con gusto no duelan; claro que duelen, pero hay algo mucho más grande, y eso, nosotras y ellos (padres y madres), lo sabemos.

 

 

 

Bienvenida al mundo. Bienvenida a casa (crónica de un parto mil veces anunciado)

El pasado día 4 de Febrero, Jueves ya, a las 00.06, después de haberse hecho infinitamente de rogar, llegaba al mundo nuestra pequeña Manuela.

Desde el Martes por la mañana estaba teniendo cada vez más contracciones. De hecho, llamé a mi hermana ese mismo día  para decirle que creía que sería esa tarde.  Al final tampoco fue esa tarde, y mi familia estaba al borde del infarto con mis pálpitos sobre el parto… Tanto, que casi se lo pensaron cuando el Miércoles por la tarde les llamé para decirles que me iba al hospital…

El Miércoles a media mañana empecé a sentir un cansancio insoportable y mucho sueño. . Se me cerraban los párpados, así que tuve que dejar el trabajo y acostarme a dormir.

Durante toda la tarde estuve teniendo contracciones, pero no me alarmé porque tampoco eran nada nuevo… Algunas más intensas, tal vez.

Sobre las 18:00 horas de la tarde, las contracciones se empezaron a hacer regulares; las sentía cada 9 minutos aproximadamente. Me temía que el proceso empezaba a desencadenarse, pero por los muchos relatos de partos (con Raúl rompí la bolsa y no tuve la experiencia de ponerme de parto, porque fue inducido) que había leído en internet, consideré que aquéllo duraría horas hasta que estuviera en el momento oportuno.. Así que con calma, me puse mi lista de Spotify “Songs to exist” para relajarme un poco y empecé a bailar en el salón con mi Leñador, al ritmo de Hand of Love de The Sound.

Pero la cosa parecía ir más rápido de lo que me había planteado y, sobre las 19.30, las contracciones eran ya cada 3 minutos. Aún no había avisado a nadie, así que me apresuré en llamar al de los 70″ que parecía que hubiese tenido que venir desde los 70´. No se si alguna vez he contado por aquí que mi marido no va a morir de un infarto. Tardó casi media hora en aparecer. Media hora que se me hizo eterna. En un momento lo llamé y me soltó: “Estoy buscando aparcamiento“… Y yo ya me lo imaginaba tratando de evitar la zona azul, calles demasiado estrechas, zonas poco transitadas.. Y las contracciones seguían cada 3 minutos.

En cada contracción me ponía en cuclillas y balanceaba el cuerpo para facilitar la colocación del bebé.

Cuando mi querido esposo se dignó a aparecer con calma y quietud, en una representación perfecta de lo antagónico a lo que reflejan las películas sobre los papás cuando sus queridísimas se ponen de parto, y, cuando también llegaron abuelos para atender al que se quedaba, cogimos las bolsas y nos fuimos al hospital. Ese momento en el que me despedía del leñador sabiendo que era el último en el que sería mi único hijo (al menos de forma visible para èl) me provocó sentimientos encontrados. Sentí mucha tristeza al dejarlo tan ajeno a lo que iba a suceder.

Al llegar a Urgencias, mientras esperábamos en la sala de espera, me sentía muy tranquila, cómoda, y empecé yo también a dudar de que nos fuéramos a  quedar.

Me hicieron pasar a monitores. La matrona me preguntó cómo me encontraba y si tenía contracciones. Le dije que sí, pero que no me encontraba mal; no me dolían demasiado. Algo, no obstante, debió observar en mí porque decidió explorarme inmediatamente, antes de ponerme en monitores. Al hacerlo vi como pedía una lanceta y le pregunté para qué, algo alarmada. Me dijo que iba a romper la bolsa y le contesté: Pero ¿ya? Y me dijo, ¿cuándo quieres que lo haga si tienes más de 5 centimetros de dilatación..?

La verdad es que no lo esperaba y, de repente, me encontraba con todos los aparatos conectados y en camisón sobre la cama. Algo empezaba a no gustarme.

Seguidamente me dijo que iba a llamar al anestesista. Gran momento de la tarde: Le indiqué que mi intención era intentar dar a luz sin ponerme la epidural y que, en ese momento, puesto que me encontraba soportando el dolor con bastante dignidad, prefería aguantar…

No le sentó nada bien a la señora esta indecisa decisión porque me espetó que “de intentar, nada” que me daba 10 minutos para decidir si quería ponérmela o no. Que era ahora o no era nunca. A todo esto añadió: Cuando el dolor sea insoportable no quiero tener que discutir contigo…

Realmente esa actitud era todo lo contrario a lo que necesitaba para haber continuado con mi propósito del parto natural. Diez minutos. No lo sabía; no sabía lo que quería hacer… Empezaba a sentir dolores más intensos y sobre todo empecé a sentir MIEDO. Miedo atroz a decir que no quería epidural y a encontrarme después incapaz de soportarlo. Pedí que llamaran a mi marido, que seguía en la sala de espera, y la matrona me dijo que éso era algo que debía decidir yo sola.

Me temía que había dado con una de esas matronas para las que la parturienta, acá una servidora, no tenía vela en el nacimiento… Pese a que me encontraba bastante empequeñecida por los acontecimientos, arranqué el valor para decirle que quería ver a mi marido y hablar con él.

Con cara de bastante contrariedad, se fue a llamar a la sala de espera y a hacerlo pasar. Le comenté lo ocurrido y le dije que podía soportar el dolor y que quería continuar intentándolo y él lo vio perfecto; me veía bien… Pero en ese momento volvió la matrona pro epidural y me dijo que me iba a doler mucho más.

Nos preguntó por qué razón no quería epidural y le expliqué lo que me sucedió en el nacimiento de Raúl. Me dijo que eso no me iba a volver a suceder de ninguna manera. Que en ese momento tenía demasiado epidural en el cuerpo porque había pasado más de 10 horas conectada a la oxitocina y a la anestesia; pero que en esta ocasión la cosa iba rápida y que la anestesia me quitaría el dolor pero no me impediría sentir las contracciones.

Raúl resultó totalmente convencido por la matrona y me dijo que por él se la pondría. Que puesto que no iba a tener el mismo problema que con Raúl, entonces, para qué iba a estar sintiendo el dolor??!! Francamente no fue por falta de apoyo. Raúl me apoyaría aunque lo que quisiera fuera cruzar el atlántico a nado, pero él no quería verme pasar dolor y la matrona resultaba francamente convincente con sus palabras.

Pues, con este panorama, accedí a ponérmela… Con las mismas dudas que hubiera albergado si hubiera decidido no ponérmela finalmente, y muy confiada en que en esta ocasión, la sensación fuera distinta.

Y tan distinta me pareció!!, pues, aunque el anestesista me había indicado que en 10 o 15 minutos me haría efecto, había pasado media hora y, en cada contracción, sentía un dolor altamente intenso… Cada vez más intenso. Se lo dije a la matrona y le faltó reírse en mi cara. No hacía falta ser experto en lenguaje no verbal para percibir el orgullo de quién se sabe convalidado en sus predicciones por los hechos constatados. Vamos, la señora estaba pensando algo como… Mírala, la que quería parir sin anestesia!! Pero debió de quedarse con alguna duda porque volvió a entrar a la sala y, viéndome realmente apurada, partiendo cada uno de los huesos de la mano de mi esposo, se acercó a mirar el cateter de la epidural para, a continuación, exclamar: Madre mía, si no está saliendo!!

AJÁ, Señora, quién hubiera reído ahora henchida de orgullo habría sido yo si no hubiera sido porque el dolor no me daba tregua…

Decidió explorarme antes de llamar al anestesista y me dijo que estaba de 8 cm y medio… Vaya por Dios!! los Astros se habían rendido a mi deseo de aguantar sin epidural. Enseguida entró el anestesista en la habitación y, sin decirme nada, cogió el catéter y me suministró por esa vía un fármaco.

A continuación, indicó: Te he puesto otra cosa que te hará un efecto muy rápido y te provocará bloqueo muscular total. No da tiempo a otra cosa…

MANDE??!! Quiere decir que dejaré de tener cualquier tipo de sensibilidad de cintura para abajo en 5 minutos??! Pues sí. Así era.

No me lo podía creer!! Había llegado al hospital con más de 5 cm de dilatación, después de bailar los dolores de parto al ritmo de Van Morrison y Tom Waits; había manifestado mi deseo inseguro de dar a luz sin anestesia para evitar la impotencia que sentí durante el expulsivo de mi hijo, en esta nueva ocasión; había sucumbido a las bondades de la epidural cantadas por la matrona pro anestesia y a su firme convicción de que esta vez sería distinto; sin embargo, por piruetas del destino, había completado hasta una dilatación de más de 8 centímetros sin una gota de anestesia… Y ahora, a las puertas del final, iba a pasarme EXACTAMENTE LO MISMO que me pasó con Raúl… Precisamente lo que quería evitar… Después de todos los vaivenes, de los dolores, de los miedos y de las dudas…

Entré en modo cólera. Sólo la parsimonia de mi hombre de los 70´ y el apoyo moral de mi familia al otro lado del What´s app, consiguió sosegarme y permitirme concluir que iba a dar a luz a mi hija, sí o sí, y que, puesto que nada se podía hacer ya, no valía la pena estar enfadada. No podré negar que el hecho de imaginarme un expulsivo igual, me frustraba y me hacía sentirme decepcionada.

Sin embargo, por otra pirueta del destino, NADA FUE IGUAL QUE en el expulsivo del Leñador… Y la matrona pro anestesia, que tanto me había disgustado en un primer momento, de repente se convirtió en una profesional dulce, atenta y muy experimentada.

Me llevaron a paritorio. Me hizo saber que sentía que al final me hubieran tenido que poner la solución rápida pero que empujaría, y lo haría muy bien.  Yo me tomé un minuto para decirle a Manuela que iba a hacer todo lo que estuviera en mi mano.. Que me iba a dejar la piel.

Y empecé a empujar cuando la matrona me indicaba.. Empujaba sin sensibilidad, con la cabeza, los brazos y la parte del tórax que se mantenía viva… Lo hacía como podía, todo lo fuerte que podía.

Al tercer empujón la matrona hizo traer el espejo y vi cómo salía la cabeza de Manuela… Llenita de pelo; con mucho pelo… Y me sentí impresionada; maravillada. En dos empujones más mi niña preciosa estaba fuera.

Dios mío; qué guapa estaba!!!

Recuerdo que lo primero que pensé es que se parecía muchísimo a su hermano. Estaba preciosa… Caliente, otra vez.. Suave, tan mía, tan dulce y tan tierna… Tan milagrosamente viva, moviéndose, llorando, mostrando su rechazo a la luz, el frío, el mundo… De nuevo en mis brazos, pegada a mi pecho… Fue sencillamente asombroso.

No tuvieron que hacerme episiotomía, ni maniobra de Kristeller, ni desgarro, ni nada de nada… Manuela había venido al mundo con bastante prudencia; sin alboroto, pero con firmeza y decisión.

Manuela llegó al mundo a las 00.06 del día 4 de Febrero; pesó 3.560 kg y midió 50 cm. Y se hizo patente que todos la estábamos esperando. Todas nuestras vidas.

Y qué quieren que les diga… Que ya se ha incrustado en mi piel de nuevo, ese momento de contacto caliente y húmedo y que, de nuevo, pese a todos los giros inesperados que nos deparó su llegada, fue, junto con el nacimiento de mi hijo, la experiencia más maravillosa de toda mi vida.

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SÁBADOS Y ALUMBRAMIENTOS

No se pongan nerviosos que aún no he dado a luz, no… Tanto tiempo intuyendo que la pequeña se iba a adelantar  y, ahora, muy cerca de alcanzar la hora D, me paso el día esperando y la noche desesperando.

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Todo mi entorno ha perdido una porra sobre el día del alumbramiento, alentada por mi maternal convicción de que no llegaba ni a las 38 semanas. A excepción de mi hombre de los 70, al que le quedan apenas 7 horas para despedirse del mérito de descifrar la incógnita que tiene en vilo a propios y extraños.

Y no se si a Ustedes (madres que me lean) les sucede como a mí, pero cuánto más tiempo pasa, más visualizo y represento el momento del alumbramiento en mi cabeza. Tanto que en las últimas noches, me quita el sueño.

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Cierto que no será la primera vez… Pero, o bien tengo el recuerdo distorsionado del primero, o verdaderamente estaba más tranquila… Supongo que, al menos, sí que era mucho más ignorante. Estaba ilusionada por tener a mi hijo y no tenía ni papa de cómo era una contracción; ni una episiotomía; ni un desgarro; ni un postparto; ni las primeras etapas de la lactancia… Ni los jod.. entuertos.

He leído mucho sobre partos y he de decir que me causa bastante sorpresa comprobar como muchas mamás tienen un recuerdo tendencialmente negativo respecto de cómo transcurrió, o, al menos lo relatan con evidente tono de decepción.

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El parto de mi hijo Raúl fue, lo que se podría decir, intervenido (si es que yo he logrado entender bien lo que ese concepto significa); con su epidural; con su oxitocina, con su suero, con su antibiótico, con su episiotomía y desgarro incluidos… Y, aunque hubieron momentos realmente duros, guardo un buen recuerdo.

Con Raúl había estado manteniendo cierto descanso por amenaza de parto prematuro desde la semana 32.  Finalmente no llego hasta la 38+6.  Durante toda la semana antes de dar a luz, había estado sintiendo contracciones con cierta frecuencia y, durante determinados periodos, regulares y bastante continuadas.

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La mañana del día que ingresé (que fue el día 29 de Diciembre) comencé  a sentir contracciones cada 5 ó 6 minutos aproximadamente. No eran dolorosas pero sí las sentía con intensidad. Como era primeriza y los resultados del estreptococo habían sido positivos (de manera que mi absoluta fijación era llegar pronto al hospital para que pudieran administrarme el antibiótico suficiente), allí que me planté. En monitores comprobaron que, ciertamente, tenía contracciones bastante frecuentes pero no tenía nada de dilatación, así que el ginecólogo, después de asegurarse de que vivía a menos de 10 minutos del hospital, me recomendó irme a casa y volver cuando los intervalos entre las contracciones se redujeran un poco, o fueran aquéllas más dolorosas.

Me fui a casa y, en apenas dos horas, noté que había fisurado la bolsa. No “rompí aguas”, sino que iba notando pequeños escapes involuntarios de líquido amniótico con cada movimiento que hacía. Comprobé que el líquido que salía estaba transparente y me lo tomé con calma.

Al llegar al hospital corroboraron que, efectivamente, se había roto la bolsa y me ingresaron a la espera de que comenzara el parto. El ginecólogo estaba seguro de que me pondría de parto por la continuidad de las contracciones. Me pusieron el antibiótico y, no obstante, me programaron lo programaron para las 8.00 horas de la mañana siguiente, ante el improbable y finalmente acontecido hecho, de que no se desencadenara espontáneamente.

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Y no se desencadenó… De manera que a la mañana siguiente, tras una noche entera de paseos junto a mi hermana por los pasillos del hospital, emocionada, nerviosa y, desde el prisma de mi inminente alumbramiento, asombrosamente poco asustada, me metieron a la sala de dilatación, abrieron el grifo de la oxitocina y comenzó la fiesta.

Las contracciones dolorosas no se hicieron mucho de rogar…  Estaba monitorizada, con la vía de la oxitocina, el suero y el antibiótico, pero le pedí a una matrona que era un ángel del cielo, si podía moverme y no encontró ningún problema.. De hecho, la pobre se pasaba el rato acudiendo a mis aposentos a recolocar los sensores del monitor porque de tanto moverme perdían la señal. De hecho, finalmente puse el huevo en la pelota de pilates que me aliviaba bastante el dolor y allí me mantuve mientras mi querido esposo capturaba imágenes terroríficas sobre mi cara sufriente en el momento álgido de la contracción.

Acudieron un par de veces a hacerme los benditos tactos (qué cosa más maravillosa, verdad?…) y, al segundo me dijeron que podían ponerme la epidural, aunque decidí esperar un poco porque hasta ese momento, gracias a los intervalos entre contracción y contracción que eran paseos por las nubes, podía soportar el dolor. Un par de horas más tarde, cuando volvió a pasar la matrona y me propuso la epidural, pedí que me la pusieran porque la cosa pintaba lenta y el dolor se hacía ya bastante difícilmente soportable. Eran ya aproximadamente las 15:00 horas.

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He de decir que lo que hasta ese momento había estado siendo una experiencia dolorosa pero no desagradable, se convirtió en una sensación desagradable aunque menos dolorosa.

 No sé si me pusieron demasiada epidural o si, simplemente, me resultaron especialmente incómodos sus efectos secundarios. Creo que las dos cosas. Comencé a marearme, a tener mucha angustia y dejé de sentir POR COMPLETO la mitad inferior de mi cuerpo. Tenía que mantenerme con los ojos cerrados, entre la vigilia y el sueño para no encontrarme enferma.

Tanto fue así, que le pedí a la matrona que me bajaran la epidural. Lo hizo, y encontré cierto alivio.

Al cabo de un rato, empecé a notar una presión/quemezón/dolor en la parte baja de la vagina y pensé que quizás se habían pasado bajando la anestesia… Pero la matrona entró y me confirmó que era el bebé, que estaba bajando por el canal de parto… Volvió a hacer uno de esos tactos maravillosos y me dijo que había tocado el pelo de Raúl..

En poco menos de media hora me encontraba en el paritorio…. Sinceramente, éste fue el momento más duro y agónico.

Cómo finalizó la historia, ya lo saben quiénes acostumbran a leerme.. Para saber cómo continúa, tendrán que esperar un poco. Lo desvelaré en el siguiente post; para el cual espero tener una nueva historia de alumbramientos para contar!!

PD.- Las fotos son de esta mañana de Sábado preciosa, en la que he disfrutado de un precioso paseo, aún embarazada!

Embarazo: Segundo trimestre. De los plexos coroideos y otras historias para no dormir.

Tan inmersa me encuentro ya en el tercer trimestre que casi se me han olvidado las bondades del segundo.

Ahora, que ya empieza a no haber posición compatible con las formas y dimensiones de mi cuerpo cuando se trata de dormir, lejos me quedan las noches boca abajo y los despertares con la espalda indemne.

Como una ensoñación, vienen a mi memoria días sin nauseas y de asombrosa agilidad.

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Recuerdo cómo engullía sin remordimientos cual profundo e insaciable agujero negro y, aún así, hacía la digestión sin enterarme.

También me acuerdo de que seguía llorando con los trailers televisivos de “tengo una carta para ti” (no les quiero ni contar lo que están haciendo ahora, en mi frágil estabilidad emocional, los anuncios navideños..). Y todo eso por no hablarles de las cosas serias. Si, como la mayoría de Ustedes, me siento hundida por las tragedias que se están viviendo en el mundo en los últimos tiempos, les aseguro que afrontarlas con la sensibilidad que comporta el estado hormonal de una preñez, resulta devastador.

Recuerdo que el pelo me lucia fuerte y brillante y la piel tersa. Recuerdo vitalidad y ánimo alegre. Recuerdo regularidad intestinal (que queda ya muy lejos), y hasta ver pelis por la noche.

Pero como a menudo no todo puede ser perfecto, recuerdo haber pasado semanas de angustia y preocupación; de miedo y desazón.

En la ecografia de las 20 semanas nos dijeron que nuestra hija tenía dos quistes en los plexos coroideos; es decir, en el cerebro.

El ginecólogo que me atendió fue amable y trató de restarle importancia al hallazgo. Me dijo que era bastante común y que solían desaparecer; que, puesto que no se percibía ninguna otra anomalía en nuestra pequeña, se descartaba la amniocentesis y que no sería nada, que no me preocupara.

Pero madres y padres del mundo: Cómo no nos íbamos a preocupar?!!

“A toro pasado” he comprobado que es algo muy común con lo que la ginecología actual está muy familiarizada; pero no les miento si les digo que, antes de que le pasara a nuestro bebé; no era nada consciente de ello.

Y, como no puedo negar una malsana adicción a autodiagnosticarme a través de páginas y foros de Internet; allí que empecé yo a buscar respuestas; en la soledad de mi hogar; sabiéndome culpable, como si estuviera vaciando cuentas corrientes ajenas.

Ésto viene siendo así casi desde que empezó el milenio; y miren que soy más bien de ir al medico poco o nada. Y les puedo decir, que con cada síntoma introducido en google siempre acababa convencida de que tenía VIH… Les aseguro que todos los síntomas del mundo (por extraños que parezcan) pueden relacionarse con el VIH.

Y lo cierto es que, últimamente, “me estoy quitando”; pero aquel día; con las palabras quistes y cerebro rondando en el mío, no pude evitar lanzarme a los brazos engañosos y despiadados de la red.

Y allí empezó la zozobra: Que si trisomía 18 ; que si graves malformaciones; que si esperanzas de vida…

Y las informaciones que discretamente íbamos recopilando nos alentaban a no estar preocupados. Discretamente, digo, porque apenas me atrevía a verbalizar el problema, que parecía ganar realidad cuando lo exteriorizaba.

Consultados tanto profesionales médicos de nuestra confianza como alguna persona que había lidiado con el mismo susto o parecido, todos nos decían que lo más probable es que no fuera absolutamente nada.

Pero había una cosa; un dato que me impedía abandonarme a la confianza y al optimismo; y era que casi todos preguntaban si era un solo quiste… Y lo cierto es que NO; ERAN DOS.

Todos parecían prestos a sentenciar que NO HABÍA MOTIVO DE PREOCUPACIÓN si hubiésemos contestado que era un quiste; pero cuando decíamos que eran dos, con cierta contrariedad mantenían su diagnóstico favorable, aunque parecían permitirse a si mismos el margen de la duda.

Y así, entre días de miedo y días de paz pasamos las siguientes 6 semanas, hasta que volvimos a ver a nuestra pequeña; y para entonces, los quistes se habían esfumado y, con ellos, nuestros terrores…

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 Y he ahí nuestra niña…

When the leaves come falling down

Cuando las hojas empiezan a caer…

Qué me gusta a mi el Otoño! Con su luz amarilla y cálida, su olor a hojas secas y castañas asadas; sus sabores caseros; la sensación de frío en la nariz y en las manos; y su sonido… A silencio y a Van Morrison.

Me gusta el Otoño; y, aunque a menudo me duele la cabeza y el ánimo se me pone nostálgico… Me gusta… Quizás me gusta más por eso..

Y,  pese a que en ocasiones reniego de verme encerrada en un pueblo con casi inexistente actividad urbana, me siento afortunada de que aquí, el Otoño se cuele por los sentidos; apagando las luces del día a las 18.30 de la tarde; pintando las tardes de tonos amarillos y ocre, y obligándote a llevar gorros.

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A dos minutos del núcleo urbano, en Caravaca tenemos Las Fuentes del Marqués, que es un pulmón de agua, árboles, tierra y moreras. Y en Otoño es una gozada pasear por la alfombra de hojas, dejándote envolver por la humedad del río.

Y además, El Leñador está en su ambiente. Revolcándose entre las hojas, corriendo entre los árboles y poniéndonos al borde del infarto acercándose peligrosamente al agua, al menor de los descuidos..

Es el primer Otoño en que Raúl empieza a ser consciente de su entorno, y es maravilloso. Creo que esta fase es francamente especial. Para él el mundo está siendo todo un descubrimiento, y creo que para nosotros está siendo un re-descubrimiento altamente amable.

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Por días de Otoño, merece la pena el Invierno.

 

NUEVE FORMAS POSIBLES DE PASAR UN ANIVERSARIO II: Del día en que todo empezó

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No soy especialmente amiga de las declaraciones públicas de sentimientos en cuestiones en exceso personales, y mucho menos si se ponen por escrito, con firma y, en este caso, dirección IP reconocibles (probablemente por deformación profesional). Pero tengo tres buenas razones para liarme la manta a la cabeza; pasar por alto la experiencia que me dan unas cuantas decenas de clientes divorciados, separados, en proceso de ruptura o en litigio por cuestiones de custodia o separación de patrimonios, y soltar por este medio rastrero (que se hace pasar por diario pero no lo es) unas cuantas verdades (mías) sobre uno que, durante la década en que nuestras vidas han coincidido, ha parecido salido de diferentes décadas.

Lo han adivinado, sí Señor: El por aquí conocido como “El de los 70´”.

La primera de estas razones es que en escasos días se cumplirá un nuevo año desde que el susodicho me fue dado a conocer de la forma menos parecida a cómo habría soñado encontrarme al amor de mi vida…

La segunda es que mis más incondicionales seguidores (una vez una persona me lo preguntó) reclaman una explicación sobre por qué lo llamo el de los 70´; sobre todo si son conscientes de que el de marras nació en el 81.

Y la tercera, y más importante, es que a falta de tiempo para idear cenas románticas, cajas sorpresa con fotos inéditas y dibujos de corazones, o para salir a comprar un perfume o unas cajas de calcetines, con este post doy por cumplidas y satisfechas mis obligaciones maritales relativas al Aniversario.

Let´s start with the begenning.

Mientras a mis 20 años todavía tenía pájaros ensoñaciones en la cabeza de que iba a conocer al hombre de mi vida mientras en el metro (supongo que pensaba en algún viaje a la capital porque en Murcia o en Caravaca, de metro nada) coincidíamos leyendo a Proust , o de que ese hombre quedaría impresionado cuando recogiera del suelo la película que acababa de sacar del videoclub y que había resbalado de mis manos por casualidad, al comprobar que era también una de sus películas preferidas; o que me miraría profundamente a los ojos mientras en algún lugar empezaba a sonar esta canción;  el de los 70´y yo coincidíamos en una terraza discotequera, una noche de Agosto, mientras probablemente sonaba algo como ésto (que, por cierto, qué subidón me ha dado al escucharla…).

Mi hombre de los 70´no lucía pantalón vaquero desgastado, camiseta blanca medio raída y barba de tres dias, no. Muy por el contrario llevaba unas bermudas blancas, una camiseta de Emporio Armani de las que marcan y una coleta engominada al estilo Joaquín Cortés.

Pero chica, teniendo en cuenta que a esa noche le precedían algunas experiencias rarunas con chavalotes de los de la camiseta blanca raída y que el chico no desmerecía un repaso, pues me interesé en mantener una conversación con él, que, mire Usted por donde, nos desveló que ambos éramos fans incondicionales de la música de Pearl Jam.

Por resumir, a esas noches siguieron otras en las que me resultaban divertidos sus modales de Mr. Big, aunque mis amigas y hasta mi madre torcían el gesto cuando me veían con un chico con tan buen aspecto, y yo misma me representaba viviendo mi propia noche de Cenicienta.

De eso hace ya casi una década… y poco a poco el de los 70´se fue revelando, de una forma absolutamente sorprendente para mí en lo que a género masculino se refiere, en una persona completamente AUTÉNTICA.

En un hombre que habla menos de lo que me gustaría, pero que apuesta más de lo que jamás haya visto antes en ningún otro; en uno que nunca lee los libros de los que le hablo, pero que a veces me sorprende con las reflexiones que yo encuentro en los mismos; en uno sin trampa ni cartón; sin grandes circunloquios y con grandes sentimientos; en un hombre que una vez me dijo que se sentía cómodo en el  8 porque detestaba pasar del 5 al 10; y que, no obstante, lidia perfectamente con mis “cincos pelados” y no se abruma con mis “dieces”.

En un hombre del que me siento orgullosa, con el que me siento unida; del que he aprendido (y sigo haciéndolo) muchísimas cosas, con el que me encanta estar a solas y con el que disfruto de la compañía de los demás; en el que confío más allá de la amplitud con la que comúnmente, empleamos el término confianza.

En definitiva y para terminar con esta pornografía sentimental que me va a avergonzar hasta que se me olvide, un hombre que ha sido una suerte conocer y una fortuna tenerlo como compañero de vida, por más que, como cada cual, tenga sus cosillas (ya sabes, chico, que si no lo digo reviento… Legado Abellán), y por más que sueñe con poner encima de nuestra cama un póster de las Tortugas Ninja.

Y después de toda esta fiesta de sentimentalismo, lo que han estado Ustedes esperando.

Por este look con el que me ha acompañado a lo largo de varios años de nuestra convivencia, lo llamo yo el de los 70´

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Feliz Aniversario, Raúl

LA DOLCE VITA II ( !VIVA EL VINO!!)

Como decía Elvis: Viva el vino, viva el dinero y viva el amor…

Casi se me pasan las vacaciones sin terminar de contarles nuestro idílica estancia en tierra Toscana.

En Julio a todos los Juzgados les da por notificar emplazamientos y señalar vistas, y una servidora arranca un sprint sin precedentes con el único y noble objetivo de tener un Agosto relativamente tranquilo.

Todo lo tranquilo que me deje mi preñez que, a juzgar por el volumen de mi barriga, parece estar en su ecuador cuando aún no hemos abandonado el tedio del primer trimestre. Ya les contaré sobre eso cuando ya no me queden recuerdos maravillosos con los que engañar el hastío.

Como no quiero cansarles en exceso con palabrería, y tampoco tengo la capacidad descriptiva de Homero, dejaré que sean las imágenes las que les lleven por los campos y paisajes, por viñedos y cantinas, por ciudades y catedrales, y les hagan suspirar, envidiar o soñar, según gusten.

He comenzado la entrada alabando al fruto de la vid porque  beber vino (buen vino) fue una de las cosas que más hicimos en nuestras vacaciones toscanas.

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Con ánimo de que encuentren en estas línea alguna utilidad, les cuento a continuación las cantinas que decidimos visitar y los vinos que seleccionamos para degustar y comprar, aconsejados por gente autóctona.

Aunque en el mundo entero quizás la denominación de origen más conocida de esta región sea la de Chianti Clásico, los oriundos parecen no tenerla en demasiada estima, y siempre que preguntábamos nos aconsejaban otras denominaciones menos promocionadas pero muy exclusivas y cuidadas. Me estoy refiriendo, en concreto, a la denominación Brunelo di Montalcino y Nobile de Montepulciano, ambos de la provincia de Siena.

En Montepulciano visitamos la cantina POLIZIANO, en la que probamos (y compramos) uno de los vinos de su más aclamada selección: ASINONE.

También estuvimos en la CANTINA GATTAVECHI; una cantina familiar situada en el centro mismo de la población de MONTEPULCIANO en la que disfrutamos de un aperitivo a base de quesos y embutidos y una degustación de vinos realmente deliciosos.

Otra cantina interesante es la de Redi, que también está en el centro de la población.

Creo que una de las cosas más maravillosas de esta ruta vinícola que nos montamos el de los 70´y yo durante tres días completos de nuestra estancia, fue descubrir los paisajes de esta zona de la Toscana… Algunos dicen que se ha convertido en el Saint Tropez italiano; con un turismo de lujo y selecto, poco explotada y masificada… Lo cierto es que los paisajes que se divisan desde la ventanilla del coche por carreteras secundarias y casi desiertas, son pura ensoñación:

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No podíamos evitar parar cada 50 metros, salir del coche y respirar el horizonte verde…

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La misma belleza mostraban los pueblos, con sus calles de piedra y sus casas vestidas de flores.

En cuanto a la denominación Brunello di Montalcino, es una denominación muy pequeña y exclusiva, hay muy pocas bodegas y los cultivos son viñedos familiares  muy tradicionales.

En esta zona, visitamos dos bodegas:

En primer lugar la cantina de Barbi; situada en un paraje espectacular, en la que aprovechamos para comer en su fantástico restaurante una pasta con carne de caza que nos cautivó.

Si están pensando en ir y se preguntan qué vinos pedir, les recomiendo las añadas de 2004, 2006 y, sobre todo 2007.

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Para despedirnos y con la vehemente recomendación de nuestro anfitrión el Sr. Tadeschi, visitamos una bodega mucho más pequeña y cuya producción es una auténtica maravilla; San Polino. Son vinos ecológicos realmente diseñados más que fabricados o producidos.

Al llegar nos atendió uno de los hermanos propietarios de los viñedos y bodagas y, además de explicarnos con mucho detalle y amabilidad todo el proceso, desde la recogida de la uva hasta el embotellamiento del vino, nos  invitó a una degustación en la parte trasera de la casa/cantina, en un lugar bucólico, con vistas espectaculares, rodeados de silencio campestre amenizado por los cantos de los pájaros y los zumbidos de los insectos. Tres botellas de vino y una conversación chapurreada en tres idiomas divertida y reveladora. No se puede pedir más a la vida, no?

Las imágenes a continuación son de la cantina.. El pañuelo que luzco a todas horas en la boca era mi remedio casero a un ataque de alergia que casi me cuesta la asfixia esa misma noche (pero esa historia, da para otra entrada).

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Después de tan agradable experiencia, y con la relajación que te aseguran cuatro buenas copas de vino, o para mejor decir, cuatro copas de buen vino, nos fuimos a visitar la Abadía de St Ántimo; un complejo monástico en el que siempre pienso cuando mi leñador coge alguna rabieta y mi mente quiere volar a lugares serenos y perfumados de paz.

Es un remanso, un lugar casi celestial en el que reina un silencio dulce y cómodo. Quedé prendada  de la forma en que la Abadía se dejaba acariciar por la luz primaveral del sol y se hace inmensa rodeada de un valle superlativamente verde.

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Casi me quedo allí, entregada a la vida monástica cuando al entrar descubro una celebración en la que unos 50 monjes vestidos de lino blanco cantaban cantos gregorianos… A punto estuve…

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Al final nos acordamos del vino y nos despedimos mucho más relajados que si hubiéramos pasado por cualquier SPA de la Costa Blanca.

Después de este paseo por las nubes, finalizamos el viaje con dos clásicos italianos: Florencia y Venecia.

En realidad Florencia fue una visita intercalada entre la ruta vinícola; aunque por sistematizar la he colocado al final.

De Florencia seguro que todos saben mucho, así que poco les voy a contar; solamente que es quizás la ciudad que más me ha impresionado en mi exigua vida viajera y que me fascina porque no puedo ser más fan del Renacimiento.

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Adoro el Hospital de los Inocentes; simetría, clasicismo…

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Los jardines del Palacio Pitti son, además, perfectos para hacer un poco el ganso…

Y pongo fin a este nostálgico viaje del recuerdo en una ciudad que hay que visitar al menos una vez en la vida; porque no echa peste ni está sucia… Es simplemente fantástica; es romántica y asombrosa, desconcertante, a veces, mentirosa, arrebatadora y un poco canalla… Es Venecia.

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Y hasta aquí el paseo. No se Ustedes pero yo estoy por cancelar el apartamento en la Playa, cuarto sin ascensor y pillarme un vuelo para Italia…

De cualquier manera, volviendo a Elvis, todo viaje es maravilloso si se hace en una compañía adecuada… VIVA EL AMOR, CLARO QUE SÍ!! Y viva el dinero también, cuando se le coloca en su lugar, en tanto en cuanto nos permite estas experiencias.. Afortunados somos de haberlas vivido.

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LA DOLCE VITA

Desde hace ya unos días, con los 35º a la sombra de nuestra Murcia querida, las prisas que le entran a todo el mundo cuando Junio avanza inexorable y la declaración de la renta aún por hacer, sólo puedo pensar en algo; en una sola cosa… Exacto: Vacaciones… Tal como te las imaginas antes de que acontezcan (que luego todos sabemos que no son para tanto cuando pasas de los 26 años); con la playa de La Manga del Mar Menor convertida en mar del Pacífico; con las cervezas del chiringuito, piel quemada con piel sudada con el hombre de la camisa abierta, como si fueran cocktails de coco o mango, con noches en camas queen size y sábanas blanquísimas, que luego resultan ser un colchón en el suelo y pinzas sujetando las cortinas para que no entre la luz a las jodidas seis de la mañana…

Ayyy!! Sean como fueren, vacaciones al fin y al cabo. En las que sólo miras el móvil un poquito para echarte selfies y para poner un buen filtro a los calamares a la plancha que te vas a jalar; en las que comes sin complejos y sin culpabilidad y puedes tardar dos horas y media en desayunar…

No hace falta que diga que desde que uno tiene hijos las vacaciones son otra cosa; ni mejor ni peor… Otra cosa (vamos que se parecen poco a vacaciones).

Seamos honestos: Por lo que a adultos estrictamente respecta, claro que son peores, lo que pasa es que los padres tenemos esa ridícula manía de disfrutar con el gozo de nuestros hijos; aunque nos arrastremos empapados en sudor los 15 minutos que nos separan de la playa, tirando del carricoche en una mano, del cubo con las palas en la otra, y con el hijo colgado del cuello…

Pero hoy, hoy queridos y queridas, me voy de vacaciones  junto al de los 70´. En un viaje del recuerdo que me lleva a 2012, y me lleva a Roma y a la Toscana…

Poco voy a decir de Roma que Ustedes ya no sepan… Que es una ciudad increíble; majestuosa y narrativa… Es una gozada experimentar la historia a través de sus calles y sus monumentos y que, de repente, cobren vida los libros que estudiábamos en el Instituto.

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Además, Roma estará en mi corazón eternamente vinculada a mi padre que la visitó casi una decena de veces y que siempre le supieron a poco. En algunos de esos viajes le acompañé. Recuerdo uno especialmente en el que a mis 21 años compartimos los tres habitación. Llovía a cántaros en Ciudad del Vaticano; mi madre, mi padre y yo nos cubrimos con chubasqueros fosforitos y con toda la pinta de teletubbies, ni un solo taxi quiso parar a recogernos.

Como de Roma todo está dicho, escrito y filmado, me limitaré a  recordarles que uno de los paseos con más encanto es el del Barrio del Trastevere en el que me comí los mejores spaguetti carbonara que haya probado jamás!

Tras unos pocos días en Roma, pusimos rumbo a la Toscana. Nos alojamos en una casa encantadora en FOIANO DE LA CHIANA, un municipio de la provincia de Arezzo con menos de 9.000 habitantes y con unos de los Carnavales italianos más antiguos y reconocidos.

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Encontramos el alojamiento a través de esta página web. Nuestros anfitriones eran una familia muy amable y hospitalaria. El padre es agente inmobiliario de propiedades de lujo en La Toscana y nos dio muchos consejos sobre dónde ir, qué comer o qué comprar.

Empezamos nuestro recorrido en CORTONA, donde les puedo aconsejar visitar el Museo Diocesano para contemplar La Anunciación de Beato Angélico, y el Duomo.

De allí nos fuimos a comer a un lugar  que nos descubrió nuestro anfitrión y que no puedo más que recomendarles a todos Ustedes: LA TORAIA (No, desde luego, si por cualesquiera razones no comen carne).

La Toraia es un rancho-establo reconvertido en restaurante en el que sirven una carne de chianina deliciosa, tienen una amplia selección de vinos y un ambiente relajado y tranquilo. Allí nos comimos un Bistecca alla Fiorentina que aún puedo saborear si cierro los ojos… (Oh Gosh es la una de medio día y estoy embarazada… Soy capaz de mandar al de los 70´a la vieja Italia a por uno de ésos…)

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Como ven, de los pastos a la mesa.

Por la tarde paseamos por AREZZO, el pueblo que todos recordarán de la entrañable película La Vida Es Bella de Roberto Benigni y en el que resulta visita obligada La Basílica de San Francisco donde se pueden ver los frescos “Leyenda de la Cruz” de Piero de la Francesca.

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Y una curiosidad que me fue ilustrada por mi querido esposo: Allí nació Guido de Arezzo, un Señor muy importante en la historia de la música porque creó el tetragrama (precursor del pentagrama y de la escala diatónica).

El segundo día, después de desayunar viajamos hasta San Gimignano, un lugar bastante turístico aunque bien justificado. Es un pueblo medieval y amurallado que se asienta sobre colinas toscanas. La verdad es que si no hubiera sido por los cientos de turistas que pululaban por sus calles de piedra, habría sido como viajar al medievo.

Además, tienen “la mejor heladería del mundo”; y, como mostrarán las imágenes a continuación, doy fe de que los helados están de escándalo:

IMG_0890 IMG_0898 IMG_0897 IMG_0902 IMG_0906No se crean que no me da vergüenza poner tremendo fotograma, pero me parece la mejor forma de hacerles salivar con los helados artesanos…

Finalizamos el día sin apearnos del Medievo en otro pueblo amurallado; MONTERRIGGIONI, en la provincia de Siena. Para mí, una visita altamente recomendable. Sin grandes lugares de interés pero con un encanto especial. Ajeno al mundo que queda fuera de sus siete altísimas torres, parece que Monterriggioni ha resistido al paso del tiempo y de la globalización. Vamos, que a una le entran ganas de enfundarse un vestido de época y una malla en el pelo, y sentarse junto a la fuente a esperar a los vasallos que retornan de los feudos.

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Al acecho del libro antiguo…

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Y como no quiero pecar de pesada ni de detestable (ya se que a finales de Junio hablarles de idílicas vacaciones me puede valer sus más profundos odios) hasta aquí mis vacaciones del recuerdo. Pero como aún me quedan sitios espectaculares a los que teletransportarme, les advierto que….

…. TO BE CONTINUED…

¿A QUÉ DEDICA EL TIEMPO LIBRE?

En esta Santa casa tenemos instaurado el descanso a turnos. Mis clientes  me dan los buenos días con familiaridad, mientras mi familia lo único que encuentra de mí por la mañana es el olor a Coco Madmoiselle que dejo en la entrada.

El de los 70´se toma el café en la puerta del trabajo y para cuando vuelve a casa me encuentra desvencijada en el sofá, absorta, extasiada incluso para articular palabra; como si hubiera sobrevivido a una abducción alienígena.

Esto es así cada día de nuestra semana:

Llego a casa a mesa puesta y el de los 70´no me deja ni quitarme los tacones; el tiempo justo de ingerir los alimentos y levantar la vista del plato, únicamente para comentar algo especialmente reseñable, como que se ha acordado de comprar pan; que el leñador ha depuesto en consistencia blanda, o que Pearl Jam anuncia gira americana.

Un beso de ahí te quedas que me voy y mi esposo nos recoloca, con un un portazo, en la rutina de darnos los recados a través del whatsapp.

Cuando por fin me recorre la espalda el cosquilleo del Viernes, y en mi mente no hay espacio nada más que para ésto y para  jarras y jarras de cerveza fresca, empiezo a hacer planes como la lechera. Evoco picnics en el parque; vinos blancos en terrazas; atardeceres en paseos marítimos; cenas románticas para dos y verbenas de risas y gyn tonics con las supernennas y con los Foritos.

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Pero mis planes, como la jarra de leche de la protagonista del cuento, acaban desparramados en el suelo de la cocina cuando el de los 70″ me sorprende con la noticia (según él, me la recuerda) de que tiene un ensayo con una de las 2.320 orquestas con las que colabora, el Sábado por la mañana; que tocar en una boda el Sábado por la tarde y una ruta de bicicleta el Domingo por la mañana.

Eso sí, tenemos un Domingo por la tarde, entre las 6 y las 8.30, precioso para disfrutar en familia.

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Y si perciben cierto resquemor en estas líneas, han acertado de pleno, y es que el padre del leñador y una servidora coincidimos en esta vida solamente para pasarnos el testigo. Y yo que pensaba que esto de tener un amante violinista era de lo más arrebatador… Aún recuerdo la reacción de la Crack cuando le conté que me había enrollado con un músico…  Debió pensar que cada día sería algo parecido a ésto...

A esta tensión, que nos ha tenido entretenidos en los últimos meses, le hemos buscado un amortiguador: Hemos comprado un calendario imantado y lo hemos colocado en la puerta del frigorífico. En él vamos anotando nuestros quehaceres y obligaciones ineludibles (trabajo y más trabajo, visitas a médicos y las contadas veces en que me toca hacerme la cera) y también aquéllos pasatiempos que cada miembro desea hacer en soledad.

Su primera función es la obvia; nos sirve para plantear estrategias, desarrollar proyectos, diseñar operativas….

El segundo, al que el de los 70, hasta que este post se publique (si lo publico) es completamente ajeno, tiene la finalidad de representar gráficamente a qué dedicamos el tiempo libre.

A final del mes voy a contar todas las bicicletas, los partidos de fútbol y los gimnasios que hay apuntados en cada mes y los voy a canjear por vales de tiempo disponibles para mí… Aunque lo cierto es que al final, los acumulo hasta que de viejos caducan, y no me sirven para las ofensivas frente a las carreras de mountain bike.

En cualquier caso, (OJO QUE VOY A DAR UN TIPS COMO UNA BLOGGERA DE VERDAD) lo cierto es que desde que hacemos uso de recursos organizativos, hemos reducido el nivel de conflictividad en casapatare. Saber de antemano los planes de tu consorte (o, vale, cariño, poder tenerlos anotados para recordarlos) sirve para no fantasear con fines de semana de puro ocio o, como acostumbro a hacer últimamente, para impugnarlos, sancionarlos, discutirlos y defenestrarlos.

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El último día del mes anotamos los compromisos laborales que se extralimitan de nuestras jornadas ordinarias; seguidamente citas en el médico y demás obligaciones que atender.

En los huecos que quedan libres para el de los 70´, en los que yo tengo que pringar como buena autónoma que se precie (él siempre tiene esta ventaja) suele fijar sus quehaceres con bastante libertad, mientras la lista de to does de nuestro hogar se empieza a parecer a mis exámenes de Derecho Civil de la Universidad.

Cierto es que el chico es prudente, y cuando me percibe al borde del histerismo, se reserva una mañana para llamar al carpintero, poner un cuadro y preparar una receta con la que hago como que se me olvidan todos los reproches que tengo almacenados.

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En los huecos que nos quedan libres a los dos, si el total de los computables da para al menos tres actividades, tratamos de hacer planes repartiendo los tiempos. Entre el 70% y el 80% del tiempo libre que tenemos intentamos pasarlo juntos, los tres, y dejamos un 10%-20%  para hacer algún plan “Child unfriendly” (ver una peli o salir a tomar una cerveza con amigos o familia). Al final del todo, en los 14 minutos y 30 segundos que restan, si se tercia, es posible que mamá pueda ojear una revista, salir comprarse unos zapatos o actualizar el blog.

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La Verbena de La Paloma

El calendario imantado que hace un mes compramos en Amazon para salvar nuestro matrimonio (ya les contaré por qué la desorganización de mi hogar ha sido el caballo de batalla familiar en los últimos meses) me avisa, paradojas de la vida, de que pronto, muy pronto, se van a cumplir tres años desde que el de los 70´y yo nos diéramos el Sí, Quiero.

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Vuelvo a pasearme por las imágenes y los recuerdos y tengo la agradable sensación de que si volviera a casarme lo haría todo exactamente igual a como lo hicimos.

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El de los 70´y yo reventamos los tópicos prometiéndonos en París (al menos no subidos a la Torre Eiffel) y, a partir de ese momento, pedrusco en mano, arrancó la carrera por la organización del evento.

Ahora; desde mi espejo retrovisor, me parece que fueron unos meses bonitos y entrañables, pero por suerte el colon irritable que me dejaron en legado, me recuerda que los viví con estrés y miedo y que, probablemente, fue la época que me enseñó a aceptar que aquí la que suscribe, se mueve con mucha más soltura por el espacio intermedio de la duda que separa los blancos y los negros, que por los extremos mismos. El colon irritable me despeja esta verdad para que no la falsee.

La primera cuestión que uno se plantea en esta tesitura es la de decidir la fecha del enlace. Lo tenía claro meridiano: Otoño. Soy una persona otoñal; me encantan sus colores, su olor y su luz, y el de los 70´no mostró resistencia a la bucólica escena que le representé para un cálido pero agradable 21 de Septiembre.

Sin embargo, como muchas otras cosas en la vida, esto no solo depende de ti. Si quieres iglesia y salón de celebraciones al uso (si es lo que quieres, repito) debes ponerte a la cola y esperar la rifa de fechas disponibles.

Finalmente, de todas las que quedaban, tuvimos que elegir el 26 de Mayo si no queríamos matar por asfixia a todos nuestros invitados, en pleno ecuador de Julio.

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En caso de enlace religioso hay que elegir templo. En nuestro caso estábamos muy de acuerdo en casarnos en La Parroquía de El Salvador; con su arquitectura renacentista y su encantadora localización; en pleno casco antiguo, escondida entre calles emblemáticas.

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En cuanto al lugar de la celebración; nos decantamos por Pedro Marín y no nos decepcionó en absoluto. En primer lugar porque el Salón es moderno, amplio y confortable, el porche y los jardines del exterior nos brindaron un soleado día de Mayo al aire libre que encierra algunos de los momentos más memorables de la jornada y, principalmente, porque la comida está para chuparse los dedos.

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Luego está lo que tiene que ver con el acicalamiento de la hembra casadera. !Menudo despilfarro de euros entre peelings y tratamientos de oxígeno! Me cuesta concebir que ésa era la misma persona que ahora ha desterrado de su vida la crema hidratante en un ejercicio de optimización del tiempo y del espacio (no se pueden hacer una idea del raquitismo de mi cuarto de aseo).

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Va a sonar todo lo cursi que es pero mi vestido de novia me eligió a mí.  Era sencillo, clásico, elegante y romántico. Corte evasé a la cintura, falda en organza con un ribete troquelado al final de la falda, una cola moderada, cuerpo en chantillí, una pequeña lazada donde la espalda pierde su casto nombre y un velo que me reveló mi faceta más folk. Yo, que desde pequeña siempre había tenido claro pasar del velo el día de mi boda, no me lo quité ni para las fotos post ceremonia.

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Los zapatos fueron la excusa perfecta para hacer un viaje a Madrid con mi súper hermana blogger, a la que, dicho sea de paso, debo todo el mérito de haber celebrado un enlace tan carismático. Si no hubiese sido por ella, está claro que me habría casado sin pena ni gloria. Es lo que tiene tener una hermana Blogger pues, como todo el mundo sabe, una buena blogger es una excelente Wedding Planner.

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El peinado fue la estrella indiscutible del “sarao”. Yo pretendía emular a Diane Kruger, aunque en general se me asoció más a “Amar en tiempos revueltos”. En cualquier caso, el resultado satisfizo mis más altas expectativas. Esto sólo tuvo dos responsables, y son las dos manitas de Toñi.

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Rematé el peinado con un tocado manufacturado por mi poliédrica amiga Aurora.

Para el hombre de los 70´y para mí, la celebración lúdica de nuestra boda era, en papel protagonista, entre otras muchas cosas, reunir a nuestros seres queridos y celebrar con ellos el compromiso público de unirnos y reproducirnos; y si había algo en nuestras vidas respectivas que había presidido nuestra forma de entender el mundo, estaba claro que era la MÚSICA.

Raúl se encargó de preparar la música de la ceremonia y, aunque el entendido en la materia es él, juró que la orquesta formada por un montón de caras amigas y queridas, me sonó a gloria. En serio, escuchen este fragmento de la Serenata nocturna de Tchaikovsky y díganme si no la colocarían en su lista de verdaderas razones por las que merece la pena vivir.

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Por lo demás, tuvimos el honor de dejar la música del cocktail y parte de la barra libre a unos que hablan el idioma de los vinilos. Los chavales de ZOLLO… Y no sólo fue un acierto, sino que fue un exitazo… Bailaban tanto mis atractivas y pretendidas amigas otrora solteras, como mis tías las de Archivel, con sus 70 años a sus espaldas; que hasta se atrevían a sacar a la pista a respetables Señores que fumaban puros.

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Después; el de los 70´, el cuñado y el resto de amigos de El Último Mono, desenfundaron baquetas y pedales y se marcaron una de versiones de clásicos de viejunos, para mi gozo más absoluto.

Tan bien lo pasábamos que se nos olvidó el baile nupcial; y eso que había conseguido que el de los 70´meneara el esqueleto y, ni más ni menos que el mismo, que tiene las estructuras óseas encajadas, se había atrevido a apuntarse a clases de baile y nos habíamos ensayado un rock n roll. No me perdonaré nunca haber dejado pasar la oportunidad de verlo ponerlo en práctica ante nuestros comensales…

 Ese día fue una Fiesta, una Verbena…  Tanto que mis amigas pudieron perdonarme que les hiciera vestirse del mismo color; tanto que mi madre, sin una gota de alcohol en sangre, prendiose del cuello de sus hijas y de su marido para gritar en tono frenético “somos una piña, somos una piña”…

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Y para los momentos de oscuridad, guardo el gesto desencajado de Raúl cuando avanzaba hacia él por el pasillo de la Iglesia; guardo el abrazo de mi hermana cuando le entregué el ramo en palabras de Anthony and The Johonsons; las lágrimas de Ester cuando le emulé mi escena favorita de Love Actually; las confesiones de la cracker a las 4 de la mañana; y sobre todas las casas, guardo el último baile en brazos de mi padre, mientras la banda cantaba My Way… La misma canción que le hacía llorar desde su adolescencia.

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PD.- Las maravillosas imágenes del día fueron obra de los chicos de Bigote Verde!! Les dejo el enlace del vídeo resumen que prepararon y que estuve reproduciendo en bucle durante semanas…