No Country for women I

Haciendo mi particular especial del Día Internacional de la Mujer que se celebra el próximo 8 de Marzo, les cuento que como mujer y trabajadora, he experimentado discriminación en el desarrollo de mi profesión, en alguna ocasión. 

Y lo aireo así, sin pudor y sin reparos, no porque soy presa de este victimismo que muchos perciben en tanto alboroto hormonal-feminista, sino, precisamente, porque como ya les conté por aquí, las cosas deben ser llamadas por su nombre, y machista hay que decirlo más, para que se oiga, para que se vea, para que se asuma y para que se cambie. Hay que decirlo cuando hay que decirlo, lo que significa que no hay decirlo cuando no hay que decirlo.

En el frío invierno de 2013 (me van a permitir que le imprima carácter literario, que ya saben lo que me gusta una historia), corría el mes de Diciembre cuando una señora que se encontraba atravesando dificultades de diversa índole, contactó conmigo para solicitar mi asesoramiento legal.

Tras una larga conversación, la señora me pidió que me hiciera cargo de diversos procedimientos y expedientes instados en su nombre y cuya tramitación se encontraba en manos de un respetado colega.

En escrupuloso cumplimiento del Código Deontológico de la Abogacía Española, una servidora trató de contactar con el distinguido compañero por mar, tierra y aire, para solicitar su Venia y preocuparme de la liquidación de los honorarios que, en su caso, restaran por hacer efectivos. 

Desgraciadamente, nada funcionó. Ni el móvil, ni el fijo, ni el e-mail… Así que, tras dos semanas de intentos, solicité una cita personal a través de su secretaria, única persona con la que había logrado contactar.

En cumplimiento, de nuevo escrupuloso, del código deontológico, no me planteé cosa distinta a que la reunión tuviese lugar en el despacho del compañero que tenía antigüedad y experiencias mucho más dilatadas que las mías. Eso sí, teniendo en cuenta que rondaba la semana 35 de embarazo (mi hijo nacería en la 38), pedí amablemente a la Secretaria si podía atenderme a una hora distinta de la que me ofrecía (20.30 horas) puesto que, después de un día completo de trabajo, a esas horas los pies ni me cabían en los zapatos, y la distancia que había entre mi despacho y el suyo me obligaba a conducir durante unos 20 min.

(con este párrafo así escrito ya tienen los cazadores y las cazadoras, presa suficiente para encontrar victimización y reclamo de una dulcificación del mundo de los negocios. A ésos y a ésas sólo les diré que los parió una mujer que primero estuvo embarazada, y por eso pueden hacer tantas cosas geniales por la sociedad en la que viven.)

Tras consultarlo mi única intermediaria con mi inaccesible compañero me informó, la secretaria, de que no era posible, a no ser que se aplazase demasiado en el tiempo.

Asumí que el compañero estaba infamemente ocupado y no decliné la cita.

Llegado el día y la hora acordada, me personé junto con mi feto de 35 semanas, en el despacho del compañero.

La secretaria ya no estaba (quizás estaba con sus hijos), pero me atendió otro amable compañero que hacía pasantía con mi inaccesible compañero jefe, con el que, además, había coincidido en la Universidad. El amable compañero me pidió, amablemente, que esperase en un banco de espera, en la entrada del despacho.

Me senté repantingada, en la única forma posible para encajar la barriga entre las piernas y esperé. Esperé UNA HORA.

A lo largo de esta hora, el amable compañero salía de su despacho reiteradamente, supongo que para comprobar que no había dado a luz en aquél banco ni me había dormido (cosa para la que faltó bien poco).

Cada vez que salía de su despacho para verificar mi estado de salud/gestación, lo percibía más y más incómodo. En cada ocasión me decía: Lo hemos avisado. No tardará. 

Yo, que pese a estar bastante molesta con la situación, empatizaba con la de aquél amable compañero, le decía que no se preocupara, y le agradecía su atención.

Finalmente, el inaccesible compañero jefe salió de un ornamentado despacho junto a sus clientes, despidiéndolos; estrechando la mano de un señor firmemente, sin que mi presencia captara su atención en absoluto, hasta que hubieron salido del campo de visión los citados clientes.

Una vez de frente el compañero jefe y yo, y el pasante que esperaba aparentemente avergonzado ante la puerta de su despacho, el primero miró al tercero el cual le indicó que era la compañera que venía en relación con el asunto de Doña fulana.

El compañero jefe por fin contempló considerar mi presencia, por otro lado voluminosa, en la entrada de su despacho y  se me acercó. Me dio la mano con menos firmeza de lo que había hecho con su cliente y con gesto de poca importancia. Me presenté y me invitó a pasar a una sala de juntas, a la que también invitó al amable compañero y a otro joven abogado, cuya existencia había sido hasta entonces ignorada por mí.

Una vez allí tomé la palabra para solicitar la Venia y, sin que hubiera terminado mi exposición se dirigió a los jóvenes compañeros para que le pusieran en contexto, como si no tuviera ni idea de por qué estaba yo allí.

Expuesto el tema, el compañero jefe, dijo:

  • Ah sí! vale, muy bien. De esta Señora, interesantes sólo hay dos asuntos.. Todavía nos debe parte de los honorarios.

Tomé de nuevo la palabra para prestarme a hacer llegar la minuta a la cliente.

Le pedí la documentación de la que pudiera disponer y se resistió remitiéndome a la procuradora, indicándole yo en ese momento que se trataba de alguna documentación original que entendía que podía estar entre sus archivos.

Finalmente le pidió al amable compañero, sin demasiada amabilidad, que la trajera.

Antes de que éste volviera, el compañero jefe se había levantado, así que dando por terminada la reunión, tras una hora de espera, y cinco minutos de conversación, hice lo propio.

Me acerqué a estrecharle la mano sin ningunas ganas, pero con poco empuje para avergonzarlo, y mientras los jóvenes abogados, el amable compañero ya regresado, esperaban tras él, el compañero jefe apreció:

  • Estás embarazada 
  • Sí. Sonreí por la evidencia.
  • Y ¿Cómo vas a llevar el asunto?!

Lo sentí como una invasión intolerable habida cuenta del tono grotesco con que me interpeló, como si fuera una pregunta retórica que con escasa utilidad, escondía una crítica profesional para la que se sentía legitimado.

Bien que no hubiera contestado a mis mensajes; bien que no hubiera accedido a buscarme un hueco en su agenda en una hora menos intempestiva; acepté, aunque de muy mala gana y resignada, que me hubiera tenido esperando una hora, y que me recibiera sin una sola disculpa y con mucha prisa, pero esta pregunta tendenciosa y malintencionada, había atravesado el límite de lo que estaba dispuesta a tolerar.

  • Yo me ocuparé de eso, contesté con seriedad con la intención de limitar su acceso en mi respuesta.
  • Tendrás algún socio, insistió.
  • Tengo una SOCIA. Afirmé.
  • No será madre, al menos, sentenció.
  • Sí lo es. Volví a afirmar con rotundidad.

Hizo un gesto con la cabeza, como si no lo pudiera comprender.

Cogí la documentación, me despedí amablemente del amable compañero y me fui.

En el coche de vuelta a casa, repasé mentalmente las MIL RESPUESTAS LÚCIDAS Y OPORTUNAS que podría haberle dicho; los discursos que podía haber pronunciado; los límites que pude y debí poner y, como tantas veces, como muchas veces para mí y para otras, me culpé por no haberme defendido de forma más digna.

No me volverá a pasar, pensé. No me ha vuelto a pasar. No porque ahora sea yo una mujer indestructible, sino porque, afortunadamente para mí, no he me vuelto a topar con un compañero así.

 

 

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YA NO PUEDO MÁS.

No voy a cantaros que vivir así, es morir de amor.

Hoy tengo que gritar de alguna forma que es profundamente injusto y superlativamente hiriente escuchar semejantes palabros de la boca de niños  y niñas.

Pero ¿Cómo es posible que una niña de 8 años diga que no puede más con la vida?!!

Una niña de ocho años tiene que poder con mil vidas que le pongan por delante. Tiene que comerse la vida a bocados. Tiene que querer siempre más y más vida. Una niña de 8 años tiene que correr y saltar, y reír y jugar, y aprender y cantar, y bailar y experimentar. No puede estar cansada de la vida. Debe beberse la vida.

Cuando escuché a Marta decir que no podía más con su vida, se me partió el alma. Comprendí en este momento lo que significa que el alma se te parta. Porque te rompes por dentro.  Algo muy afilado se clava en algún lugar inidentificable. Te quiebras. Falta el aire.  Se te hace incompresible. Es una realidad que no puedes asumir; que deseas ignorar. Que quieres aniquilar, fulminar.

Y sigo escuchando a su madre, que está desesperada porque ¿Cómo no lo va a estar?

Ella, que desde el mismo día en que conoció la existencia de Marta le ha asignado el lugar de los reyes. La ha amado y cuidado con sus manos y sus pies y su cabeza. La ha amamantado, la ha acunado, la ha protegido y la ha soñado creciendo, viviendo, siendo feliz. Invariablemente.

Y, sin embargo, Marta, con 8 años, sufre. Se siente sola. No quiere ir al colegio. Allí le gritan, le pegan, le insultan, le vejan… Por nada. Por ser. Por ser gorda, o flaca, o alta o baja, o por no tener dinero, o por necesitar ayuda con el aprendizaje, o por tener aparato o gafas, o por estar enferma. Marta está triste cada día, todos los días, y no podemos permitírnoslo.

A Marta los insultos y los golpes se le pegan a la piel; se le incrustan y la acorralan. Y se desprecia y se culpa y ya nunca se cree que, en contra de lo que le repiten cada día de su vida ante las audiencias más vergonzantes, su existencia tiene más valor y dignidad que las de aquellos que la agreden. Aunque su padre porfíe de tal manera que parece querer imprimirlo con la voz en el aire.

A Marta la despierta la angustia por la mañana y se duerme agitada por el miedo y reducida por la soledad. Y sus padres no saben si es mejor no perderle la pista, o dejar de darles pistas a sus agresores.

No hace mucho, horrorizada por el inenarrable caso de maltrato infantil sucedido en Perris, California, leía la carta que un compañero de clase dedicaba a una de los hermanos Turpin, Jennifer Turpin, en la que pedía perdón por no haber actuado ante la situación de acoso escolar que sufrió la pequeña. Recuerdo especialmente que se lamentaba porque jamás se les ocurrió pensar que la vida de esta chiquilla, que apenas cambiaba de ropa y que olía a sudor, escondía torturas tan terribles. Y porque resultó que la realidad de esta niña era la más impía de las desolaciones, el desamor en su versión más cruel.

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Y me dió por pensar en esta costumbre nuestra tan humana de no acertar a vestirnos con la piel del otro. De ser de juicio rápido y fácil. De plegarnos a los prejuicios y estereotipos y de justificarnos en la inocencia del chismorreo patrio.

No tengo ni papa de psicología infantil, pero lo que sí sé es que nuestros hijos absorben los gestos y las palabras, los tonos e incluso los silencios con la avidez del instinto de supervivencia,  y aprenden el mundo según se lo mostramos. Nuestros actos les regulan el termómetro del bien y el mal.

Y por todo esto reflexiono hoy para proponerme ser consciente siempre de que aquel, el otro, el que no es como yo, está viviendo una vida cuyas circunstancias desconozco, así que me propongo ser amable, y que mis hijos lo vean, porque, tal vez, quienes primero tenemos que hacérnoslo mirar, somos nosotros.