Vísteme despacio que tengo prisa.

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Padres y madres “all over the world“: ¿No os parece que esta expresión es la síntesis perfecta de vuestra vida como responsables de niños de entre uno y cuatro?

Pero ¿Por qué, niños del mundo, jamás queréis poneros la  ropa? Si la compramos de algodón y utilizamos Norit!!

Son las 3.30 pm. Si estamos pisando la calle a las 17.00, me daré por satisfecha, así que me propongo redimirme, vestirlos en tendencia y candorosos, más que peinarlos RE- peinarlos, e incluso ponerles colonia y quién sabe si unos tirantes al mayor y un lazo bien plantado a la pequeña..

Me voy al cuarto rebosante de ínfulas de grandeza, y abro el armario buscando sendos atuendos de los que hacen girarse al personal y, mientras estoy absorta pensando en lo cool que le quedan a WildManuela los vestidos con Converse, oigo a Raúl preguntarse inocente, pero en voz alta, dónde está su helicóptero que ha dejado en el sofá durante los diez segundos en que se lanzaba de cabeza desde el respaldo, probando si había mejorado su técnica de vorteleta. Sin solución de continuidad, unos pies corriendo destartalados, como si les fuera la vida en ello, en dirección opuesta.

Cierro los ojos, encojo los hombros y aprieto los dientes. Ya se lo que viene.

Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

No contesto. Sé lo que sigue:

Manuela me ha quitado el helicóoooooooooptero.

Después de 15 minutos de negociaciones, de sofocar tensiones y evitar lesiones; de consolar llantos y ofrecer alternativas, retomo el armario abierto con un poco menos de entusiasmo. Bueno, es Martes por la tarde; tampoco tienen que ir los niños de revista, con un par de conjuntos graciosos, servirá.

Tras  dos paseos adicionales al armario aún abierto, porque se me olvidó el pañal de una, los calcetines de otro y porque el pantalón blanco tenía una mancha de rotulador amarillo (lo que lo condena a la bolsa con ropa para frotar que pende en la despensa desde hace ocho meses), me felicito con condescendencia sincera por haberme hecho con el arsenal necesario, y por haber superado la primera de las fases de mi misión.

Me quito el jersey adelantándome a mi propia frustración. La tensión sudando se soporta peor.

Primer llamamiento:

-Hijo: Tienes la ropa en el sofá. ¿Puedes vestirte que vamos a salir?

  • Nooooo

-¿No quieres salir a la calle?

  • Siii, pero me llevo el violín.

Hijo de mi vida, hablo conmigo misma. No introduzcas ahora esta variable. Lo tenía previsto. Soy consciente de que tendremos que abrir ese melón antes de cruzar el umbral de la puerta, pero, hijo mío, como diría el Sr. Mariano Rajoy: “No entremos en eso ahora.”

Me resigno. No hay otra opción que entrar en eso, AHORA; JUSTO AHORA. Si las mujeres fuéramos un poco más como mi hijo, no habría brecha salarial que se nos resistiera…

Tras alcanzar un acuerdo razonable, que no era mi primera opción ni la suya, volvemos, veinte minutos después, a la ropa sobre el sillón.

Me contengo la emoción de ver que el primogénito empieza a bajarse los pantalones, y cojo en brazos a mi pequeña Wildy con la intención de llevarla hasta el sofá.

Patalea, arquea la espalda y llora diciendo que no.

La suelto. Miro el reloj: Las 16.10. Respiro. Manuela ¿A ti te apetece salir a la calle?

Siiiii. Calle, CALLE!! Grita con alboroto.

-Pues entonces tienes que vestirte.

A que no e illas, canturrea.

Casi me pierdo. Estoy a punto de dejarme llevar por la tensión creciente y mi adulto razonamiento según el cual si quieres salir y para salir tienes que ponerte la ropa, HAY QUE VESTIRSE, cuando consigo retroceder en la inercia inevitable hacia el desbordamiento, y tomarme un minuto para pensar.

Tengo dos opciones: Una pasa por reivindicar mi posición de autoridad y decirle que no es hora de jugar. A ésta le van a secundar llantos y oposición. Otra pasa por jugar un poco,  evitar la reacción defensiva y tratar de buscar, en los cinco minutos siguientes, el momento y la fórmula para plantearle que tenemos que vestirnos.

Consigo, hoy, rescatar de mi precario saco de paciencia, que parece la hucha de las pensiones, una sonrisa. Me agacho y simulo algo parecido a un monstruo acechante pisoteando con fuerza el pasillo de mi casa, mientras Manuela ríe y grita y huye despavorida.

La reduzco a base de cosquillas y cuando está noqueada, la llevo hasta el sofá en el socorrido “saco de patatas”.

Comienzo a vestirla; hasta que se hace consciente. Justamente cuando estoy a punto de superar el pañal que es el 45% de todo el trámite. Y se gira, y cual Houdini, se escabulle de entre mis brazos y mis piernas y corre a toda velocidad, desnuda, canturreando de nuevo “A que no e illas…”

Miro el reloj de nuevo. Son las 16.30. Cojo el móvil. Mando un mensaje. Renuncio a la primera opción de mi optimista planificación. La tintorería puede esperar.

Miro al mayor: Sigue con los pantalones bajados, haciendo moverse a una moneda sobre un folio por medio de un imán colocado debajo.

Hijo, tienes que vestirte para salir, ¿Recuerdas?

Ah, sí. Voy.

Espero. Sigue con la moneda.

-Raúl.

-Sí, sí, sí… 

Coge el pantalón.

Vuelvo a hacerme con la pequeña y consigo vestirla de cintura para abajo.

Le canto la canción de cachivache (un pájaro que hemos inventado en casa) para distraer su atención del trance de introducir su desproporcionada cabeza por el cuello del jersey. Ni modo. LLora, me dice que le aprieta.

-Eze nooooooooooooo!!!

Durante unos segundos le discuto. Me rindo. Traigo otro. Espero no encontrarme a mi madre por la calle. Hija, ese jersey que lleva la nena tiene pelusas, está estropeado… (como si lo estuviera viendo).

PUES SÍ, MIRA MAMÁ SÍ, PERO ES UNA APUESTA SEGURA y SON LAS 17.15, le espeto con rotundidad a mi madre en mi mundo interior. La situación real más bien acabaría con: Vaya! Es verdad, no me había dado cuenta…No se vaya a pensar que le he puesto ese jersey de pura desesperación.

Con la pequeña vestida y la mente centrada únicamente en que no se quite los zapatos, ayudo al mayor a ponerse los propios y comienza la fase tres. Me la planteo como aquéllos concursos de los 90´en que un conductor de entretenimiento retaba a concursantes enloquecidos a que cogieran de una tienda todo aquello que pudieran durante diez exiguos minutos.

Visualizo las bolsas de merienda; las frutas, snacks y botellas de agua.

Visualizo las piezas de construcción en el suelo y las películas para devolver al videoclub.

Visualizo las ropas sucias sobre las sillas y los pijamas sobre la mesa del salón.

Visualizo los abrigos y gorros, guantes y bufandas.

Visualizo sus juguetes preferidos y sus gafas de sol (que últimamente quieren llevar con mucha independencia del sol que haga).

Trazo en mi mente el plan perfecto. Calculo las distancias y tengo en cuenta la proximidad de mis hijos a todo el “stuff” recogido, sorteando sus intentos de retomar nuevas actividades. Les doy algo para comer y les esbozo los primeros versos de una canción.

Y suena el silbato en mi mente alerta y corro, y me agacho, me levanto, abro cajones, los cierro, meto, saco y corro.

Todo listo.

Espera. Las llaves de casa. Les pregunto a ellos si las han visto. Lo hago por inercia, pero una vez Raúl me dijo que sí; y me señaló donde estaban. Para que veas, pensé.

Y ahora sí. Son las 17.40. Estamos listos.

No están peinados.

No llevan colonia.

Yo tampoco.

En el ascensor lo percibo de repente. Abandonad toda esperanza, pienso. Cojo el móvil: 

Tengo que volver. No me esperes. Si consigo salir de nuevo, aviso. 

Huele a caca. 

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Manuela, la despeinada.

El otro día me informaba mi hermana de que una amiga suya había bautizado a mi pequeña con este preciso y absolutamente oportuno alias.

Manuela siempre va despeinada. Manuela sólo luce “totos” mientras duerme, porque aprovecho los momentos en los que tiene anuladas sus capacidades cognitivas y volitivas, para ponérselos a traición. Una vez despierta, le duran lo que tarda en ser consciente. Entonces se los quita mirándome a los ojos con determinación. Debería, darte vergüenza, mamá, parece querer decirme…

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Otros sobrenombres que nos vienen sirviendo para identificar de forma descriptiva a la benjamina son “Manela Destroyer”; “Manuela Tormento”; “WildManuela”… 

Pues sí, Manuela tiene una gracia especial para hacer lo que le da la real gana. Ella sigue sirviéndose de la estrategia de la discreción para colocarnos a cada uno de nosotros en el lugar en el que nos quiere tener. Con enorme disimulo; así, como quien no quiere la cosa, Manuela hace y deshace.

Esta hija mía es  indiferente a la aprobación o la celebración. A ella la mueven otros pulsos, y yo asisto fascinada a su desenvoltura. Me quito el sombrero ante su tenacidad y su autonomía.

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Manuela, que parecía no escuchar hace dos meses cuando a su hermano se le voló el globo al espacio, y se congratuló de que estuviera con el resto de los astros, esta misma mañana me ha dicho que lo que asomaba al amanecer por la ventana de la cocina, no era la luna, sino el globo de Raúl.

Manuela presume de orgullo  en su justa medida, y marujea cuando la saco a pasear. Después de despedirnos de cada cual que se para a conversar, Manuela me pregunta, haciendo alarde de un gran dominio del deje de patio interior: “¿Y esa quién es?”¿qué te ha dicho?”, labio alzado y palmadita en el hombro por medio. No me cuesta nada imaginármela en un café con las Supernennas interpelando “¿y esa de quién es, nena?”

Me pregunto cómo cabe tanto carácter en un cuerpo tan pequeño.

Y, sin embargo, Manuela desinfla el temperamento a base de besos; caricias y reiterados perdones, por favor y gracias (de buenos modales la niña va sobrada). Es alegría y contento. Es fuerza y nobleza. Su risa es más verdad que ninguna otra cosa.

Manuela, que es un remolino; que, como dirían Sus Satánicas Majestades, es un arco iris, cumple dos años, y cada mañana cuando la cojo en brazos examino que siga teniendo los rasgos de bebé; la nariz redondita y las manos rechonchas; los mocos colgando y la boca desdentada… Y me abrazo al olor a pre-niña que todavía desprende.

Sé que irremediablemente se hará mayor. Eso deseamos por encima de todo y, sin embargo, no consigo normalizar del todo este indolente transcurrir del tiempo.

Desde hace varios días; semanas, tal vez, soy yo la que parezco privada de la indolencia. Tengo la sensación de estar siendo exponencialmente consciente. Amplificadamente consciente. De todo; de lo maravilloso, lo honesto y bondadoso, y también de lo despiadado y lo cruel. Y tan profunda y sentidamente se me imprimen los sucesos y experiencias en la piel, que no puedo más que sentir que soy indescriptiblemente afortunada. Tengo la constante certeza de estar viviendo algo extraordinario, aunque me de un podo de miedo ponerle nombre.

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Manuela: Tú estás dando feliz sentido a esta locura maravillosa. Jamás he tenido tan poco tiempo; jamás he acabado los días tan agotada y, sin embargo, jamás jamás, he experimentado tanta plenitud.

A veces me cuestiono y me cuestionan este “maternocentrismo” o “familiocentrismo”; pero, desde la más profunda de las honestidades, vosotros copáis la lista de prioridades con mayúscula ventaja. Sí, la experiencia de la maternidad, de vuestra maternidad, ha sido el desafío más salvaje, turbador y fascinante al que me he enfrentado jamás.

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Manuela de mis amores. Mi rubia y, sobre todo, peligrosa: Te quiero con locura. Me encantas. Muero con tu flow y tu simpatía y te deseo lo mejor de lo mejor. Hoy y siempre.