La La Land

la_la_land-262021831-largeA mi me gustan los musicales.

En general me gusta la combinación entre teatro y música o cine y música.

Yo no soy ninguna entendida en cine, aunque me gustaría, y reconozco que me da envida la gente capaz de hacer referencias a los clásicos cuando hablan de fotografía o montaje. A mí la fotografía y el montaje me llegan en el mismo paquete que todo lo demás. Me pasa como con las canciones; me gustan y me emocionan y me conmueven o me despiertan, y no sabría decirte si es por el arreglo de guitarra o por el compás de siete por ocho.

Vamos, que soy público general. Pueblo llano.

Como decía; me gustan los musicales. No son mi género favorito; pero recuerdo un buen número de películas que han hecho maca en mi vida en las cuales la música ha jugado el papel de lanzadera. Ha cogido la historia y la hecho llegar directamente, a propulsión,  a donde ha dolido un poco y ha dejado tara… Pequeña pero visible; o no visible pero perceptible en la versión  de mi misma “después de…”.

Me ha gustado mucho La La Land. Probablemente porque sigo siendo una romántica con pájaros en la cabeza. Probablemente.

Probablemente por eso, la fotografía rememorando los musicales americanos de los años 50 y creando un espacio onírico y de colores penetrantes sí que ha conseguido en mí ese objetivo poco disimulado de despertar la ensoñación.

La música me ha cautivado. La melodía de piano que se repite como un recurso narrativo para contar aquello que no se puede contar del todo con guión ni imagen. Mientras la escucho, yo trascribo la historia, la de la película y la mía, en emociones.

El número musical que da inicio a la película, me dispuso en un MODO ACOGIDA “ON” y, aunque me pareció un poco previsible y poco genuino, me gustó su enfoque californiano. Me divertí y me generó sentimientos juguetones y optimistas, tan poco frecuentes en la vida moderna, como necesarios.

La canción que Mía (Emma Stone) interpreta en el Casting que la va a llevar a la consecución de lo que dio un guión a su vida bajo el título de “sueño”, me conmovió;  porque hablaba de soñadores y corazones rotos y sufrientes y eso es el caldo de cultivo de los románticos como yo. Y porque Emma Stone está fea cantándolo pero lo transmite todo. Nada parece haberse dejado esta chica sin recoger, procesar y distribuir.

Los actores protagonistas (cierto que los secundarios serían más bien terciarios) me han fascinado. Emma Stone (que ya me dejó su nombre bien aprendido en BIRDMAN) me pareció simplemente EXCESLA. En cada movimiento y en cada mirada y en cada sonrisa y en cada expresión, confirma una empatía muy singular y reseñable.

Ryan Gosling no alcanza el nivel que ella marca, pero resulta convincente y hace un buen trabajo.

Cierto que no bailan y cantan como Fred Astare o Ginger Rogers, pero la verdad, tampoco hace falta. Quizás por eso no le vale a la película el reconocimiento de género musical en sentido puro… Y qué? Los protagonistas bailan y cantan, y con ello consiguen enternecer, apasionar, disponer…

Yo salí del cine con ganas de bailar y cantar.

Y la historia.  La historia es el epicentro que marca el fondo y la forma de todo lo demás; y todo lo demás está al servicio de la historia. Y la historia es simplísima; de lo más simple; porque habla del amor; o enamoramiento (como quieran decirle). Chico conoce a chica, se enamoran y después hay problemas.

Pero la historia se cuenta con toda la complejidad de la realidad; de la vida y del amor (o enamoramiento) .

La película consigue transmitir que el ser humano bajo el efecto del enamoramiento es invencible (o eso se cree); absolutamente poderoso; que es un estado de alteración de la conciencia, felicidad y dulzura inigualable. Y la película lo traslada como nadie en algunas escenas que me abrumaron de bonitas: Como cuando Mía pasa con el coche por el cine en el que ha quedado con Sebastian y le cambia el humor en un instante (porque el amor actúa como anestesia de los golpes del fracaso y de la humillación);  como cuando en el cine buscan el primer contacto físico con las manos, o la del baile en el planetario (que no puede representar mejor la sensación de estar en las nubes; como en un viaje astral fuera del mundo burdo, ruidoso y soez).

Y luego está la vida, que persigue incansable a los enamorados con sus obligaciones, sus responsabilidades, su amenazas en forma de miedos (a la soledad, a la humillación, al dolor), sus exigencias, sus varapalos a base de fracasos, de facturas, de cuentas pendientes; de rencores, de pasado, de futuro… Y luego está el propio ser humano; y el desengaño, y el desencanto y el desenamoramiento. Y los colores se van oscureciendo en la paleta de rosas.

Ya no parece tan simple, y las canciones y los bailes y la luz de la luna van quedando reducidos a algunos momentos, y bajando… Llegar al punto de preguntarte en qué punto estás y cómo has podido llegar hasta ese punto. Los esfuerzos de uno y otro; los intentos de hacer tabla rasa, las terapias de pareja… Ya no parece tan simple.

Y el final. Tristísimo. Aunque no lo quiera parecer. Porque lo más tremendo de todo es que se sigue viviendo. Se mira para otro lado y a otra cosa… Que de tanto elegir a veces acertamos  y otras no y eso nunca lo sabes cuando haces la elección; a veces lo sabes después, y otras, tampoco.

Y, como casi siempre (como me pasa cuando le pregunto a google por los síntomas que padezco, que siempre me responde que tengo sida) cuando termino cualquier reflexión de tipo vital emocional, concluyo que hay que disfrutar de las cosas de la vida que nos hacen felices. Tan simple y tan no. Y las que nos hacen desgraciados, simplemente resistirlas, y levantarse luego, malherido o mutilado, pero un poco más sabio y un poco más fuerte. 

UN AÑO DE AMOR

 

De puro amor. De amor expansivo. De amor del de verdad y no del de Oficial y Caballero.

Un año hace ya desde que llegó a nuestras vidas Manuela, sin tanto ruido como su hermano, pero con las mismas nueces. O más. Se dejó caer en nuestra familia como “el que pasaba por aquí” y descubrió solita su lugar; sin que nadie se lo mostrara. Se acomodó en él como la masa en el molde.

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Y esta niña nuestra, promete. Promete volvernos locos. De amor sí, pero de psiquiatra también.

La muy (puñetera) lista, que sabía que no era la primera ni la única, se ganó nuestra confianza durante cuatro meses, a base de noches “casi” del tirón;  tardes en la hamaca y sonrisas cándidas desde un maravillosamente interpretado conformismo.

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Y cuando ya estábamos convencidos de que habíamos sido bendecidos por Dios con una hija “buena” (léase que nos deja dormir, comer con relativa tranquilidad y de la que podemos presumir en una velada con amigos, mientras gargajea desde su cochecito)… Entonces ZASCA! Pero qué os habíais pensado? ¿Que iba a renunciar a mi quíntuple ración de teta nocturna y a mis relajantes paseos de madrugada, en brazos de papá o mamá?  . Se acabó lo de poner mis 10 kilos de cuerpo compacto en el carricoche, la trona, la hamaca, el parque y cualquier endiablado lugar en que queráis meterme que no sea sobre vuestro confortable regazo. Se acabó lo de entablar conversaciones adultas y olvidaros de que estoy aquí. Se acabó lo de pretender que me duerma sola, sin el dulce arrullo de las canciones y los balanceos de papá o mamá… De eso nada.

Y, claro, ya que nos tenía absolutamente rendidos a sus pies, no podíamos más que acatar sus deseos y resignarnos a seguir durmiéndonos por las esquinas unos cuantos años más.

Y es que, créanme, esta hija mía, como diría mi padre: Si la tiras a la pared se queda enganchada.

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Manuela es mucha Manuela. Puede pasar de la determinación y el coraje más absolutos agarrando a su hermano de la camiseta para hacerse con lo que tenga entre las manos al grito de algo que podría sonar como un feroz gruñido de animal salvaje, al llanto más melodramático y escandaloso, llevándose el brazo a los ojos en una expresión de “pero qué mundo más cruel”, cuando no le permites que meta la mano en las aspas del ventilador o en la resistencia de la tostadora.

Manuela es puro carácter y, sin embargo, cuando menos te lo esperas, muta en delicioso algodón de azúcar y ofrece abrazos y caricias de una dulzura  capaz de enternecer al mismísimo Yago de Otelo, Milady de Winter o al propio Hannibal Lecter.

Nuestra Manuela, que es un poco macarra, pide agua como déspota dictadora ordenando a sus vasallos y, sin embargo, es la persona que más se congratula con nuestra compañía. Derrocha simpatía y cautiva la mirada de propios y extraños con sonrisas sinceras y bailonas, que van directamente al centro neurálgico de nuestros corazones.

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Ella, que de momento no parece muy interesada en comunicarse con el idioma de los adultos, articula y encadena grititos adorables cuando está contenta; hace pedorretas y, en general, despliega una actividad sonoro-orquestal hilarante con la que se hace entender con total claridad.

Comienza a andar sus primeros pasos con los brazos en alto y cuando suena la música, como resorte automático, se arranca a bailar con una gracia irresistible capaz de arrancarme de cuajo cualquier preocupación.

Nuestra pequeña contestataria llegó en un momento en el que parecía que no podíamos aprender nada sobre el amor; y nos ha dado una magister class. Resulta que después de la pantalla en la que “te pasas” al monstruo, todavía hay otro nivel. Uno en el que nos hemos adentrado con menos miedo que en el anterior pero que nos ha reportado sorpresas igual de indecibles; sensaciones igual o más reveladoras y transformadoras, y unas cuantas certezas absolutas que, al menos a mí, me hacen la vida más fácil; menos turbadora.

Manuela, con su boca de piñón y su culo inquieto, ha cerrado un círculo y ha liberado los lazos que dan estabilidad a nuestro hogar.

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Por no hablar de la relación que ha creado con su hermano y que sea, probablemente, lo más favorito que tengo en la vida. Más, incluso, que la tarta de Santiago. Ver a éstos dos abrazándose es mejor que una invitación personal a la gala de los Oscars.

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Pues ésta, nuestra Manuela valiente y guerrera, inteligente y cariñosa; simpática y honesta; apasionada y testaruda, cumple un año ya mismo y yo llevo todo el día con los ojos de par en par de incredulidad. Excitada de imaginar las cosas que nos quedan por vivir junto a ella, e irremediablemente melancólica por el imparable e irreversible desfile que nos brinda el calendario, hacia delante, sin contemplaciones ni concesiones.

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Sin embargo, desde aquí, y por si algún día en tu adolescencia quieres avergonzarte de tu empalagosa madre, te deseo un feliz feliz primer cumpleaños. Te quiero con todo mi corazón, Manuela.