La Jauría.

Sinceramente, me parece mejor calificativo para hacer referencia a la presunta agresión que tuvo lugar en Pamplona, durante la celebración de San Fermín el pasado año 2016; a sus presuntos autores; a la atrevida disposición de éstos; al enjuiciamiento; a las decisiones judiciales; a las reacciones en redes sociales y en medios de comunicación…

Permítanme en primer lugar que hable siempre de presunta y de presuntos. Porque, con independencia del reproche moral que quepa hacer a los actos cometidos por los acusados, desde ya, desde entonces; su culpabilidad, desde el prima jurídico-penal, sólo podrá predicarse una vez finalizadas las sesiones del juicio oral. Tampoco digo desde que se dicte sentencia condenatoria porque, ya ven, los jueces NO siempre tienen la razón. No siempre imparten justicia. No siempre aciertan.

Pese a todo, la presunción de inocencia es un principio fundamental del Derecho Penal, y es urgente y necesario, y en este sentido, ni siquiera la legítima indignación puede nublarnos el juicio. Ni el particular, ni el que se está desarrollando en la Audiencia de Navarra, en el cual los acusados, a través de sus letrados, tienen el derecho a defenderse.

Y otros principios fundamentales de nuestro Ordenamiento jurídico son la tutela judicial efectiva; la igualdad de género y la libertad: De movimiento, de expresión, de pensamiento; de creencia…

Libertad que ampara que la presunta víctima de la agresión, tras ésta, haga y deshaga a su antojo lo que le venga en gana. Que ampara, incluso, que no se encuentre traumatizada por los hechos. Que salga, que beba o que tenga cuantas relaciones sexuales desee.

Sencillamente la actitud y el comportamiento de la presunta víctima tras el hecho de la agresión, NO tiene relevancia alguna para el juicio sobre en anclaje de los hechos en el supuesto de violación, contemplado en el código penal.

Les voy a confesar que, en un primer momento, cuando escuché la noticia de la admisión por el tribunal de la prueba consistente en un informe de un detective privado, y el posterior revuelo social, acogí la información con extrema prudencia. He comprobado la oportunidad de esta actitud cuando se valoran desde la opinión pública decisiones judiciales, ya que más veces de lo deseable los titulares son engañosos y manipuladores.

La Jurisprudencia del Tribunal Supremo en relación con los delitos de naturaleza sexual, ha venido admitiendo que los mismos puedan ser apreciados contando con la declaración de la víctima como única prueba de los hechos (es, por otro lado, lógico pues, generalmente, uno o unos no suelen violar en público…). La otra cara de la moneda es que dicha declaración tiene que tener la fuerza y la consistencia necesaria para desvirtuar la presunción de inocencia que tienen, no sólo los presuntos agresores del caso concreto, sino todos y cada uno de los que habitamos este país.

Por aquí razonaba yo para tratar de encontrar justificación a la decisión judicial, en el sentido de que pudiera existir alguna declaración  de la presunta víctima en la que manifestara de forma libre, espontánea y no viciada, que mantuvo una relación sexual consentida con estos cinco chicos.. Y he aquí donde llegué a mi conclusión de que admitir dicho informe genéricamente, es una decisión judicial nada acertada; más que cuestionable.

Otra cosa hubiera sido que el Tribunal hubiese admitido tomar en consideración (para después valorar) la constancia de una declaración de la víctima posterior a los hechos y que hubiese entrado en contradicción con lo declarado previamente.  Como digo, desde mi punto de vista, dicha admisión hubiese resultado procedente, sin perjuicio de que su concreta valoración exigiera tener en cuenta otros factores como a quién se hizo esa declaración, cuándo, en qué circunstancias y en que situación emocional…

Pero es que nada más lejos de la realidad. No hay nada parecido en este caso. Lo que se admiten son publicaciones de la presunta víctima en redes sociales en las que ésta reproduce frases de “super shore”; sale de fiesta; quizás habla de sexo, de alcohol… y sencillamente no encuentro la manera de relacionar estas cuestiones con el juicio sobre la ausencia de consentimiento en el acto sexual, o la situación de conciencia de los presuntos agresores en el momento de llevarlo a cabo. No hay manera.

Y, además de que esta decisión no hay por donde cogerla, si se quiere desde un punto de vista técnico, refuerza un mensaje instalado en lo más profundo de nuestra tradición social machuna: Si eres una mujer, mucho cuidado con disfrutar del sexo, del flirteo, del alcohol o de una juerga con amigas.  Todavía se califica a las chicas que expresan públicamente su sexualidad como “ligeras”, “sueltas” o directamente “putas” y a los hombres como “linces”, “campeones”, “seductores” o “truhanes”, con cargas semánticas absolutamente opuestas.

Me pregunto si una chica que generalmente quiere tener sexo pasa automáticamente al lado oscuro y tiene que renunciar a su libertada sexual. A poder decir que no. Me pregunto si las mujeres tenemos que elegir entre poner nuestra sexualidad al servicio de los hombres, o apostatar de ella por completo; con el esposo y la luz apagada, o cuando y como ellos quieran.

Ya en otro orden de cosas, dejando al lado la mezquindad del comportamiento de esa indeseable jauría, que tantos y tantas han expresado ya, con mejor sensibilidad que yo, no puedo evitar pensar en el coto de caza en el que se convierte Pamplona durante San Fermín. Un coto donde las jaurías encuentran espacio para liberar la ira y la violencia; un territorio que durante unos días, se convierte en Sodoma y Gomorra.

Un escenario donde el alcohol juega la carta de relativizarlo todo; antes, durante y después.

No puedo evitar pensar en Gandía Shore, o en Mujeres y Hombres y Viceversa y en lo que mostramos a nuestros hijos.

No puedo evitar pensar en los otros 15 tíos del Whats app a los que no se les pasa por la cabeza oponerse a lo que sus amigotes están haciendo, en directo. No puedo evitar pensar en que éstos otros 15 tíos les ríen la gracia y les profesan su admiración.

Desde hace una semana, tengo el estómago revuelto. De asco.

 

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