Se me parte el alma.

Tal cual.

La estampa de entradas escalonadas, flechas en el suelo y señalizaciones perimetrales, me parte el alma.

Las caritas pequeñas con las sonrisas escondidas, por muchos colores y superhéroes que les pongamos a las mascarillas, me parte el alma.

El reencuentro distanciado, como un oximoron perverso, el olor a gel hidroalcoholico en las puertas de entrada… Y, sobre todas las cosas, sus caras de desconcierto. Eso, me parte el alma.

Y sospecho que nosotros, acostumbrados a los contrasentidos, nos encogemos de hombros ante tanta contradicción paseándose desvergonzada al lado nuestro, y hasta nos reservamos, en un ejercicio de prudencia domesticada, calificar de injusticia lo que no es más que eso… Pero ellos, a Dios gracias, no tienen entrenado el sentido de la resignación, y nos miran con extrañeza. Con preguntas en los ojos y el gesto inocente de quien, aún sin comprender del todo, elige confiar.

Y eso, recibir en contraprestación una confianza plena que no me siento del todo en condiciones de merecer, porque la sencilla realidad es que yo tampoco entiendo, me parte el alma.

Me miran así cuando les espeto que no se acerquen, que no entren, que se pongan gel, que no toquen; y, con cada orden del estilo, me tengo que tragar una enorme bola de cemento que se me atranca en la boca del estómago.

Me parte el alma cada uno de los abrazos que no van a darles sus profesores; cada beso que no va a enjuagar sus lágrimas cuando se hagan daño; cada canción que no van a cantar y cada función que no van a tener.

Cuando me los imagino en la hora del recreo cautivos tras las barreras infranqueables hechas con cinta de carrocero… Se me parte el alma.

Y que no me vengan con el cuento chino de que los niños se adaptan. No les queda más. Ellos siguen riendo, y jugando de la misma forma en que respiran, porque es lo suyo.

A nosotros, como adultos responsables, nos compete partirnos la cara porque no se les quite más de lo necesario… Para que cuando haya que adoptar una medida en la que resulten los únicos o principales perjudicados, por una vez, a los que mandan les tiemble el pulso.

Nos toca reivindicar que cuidar de ellos es la prioridad, y que ni el colegio ni los abuelos pueden entenderse como recurso al servicio del endiablado jeroglífico de la conciliación.

Se lo debemos( realmente se lo debemos por aplicación del artículo 154 del código civil).

Ninguno podemos ser garante, con esta pandemia cansina, y muchas bolas de cemento tendremos que tragar sin solución, pero podemos y debemos dar a la infancia el lugar que le corresponde, y sacarla del cajón de los trastos perdidos.

Porque verla cubrirse de polvo, bajo la mirada de todos, me parte el alma.

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