SÁBADOS Y ALUMBRAMIENTOS II

Esta entrada es anterior al nacimiento de nuestra hija Manuela. No había tenido tiempo de publicarla antes, pero lo hago ahora como prrludio de la experiencia reciente. A ver si los fierecillas me dejan un rato para sentarme!

Como lo prometido es deuda, y mientras puedo saldarla, voy a finalizar la historia del día en que el Leñador conoció el mundo por primera vez.

Me quedé por el momento de entrar al paritorio.

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Creo que fue éste en el que las matronas se dieron cuenta de que se habían pasado con el chute de epidural, porque no pude ayudar NADA EN ABSOLUTO a trasladarme a la camilla. Ni siquiera apoyar la pierna sobre la cama con fuerza para facilitarles a ellas el trabajo. La misma historia sucedió de la camilla al potro.

Y, como digo, empezaba la hora más dura del parto para mí. No tenía dolor. Nada de dolor en absoluto. Estaba completamente dormida de cintura para abajo; sin embargo me sentía extenuada, mareada, y no dejaba de vomitar jugos gástricos (que es lo único que a esas alturas permanecía en mi estómago).

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La matrona que me atendió durante el expulsivo (que era distinta a la que había estado junto a mi durante el tiempo de dilatación) era otro ángel del cielo y me decía cuando tenía que empujar.. Y yo, sin sensibilidad alguna, trataba de ejecutar lo que recordaba que se hace para empujar. Mi cerebro se empeñaba en dar a mis músculos las órdenes de tensionar y apretar, pero no podía comprobar que lo hacía; no podía sentir que contribuía en modo alguno a que saliera.

Al parecer algo conseguía porque la matrona, cual coach de primera, me insistía en que lo hacía muy bien y en que tenía que empujar un poco más… Pero el tiempo pasaba y Raúl no termina de aparecer. Había pasado casi una hora (yo seguí vomitando sin parar… Muy cansada) y empecé a percibir cierta inquietud en la matrona. Sentí miedo. No quería que hubiera forceps, ni ventosa, ni mucho menos quería imaginarme una césarea de urgencia y ya sólo pensaba en que Raúl estuviera bien… Fue bastante agónico.

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Al final el ginecólogo apareció por allí y observó mi último pujo. Como un león se subió sobre mí y me hizo la polémica maniobra de Kristeller: Aplicando una fuerza que me hizo gritar, apretó su brazo contra mi bajo vientre y deslizó como una pala hacia abajo.

Mucho había oído hablar sobre lo peligroso de esta maniobra y sentí miedo, aunque, hoy por hoy creo que si no lo hubiera hecho, tal vez hubiese sido necesario emplear otro instrumental…

Y no se si fue la adrenalina o qué otra bendita hormona de las que fueron muy oportunamente colocadas en nuestro organismo, pero cuando Raúl salió; cuando lo ví, cuando lo colocaron sobre mi pecho, NO TENÍA NADA…. Ni miedo, ni angustia, ni mareo, ni cansancio, ni obcecación… Fue como si yo misma hubiera vuelto a nacer. Me sentía bien. Estaba bien. Estaba feliz.

Por eso guardo un buen recuerdo del parto; porque sea como fuere, al final Raúl salió, y salió bien, y pude tenerlo durante dos horas pegado a mi pecho tras dar a luz… y esa sensación de calor húmedo junto a mí no desparece de mi piel jamás. Está incrustada.

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No obstante todo ello, esa misma experiencia es la que me ha hecho albergar el deseo de prescindir de la epidural en este parto. Pero esto es otra hitoria.

En los últimos días, la decisión acerca de si quería o no epidural, me ha venido costando demasiado estrés y ansiedad.

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La verdad es que, aunque admiro profundamente a las mujeres que encuentran algo místico en el dolor del parto y deciden, en consecuencia, dar a luz sin epidural (como un trance único y decisivo para el vagaje emocional de la mujer), el pragmatismo heredado de mi madre, me excluye de ese grupo. Pienso que si hay una opción segura de evitar un dolor tormentoso, entonces eso es una cosa buena. Sin embargo hay dos razones que me llevan a desear parir de forma natural (como dicen).

Por un lado, quiero sentir como puedo empujar; quiero empujar. Es muy agónica la sensación cuando la matrona insiste en que empujes y no tienes un carajo de idea de cómo hacerlo, o de si lo estás haciendo… Te sientes completamente inútil. Es como si no pudieras contribuir en nada al alumbramiento de tu hijo. Únicamente estás ahí, lo intentas, pero por más que lo haces, tu cuerpo no responde.

Creo que la sensación de ver cómo tu cuerpo hace su trabajo debe ser satisfactoria.

Y luego está el miedo, a que si se mantiene esa imposibilidad haya que instrumentalizar…

Por otro lado, tuve un postparto más bien malo y, tengo oído que sin epidural la recuperación es mucho más rápida.

Así las cosas, en mi interior se debaten estas razones con las que me aconsejan evitar el dolor si es difícilmente soportable.

Como quiera que no me apetece librar más este debate emocional, mi decisión última ha sido dejar que los acontecimientos se sucedan según su ritmo normal y tomar la decisión en el momento, atendiendo a las circunstancias… Quién sabe? Quizás soy de ese selecto grupo que da a luz en dos empujones… O quizás las cosas se complican, y no me queda elección.

PD- Las fotos siguen siendo del Sábado pasado

SÁBADOS Y ALUMBRAMIENTOS

No se pongan nerviosos que aún no he dado a luz, no… Tanto tiempo intuyendo que la pequeña se iba a adelantar  y, ahora, muy cerca de alcanzar la hora D, me paso el día esperando y la noche desesperando.

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Todo mi entorno ha perdido una porra sobre el día del alumbramiento, alentada por mi maternal convicción de que no llegaba ni a las 38 semanas. A excepción de mi hombre de los 70, al que le quedan apenas 7 horas para despedirse del mérito de descifrar la incógnita que tiene en vilo a propios y extraños.

Y no se si a Ustedes (madres que me lean) les sucede como a mí, pero cuánto más tiempo pasa, más visualizo y represento el momento del alumbramiento en mi cabeza. Tanto que en las últimas noches, me quita el sueño.

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Cierto que no será la primera vez… Pero, o bien tengo el recuerdo distorsionado del primero, o verdaderamente estaba más tranquila… Supongo que, al menos, sí que era mucho más ignorante. Estaba ilusionada por tener a mi hijo y no tenía ni papa de cómo era una contracción; ni una episiotomía; ni un desgarro; ni un postparto; ni las primeras etapas de la lactancia… Ni los jod.. entuertos.

He leído mucho sobre partos y he de decir que me causa bastante sorpresa comprobar como muchas mamás tienen un recuerdo tendencialmente negativo respecto de cómo transcurrió, o, al menos lo relatan con evidente tono de decepción.

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El parto de mi hijo Raúl fue, lo que se podría decir, intervenido (si es que yo he logrado entender bien lo que ese concepto significa); con su epidural; con su oxitocina, con su suero, con su antibiótico, con su episiotomía y desgarro incluidos… Y, aunque hubieron momentos realmente duros, guardo un buen recuerdo.

Con Raúl había estado manteniendo cierto descanso por amenaza de parto prematuro desde la semana 32.  Finalmente no llego hasta la 38+6.  Durante toda la semana antes de dar a luz, había estado sintiendo contracciones con cierta frecuencia y, durante determinados periodos, regulares y bastante continuadas.

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La mañana del día que ingresé (que fue el día 29 de Diciembre) comencé  a sentir contracciones cada 5 ó 6 minutos aproximadamente. No eran dolorosas pero sí las sentía con intensidad. Como era primeriza y los resultados del estreptococo habían sido positivos (de manera que mi absoluta fijación era llegar pronto al hospital para que pudieran administrarme el antibiótico suficiente), allí que me planté. En monitores comprobaron que, ciertamente, tenía contracciones bastante frecuentes pero no tenía nada de dilatación, así que el ginecólogo, después de asegurarse de que vivía a menos de 10 minutos del hospital, me recomendó irme a casa y volver cuando los intervalos entre las contracciones se redujeran un poco, o fueran aquéllas más dolorosas.

Me fui a casa y, en apenas dos horas, noté que había fisurado la bolsa. No “rompí aguas”, sino que iba notando pequeños escapes involuntarios de líquido amniótico con cada movimiento que hacía. Comprobé que el líquido que salía estaba transparente y me lo tomé con calma.

Al llegar al hospital corroboraron que, efectivamente, se había roto la bolsa y me ingresaron a la espera de que comenzara el parto. El ginecólogo estaba seguro de que me pondría de parto por la continuidad de las contracciones. Me pusieron el antibiótico y, no obstante, me programaron lo programaron para las 8.00 horas de la mañana siguiente, ante el improbable y finalmente acontecido hecho, de que no se desencadenara espontáneamente.

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Y no se desencadenó… De manera que a la mañana siguiente, tras una noche entera de paseos junto a mi hermana por los pasillos del hospital, emocionada, nerviosa y, desde el prisma de mi inminente alumbramiento, asombrosamente poco asustada, me metieron a la sala de dilatación, abrieron el grifo de la oxitocina y comenzó la fiesta.

Las contracciones dolorosas no se hicieron mucho de rogar…  Estaba monitorizada, con la vía de la oxitocina, el suero y el antibiótico, pero le pedí a una matrona que era un ángel del cielo, si podía moverme y no encontró ningún problema.. De hecho, la pobre se pasaba el rato acudiendo a mis aposentos a recolocar los sensores del monitor porque de tanto moverme perdían la señal. De hecho, finalmente puse el huevo en la pelota de pilates que me aliviaba bastante el dolor y allí me mantuve mientras mi querido esposo capturaba imágenes terroríficas sobre mi cara sufriente en el momento álgido de la contracción.

Acudieron un par de veces a hacerme los benditos tactos (qué cosa más maravillosa, verdad?…) y, al segundo me dijeron que podían ponerme la epidural, aunque decidí esperar un poco porque hasta ese momento, gracias a los intervalos entre contracción y contracción que eran paseos por las nubes, podía soportar el dolor. Un par de horas más tarde, cuando volvió a pasar la matrona y me propuso la epidural, pedí que me la pusieran porque la cosa pintaba lenta y el dolor se hacía ya bastante difícilmente soportable. Eran ya aproximadamente las 15:00 horas.

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He de decir que lo que hasta ese momento había estado siendo una experiencia dolorosa pero no desagradable, se convirtió en una sensación desagradable aunque menos dolorosa.

 No sé si me pusieron demasiada epidural o si, simplemente, me resultaron especialmente incómodos sus efectos secundarios. Creo que las dos cosas. Comencé a marearme, a tener mucha angustia y dejé de sentir POR COMPLETO la mitad inferior de mi cuerpo. Tenía que mantenerme con los ojos cerrados, entre la vigilia y el sueño para no encontrarme enferma.

Tanto fue así, que le pedí a la matrona que me bajaran la epidural. Lo hizo, y encontré cierto alivio.

Al cabo de un rato, empecé a notar una presión/quemezón/dolor en la parte baja de la vagina y pensé que quizás se habían pasado bajando la anestesia… Pero la matrona entró y me confirmó que era el bebé, que estaba bajando por el canal de parto… Volvió a hacer uno de esos tactos maravillosos y me dijo que había tocado el pelo de Raúl..

En poco menos de media hora me encontraba en el paritorio…. Sinceramente, éste fue el momento más duro y agónico.

Cómo finalizó la historia, ya lo saben quiénes acostumbran a leerme.. Para saber cómo continúa, tendrán que esperar un poco. Lo desvelaré en el siguiente post; para el cual espero tener una nueva historia de alumbramientos para contar!!

PD.- Las fotos son de esta mañana de Sábado preciosa, en la que he disfrutado de un precioso paseo, aún embarazada!

Decidme en el alma ¿Quién levantó los olivos?

Andaluces de Jaén, 

aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

Por supuesto: Miguel Hernández.

No era Jaén, sino Zurgena y, aunque unos más que otros, muy hechos a la recogida de la oliva, no estábamos.

A pesar de todo hemos disfrutado bien del día de campo. Especialmente uno que yo me sé, que ha terminado con tierra hasta en el pompis.

 

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Menudo perfil…

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La guinda del pastel la han puesto una sopa de picadillo y un puñado de tortas fritas con chocolate.

Feliz semana Navideña a todos y todas.

 

DE LA CONCILIACIÓN Y OTROS FANTASMAS

La verdad es que no quiero ser cansina.

O estoy inmersa en un mundo paralelo de madres, horarios, quejas, niños, noches en vela y sueños daneses, o realmente el debate sobre la conciliación de la vida laboral, y personal y familiar está absolutamente de moda. De actualidad. Rabiosa. Porque apenas se escuchan voces amables al respecto.

Aunque “ardo en deseos”,  por lo de no querer ser demasiado cansina, no voy a hacer un discurso general de lo trasnochado de los planteamientos conceptuales que soportan todo nuestro enfoque respecto del trabajo, como parte esencial de la vida de las personas. Permítanme únicamente apuntar que, como de costumbre, partimos de la tendencia a sofocar en oposición a la de favorecer; de imponer en vez de motivar, o de costreñir, en vez de razonar.

¿Acaso tiene algún sentido que aún los empresarios asuman ejercicio de poder de dirección en base a la información que recaban de los sistemas de control de horarios y resulten ajenos a las cotas de productividad, o de satisfacción de los clientes?

Tampoco quiero ser cansina con Dinamarca o Suecia, pero ¿Cómo no tenemos claro ya que ofrecer a las personas tiempo libre, de ocio y recreación personal, de dedicación a la familia y a la sociedad.. mejora el rendimiento personal en todos los aspectos?

Bueno, reiterando, como no quiero ser cansina ni repetirme como el “ajo” en un debate que está bastante explotado y manido, les voy a contar una historia:

Mi historia comienza el pasado Lunes, 26 Octubre y abarca hasta apenas ayer mismo.

Soy madre y soy autónoma, Y NECESITO AYUDA. (Les ruego que imaginen una reunión de personas en círculo, con gesto preocupado y andar pesado y a mí, dirigiéndome al resto con resignación y cierto abatimiento).

Generalmente, desde que nació mi hijo Raúl, he tratado de trabajar sólo por las mañanas para poder dedicar la tarde a pasar tiempo con él. Por obligación y, sobre todo, por convicción. Porque ya me parece demasiado que desde su más tierna fase de cachorro tenga que pasar 5 horas diarias en la guardería; porque creo firmemente que la educación de los hijos corresponde a los padres; que proporcionarles cada día cariño y afecto, enseñarles cómo nosotros hacemos las cosas y también otras formas de hacerlas, interactuar con ellos; llevarlos de la mano; leer cuentos; jugar a hacer carreras; tomar una merienda juntos; cantar canciones, pasear; mirarles a los ojos y que sepan que estamos ahí los primeros, porque somos lo primero en sus vidas embrionarias; decirles que NO, mostrarles que sus actos tienen consecuencias; indicarles que los errores pueden corregirse y, si no, que pueden enseñarles…Porque pienso que todo eso es la labor más importante que tenemos entre manos los que somos padres; y porque de esto, en alguna medida importante (según los científicos) depende mucho quiénes sean esos nuestros hijos en el futuro.

Por supuesto tengo que decir que me lo he venido pudiendo permitir. Supongo que hay personas que, por sus circunstancias, no tienen la posibilidad de siquiera pasar unas horas al día con sus hijos. Esto es una cuestión de Estado. Un error de nuestro Estado que obvia de forma flagrante la importancia que tiene la educación de los niños cuando son pequeños, y la necesidad de proteger a la familia como núcleo social básico en que una persona crece y se desarrolla. Éso sí que afecta verdaderamente al mandato constitucional de protección a la familia y no otras extravagancias…

Por suerte, en este sentido, soy autónoma y no dependo nada más que de mis clientes, de manera que con altas exigencias de rendimiento y con planes organizativos que ya los hubiera querido el III REICH para sí; he venido pudiendo organizarme para, más o menos, y restando jornadas de ocio a los fines de semana, concentrar mi horario hasta las 4 de la tarde, como mucho.

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Sin embargo, lo cierto es que, por desgracia paradójica, soy autónoma. No gran empresaria, no. Autónoma. Abogada autónoma para ser exactos. Con una estabilidad económica incierta y voluble; con una cantidad de gastos indecente y con responsabilidades que no dejan de envolverte por más que apagues la luz del despacho y llegues a casa.

Y, en ésas estaba yo este mes, cuando se me acumularon muchos, muchos plazos, varios señalamientos y trabajo al que dar salida con el cronómetro de mi embarazo a pleno ritmo.

Y no es que estuviese pretendiendo hacerme de oro, no. Es que en esta profesión a veces esto pasa. Los Jueces y Tribunales del país se reúnen en un avión como los miembros del Club Bilderberg y deciden, todos a una, señalar en las mismas fechas; emplazar con los mismos términos… Y quizás, desde el punto de vista económico, sea el mes más desastroso de la historia y, con suerte, pagues los gastos del despacho y la cuota del autónomo.

Y empecé a trabajar de Lunes  a Domingo; por la mañana y por la tarde. Desde las desoladoras 7 de la mañana y hasta las oscuras 9 de la noche.

Y mi hijo no podía estar conmigo. Y tenía que estar en la guardería, y con los abuelos, y con los tíos… Y, vaya por delante, que con todos ellos está genial. Pero no se puede quedar atrás que ME ECHA DE MENOS. Mucho. Tanto que cuando vuelvo a las 9 no puedo despegarlo de mi cuello De forma intermitente me asfixia en abrazos y achuchones, y me castiga con negativas y desdenes… Está contrariado y confundido.

 Y así, pasó la primera semana hasta que, desbordado por la situación y aquejado de un resfriado, se plantó. Y se plantó de la única forma que le es factible: Llorando y llorando y reclamando a mamá… Y lo hizo en un momento en que mamá no podía estar. Y llegó la noche; y después de acostarme a las 12 trabajando, él a las dos dijo que se acabó lo que se daba; que no quería dormir más si no era en mis brazos. Y lo hizo esa noche, precisamente la noche que precedía a un señalamiento que se presumía largo y tenso, en los Juzgados de Murcia.

Veía pasar las horas del reloj (las 3, las 4), y veía como se acercaba de forma incorregible la hora en que el despertador tendría que sonar (que no era otra que las desoladoras 6 de la mañana) , así que la ansiedad y el desasosiego se apoderaban de mí. Y cada vez era menos capaz de reaccionar con paciencia y entendimiento. En mi mente se mezclaban las preguntas de los interrogatorios y los gritos de mi hijo mientras su padre trataba sin éxito, de consolarlo para que yo durmiera un poco.

El de los 70´también se agitaba ante el rechazo que cada gesto suyo provocaba en nuestro hijo, y perdía los nervios y las maneras; y el Leñador lloraba más y más.

Al final todos en pie, desde las 3 de la mañana. En el salón; en el sofá. Derrotados. Raúl padre frustrado al verme extenuada y no tener solución; Raúl hijo por fin tranquilo entre mis brazos y yo, rendida ante la naturaleza misma, con muchas ganas de llorar y con una pregunta que me rondaba una y otra vez: ¿Qué estamos haciendo?..

 A las 7 de la mañana me metía en la ducha mientras mi hijo daba golpes en la puerta y lloraba para que volviera a cogerlo en brazos; me vestía con él agarrado a mi pierna mientras los dos llorábamos; él porque no entendía; yo, porque tampoco entendía.

Salía por la puerta de casa con rabia y tristeza a partes iguales, y me dirigía a hacer mi trabajo de la mejor forma posible, pero sin haber pegado un ojo, ni haberme siquiera alimentado.

El juicio, que empezó a las 10, acabó a las 14:00 de la tarde. 4 horas luchando por mantener la concentración y la tensión que una vista oral implica. Y acabó, y aún cuando hubo momentos en que pensaba que iba a desfallecer, mantuve el tipo y no lo acusé. Pero aún, ese día, me quedaba una tarde entera en el despacho. Hasta las 19.30. Y volvía a casa de nuevo casi a las 9 para acunar al Leñador un rato antes de que se durmiera y acostarme de nuevo para, al día siguiente,, repetir la operación. Durante otra semana más; mientras mi hijo se despertaba entre tres y cuatro veces todas las noches.

Al final, mi cuerpo embarazado de 7 meses dijo basta. Comencé un Miércoles con un dolor de cabeza que no me dejaba dormir, ni pensar, ni trabajar, y por más que tomaba paracetamol, no remitía. El Doctor lo tenía claro. Estrés. Yo también.

20140221_173821Y, ahora, con las aguas ligeramente en calma, me pregunto qué solución puedo dar a estas situaciones y, por más que lo pienso tampoco encuentro una respuesta.

No podemos reducir jornada, ni pedir excedencia. Los clientes no nos van a esperar un año hasta que nuestros hijos sean más mayores. No podemos conseguir permiso de lactancia ni flexibilización de horarios.. A veces no podemos ni apagar el móvil.

Pero ¿saben lo que me vendría bien? AYUDA. Más personal. Alguien a quién asignar tareas que resulten delegables. Alguien que saldría directamente de la situación de desempleo para trabajar, conmigo, ayudándome, haciendo crecer mi despacho; facilitándome el oficio, ayudándome a conciliar…

Pero lo cierto es que con los gastos que ya de por sí tengo de la actividad profesional, un nuevo gasto como ése NO ME LO PUEDO PERMITIR. O quizás un mes sí; pero no al siguiente.

Y sigo preguntándome por qué pago de cuota a la seguridad social lo mismo que quién factura diez veces más que yo; y el mismo precio de alquiler, el mismo precio de guardería, los mismos impuestos…

A alguien se le ha ocurrido que lo que los autónomos necesitamos es INCENTIVOS ECONÓMICOS??

Puesto que no podemos abandonar la empresa en la confianza de que alguien hará nuestro trabajo, por qué a nadie se le ocurre que si tenemos incentivos fiscales; bonificaciones y ayudas y proporcionalidad entre nuestras cargas sociales y fiscales y nuestro nivel de facturación, más mamás y papás nos aventuraremos a emprender; a crear negocios y empresas, a contratar más gente; a arriesgar, a crecer, a invertir, a hacer publicidad, a alquilar inmuebles, a comprar maquinaria, a tener más hijos…y…  en definitiva, A PRODUCIR.?? Y además, lo haremos más felices, más alegres y, de seguro de seguro que haremos menos gasto a la sanidad pública.

Y además de todo eso.. Estaremos en casa con nuestros hijos, les educaremos, estaremos pendientes de sus necesidades; de sus motivaciones y de sus intereses, lo que nos servirá para orientarlos, para guiarlos, y  haremos decrecer la bochornosa tasa de fracaso escolar.

A ver si esto llega a los Sres. Rivera e Iglesias y hacen una propuesta que me convenza… A los otros, ya los tengo calados.

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Weekend, weekend!!

Algo está aprendiendo muy bien el Leñador. Una cosa sí le estamos transmitiendo de forma clara y eficiente… Y esa cosa no es otra que la devoción por el tiempo libre; por el leisure time que dirían los ingleses.

Tanto es así que el muy gañán sale de la guarde los viernes luciendo la sonrisa de regocijo de quien se siente, siquiera de forma provisional, lejos del peligro, y, una vez que alcanza una razonable distancia de seguridad, alza el puño y, a modo de consigna, grita: WEEKEND, WEEKEND!

Pronto empieza… (Dios, permítenos pasar de la niñez a la madurez sin atravesar la adolescencia).

Y no podía ser de otra forma. El de los 70´y yo no podemos contener la emoción de sabernos en Viernes. Y si se nos presenta uno de esos fines de semana en que ni el uno tiene bodas que amenizar o conciertos que representar; y la otra no tiene plazos que finalizar o señalamientos que preparar, entonces tocamos el cielo con la punta de los dedos.

El Leñador nos miraba asombrado trasmutar de la histeria y la desidia al gozo y al alborozo, hasta que dejó de ser espectador y decidió unirse al a la fiesta.

Los Weekends, Weekends en la familia “patare” podrían clasificarse en dos tipologías antagónicas entre sí pero igualmente satisfactorias: Por un lado los fines de semana de puro relax; que se componen de arroces y asados de las abuelas, siestas a tutti pleni, alguna cerveza con calamares y dos o tres películas del videoclub, y, por otro, los fines de semana de mochila al hombro; con sus viajes, sus siestas en el carricoche y sus tres o cuatro mudas de ropa diarias.

No sabría decir cuáles son mis favoritos ni pueden existir los unos sin los otros. Se necesitan, se complementan y se compensan.

El pasado fin de semana empezó el Viernes por la tarde. El de los 70´y yo teníamos bodorrio de unos amigos y aprovechábamos que era en Murcia para quedarnos hasta el Domingo y castigar así nuestros cuerpos devastados por una semana poco amable, con noches cortas y días eternos.

La sobremesa se me convirtió en una carrera contrarreloj para preparar maletas (un día escribiré sobre cómo preparo la maleta del Leñador. Es una ruleta rusa; si te olvidas de piezas imprescindibles, dígase chupete… PUM… Estás muerta); decidir (sí, siempre a última hora) qué iba a ponerme (ardua tarea con la barriga que luzco), dejar que el Leñador me manosee los pechos durante al menos diez minutos después de despertarse de la siesta hasta que vuelve a ser persona, darle la merienda, cambiar pañales (fueron tres), vestirme, maquillarme y conseguir en casa un orden relativo que evitase que el Domingo, cuando llegásemos con la única idea en mente de coger la cama, pareciera ésta un campo de minas.

A las siete cuando llegó el de los 70´, aunque bien hubiera pagado 200 Euros por que me llevaran a la cama, estábamos listos los dos. Lo habíamos conseguido.

El Viernes por la noche mi hermana blogger y mi cuñado accedieron a quedarse con el peque después de que no les hubiéramos dejado otra opción. Me consta, sin embargo, que ambos son felices con estas experiencias de paternidad ocasionales, breves e indoloras.

El de los 70´y yo, como si nos metiéramos en un túnel del tiempo, nos fuimos SOLOS a disfrutar de  buena compañía, buena comida y música en directo. Como diría un clásico (Cristiano Ronaldo): “staba felizs”.

La boda fue estupenda y cuando nos dirigíamos a las 4 de la mañana al lugar donde nos alojábamos, flotábamos sobre la paz de la conciencia de que no iba a estar el Leñador para despertarnos a media noche pidiendo agua, la mano de mamá o cualquier otra de sus extravagancias.

Maldito reloj biológico o como quieran llamarlo, que nos sacó de la cama antes de las 9.30 de la mañana. Y ya que estábamos, desayunábamos fuera y nos íbamos a ver a Raúl. El muy canalla sabe hacerse de añorar.

Desde ese momento hasta las 22:00 de la noche del Sábado, en que nos recogimos para acampar en “casa Moka”, el día transcurrió entre carreras, columpios, limones convertidos en pelotas, dos cambios de ropa para el Leñaodor y uno para una servidora (cuya barriga es blanco de cada alimento sólido o líquido que ingiero), risas, ideas chorras auspiciadas por mentes colapsadas y cuerpos arranados y excesos gastronómicos.

La guinda, como de costumbre, la colocó el de los 70´ en el pastel. Durante una hora lo esperamos, empeñado que estaba el pobre en coger un autobús para solucionar una incidencia, y, cuando, a la hora, llegó, ni había solucionado la incidencia ni había satisfecho su deseo de pasear en el transporte público. 45 minutos había estado esperando el infeliz y ni rastro del Rayo 14´, que al parecer andaba protestando por no se qué recorte salarial. No te preocupes, cielo, otra vez será. Cogeremos un autobús y de los más grandes.

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Primera parada del Sábado en el parque.

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La Plaza del Cardenal Belluga, que es uno de mis sitios favoritos de Murcia, y en la que mi hijo se desquitó de la frustración de vivir en un piso de 50 metros cuadrados. Bendita amplitud de espacio!!

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Haciendo amigos:

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Y trastadas con los amigos. El lenguaje de la travesura, es universal!

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Y chismes de hermanas… Que me hacen sentir de vuelta a la habitación que compartíamos en casa de nuestros padres; a cuando siempre tenía que esperar a que  se durmiera para apagar la luz.

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Ésto es lo que sucede cuando una pretende tomar una foto de familia interrumpiendo el momento de juego del Leñador. Eso es Sagrado. No hay nada más importante en el mundo  que correr y revolcarse por el suelo.

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Como él mismo diría: ze va… Y esta cara se nos queda.

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El Domingo por la mañana, con motivo del 100 aniversario de la Universidad de Murcia,se organizaba un paseo en bici por la ciudad en el que con gran entusiasmo participaron mis dos hombres.

Ver la cara de puro disfrute de mi hijo era morir de amor:

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Bueno, la del padre no se queda atrás, como fácilmente pueden comprobar.

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Tan bien se lo pasaba, que al llegar a la Meta nos brindó un baile de agradecimiento de lo más pintado:

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 IMG_7421IMG_7418Ésto se acerca bastante a un moonwalker en toda regla.

Terminamos como lo empezamos: En buena compañía.

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A noche de Miércoles, se me revela que hay opción a la esperanza.

En cualquier caso, mi marido suele decir (y es una de sus sencillas reflexiones que me sorprende y me cautiva) que estas vivencias resultan nefastas para el cuerpo pero altamente gratificantes para la cabeza.

Estoy de acuerdo.. Un poco más agotada, pero de acuerdo.

PD.- Las fotos con mejor resolución (fácilmente identificables, son por obra y gracia de mi hermana la Blogger.

LA DOLCE VITA II ( !VIVA EL VINO!!)

Como decía Elvis: Viva el vino, viva el dinero y viva el amor…

Casi se me pasan las vacaciones sin terminar de contarles nuestro idílica estancia en tierra Toscana.

En Julio a todos los Juzgados les da por notificar emplazamientos y señalar vistas, y una servidora arranca un sprint sin precedentes con el único y noble objetivo de tener un Agosto relativamente tranquilo.

Todo lo tranquilo que me deje mi preñez que, a juzgar por el volumen de mi barriga, parece estar en su ecuador cuando aún no hemos abandonado el tedio del primer trimestre. Ya les contaré sobre eso cuando ya no me queden recuerdos maravillosos con los que engañar el hastío.

Como no quiero cansarles en exceso con palabrería, y tampoco tengo la capacidad descriptiva de Homero, dejaré que sean las imágenes las que les lleven por los campos y paisajes, por viñedos y cantinas, por ciudades y catedrales, y les hagan suspirar, envidiar o soñar, según gusten.

He comenzado la entrada alabando al fruto de la vid porque  beber vino (buen vino) fue una de las cosas que más hicimos en nuestras vacaciones toscanas.

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Con ánimo de que encuentren en estas línea alguna utilidad, les cuento a continuación las cantinas que decidimos visitar y los vinos que seleccionamos para degustar y comprar, aconsejados por gente autóctona.

Aunque en el mundo entero quizás la denominación de origen más conocida de esta región sea la de Chianti Clásico, los oriundos parecen no tenerla en demasiada estima, y siempre que preguntábamos nos aconsejaban otras denominaciones menos promocionadas pero muy exclusivas y cuidadas. Me estoy refiriendo, en concreto, a la denominación Brunelo di Montalcino y Nobile de Montepulciano, ambos de la provincia de Siena.

En Montepulciano visitamos la cantina POLIZIANO, en la que probamos (y compramos) uno de los vinos de su más aclamada selección: ASINONE.

También estuvimos en la CANTINA GATTAVECHI; una cantina familiar situada en el centro mismo de la población de MONTEPULCIANO en la que disfrutamos de un aperitivo a base de quesos y embutidos y una degustación de vinos realmente deliciosos.

Otra cantina interesante es la de Redi, que también está en el centro de la población.

Creo que una de las cosas más maravillosas de esta ruta vinícola que nos montamos el de los 70´y yo durante tres días completos de nuestra estancia, fue descubrir los paisajes de esta zona de la Toscana… Algunos dicen que se ha convertido en el Saint Tropez italiano; con un turismo de lujo y selecto, poco explotada y masificada… Lo cierto es que los paisajes que se divisan desde la ventanilla del coche por carreteras secundarias y casi desiertas, son pura ensoñación:

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No podíamos evitar parar cada 50 metros, salir del coche y respirar el horizonte verde…

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La misma belleza mostraban los pueblos, con sus calles de piedra y sus casas vestidas de flores.

En cuanto a la denominación Brunello di Montalcino, es una denominación muy pequeña y exclusiva, hay muy pocas bodegas y los cultivos son viñedos familiares  muy tradicionales.

En esta zona, visitamos dos bodegas:

En primer lugar la cantina de Barbi; situada en un paraje espectacular, en la que aprovechamos para comer en su fantástico restaurante una pasta con carne de caza que nos cautivó.

Si están pensando en ir y se preguntan qué vinos pedir, les recomiendo las añadas de 2004, 2006 y, sobre todo 2007.

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Para despedirnos y con la vehemente recomendación de nuestro anfitrión el Sr. Tadeschi, visitamos una bodega mucho más pequeña y cuya producción es una auténtica maravilla; San Polino. Son vinos ecológicos realmente diseñados más que fabricados o producidos.

Al llegar nos atendió uno de los hermanos propietarios de los viñedos y bodagas y, además de explicarnos con mucho detalle y amabilidad todo el proceso, desde la recogida de la uva hasta el embotellamiento del vino, nos  invitó a una degustación en la parte trasera de la casa/cantina, en un lugar bucólico, con vistas espectaculares, rodeados de silencio campestre amenizado por los cantos de los pájaros y los zumbidos de los insectos. Tres botellas de vino y una conversación chapurreada en tres idiomas divertida y reveladora. No se puede pedir más a la vida, no?

Las imágenes a continuación son de la cantina.. El pañuelo que luzco a todas horas en la boca era mi remedio casero a un ataque de alergia que casi me cuesta la asfixia esa misma noche (pero esa historia, da para otra entrada).

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Después de tan agradable experiencia, y con la relajación que te aseguran cuatro buenas copas de vino, o para mejor decir, cuatro copas de buen vino, nos fuimos a visitar la Abadía de St Ántimo; un complejo monástico en el que siempre pienso cuando mi leñador coge alguna rabieta y mi mente quiere volar a lugares serenos y perfumados de paz.

Es un remanso, un lugar casi celestial en el que reina un silencio dulce y cómodo. Quedé prendada  de la forma en que la Abadía se dejaba acariciar por la luz primaveral del sol y se hace inmensa rodeada de un valle superlativamente verde.

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Casi me quedo allí, entregada a la vida monástica cuando al entrar descubro una celebración en la que unos 50 monjes vestidos de lino blanco cantaban cantos gregorianos… A punto estuve…

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Al final nos acordamos del vino y nos despedimos mucho más relajados que si hubiéramos pasado por cualquier SPA de la Costa Blanca.

Después de este paseo por las nubes, finalizamos el viaje con dos clásicos italianos: Florencia y Venecia.

En realidad Florencia fue una visita intercalada entre la ruta vinícola; aunque por sistematizar la he colocado al final.

De Florencia seguro que todos saben mucho, así que poco les voy a contar; solamente que es quizás la ciudad que más me ha impresionado en mi exigua vida viajera y que me fascina porque no puedo ser más fan del Renacimiento.

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Adoro el Hospital de los Inocentes; simetría, clasicismo…

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Los jardines del Palacio Pitti son, además, perfectos para hacer un poco el ganso…

Y pongo fin a este nostálgico viaje del recuerdo en una ciudad que hay que visitar al menos una vez en la vida; porque no echa peste ni está sucia… Es simplemente fantástica; es romántica y asombrosa, desconcertante, a veces, mentirosa, arrebatadora y un poco canalla… Es Venecia.

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Y hasta aquí el paseo. No se Ustedes pero yo estoy por cancelar el apartamento en la Playa, cuarto sin ascensor y pillarme un vuelo para Italia…

De cualquier manera, volviendo a Elvis, todo viaje es maravilloso si se hace en una compañía adecuada… VIVA EL AMOR, CLARO QUE SÍ!! Y viva el dinero también, cuando se le coloca en su lugar, en tanto en cuanto nos permite estas experiencias.. Afortunados somos de haberlas vivido.

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¿A QUÉ DEDICA EL TIEMPO LIBRE?

En esta Santa casa tenemos instaurado el descanso a turnos. Mis clientes  me dan los buenos días con familiaridad, mientras mi familia lo único que encuentra de mí por la mañana es el olor a Coco Madmoiselle que dejo en la entrada.

El de los 70´se toma el café en la puerta del trabajo y para cuando vuelve a casa me encuentra desvencijada en el sofá, absorta, extasiada incluso para articular palabra; como si hubiera sobrevivido a una abducción alienígena.

Esto es así cada día de nuestra semana:

Llego a casa a mesa puesta y el de los 70´no me deja ni quitarme los tacones; el tiempo justo de ingerir los alimentos y levantar la vista del plato, únicamente para comentar algo especialmente reseñable, como que se ha acordado de comprar pan; que el leñador ha depuesto en consistencia blanda, o que Pearl Jam anuncia gira americana.

Un beso de ahí te quedas que me voy y mi esposo nos recoloca, con un un portazo, en la rutina de darnos los recados a través del whatsapp.

Cuando por fin me recorre la espalda el cosquilleo del Viernes, y en mi mente no hay espacio nada más que para ésto y para  jarras y jarras de cerveza fresca, empiezo a hacer planes como la lechera. Evoco picnics en el parque; vinos blancos en terrazas; atardeceres en paseos marítimos; cenas románticas para dos y verbenas de risas y gyn tonics con las supernennas y con los Foritos.

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Pero mis planes, como la jarra de leche de la protagonista del cuento, acaban desparramados en el suelo de la cocina cuando el de los 70″ me sorprende con la noticia (según él, me la recuerda) de que tiene un ensayo con una de las 2.320 orquestas con las que colabora, el Sábado por la mañana; que tocar en una boda el Sábado por la tarde y una ruta de bicicleta el Domingo por la mañana.

Eso sí, tenemos un Domingo por la tarde, entre las 6 y las 8.30, precioso para disfrutar en familia.

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Y si perciben cierto resquemor en estas líneas, han acertado de pleno, y es que el padre del leñador y una servidora coincidimos en esta vida solamente para pasarnos el testigo. Y yo que pensaba que esto de tener un amante violinista era de lo más arrebatador… Aún recuerdo la reacción de la Crack cuando le conté que me había enrollado con un músico…  Debió pensar que cada día sería algo parecido a ésto...

A esta tensión, que nos ha tenido entretenidos en los últimos meses, le hemos buscado un amortiguador: Hemos comprado un calendario imantado y lo hemos colocado en la puerta del frigorífico. En él vamos anotando nuestros quehaceres y obligaciones ineludibles (trabajo y más trabajo, visitas a médicos y las contadas veces en que me toca hacerme la cera) y también aquéllos pasatiempos que cada miembro desea hacer en soledad.

Su primera función es la obvia; nos sirve para plantear estrategias, desarrollar proyectos, diseñar operativas….

El segundo, al que el de los 70, hasta que este post se publique (si lo publico) es completamente ajeno, tiene la finalidad de representar gráficamente a qué dedicamos el tiempo libre.

A final del mes voy a contar todas las bicicletas, los partidos de fútbol y los gimnasios que hay apuntados en cada mes y los voy a canjear por vales de tiempo disponibles para mí… Aunque lo cierto es que al final, los acumulo hasta que de viejos caducan, y no me sirven para las ofensivas frente a las carreras de mountain bike.

En cualquier caso, (OJO QUE VOY A DAR UN TIPS COMO UNA BLOGGERA DE VERDAD) lo cierto es que desde que hacemos uso de recursos organizativos, hemos reducido el nivel de conflictividad en casapatare. Saber de antemano los planes de tu consorte (o, vale, cariño, poder tenerlos anotados para recordarlos) sirve para no fantasear con fines de semana de puro ocio o, como acostumbro a hacer últimamente, para impugnarlos, sancionarlos, discutirlos y defenestrarlos.

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El último día del mes anotamos los compromisos laborales que se extralimitan de nuestras jornadas ordinarias; seguidamente citas en el médico y demás obligaciones que atender.

En los huecos que quedan libres para el de los 70´, en los que yo tengo que pringar como buena autónoma que se precie (él siempre tiene esta ventaja) suele fijar sus quehaceres con bastante libertad, mientras la lista de to does de nuestro hogar se empieza a parecer a mis exámenes de Derecho Civil de la Universidad.

Cierto es que el chico es prudente, y cuando me percibe al borde del histerismo, se reserva una mañana para llamar al carpintero, poner un cuadro y preparar una receta con la que hago como que se me olvidan todos los reproches que tengo almacenados.

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En los huecos que nos quedan libres a los dos, si el total de los computables da para al menos tres actividades, tratamos de hacer planes repartiendo los tiempos. Entre el 70% y el 80% del tiempo libre que tenemos intentamos pasarlo juntos, los tres, y dejamos un 10%-20%  para hacer algún plan “Child unfriendly” (ver una peli o salir a tomar una cerveza con amigos o familia). Al final del todo, en los 14 minutos y 30 segundos que restan, si se tercia, es posible que mamá pueda ojear una revista, salir comprarse unos zapatos o actualizar el blog.

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We are ugly, but we have the music

Buenos días:

Esta es la primera entrada que escribo de una nueva categoría que destinaré a “Breves reflexiones momentáneas de andar por casa”.

Acostumbraba a utilizar un cuaderno en el que, de tanto en tanto, anotaba alguna idea que me rondaba la cabeza o trataba de definir las reacciones físicas, químicas y espirituales que me inspiraban estímulos externos de cualquier naturaleza.

Siempre he mantenido la convicción de que, en mi caso particular y por lo que a enamoramiento se refiere, la verdad de la buena es que no me importa el aspecto físico… O mejor dicho, no juega un papel importante en la activación de mi resorte afectivo-sexual, la adecuación del objeto de mi deseo a los cánones estéticos imperantes.

Juzguen Ustedes mismos:

Quizás pronto escriba por qué razón debería haber nacido en Francia… (Al hilo de la lengua de esta canción; Brel, como saben, era Belga).

En cualquier caso, ese resorte del que hablaba lo dispara Jacques Brel cuando escucho esta canción y, al verlo interpretarla, ya ni encuentro camino de vuelta.

No miento si digo que percibo el corazón contraerse con alguno de los versos; como por ejemplo “cavaré la tierra hasta después de muerto para cubrir tu cuerpo de oro y de luz…” o “Te hablaré de esos amantes que vieron por dos veces sus corazones arder”.

Un amigo me dijo una vez que me seduce el sufrimiento ajeno; el dolor… Quizás, en algún sentido; aunque diría más bien que en un hombre, me seduce su vulnerabilidad al amor; su capacidad de sufrir por amor.

!Vamos, que para mí no hay nada más sexy que un hombre que se lame las heridas de un desengaño! No se cómo interpretar eso… No parece una buena noticia, no?

Ya les había avisado de lo del romanticismo trasnochado y la tendencia “cortavenas”

Algo parecido me pasa con el Excelentísimo Sr. Cohen.

La profundidad de su perspectiva me cautiva. Me rindo a las asperezas de su historia.

Sospecho que no soy la única mujer del mundo con esta “tara”; así que: Hombres sobre la faz de la tierra, ya saben lo que tienen que hacer para “pillar cacho”; cuenten sus penas de amor… O mejor: CÁNTENLAS, aunque sea en palabras de Cohen.

NUEVE FORMAS POSIBLES DE PASAR UN ANIVERSARIO: I

Les voy a contar una historia.

Corría el año 2007. El hombre de los 70´, que por aquel entonces tenía mucha más pinta de hombre de los 90´, y yo, paseábamos nuestro recién estrenado amor por allá donde pisábamos como dos adolescentes que, prácticamente, era lo que éramos.

Estaba en cuarto curso de la licenciatura y en mi casa no tenían queja alguna con mi rendimiento académico… Yo me tomaba muy en serio las amenazas de mi madre en torno a una vida de sumisión, maltrato y trabajo esclavo por jornadas de 13 horas en las fábricas, así que sacaba matrículas de honor “como si” la vida me fuera en ello.

Era el último tercio de la primera legislatura de ZP, en años de bonanza, cuando las becas para estudiantes y los 2.500 Euros para padres primerizos fluían como el crédito, mientras los ciudadanos levitábamos por la vida, íbamos a restaurantes y comprábamos casas, más o menos inconscientes de la que se nos venía encima.

Yo, que a lo largo de mi vida he sido más bien prudente con el tema de las experiencias Erasmus y esas cosas (ya les he comentado que superar los 12 créditos suspensos y, consecuentemente, perder las ayudas del Estado, era una espada de Damocles que pendió sobre mi cabeza durante los 5 años de la carrera) me puse el mundo por montera y decidí que me iba al país de los tréboles y la cerveza negra a pasar dos meses de vacaciones con parte de las “supernenas”. Ah, sí! También iba a hacer un curso de inglés. Unas cuantas horas de asistencia obligatoria por las mañanas y a correr..

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 El primer mes de Julio me lo pasé visitando lugares muy verdes, haciendo cenas en los apartamentos de todos los españoles que coincidÍamos en Cork mientras sonaba a todas horas el “Umbrella” de Rihanna, bebiendo Guinnes en el “Ambros”,  participando en los bailes tradicionales al ritmo de “and a one, two, three, four, five, six, seven, and a one two three and a one two three…” , y alimentándome de queso, patatas y ensalada.

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Pero la verdadera aventura, estaba aún por llegar.

En el mes de Agosto me abandonaban las supernenas, que se habían ido un mes antes que yo y que volvían al hogar, y me quedaba sola durante tres semanas esperando a mi ya por aquél entonces llamado novio, en un apartamento que compartía con una francesa muy francesa (guapa, chic, misteriosa y un poco atormentada que una noche entró en mi habitación con 5 botellines de ginebra a palo seco para proponerme una fiesta del pijama) y un italiano muy poco italiano (más bien feote, bastante antipático y que nunca cocinó pasta).

Como digo, mi hoy maridín, esposo, hombre de los 70´, aterrizaba en Cork la semana del 20 de Agosto para pasar conmigo los últimos séis días de aventura irlandesa y, precisamente, el día que volvíamos a casa celebrábamos que se cumplía un año enterito desde aquélla noche en que, después de un concierto de Los Suaves, nos besábamos en su coche mientras sonaba Carry de Europe  (no me siento orgullosa de la canción de nuestra historia de amor, pero él no está de acuerdo en inventarse una historia más cool para nuestro idilio, así que dejaremos las cosas como son).

No venía solo, no. Venía cargado de embutido, vino y hasta con una botella de Brugal comprada en España al módico precio de 10 Euros.

DSC01182Durante los primeros días viajamos a la costa, paseamos en bici por los jardines y castillos de Killarney, bebimos más Guiness e hicimos reuniones “a la española” con la francesa francesa y el italiano impostor.

El fin de semana viajamos a Dublín para dar cuenta de la botella de Brugal mientras explorábamos la ciudad nocturna.

Nos alojamos en un Hostel de lo más bohemio, por decir algo: Nuestra cama era clavadita al catre de Heidi y alcanzarla se convertía en una partida de Twister para sortear las goteras, que tenían el suelo completamente erosionado.

La primera noche, una de las más oníricas de mi existencia, pululamos por locales que parecían salidos de la imaginación de Kubrick y terminamos casi a mamporros con un hooligan de dos metros de alto por otros dos de ancho, al que mi felizote y comúnmente inconsciente esposo no dejó de “guiscar” con la baja calidad futbolística de Robbie Keane.

En cuanto a la segunda, la que antecedía a la celebración de nuestro primer año de mariposas y de pintarse los labios a diario, mientras comíamos, mi por aquél entonces hombre de los 90´sacó de su billetera dos pedazos de papel con los bordes recortables en los que pude leer: DAMIEN RICE; MARLAY PARK.

Oh Dios mío! Por fin iba a escuchar en directo a ese irlandés borracho y desquiciado que me había congelado la sangre con su “Blower´s Daughter” mientras veía hipnotizada la película Closer (a estas alturas creo que ya habréis adivinado que soy más bien de tendencia cortavenas…)

Cogíamos el vuelo de vuelta a casa a las 11.00 de la mañana, desde Cork, pero la apertura de puertas era a las 4 de la tarde. En un país en el que se cena a las 18.30 horas, no nos sorprendía que un concierto tuviera lugar a las 17.00.

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Allí nos plantamos, en Marlay Park, nerviosos, emocionados…

Las luces del escenario se encendieron a plena luz del día; se hizo el silencio en las inmediaciones y la música comenzó a sonar… Pero no era Damien Rice.

Dimos por hecho que habría teloneros así que seguíamos esperando a Damien mientras escuchábamos a un grupo muy folk.

A esta primera banda folk le siguieron una, dos, tres y hasta cuatro bandas folk más que, efectivamente, no eran Damien Rice, antes de que me decidiera a preguntar a qué hora estaba prevista su aparición.

Unas chicas muy amables, que iban hasta arriba de cerveza, acertaron a decirnos algunas palabras de las que dedujimos que estábamos en el Bud Rising Festival Dublín; que era uno de los festivales más importantes de Irlanda; que no sabrían decirnos a qué hora tocaría el Sr. Rice pero que era el cabeza de cartel y que aún quedaban muchísimas actuaciones antes de finalizar.

De repente sentí miedo. No teníamos hotel en Dublín para esa noche porque habíamos dado por hecho que regresábamos a Cork, y en los bolsillos, los últimos 20 Euros que tenían que darnos para el autobús de vuelta a Dublín, para el tren a Cork y para alimentarnos hasta que llegáramos a casa.

Con todo el susto en el cuerpo respiré hondo; tenía 22 años y estaba en Dublín, con un hombre apuesto esperando a ver en directo al romántico y suicida Damien Rice, así que formateé y decidí disfrutar del concierto. Ya pensaríamos algo después.

El concierto fue espectacular; Damien no decepcionó y terminó cantando la fascinante y desgarradora “Cheers Darlin´” completamente borracho, dando tumbos por el escenario mientras derramaba el vino francés que llevaba en la mano al más puro estilo Eddie Vedder, con la voz rota como si el amor de su vida estuviera en ese momento camino del altar para desposarse con otro… Toda una fiesta para mi romanticismo trasnochado.

Y se hicieron la una y las dos y las tres… De la mañana. Y cogimos el autobús hasta Dublín en silencio, saboreando los acordes y la melodía del Chello y retrasando lo de preocuparnos por qué hacer con nuestras vidas en Dublín; sin un chavo y a pocas horas de coger un vuelo desde Cork hasta casa; con nuestros padres preparados para llamar a la embajada española si nos retrasábamos cinco minutos de la hora de llegada prevista.

Una vez en la ciudad nos hicimos con un chino take away para calmar nuestros estómagos rugientes, que nos vimos obligados a tragar  sin una gota de líquido porque lo que nos quedaba, estaba asignado a otras partidas presupuestarias. Pasamos una hora preguntando en todo tipo de alojamientos para descansar un para de horas hasta que pudiéramos coger el tren. Cuando digo todo tipo de alojamientos me refiero también a ése en cuya puerta yacían (sí, sí, por el suelo) algunos yonkis pasados de rosca, y cuyo acceso se limitaba a una cortina roja de terciopelo detrás de la cual ascendía una escalera estrecha de cal desconchada, hasta vete tu a saber dónde…  Ni siquiera aquí tenían una habitación.

Era 26 de Agosto, sí, pero en Dublín, a las 4.00 am habían tres grados de temperatura. Cargábamos con las maletas del fin de semana que amablemente nos guardaron en nuestro Hostel durante el concierto y los bares, todos, estaban cerrados.

Teníamos frío y estábamos cansados; el catre de Heidi se convertía en nuestros anhelos, en una cama mullidita y confortable… Y, de repente, vimos una cabina. Una con puertas, completamente cerrada (ya habíamos pasado por varias pero las habíamos descartado porque tenían la puerta rota o eran totalmente descubiertas…). Y vimos la luz. Nos metimos en la cabina después de equiparnos con toda la ropa que teníamos en nuestras maletas y de habernos bebido “el culo” de brugal que nos quedaba de la noche anterior !(bendito alcohol que calientas la sangre!). Este era el resultado. Si me hubiera cruzado conmigo, me habría dado un Euro.

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Seguramente estarán pensando: La estación de tren ¿por qué no fuisteis allí?. Pues bien, en primer lugar, nos disuadía el hecho de que estuviera a 40 minutos a pie y lleváramos dos maletas y tres mochilas a cuestas (no había taxis, ni uno, obvio). Finalmente concluimos que para estar metidos en una cabina haciendo ejercicios de contorsionismo, andábamos, nos calentábamos y con suerte llegábamos a un lugar cerrado en el que esperar sin miedo a que nos atracaran.

Después de los 40 minutos a pie, llegamos a una CERRADA estación de tren. Eran las 5.30 am. Hasta las 7.00 am que abrieron la estación, los minutos pasaron entre alguna que otra lágrima, reproches vedados, más de un susto de infarto y bastante risas. A las 8 cogimos el tren hasta Cork; 2.30 minutos de trayecto en el que nos sentimos felices y a salvo sin dar mucha importancia al hecho de que teníamos que coger un vuelo en menos de tres horas.

Aún no se como lo hicimos; pero llegamos a casa; “Just on time” fascinados por nuestro primer viaje juntos y con una historia que contar.

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Mi hombre de los 70´tuvo la ocurrente idea de repetir experiencia en los aniversarios sucesivos, pero, puesto que alguien tenía que poner cordura en todo esto, me negué rotundamente. A partir de ahora, hoteles de más de tres estrellas, por favor.

De Fiódor Dostoyevski y Paula Echevarría

Mamá, hermana, hombre Recién salido de los 70´, cuñado; despistado que no sabes cómo has llegado hasta aquí y archienemigo que te asomas estratégicamente a mis intimidades: Voy a deciros algo sobre mi; soy una intelectual. Sí, sí, aficionada, pero intelectual al fin y al cabo.

Disfruto con el cine de Bergman (cariño, ahórrate la broma; es el Director sueco de esa película silenciosa en la que sonaban relojes a todas horas mientras una joven agonizaba, y que casi nos cuesta el divorcio). Entre mis películas favoritas están “A straight Story” de David Lynch, “La cinta blanca” de Haneke o “Magnolia” de Paul Thomas Anderson (Juro que no he pensado en suicidarme desde que tenía 16 años).

Me han quedado grabadas a fuego lecturas como “El conde de Montecristo” o “El Cuarteto de Alejandría” (completito; con su “Justine”, su “Baltazhar”, su “Montoulive” y su “Clea”); he leído a Proust; me emociono con Wilde y me gustan los poemas de Lorca, Neruda, y últimamente Jose Hierro o Carlos Bousoño.

Gracias a mi querido esposo violinista (hasta él mi conocimiento de la música clásica casi se limitaba a la banda sonora de La Lista de Schindler), tuve mi primer disco en propiedad (Schubert); he disfrutado como una enana con el Concierto en Re M para violín y orquesta de Tchaikovsky,  y aún me emociono cuando recuerdo a la orquesta tocando el comienzo de su Serenata para Cuerdas, mientras entraba a la Iglesia el día de nuestra boda.

Me gusta el impresionismo y el postimpresionismo (Renoir, Cezanne…) y el estilo arquitectónico románico y del primer renacimiento (me pirra el Hospital de los Inocentes).

Además de todo eso, detesto Crepúsculo y seria capaz de inmolarme frente a los estudios de Mediaset.

Lo que os decía, intelectual… Y ello a pesar de que no vea el momento de poner alguna excusa como que tengo que hacerme la cera, para irme corriendo a ver “50 Sombras de Grey”. En fin, no es por el guión (no he leído el libro), pero… Ya me entendéis…

Nada tiene que ver que me debata entre Mario Vaquerizo y  Henry Miller si me preguntan a quien elegiría para conversar durante una cena tranquila.

Intelectualoide, al menos, aunque me regocije loca de contenta junto a una copa de vino cada vez que en el Cosmipolitan reponen Sexo en Nueva York.

¿Qué importa si me paso horas ojeando blogs de moda, estilo o decoración y lleno la barra de herramientas con webs de shopping online? No; esto no me apea de mi impostada  condición de, como mínimo, pseudo intelectualoide.

Tampoco que alguna que otra vez (más de las que quisiera reconocer) me haya visto obligada a echar una ojeada rápida y disimulada a la wikipedia, para seguir alguna conversación sobre literatura, arte o filosofía.

De ningún modo se me caen los galones porque en algún concierto del Señor de los 70´(de violín, claro está, cuando toca la batería ya os digo yo que con ese ritmo progresivo del infierno no hay quién se duerma – seguro que si lo escuchas al revés se oye algo satánico-) me haya despertado con la baba colgando ante la tos fingida de la Señora con pieles de tigre que se sentaba a mi lado.

Un intelectual puede, perfectamente, venirse arriba cuando suena “Wannabe” de las Spice Girls y entristecerse porque Brad Pitt dejase a Jennifer Aniston, esté enamorado de Angelina Jolie y ya no vaya a volver nunca con Jennifer Anniston (esa tristeza sí que te define como hija de los 90; y no los chinos de la suerte). Tampoco deja uno de ser intelectual porque le consuelen los muchos kilos que Mija Jovovich engordó durante su embarazo.

Aunque la verdad, hay algo… Algo que amenaza seriamente mi autoinclusion en este selecto grupo. ¿Puede realmente un intelectual engancharse a VELVET y tragarse todos los capítulos sin excepción? Todos; sin remilgos ni anestesias. Desde el primero al último.

Pardiez! Mucho me temo que no. Imposible; porque esa serie es un culebrón de dos pares de narices; porque explicarle a mi hijo que las colillas del suelo no se comen, compromete más mis conexiones neuronales que el complejo de Edipo de Miguel Ángel Silvestre con Ángela Molina…

!Por el amor de Dios, Raquel, si el personaje interpretado por Paula Echevarría es más plano que Mickey Mouse!. Por cierto que la chica en una entrevista dijo que  era el más importante de su carrera…Vaya! No lo quiero ni imaginar…

Te has atiborrado de escenas de chico guapo (aunque algo brutote) salva (en alguno de los sentidos) a chica preciosa (aunque aburrida hasta hartar), incluida la emulación del final de Oficial y Caballero pero con coche  vintage descapotable, y ahora debes asumir sin rechistar el destierro de la tierra del saber…

Me voy, mas no sin antes decir que aquí, la menda menda lerenda, nunca ha disfrutado tanto como lo hace leyendo el pasaje de “El Gran Inquisidor”, querido Dostoievsky.