Decidme en el alma ¿Quién levantó los olivos?

Andaluces de Jaén, 

aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

Por supuesto: Miguel Hernández.

No era Jaén, sino Zurgena y, aunque unos más que otros, muy hechos a la recogida de la oliva, no estábamos.

A pesar de todo hemos disfrutado bien del día de campo. Especialmente uno que yo me sé, que ha terminado con tierra hasta en el pompis.

 

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Menudo perfil…

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La guinda del pastel la han puesto una sopa de picadillo y un puñado de tortas fritas con chocolate.

Feliz semana Navideña a todos y todas.

 

DE LA CONCILIACIÓN Y OTROS FANTASMAS

La verdad es que no quiero ser cansina.

O estoy inmersa en un mundo paralelo de madres, horarios, quejas, niños, noches en vela y sueños daneses, o realmente el debate sobre la conciliación de la vida laboral, y personal y familiar está absolutamente de moda. De actualidad. Rabiosa. Porque apenas se escuchan voces amables al respecto.

Aunque “ardo en deseos”,  por lo de no querer ser demasiado cansina, no voy a hacer un discurso general de lo trasnochado de los planteamientos conceptuales que soportan todo nuestro enfoque respecto del trabajo, como parte esencial de la vida de las personas. Permítanme únicamente apuntar que, como de costumbre, partimos de la tendencia a sofocar en oposición a la de favorecer; de imponer en vez de motivar, o de costreñir, en vez de razonar.

¿Acaso tiene algún sentido que aún los empresarios asuman ejercicio de poder de dirección en base a la información que recaban de los sistemas de control de horarios y resulten ajenos a las cotas de productividad, o de satisfacción de los clientes?

Tampoco quiero ser cansina con Dinamarca o Suecia, pero ¿Cómo no tenemos claro ya que ofrecer a las personas tiempo libre, de ocio y recreación personal, de dedicación a la familia y a la sociedad.. mejora el rendimiento personal en todos los aspectos?

Bueno, reiterando, como no quiero ser cansina ni repetirme como el “ajo” en un debate que está bastante explotado y manido, les voy a contar una historia:

Mi historia comienza el pasado Lunes, 26 Octubre y abarca hasta apenas ayer mismo.

Soy madre y soy autónoma, Y NECESITO AYUDA. (Les ruego que imaginen una reunión de personas en círculo, con gesto preocupado y andar pesado y a mí, dirigiéndome al resto con resignación y cierto abatimiento).

Generalmente, desde que nació mi hijo Raúl, he tratado de trabajar sólo por las mañanas para poder dedicar la tarde a pasar tiempo con él. Por obligación y, sobre todo, por convicción. Porque ya me parece demasiado que desde su más tierna fase de cachorro tenga que pasar 5 horas diarias en la guardería; porque creo firmemente que la educación de los hijos corresponde a los padres; que proporcionarles cada día cariño y afecto, enseñarles cómo nosotros hacemos las cosas y también otras formas de hacerlas, interactuar con ellos; llevarlos de la mano; leer cuentos; jugar a hacer carreras; tomar una merienda juntos; cantar canciones, pasear; mirarles a los ojos y que sepan que estamos ahí los primeros, porque somos lo primero en sus vidas embrionarias; decirles que NO, mostrarles que sus actos tienen consecuencias; indicarles que los errores pueden corregirse y, si no, que pueden enseñarles…Porque pienso que todo eso es la labor más importante que tenemos entre manos los que somos padres; y porque de esto, en alguna medida importante (según los científicos) depende mucho quiénes sean esos nuestros hijos en el futuro.

Por supuesto tengo que decir que me lo he venido pudiendo permitir. Supongo que hay personas que, por sus circunstancias, no tienen la posibilidad de siquiera pasar unas horas al día con sus hijos. Esto es una cuestión de Estado. Un error de nuestro Estado que obvia de forma flagrante la importancia que tiene la educación de los niños cuando son pequeños, y la necesidad de proteger a la familia como núcleo social básico en que una persona crece y se desarrolla. Éso sí que afecta verdaderamente al mandato constitucional de protección a la familia y no otras extravagancias…

Por suerte, en este sentido, soy autónoma y no dependo nada más que de mis clientes, de manera que con altas exigencias de rendimiento y con planes organizativos que ya los hubiera querido el III REICH para sí; he venido pudiendo organizarme para, más o menos, y restando jornadas de ocio a los fines de semana, concentrar mi horario hasta las 4 de la tarde, como mucho.

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Sin embargo, lo cierto es que, por desgracia paradójica, soy autónoma. No gran empresaria, no. Autónoma. Abogada autónoma para ser exactos. Con una estabilidad económica incierta y voluble; con una cantidad de gastos indecente y con responsabilidades que no dejan de envolverte por más que apagues la luz del despacho y llegues a casa.

Y, en ésas estaba yo este mes, cuando se me acumularon muchos, muchos plazos, varios señalamientos y trabajo al que dar salida con el cronómetro de mi embarazo a pleno ritmo.

Y no es que estuviese pretendiendo hacerme de oro, no. Es que en esta profesión a veces esto pasa. Los Jueces y Tribunales del país se reúnen en un avión como los miembros del Club Bilderberg y deciden, todos a una, señalar en las mismas fechas; emplazar con los mismos términos… Y quizás, desde el punto de vista económico, sea el mes más desastroso de la historia y, con suerte, pagues los gastos del despacho y la cuota del autónomo.

Y empecé a trabajar de Lunes  a Domingo; por la mañana y por la tarde. Desde las desoladoras 7 de la mañana y hasta las oscuras 9 de la noche.

Y mi hijo no podía estar conmigo. Y tenía que estar en la guardería, y con los abuelos, y con los tíos… Y, vaya por delante, que con todos ellos está genial. Pero no se puede quedar atrás que ME ECHA DE MENOS. Mucho. Tanto que cuando vuelvo a las 9 no puedo despegarlo de mi cuello De forma intermitente me asfixia en abrazos y achuchones, y me castiga con negativas y desdenes… Está contrariado y confundido.

 Y así, pasó la primera semana hasta que, desbordado por la situación y aquejado de un resfriado, se plantó. Y se plantó de la única forma que le es factible: Llorando y llorando y reclamando a mamá… Y lo hizo en un momento en que mamá no podía estar. Y llegó la noche; y después de acostarme a las 12 trabajando, él a las dos dijo que se acabó lo que se daba; que no quería dormir más si no era en mis brazos. Y lo hizo esa noche, precisamente la noche que precedía a un señalamiento que se presumía largo y tenso, en los Juzgados de Murcia.

Veía pasar las horas del reloj (las 3, las 4), y veía como se acercaba de forma incorregible la hora en que el despertador tendría que sonar (que no era otra que las desoladoras 6 de la mañana) , así que la ansiedad y el desasosiego se apoderaban de mí. Y cada vez era menos capaz de reaccionar con paciencia y entendimiento. En mi mente se mezclaban las preguntas de los interrogatorios y los gritos de mi hijo mientras su padre trataba sin éxito, de consolarlo para que yo durmiera un poco.

El de los 70´también se agitaba ante el rechazo que cada gesto suyo provocaba en nuestro hijo, y perdía los nervios y las maneras; y el Leñador lloraba más y más.

Al final todos en pie, desde las 3 de la mañana. En el salón; en el sofá. Derrotados. Raúl padre frustrado al verme extenuada y no tener solución; Raúl hijo por fin tranquilo entre mis brazos y yo, rendida ante la naturaleza misma, con muchas ganas de llorar y con una pregunta que me rondaba una y otra vez: ¿Qué estamos haciendo?..

 A las 7 de la mañana me metía en la ducha mientras mi hijo daba golpes en la puerta y lloraba para que volviera a cogerlo en brazos; me vestía con él agarrado a mi pierna mientras los dos llorábamos; él porque no entendía; yo, porque tampoco entendía.

Salía por la puerta de casa con rabia y tristeza a partes iguales, y me dirigía a hacer mi trabajo de la mejor forma posible, pero sin haber pegado un ojo, ni haberme siquiera alimentado.

El juicio, que empezó a las 10, acabó a las 14:00 de la tarde. 4 horas luchando por mantener la concentración y la tensión que una vista oral implica. Y acabó, y aún cuando hubo momentos en que pensaba que iba a desfallecer, mantuve el tipo y no lo acusé. Pero aún, ese día, me quedaba una tarde entera en el despacho. Hasta las 19.30. Y volvía a casa de nuevo casi a las 9 para acunar al Leñador un rato antes de que se durmiera y acostarme de nuevo para, al día siguiente,, repetir la operación. Durante otra semana más; mientras mi hijo se despertaba entre tres y cuatro veces todas las noches.

Al final, mi cuerpo embarazado de 7 meses dijo basta. Comencé un Miércoles con un dolor de cabeza que no me dejaba dormir, ni pensar, ni trabajar, y por más que tomaba paracetamol, no remitía. El Doctor lo tenía claro. Estrés. Yo también.

20140221_173821Y, ahora, con las aguas ligeramente en calma, me pregunto qué solución puedo dar a estas situaciones y, por más que lo pienso tampoco encuentro una respuesta.

No podemos reducir jornada, ni pedir excedencia. Los clientes no nos van a esperar un año hasta que nuestros hijos sean más mayores. No podemos conseguir permiso de lactancia ni flexibilización de horarios.. A veces no podemos ni apagar el móvil.

Pero ¿saben lo que me vendría bien? AYUDA. Más personal. Alguien a quién asignar tareas que resulten delegables. Alguien que saldría directamente de la situación de desempleo para trabajar, conmigo, ayudándome, haciendo crecer mi despacho; facilitándome el oficio, ayudándome a conciliar…

Pero lo cierto es que con los gastos que ya de por sí tengo de la actividad profesional, un nuevo gasto como ése NO ME LO PUEDO PERMITIR. O quizás un mes sí; pero no al siguiente.

Y sigo preguntándome por qué pago de cuota a la seguridad social lo mismo que quién factura diez veces más que yo; y el mismo precio de alquiler, el mismo precio de guardería, los mismos impuestos…

A alguien se le ha ocurrido que lo que los autónomos necesitamos es INCENTIVOS ECONÓMICOS??

Puesto que no podemos abandonar la empresa en la confianza de que alguien hará nuestro trabajo, por qué a nadie se le ocurre que si tenemos incentivos fiscales; bonificaciones y ayudas y proporcionalidad entre nuestras cargas sociales y fiscales y nuestro nivel de facturación, más mamás y papás nos aventuraremos a emprender; a crear negocios y empresas, a contratar más gente; a arriesgar, a crecer, a invertir, a hacer publicidad, a alquilar inmuebles, a comprar maquinaria, a tener más hijos…y…  en definitiva, A PRODUCIR.?? Y además, lo haremos más felices, más alegres y, de seguro de seguro que haremos menos gasto a la sanidad pública.

Y además de todo eso.. Estaremos en casa con nuestros hijos, les educaremos, estaremos pendientes de sus necesidades; de sus motivaciones y de sus intereses, lo que nos servirá para orientarlos, para guiarlos, y  haremos decrecer la bochornosa tasa de fracaso escolar.

A ver si esto llega a los Sres. Rivera e Iglesias y hacen una propuesta que me convenza… A los otros, ya los tengo calados.

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RABIETAS

Ha llegado el momento. Hemos iniciado esa fase. Estamos en ese punto. Inexorablemente; irremediablemente.

El Leñador venía advirtiéndonoslo dese hace unos meses con pequeños y aislados episodios de tiranía; de imposición iracunda de su voluntad que, no obstante, su padre y yo podíamos sosegar y contener con relativa comodidad y sin demasiados daños colaterales.

Pero ahora, a estas alturas, con casi dos años de absorción imparable de conocimiento y estrategia, y de carnes blandas en su muslamen, El Leñador coge rabietas… Y gracias al Cielo diré que son contadas; me aventuraría a decir que anecdóticas.. Sin mucho volumen de voz, porque no se si su esporadicidad responde a que nos vamos a librar de esta fase casi airosos, o que la misma no ha hecho más que empezar.

He de reconocer que, como primeriza, mi estreno en esta situación de tensión nunca antes vista, ni siquiera en las más agresivas de mis experiencias profesionales, me hizo llorar de desesperación.

Era una tarde como otra cualquiera… Mi pequeño debía tener el día revuelto porque estuvo bastante difícil toda la tarde. Me refiero a que me costaba más de lo común conseguir entenderme con él.  Cuando tiene estos días, trato de no alarmarme ni desquiciarme aunque, como humanísima que soy, en muchos momentos me siento al borde de pegarle un puntapié a la paciencia.

Respiro y pienso que yo también tengo días malos. ¿Por qué no los va a tener él?; así que trato de dejarlo a su aire, actuando de contenedor de sus frustraciones y no interviniendo demasiado.

Pero hacia al final de la tarde; después de conseguir con asombrosa dificultad y con varios kilos de paciencia, que recogiéramos juntos las pinzas de tender para guardarlas en su sitio… Le propuese amorosa: Cielo, ahora deja el cestillo en el mueble que vamos al baño!.

El pequeño Leñador me miró desafiante y sin retirarme la mirada vació de nuevo el cesto de las pinzas en el suelo.

Respiré de nuevo apretando los dientes y le dije con firmeza pero con toda la dulzura que pude rebuscar en mi interior: Muy bien, Raúl, pues ahora, tendrás que volver a recogerlas.

Me contestó raudo y tajante: NO. Así que le contradije: SÍ. Traté de explicarle que para irnos al baño, antes teníamos que recoger las pinzas. Siguió negándose, así que traté de darle espacio y le indiqué que cuando le apeteciese recoger las pinzas, me lo dijera, que le ayudaría y que, entretanto, yo iba a fregar unos platos.

Me siguió y comenzó a pedir que lo tomara, así que le insistí en todas las ocasiones que estaba fregando los platos y que, antes de tomarlo para ir al baño, tendríamos que recoger las pinzas.

Después de más de media hora de lucha dialéctica, me dijo: “Mamá, pinzas”, así que le sonreí, lo cogí gustosa de la mano y me dirigí con él hacía donde las pinzas amenazaban desde el suelo. Me pidió que “Mamá primero”, así que comencé a meter las pinzas en el cesto, hasta que cuando había recogido casi la mitad, cogió el cesto y volvió a tirar todas las pinzas que yo había guardado.

Cómo les diría que le habría gritado; quizás tampoco era uno de mis días. Conseguí contenerme; dejé el cesto en el suelo y volví a decirle con un tono de amabilidad absolutamente impostado, que tendría que volver a recoger las pinzas. Me fui a lo mío.

Hasta en tres ocasiones más me pidió que le ayudara a recoger y volvió a tirar el cesto de las pinzas, hasta que, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, le dije: Raúl, ahora tendrás que recoger las pinzas tu solo, porque ya no confío en que vayas a recogerlas.

Había pasado casi una hora. De hecho, habíamos alcanzado la hora en que él suele irse a dormir y, sin embargo, estábamos aún sin bañar, sin cenar y con todas las pinzas por el suelo.

Dudé, dudé como dudo cada día, cada hora, cada minuto acerca de qué debía hacer; ¿recoger las pinzas?, ¿gritarle? ¿castigarle de algún modo? ¿tomarlo y abrazarlo?. Dudé entonces como sigo dudando ahora de si en ese momento y en tantos otros, hice lo mejor; pensé en qué opinaría mi madre, mi suegra, mi marido, la vecina del quinto; esa mamá del parque que tiene ocho hijos y parece siempre tan tranquila…

Y al final, me reconforté pensando que éramos mi hijo y yo, en una situación complicada; y que nadie mejor que yo lo conoce y que, lo que hago, bajo la dirección de mi instinto, es lo que considero que mejor funciona con mi familia. Así que volví a los quehaceres tratando de mantener conversación con él y recordándole, en algunos momentos, que las pinzas esperaban que las recogiera. Que una vez estuvieran en su sitio, lo tomaría para llevarlo al baño.

Unos veinte minutos más duró su obstinación. Finalmente; después de una hora y media desde que empezó el duelo, se quedó unos segundos mirando fijamente las pinzas y comenzó a recogerlas una por una… Sentí alivio; sentí sosiego… Ya me había planteado seriamente que no recogería las pinzas.

Después alzó las manso hacia mi y me pidió que lo tomara con evidente entusiasmo.

Pese a que estaba cabreada; por lo “cabezota” que había sido, por la situación que acababa de vivir y porque me sentía contrariada, inexperta, insegura., decidí pasar página completamente; disfrutar del momento del baño como si nada hubiera pasado y buscar con El Leñador esa complicidad nuestra que tanto nos alegra la vida.

Creo que ambos aprendimos cosas del otro y de nosotros mismos en ese momento, por cotidiano que parezca; y, durante un par de días, cada vez que Raúl entraba en mi habitación, me recordaba que había recogido las pinzas…

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PD.- AVISO A NAVEGANTES: Este post únicamente tiene como intención relatar una vivencia personal respecto de la vida cotidiana con mi hijo de dos años. No creo que haya una única forma buena de hacerlo, ni soy capaz en absoluto de juzgar la forma en que lo haría otra persona, aún cuando fuera muy distinta a la mía. Más bien, lo que me interesa relatar, por si a algunas madres que hemos sido por vez primera les pudiera servir de ayuda, es que todas nos sentimos inseguras en muchas ocasiones y que dudamos de nuestras decisiones porque sabemos que son importantes para ellos. No pasa nada. Es humano. Lo importante es hacer lo que uno considere más apropiado con su familia; en función de sus circunstancias y condiciones. Siempre que no se dañe al otro, cada familia conoce lo que funciona en su casa.