4 bodas y… pare Usted de contar!

Viva el amor en sus múltiples expresiones y celebraciones..!

Podría enumerar media docena de razones por las que me gustan las bodas. Y me refiero a razones de verdad… Nada que ver con que las bodas sean manifestación ceremonial del amor entre dos, o que te contagien de felicidad u otras pamplinas similares.. 😉

  1. Me gustan las bodas porque son una oportunidad para comer y beber bien. Y, además mucho, y sin remordimientos. De hecho, poder comérselo todo en una boda es un mérito que encuentra unánime aprobación social.
  2. Me gustan las bodas, especialmente desde que nació mi hijo, porque el de los 70´y yo no tenemos “demasiado” tiempo para salir con amigos; bailar, y hacer payasadas de tipo adulto (hablar con voces muy agudas o muy graves o imitar sonidos de distintos tipos de maquinaria sí entra entre nuestras actividades cotidianas). Las bodas son nuestra oportunidad para irnos de farra.
  3. Me gustan las bodas porque me gusta la moda; los atuendos de las novias y los novios; de las invitadas o invitados… Los zapatos, las carteras de mano; los sombreros, pamelas, tocados… A falta de “front rows”, buenas son bodas.
  4. Me gustan las bodas porque disfruto de tomarme tiempo para arreglarme. Chapa y pintura integral. Depilación, peluquería, maquillaje, vestido, bolso, zapatos… Desde que nació El Leñador mis tiempos de autocuidado y acicalamiento se han reducido al absurdo; al absurdo de cinco minutos para aplicar el agua micelar y la crema hidratante. Cuando tenemos boda, reservo dos horas de reloj sólo par mí y mando al Leñador con cualquiera de sus abuelas o con su padre o, en caso de no ser posible, me hago la loca mientras lo veo meter la uña del dedo índice en mi pintalabios rojo y practicar el impresionismo en los azulejos del baño.
  5. Me gustan las bodas porque, en algún momento y de repente, el de los 70´y yo somos capaces de mantener una conversación de adultos en un mismo espacio y en un tono de voz prudente; sin interrupciones, llantos o distracciones y rejuvenecemos y comprobamos felices que nos veníamos comunicando y comprendiendo, aún sin hablar.
  6. También me gustan las bodas porque no sabéis quién es el de los 70′ con tres copas encima. Show del bueno.

También existen unas cuantas razones por las que me echo a temblar cuando se acercan; sobre todo cuando se acumulan en un breve periodo de tiempo:

  1. Las bodas suponen un gasto de la unidad familiar absolutamente desestabilizante. No solemos tenerlo tan presente como el IBI o el seguro del coche y es cada vez mayor… Todos gastamos muchísimo dinero en bodas. Los novios, los invitados… Nosotros, en los últimos dos meses, hemos tenido cuatro… Y con el dinero que hemos gastado en las bodas (por diversos conceptos) podríamos habernos pegado unas vacaciones.He de reconocer que, por lo general, me gustan más las vacaciones que las bodas.
  2. Los tacones. Aunque soy fan incondicional de Carrie Bradshaw y tengo especial fijación con los zapatos en general y los tacones en particular, desde que soy madre, cada vez los uso menos y, cuando lo hago, cada vez en alturas más accesibles y hormas más cómodas. Lo de pasar más de 7 horas subida en 11 centímetros de tacón me genera gran desasosiego.
  3. Las bodas se engullen los fines de semana. Como ya sabéis, en esta casa los WEEKEND WEEKEND son sagrados, intocables; la razón de nuestra existencia, los once millones del once del once de la ONCE…Cuando tienes una boda un fin de semana (o dos, como nos sucedió el último mes), se esfuman sin tiempo siquiera para olerlos…
  4. Por último: Ir de boda con una preñez considerable como la que luzco es una faena por tres razones fundamentales: Si eres un poco “neuras” como yo, no puedes comer jamón ibérico del bueno (no se si después del comunicado de la OMS el negocio de los cortadores de jamón en las celebraciones matrimoniales va a sufrir un varapalo); no puedes beber y te cuesta menos percibir lo ridículos que estamos a cierta edad bailando como si no hubiera mañana y, por último y la razón última de este post: ¿Qué narices te pones?? (ya sabéis como me las gasto con los preámbulos).

Pues sí, todo este rollo macabeo en torno a los “weddings days” para contaros que en estas últimas cuatro bodas he encontrado muchas dificultades para vestirme sin provocar un genocidio en nuestra economía; y, como finalmente conseguí lucir aceptable, he pensado compartir con Ustedes cómo lo hice, por si a alguna en “tamaña” situación, le pudiera servir.

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Para la primera de las bodas, rescaté del armario un vestido que debe tener unos 9 años. Es de zara y tiene un corte recto pero holgado, un sólo hombro y manga de murciélago. Como es negro, siempre le da un punto de vestir. Le puse un cinturón dorado para marcar la barriga y evitar parecer una mesa camilla; lo combiné con zapatos dorados tipo salón de MEMBUR y bolso caja de mano, también de zara. Para por la noche, cuando refrescaba, me puse una chaqueta que me compré asesorada por el gran “personal shopper” que es mi esposo y que, la verdad, me lleva dando juego un montón de años.

No fue a la pelu. Un poco de plancha y un maquillaje con los labios rojos (qué me gustarán a mí unos labios rojos!).

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Éstas no son las imágenes que corresponden realmente a una de las últimas bodas de Septiembre (son de una boda que tuve allá por el mes de Junio) pero en ésta última no hice muchas fotos, y en las que muestro, se aprecia mejor el vestido.

Es un vestido amarillo de “Les Madmoiselles” que compré hace al menos 5 años y que me gusta muchísimo. Además, como tiene un corte capa con un tejido con mucho movimiento y desigualdades en el bajo, favorece mucho, incluso con una barriga grandota. Lo combiné con cartera de mano plateada y los zapatos de mi boda.

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De la tercera boda, no tengo fotos, así que, omitimos ese look.

En la cuarta y última; en la que se casaba una gran amiga mía, decidí estrenar y me compré este vestido que fue ideal para mi estado. Me peiné con un recogido bajo y combiné con complementos en color vino que me parecieron muy otoñales. El maquillaje también lo construí sobre labios granates.

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En un lado del recogido, puse unas flores secas que apenas se aprecian.

Y así es como salí airosa de las cuatro bodas… Y, porque si no hago la gracia, reviento: Casi me cuestan un funeral (ja; ja; ja)

La calidad de las imágenes es pésima, I know, pero son fotos de ascensor…

PD.- El Leñador sí que estaba radiante!!

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EMBARAZO #2: PRIMER TRIMESTRE

Hace tiempo que vengo queriendo escribir acerca del primer trimestre del embarazo. Para ser más precisos, del primer trimestre de MI embarazo; pero la verdad es que hasta ahora, por “h” o por “b” (a mi madre le encanta esta expresión) no he podido. Entre que me falta tiempo y que, cuando lo tengo, me apremia la necesidad de desahogar mi frustración con la burocracia administrativa, me he metido en  la mitad del embarazo sin darme cuenta.

A modo de conclusión: El que inventó la expresión de que querer es poder andaba un poco perdido. No siempre querer es poder. No siempre; no en todo. Por más que en este momento quiero estar tumbada en una hamaca en las Bahamas con un daiquiri en la mano, oye! Que no puedo.

Pero finalmente aquí estoy (no en Las Bahamas), con la intención de desenterrar de mis recuerdos recientes cómo me sentí durante esos primeros meses de mi embarazo.

Como ya contara alguna vez, este embarazo está siendo sustancialmente diferente al primero. Igual de feliz pero notablemente menos entusiasta, menos consciente y mucho más cansado, y no tanto por lo que respecta a síntomas físicos (éstos la verdad es que me recuerdan mucho a los que me provocó mi primer embarazo), sino más bien en cuanto a mi actitud y, por su puesto, a las circunstancias en las que lo estoy viviendo.

En cuanto a mis primeros síntomas, mis pechos son los que me ponen en alerta. Están muy sensibles y siento una especie de picor/escozor en la zona de las areolas.

Pero sin lugar a dudas el signo inequívoco y absolutamente insoportable que me confirma mi situación gestante es el CANSANCIO EXTREMO. Agotamiento superlativo;  extenuación total. No estoy exagerando en absoluto. No sé si a las demás les pasará algo similar, pero yo, durante los tres primeros meses de embarazo, ando arrastrándome por la vida.

Pasada una hora y media o dos desde que me levanto de la cama por la mañana, se apodera de mí un sueño invencible.

Tanto en mi primer embarazo como en éste he estado trabajando para mí misma, por lo que he intentado llevar un ritmo lo más parecido posible al de costumbre. Creo que lo he conseguido, no sin daños colaterales.

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Sin embargo, con mi primer embarazo, cuando llegaba a casa a medio día comía junto a mi marido haciendo grandes esfuerzos por mantener los ojos abiertos y, después, me acostaba a dormir en la tranquilidad de mi hogar de dos… Me estremezco de placer de recordarlo, en serio.

Con este embarazo el cuento ha cambiado bastante. Después del trabajo tengo que recoger a mi hijo, llegar a casa, preparar la comida, dormir a mi hijo (sí, mi hijo jamás de los jamases se ha dormido solo). Después de comer tocaba recoger; los platos, las ropas… Sólo algunos días, con un poco de suerte, podía rascarle 20 minutos a la siesta antes de que el Leñador se levantase vociferando MAMÁ!!. Por supuesto, aquellos días en los que madre o suegra nos acogían en su mesa, aprovechaba para dormir con la puerta cerrada a cal y canto, y dejar que las abuelas atendieran a la fiera.

Del mismo modo, en mi anterior embarazo, tras mi jornada laboral vespertina, cenaba sin que nadie me robara las verduras del plato para esclafarlas por el suelo y, después de unos minutos de pacífica lectura, me dejaba llevar por el sueño más placentero.

En esta ocasión, el tiempo de mi recreo empieza una vez que el Leñador ha perdido la batalla al sueño (todas las noches tienen una lucha encarnizada), y he conseguido que mi casa no parezca recién asaltada por una banda callejera.

La verdad es que, en este sentido, si tuviera que darles algún consejo sería: DESCANSEN TODO LO QUE PUEDAN. No se hagan las valientes; dejen la casa correr. Si tiene un poco de polvo, ya lo quitarán cuando tengan más tiempo y alguna ayuda (en mi caso, aprovechaba más los fines de semana en que estaba el de los 70  para ayudarme y las abuelas para quedarse con el nene).

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Otra cosa son las temidas náuseas. La verdad es que las he acusado mucho más en este embarazo que en el anterior. Primero porque con el Leñador se esfumaron a la semana 10-11. Como por arte de magia. Por el contrario, con esta Señorita aún tengo días en que me siento como recién bajada de una atracción ferial. En segundo lugar, porque especialmente hasta la semana 15 o 16 no me las he quitado de encima en todo el día: Por la mañana, por la tarde… Hasta me despertaba a veces en mitad de la noche para volar hasta el baño.

La mayoría de personas en esta situación me aconsejaba comer “algo” cuando las sentía, pero era peor el remedio que la enfermedad: Yo en el embarazo NO SE COMER ALGO. Yo en el embarazo como hasta que agoto el espacio de mi aparato digestivo; como tanto que después de comer me encuentro mucho peor. No miento; yo sólo evitaba las náuseas cuando estaba comiendo, en gerundio; mientras estaba saboreando los deliciosos alimentos que engullía. En cuanto terminaba, hinchada y sobrealimentada, tenía un espantoso dolor estomacal.

En esto, como en todo, he intentado aprender algo y, si a alguna de ustedes les sucede lo mismo, les animo a que no desesperen y traten de poner en práctica lo de las muchas comidas poco cuantiosas. Yo lo he conseguido en gran medida. Por las mañanas desayunaba y almorzaba (algunos días, dos veces), a medio día trataba de limitar la comida que ponía en el plato (soy consciente de que no tengo voluntad para poner punto y final si la comida está en el plato, pero si no lo está, me intimida traspasar la barrera de “repetir”) y la acompañaba con fruta o yogourth para tener más sensación de satisfacción. Merienda y cena temprana, por si antes de acostarse era necesario recurrir a la infusión, la leche o la pieza de fruta.

Además del cómo, está el qué y si, como pueden adivinar, no soy ejemplo a seguir  en muchos aspectos de cuidado personal, en lo que respecta a la buena alimentación no tengo (casi) nada que reprocharme. Y no es que me esfuerce; es que con el embarazo y la lactancia me vuelvo un poco ortoréxica. Evidentemente no se convierte en una obsesión ni nada por el estilo, pero siento el deseo de alimentarme bien: Comer mucha verdura (sobre todo en las cenas), muchísima fruta, beber mucha agua, comer pescado, carne… Apenas doy cabida a la comida basura y el dulce no está entre mis deseos o antojos.  A mi me tienen ganada los berberechos y los encurtidos… Totalmente (modo salivando “on”).

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Harina de otro costal es el aspecto emocional. Todo el mundo sabe que el embarazo supone una revolución hormonal sin precedentes. Sin duda, así es. Pero en mi caso, si el anterior embarazo me colocó al borde de la bipolaridad (llantos, risas, histerias, muchos enfados, inseguridades varias…) en éste, he adoptado una actitud mucho más ZEN.

Apenas me puedo creer que haya desarrollado las dosis de paciencia que empleo con mi hijo y con el de los 70´(que, en muchas ocasiones, parece más mi hijo que mi hijo). Pero, especialmente, no me puedo creer la paciencia que tengo conmigo misma.

Por supuesto no me resisto a la sensibilidad extrema y, sinceramente, no veo las noticias porque termino llorando y hasta no consigo conciliar el sueño.

Como seguramente las no mamás que hayan sido tan amables como para leerme, estarán replanteándose todos sus deseos relacionados con la procreación, les diré que, por otra parte, pese a todas las molestias y las incomodidades (que son muchas, al menos en mi caso), el estado emocional que provoca la conciencia de estar gestando a tu hijo no tiene parangón. Es único, revelador y muy emocionante.

Además, bien asentada ya en el segundo trimestre, el prisma cambia sustancialmente… Todo es mucho mejor… Ya les contaré.

PD: Te quiero

Antes de que huyan despavoridos de este blog, déjenme decirles que no pienso hacer una reseña sobre la peli de LaGravenese. Aunque, ya que lo he mencionado, no me resisto a contarles que me incomodan las películas que falsean las respuestas emocionales humanas a los acontecimientos vitales de gran impacto, endulzándolas con elementos cómicos (como amigas feas y graciosas), ambientes navideños o de Acción de Gracias (con niños cantando villancicos), o una historia de amor forzada e innecesaria (a muchos les parece que las mujeres, especialmente, no podremos reponernos del todo de las circunstancias trágicas de nuestra existencia si no conocemos a un hombre muy hombre).

No. En este post quiero pedir perdón y hacer una declaración de amor.

Y, aquí está:

Te pido perdón por todas las veces en que te he mostrado mi desprecio como si no valieras nada.

Siento haberte culpado en tantas ocasiones de mis miedos e inseguridades. Siento haberte señalado con el dedo pidiéndote explicaciones y haberte deseado cambiar por otro, casi cada día. Siento haberte mirado unas veces con furia y otras con pena sin apreciar tu asombrosa capacidad; tu valía y tu inestimable ayuda en cada instante de mi vida.

Durante varios años no quería saber mucho de tí y, cuando me encontraba contigo de frente, sólo era capaz de vilipendiarte y maldecirte. Tan enfadada llegué a estar contigo que no dudé en maltratarte y ultrajarte.

Aunque esa reacción no me duró demasiado y, en cierta manera te acepté (incluso alguna vez me sorprendí estimándote) nunca he sido del todo justa contigo.

Y un día, tú, con toda la humildad del mundo, te me descubriste ante los ojos transformándote y, de una forma asombrosa, fascinante, me brindaste regalos de incalculable valor. Te convertiste en parte decisiva de mi proyecto más ambicioso; del más difícil.

Y, a partir de ese momento, caí en la cuenta de que debía y quería cuidarte sin exigirte, y que era más importante valorarte que venerarte o ensalzarte. Me enseñaste tus verdaderas utilidades y me maravillé con tus destrezas.

Te ensanchaste y creciste para darle cabida a nuestro hijo; creaste un mecanismo para alimentarlo mientras él aún no podía comer, y levantaste un lazo de piel y celúlas entre él y yo. Te preparaste para alumbrarle y te abriste, te desgarraste y, aún así volviste (casi) a la normalidad.

Antes de que el Leñador abriera los ojos, habías creado su alimento y lo hacías brotar como un resorte al sonido de su llanto, al olor de su piel o si te conmovías con su sonrisa.

Y mira que sigues sin gustarme del todo. Incluso menos que cuando tanto te odiaba… Cada año que pasa me descubres nuevas miserias y deficiencias; taras y daños.

Ya no es sólo que los pechos no estén tulgentes y hayan cedido a la fuerza de la gravedad, ni que el vientre haya perdido firmeza y los muslos se me junten cada vez más en su nacimiento. Ya no es sólo que cuando me río los ojos se me arruguen. Resulta que también tengo joroba, y varices, y callos, y durezas en los pies y se me cae el pelo, y bajo el cuello piel flácida… Y miles de cosas más que sabes que no me gustan.

Y no te engaño ni me engaño: Me encanta mi cuerpo y mi imagen; me encanta mi físico.. Sabrías que no es verdad… No te has caído de un guindo. Eres consciente de que cambiaría mi culo por el de Giselle Bundchen sin pestañear; que me gustaría tener el pelo de Jessica Chanstain, los ojos de Angelina Jolie o los labios de Scarlet Johansson.

Pero contigo aprendí que no se trata de eso.. Sino de atender a tus prodigiosas ocupaciones. Ahora casi todos los días comprendo que tus fines son otros más altos que los de gustarme y gustar a nadie y, por todo lo que haces, por todo lo que eres, te quiero incluso aún con las miserias que me muestras.  Y, aunque me ocupo sin preocuparme de sacar el máximo rendimiento a tu aspecto, de que luzcas bonito; no me olvido de quién eres.

Y hoy por hoy vuelves a ensancharte y a crecer, y volverás a abrirte y desgarrarte, y seguramente, cuando termines el proceso, todavía me descubras más de tus sombras, de tus lacras y de tus vicios, pero serán ya dos los que me hablarán de tus proezas.

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No se qué tendrá

No se qué tendrá la ecografía de las 12 semanas que me deja como si me hubiera metido entre pecho y espalda 5 chupitos de Jägermeister.

Recuerdo el momento en que me enteré de que estaba embarazada de nuevo. Empezaba a intuirlo aunque apenas tenía un retraso de un par de días, porque me encontraba bastante abatida y extremadamente sensible, así que fui a la farmacia y compré un test casero de embarazo.

No quise decirle nada al de los 70´. No estoy segura de si tenía miedo a que la idea le ilusionara y, finalmente quedase en falsa alarma y astenia primaveral, o todo lo contrario; que no le entusiasmara en absoluto convertirse en padre por segunda vez…(sobre todo teniendo en cuenta que  aún arrastramos faltas de sueño que matemáticamente se han convertido en irrecuperables, salvo que la ciencia logre aumentarle unos 20 años más a la esperanza de vida de occidentales del montón…)

El caso es que me lo callé. Compré el test una tarde de Miércoles y decidí esperar un par de días para garantizar su fiabilidad. La espera me duró hasta el Jueves por la mañana; concretamente hasta las 6:00 am – No sé guardar un secreto (a no ser que sea de los íntimos y privados, en ese caso me vuelvo TutanKamón, o que pertenezca a la esfera profesional, ahí soy puro silencio, como Bisbal) ni disimular una sorpresa o fingir en una broma colectiva.

Me levanté sigilosamente hasta el baño y tras el pipí, esperé con impaciencia los 30 segundos que tarda el chisme en desvelarte la incógnita. En serio, no sé por qué en las películas lo convierten en una interminable espera en la que los progenitores se pelean, se reconcilian y se vuelven a pelear… En menos de 30 segundos el “líquido” empieza a reptar por el aparatejo y, al punto, se puede intuir si la segunda rayita va tomando color.

Cuando lo confirmé, entré en la habitación y le rasqué un pie al de los 70´que remoloneó un poco pero reaccionó rápido al verme inmóvil a los pies de la cama con el gesto retorcido, expectante y contenido; sin saber si llorar o reir o gritar o correr…Ignorante del todo preguntó con voz gangosa y los ojos entornados -¿Qué pasa?- y, susurrando, contesté: – Estoy embarazada, hombre de los 70´-(en realidad lo llamé por su nombre; es una licencia literaria). En estado de seminconsciencia pegó un salto de la cama y me abrazó durante un segundo. Después comenzó un baile muy gracioso y ortopédico que me encantaría describir con más detalle pero que no puedo porque condenaría esta entrada a la censura más despiadada.

Parece un momento bonito, ¿verdad?

Pues desde ese día hasta hoy mismo mi segund@ hij@ desapareció prácticamente de nuestras vidas y nos recordaba su temprana existencia únicamente con las náuseas espantosas que me acompañaban todo el día; el cansancio extremo que se apoderaba de mi después de comer y una bipolaridad afectivo-emocional que me tenía tan pronto cantando a la vida como sumida en la desesperanza más profunda…

Para ser sincera, hasta hoy, en el fondo de mi ser me preguntaba si sería capaz de querer a un niñ@ que venía sin ser inesperado pero que nos pillaba por sorpresa… Recuerdo que con el Leñador los 9 meses fueron como ir saltando por un paisaje campestre con una cesta de mimbre y un cielo muy azul… Me acariciaba la panza a todas horas, planeábamos y fantaseábamos con nuestro retoño; todos, propios y ajenos se interesaban por mi salud y la del primogénito… Les diré que incluso ayer, después de haberlo tenido que recordar como 20 veces, aún el de los 70´había olvidado que hoy nos tocaba la ecografía del primer trimestre…

Ni miraba escaparates de bebé ni leía en internet sobre el toxoplasma gondii, ni buscaba blogs de embarazadas, ni me empollaba en qué consistía el método montessori.… Pobre criatura!!

Hasta hoy.

Hasta ese momento en que en la consulta de tocología me han puesto el “brazo” del ecógrafo viscoso sobre el vientre y se han dibujado en la pantalla, perfectamente definidos, una cabeza, un tronco, unos brazos y unas piernitas que se movían en círculos… El ginecólogo ha conectado el sonido y, de repente, el estruendo fuerte y decidido, constante y vital del corazón de nuestro bebé latiendo: Toc Toc Toc Toc… No he podido contener las lágrimas… Asombrosamente las mismas, igual de intensas, que las que me sorprendían hace unos dos años cuando el que estaba ahí era el Leñador.

Y la verdad es que no hay otra ecografía (ni siquiera la de 3d en que ves a tu hijo como hecho en cera) que me cause mayor emoción que ésta. Me hace caer en la cuenta de que lo que estoy albergando es, o será mi bebé…

Nos han confirmado que todo parece ir en orden y esa es la mejor noticia.

Me temo que para saber el sexo del susodicho aún tendremos que esperar un poco, así que, ánimo, hagan sus apuestas!!!

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Habrá que añadir unas nuevas…