Lo mejor es que te vayas a tu casa y lo cuides.

Para ser absolutamente fieles a la realidad:

Mi opinión es que lo mejor es que te vayas a tu casa y lo cuides porque si lo que ganas es lo mismo que te cuesta la guardería, te estas equivocando como madre.”

No vaya a ser que luego nos tilden de feminazis o nazimadres por exagerar, tergiversar o manipular la realidad.

Hoy vengo a hablarles de conciliación. Y pensarán Ustedes, queridos lectores, !Pues vaya novedad!.. Pero tranquilos, hoy no voy a aburrirles con mis historietas, voy a hablarles de conciliación no como mamá, sino como abogada.

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Para ser precisos, voy a contarles un caso de cuya defensa me he encargado en los últimos tiempos, a propósito de la conciliación de la vida laboral y familiar, con el permiso de su protagonista; como no podía ser de otra forma, sin desvelar nombres, datos o identidades.

Este caso, que podría ser el de muchas mujeres de este país, comienza cuando mi cliente se convierte en madre.

A punto de expirar el ridículo  exiguo permiso de maternidad, mi cliente y su pareja se plantean qué hacer con su niño ahora que ella tiene que volver al trabajo. Ella, claro está, porque él ya volvió al trabajo muuucho antes.

Ella no quiere abandonar su carrera profesional y tampoco se lo pueden permitir, así que la solución a la que llegan, en la intimidad de su hogar y en la libertad que les corresponde en orden a tomar decisiones relacionadas con su familia, ella decide solicitar una reducción de jornada.

El derecho de los trabajadores de solicitar una reducción de jornada por cuidado de menor de doce años o discapacitado, se encuentra recogido en el Artículo 37 del Estatuto de los Trabajadores. Se trata de un derecho que corresponde al trabajador y, si bien requiere comunicación a la empresa por razones obvias, no precisa de aceptación por su parte (tampoco es un regalo pues implica la reducción proporcional del salario). Del mismo modo, la elección del horario en que se concentrará la prestación de servicios del trabajador, corresponde también a éste y, únicamente podría verse limitada por la empresa, en tanto la concreción horaria que hiciera el trabajador supusiera graves perjuicios económicos u organizativos para la empresa (afectando GRAVEMENTE a la producción o condicionando la propia continuidad de la misma).

En otras palabras, que la voluntad del legislador ha sido que el derecho a la reducción y a la concreción horaria (a decidir las horas en las que se va a trabajar)  se ejerza libre y plenamente por el trabajador, de manera que sólo podrá la empresa limitar dicho derecho cuando, aceptar las condiciones del trabajador le lleve a situaciones tales como tener que cerrar la empresa o sufrir importantes pérdidas. En otro caso, es decir, si no se dan esos graves perjuicios, los intereses de la empresa deben decaer ante el derecho del trabajador a procurarse la conciliación y, principalmente, el derecho del menor, a encontrarse debidamente asistido por sus progenitores.

En casos como éstos deben tenerse en cuenta varios aspectos: El más importante es el hecho de que el reconocimiento legal de estos derechos es una manifestación clara y concreta del mandato constitucional, contenido en el Artículo 39 de la Constitución Española que, en su primer apartado, dice lo siguiente:

“Los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia”.

Eso significa que los poderes públicos están obligados a legislar de forma tal que se proteja a la familia en la vida social y económica y, como parte fundamental de la misma, los hijos o, en general, la infancia.

Evidentemente la conciliación de la vida laboral y familiar es, en mi opinión, uno de los mecanismos principales para conseguir dicha pretendida protección.

Tampoco debe olvidarse que estos derechos de conciliación, hoy por hoy, se encuentran íntimamente relacionados con el derecho a la no discriminación por razón de sexo que tenemos todas las mujeres.

Efectivamente, si bien es cierto que lo ideal sería que estos derechos laborales tuviesen la misma virtualidad para hombres que para mujeres, la aplastante realidad es que no es así, sino que a fecha de hoy (por una amalgama de razones que no podríamos exponer en este post por su extensión e interrelaciones, pero que me reservo para tratar en futuras entregas; como por ejemplo, el hecho de que, en muchas ocasiones los hombres tienen trabajos mejor pagados que las mujeres) son las mujeres las que más habitualmente y en mayor medida, enfrentan los sacrificios de sus carreras profesionales en pos de la empresa familiar.

Esto significa que estos derechos, estas medidas,  suponen hoy en día las insuficientes vías que tenemos las mujeres para permitirnos continuar con nuestras carreras profesionales a la vez que formamos familias.

Es obvio que poner limitaciones al ejercicio de estos derechos atenta directamente, pues contra nuestro derecho de no ser discriminadas.

Teniendo en cuenta el respaldo constitucional que estos derechos presentan, parece lógico que su ejercicio libre debe ser un principio de nuestro derecho y garantizarse en todos los órdenes.

Sin embargo, oíganme: No siempre es así. Desgraciadamente, muchas veces no es así.

No es así cuando, en respuesta a la petición por mi cliente de esta reducción de jornada con una concreción horaria de la misma que cumplía todos los requisitos legales, mi cliente recibe la respuesta que da título a esta entrada; y por repetirla, sí sí, por repetirla, a ver si a Ustedes les pitan los oídos igual que me sucede a mí:

Mi opinión es que lo mejor es que te vayas a tu casa y lo cuides porque si lo que ganas es lo mismo que te cuesta la guardería, te estas equivocando como madre.”

y, cuando mi cliente insiste en que tiene que trabajar y que para ello se ve obligada a soliciar la reducción de jornada y concretar su horario por las mañanas, justificando (sin que tuviera por qué hacerlo) que está pensando en su hijo, su jefe le insiste:

pues si estas mirando por él, ya te he dicho lo que yo hice y lo que ha hecho una trabajadora mía.

Y así insiste este Señor en una, dos, tres y hasta cuatro ocasiones más, invitando amablemente a mi cliente a que se fuera de la empresa porque todo el mundo sabe que si crías y trabajas, eres una madre malísima…

O no; o no es por eso. O tal vez tiene más que ver con el hecho de que hay muchos empresarios en nuestro país que siguen creyendo y aplicando el modelo de esclavitud entre empresario y trabajador. A más horas que estés en el trabajo, a mayor disponibilidad y cuasi pleitesía, mejor… Que realices tu trabajo con eficiencia y creatividad me la trae al pairo!.

Ahora, tal como hice yo, tratad de imaginar cómo sería socialmente percibida una reacción empresarial como la que les expongo en otros países (no quiero irme a Suecia, aunque imaginad, imaginad…) pero en casi cualquier otro.

Con gravedad. Sí, con gravedad. Esas expresiones se considerarían graves; un atentado y, como mínimo INCORRECTAS.

Ahora imaginad que mi cliente consiguió acreditar totalmente dicha reacción empresarial ante un Juzgado; imaginad que en dicho Juzgado había una representación del Ministerio Fiscal y, por último (agárrense los machos) imaginad que según el Juzgado esas expresiones eran fruto de una conversación íntima, cordial y amigable entre un trabajador y su jefe…

Ya pueden flipar como yo.

Nada; esas expresiones son del todo inocuas… Nada hombre, nada, que el Jefe, paternalista, estaba dándole un consejo a su empleada; que sí hombre que sí, que él sabe más porque es mayor, y empresario y, sobre todo hombre; que ella es una mujer, que es joven…Que no hay que ponerse así, hombre, que no es la cosa para tanto..

Pues, permítanme que les diga: Mientras no se persigan estas actitudes sociales, no vamos a conseguir una mierda nada en este país. Seguiremos igual que siempre. Si no somos capaces de ver que estas actitudes suponen un ataque a la dignidad del trabajador, comprometen su garantía de INDEMNIDAD (el derecho que tiene todo trabajador a ejercitar sus derechos laborales sin recibir REPRESALIAS por parte de la empresa), atentan contra la posibilidad de conciliación y, en consecuencia, coadyuvan en el mantenimiento de una importante y patente desigualdad entre hombres y mujeres en el plano profesional, nos quedamos completamente atascados.

Si los poderes públicos, si la Administración de Justicia, no se atrinchera contra esta tendencia, no seremos capaces jamás de imprimirle GRAVEDAD a estas situaciones; en la conciencia social se seguirán percibiendo, no sólo como normales, sino como propias de nuestro carácter español (tan chabacano y gracioso) y una servidora, no podrá tomar en serio que en este país hay un mínimo de lucha por la consecución de la conciliación. Y un pimiento!

Juzguen Ustedes mismos

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PD.- Las fotos poco tienen que ver con esta entrada endemoniada, pero son de mi hijo retozándose en mis senos, así que me gustan mucho… : ) y así me relajo…

 

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MI PRIMER DÍA

Mi historia con los gimnasios es la historia de una eterna primera cita.

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Desde mi terrible preadolescencia,  mi primer día de gimnasio arranca con el entusiasmo de convertirme en Jennifer Aniston. Sin embargo, rara vez consigo pasar de eso, del primer día. Y así hasta el año siguiente por estas fechas, cuando la sombra del verano y de los cuerpos en paños menores comienza a planear sobre los momentos ociosos de mi pensamiento.

Hace unas semanas, en un momento de ésos de venirse abajo que nos dan sobre todo a las mamás, estábamos mi querido hombre de los 70´y yo analizando lo que nos ha supuesto, en cuanto a tiempo  disponible, el reciente aumento de la familia… O como él diría “el que no para la moto”… Y lo cierto es que no para, no. Vas de una tarea a otra como si estuvieras haciendo uno de esos ridículos circuitos del Grand Prix. De los rulos de colchoneta a la pared de escalar, de ahí al punte movedizo o a las urnas gigantes llenas de insectos…

Así que mi marido, tan paradigma él de la gente sana, me volvió a proponer:

  • Deberías hacer deporte… Te vendría bien para encontrarte mejor físicamente y para desconectar un poco de la casa y de los niños.

No sufran; no hiere mi susceptibilidad. Tenía razón. Por más que me gustaría justificar un estilo de vida desprovisto de toda actividad deportiva (que no física) como opción viable, no es posible. Lo cierto es que, se mire por donde se mire, hacer deporte es bueno.

Así que, desde aquél día voy al gimnasio. Hace ya cuatro semanas de aquéllo; y voy dos veces por semana; y, de momento, la verdad, nos estamos conociendo y nos estamos gustando. Voy con pies de plomo por mis experiencias pasadas; no me atrevo a cantar victoria, pero siguen apeteciéndome las citas, semana tras semana.

Y ello a pesar de ser una completa PARIA en lo que a mundo deportivo se refiere.

Me detuve a valorar qué tipo de actividad quería realizar. Tenía un bono de dos días por semana y uno de los días estaba forzosamente asignado al Sábado por la mañana, muy por la mañana. Concretamente a las 8:00 horas de la mañana, pues mi apretada agenda social (llena de visitas al pediatra, tardes de parque, lavadoras y secadoras) no me permitía otra disposición.

Me llamó poderosamente la atención lo de la Zumba… Me pasé de los 14 a los 16 llevando calentadores con leggins y soñando con ser la bailarina de flash dance… Pero que levante la mano aquél hijo de los 80 que no se viene arriba con esta escena..!

 (He de decir que mientras edito el post y pongo este vídeo, mi hijo está bailando como un loco intentando imitar la rueda en el suelo que hace la protagonista. Tan buen rollo me ha dado que he tenido que hacer un parón para bailar con él… )

Mi parte racional me mandaba a pilates; porque tengo la espalda, como dirían en mi pueblo, hecha un solar y, puesto que tendré que  pasarme unos cuantos años más cargando de prole,no me viene mal fortalecer un poco la zona.

Empecé con el pilates y aún no me he animado con a zumba… Primero tengo que encontrar unos buenos calentadores…

Y llegó el gran día. Saqué mi mochila surfera, mis Nike de hace diez años, me coloqué mi chándal y mi camiseta de algodón y me planté en el gimnasio con los nervios de quién va a una entrevista de trabajo.

Y cuando llegué, me di cuenta de todo el tiempo que hacía que no pisaba un gimnasio. Ni siquiera había visto los sistemas de control de entradas y salidas con puertas de aeropuerto. Cuando yo iba al gimnasio el control era el tradicional “a tí no te he visto nunca por aquí,  ¿tienes carnet?”

Y cuando entré a lo que ahora se llama “sala polivalente”, donde empezaba la clase de pilates, a punto estuve de hacerme la infeliz preguntando si era ahí la clase de AEROBIC para decir que me había equivocado de día y poder salir corriendo (menos mal que no lo hice, porque, al parecer, el aerobic ha pasado a la historia..): ¿Pero dónde había estado yo metida los últimos diez años?

Entre mujeres (y un hombre) con coletas altísimas y bien recogidas y preciosos conjuntos deportivos de color fucsia y negro, a juego con  zapatillas New Balance, estaba yo, con un chándal gris de algodón; una camiseta que rezaba “Tu herma ha estado en Granada y se ha acordado de tí” del año 92, unas zapatillas de deporte que parecían las de Michael Jordan y los pelos en la cara.

Cogí una colchoneta y la puse lo más alejada del espejo que pude; entre el cubo de la basura y las cajas de las pelotas, cruzando los dedos para pasar desapercibida. Y cuando iba a sacar mi toalla de flores verdes y turquesas del IKEA, descubro que nadie tiene toallas al uso; la gente lleva una suerte de trapo de tejido melocotón, tamaño mediano y colores vistosos y lisos. Así que adiós a la pretendida discreción. Mi toalla floreada de tamaño 2 x 2, mi chándal de algodón y mis pelos en la cara, rompían una simetría y uniformidad perfectas reinantes en el espacio.

Y de repente viene el monitor y cruza algunos chascarrillos con las demás chicas mientras miro hacia el suelo para que no me pregunte si soy nueva. En cualquier caso, no creo que albergara duda alguna al respecto.

Empieza la clase con estiramientos ciertamente gratificantes y pienso: Pues mira tú, para no haber hecho pilates en mi vida y, después de varios años de nula actividad deportiva, no estoy tan mal… Mi autoreconocimiento dura poco tiempo. De repente el monitor empieza a describir ejercicios que soy incapaz de visualizar. Me fijo en las compañeras y entiendo que no los puedo visualizar porque soy absolutamente incapaz de realizarlos. Lo intento; todo el mundo reproduce las posturas con el cuerpo firme y recto; a mi me tiemblan hasta las uñas, y lucho aparatosamente por mantener el equilibrio.

Mi sujetador de lactancia no contiene lo que debiera; la coleta baja se me deshace constantemente y hace que todos los pelos se me vengan a la boca… Y así, con pelos en la boca, el pecho colgando y el cuerpo temblándome, trato de mantenerme sobre mi antebrazo apoyado en el suelo y el lateral de un solo pie, roja como un tomate, para trabajar los oblicuos.

El monitor no deja de decir que bascule y que contraiga el “core” y yo no tengo ni idea de qué es una cosa ni la otra… (Ahora ya sí, eh? he aprendido mucho). Mientras todas las demás se concentran en la respiración, yo miro a unas y a otras preguntándome cómo demonios consiguen mantenerse rectas en esa posición sin que les tiemble nada..Será que tienen el “core” muy fortalecido..

Y cuando el monitor indica que bajemos a la colchoneta vértebra a vértebra y vuelve a los estiramientos gratificantes, en lo que parece ser el final de una hora eterna, no puedo evitar sonreír pensando en lo bien que me ha venido una hora fuera de casa, sin niños, escuchando Crowded House, aunque ejercicio haya hecho poco…

No quiero dejar de decir que cada día se me ha ido dando mejor y que estoy empezando a disfrutarlo. Aunque si quieren que les confiese algo… Lo que más disfruto sigue siendo esa hora fuera de casa, sin niños, en la que escucho música aceptable y logro ser consciente de mi misma.

 

 

 

NORMAL DAY… LET ME BE AWARE OF THE TREASURE YOU ARE

“Normal Day, let me be aware of the treasure you are. Let me learn from you, love you, bless you before you depart. Let me not pass you by in quest of some rare and perfect tomorrow.Let me hold you while I may, for i may not always be so. One day I shall dig my nails into the earth, or burry my face in the pillow, or strech myself taut, or raise my hands to the sky and want, more than all the world, your return”

Que vendría a ser algo así como:

Día normal, permíteme ser consciente del tesoro que eres. Permíteme aprender de tí, amarte, bendecirte antes de que te marches. Permíteme que no te deje pasar de largo en busca de un mañana raro y perfecto. Déjame abrazarte mientras pueda porque puede que no sea así siempre. Un día, puede que clave mis uñas en la tierra, o entierre mi cabeza en la almohada, o me yerga tensa o alce mis manso al cielo y pida, más que nada en el mundo, tu vuelta…”

Es una cita muy conocida de Mary Jean Irion y, para mí, absolutamente acertada y completamente reveladora.

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Cuando la escuché por primera vez, vino a mi memoria un fragmento del guión de la película argentina “NO SOS VOS, SOY YO” que me hizo reflexionar en su momento. Se trata del momento en que el psicólogo que está atendiendo al personaje interpretado por el actor Diego Peretti, le dice:

“En la vida hay días buenos. Pocos. También hay días malos; por suerte también pocos. Y el resto, la mayoría, son días normales.”

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No puede ser más real. Si me detengo a mirar a lo largo de mis 31 años de existencia, me doy cuenta de que los días en que han sucedido acontecimientos maravillosos (cuando conocí a mi esposo, me hice mis respectivos test de embarazo, nacieron mis hijos, aprobé el último examen de la carrera, creé mi despacho, me casé…)  no son muchos, considerados en cómputo global. Ni siquiera son muchos los días en que, no habiendo sucedido cosas maravillosas, he recibido una buena noticia o ha transcurrido el día sin contratiempos y me he mantenido alegre y relajada a lo largo de todas sus horas.

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Por suerte, tampoco son muchos (por suerte, menos todavía, o menos presentes en mi memoria, al menos) los días en que ha sucedido algo terrible en mi vida; o los que, sin haber sucedido algo terrible; han estado llenos de contratiempos, malas noticias o momentos no deseables.

La mayoría de mis días, según lo veo, han sido una reiteración de actos propios de la rutina, en los que se ha hecho el camino al andar. Han ido llegando sin grandes sorpresas, con sus instantes de bienestar y sus momentos de malestar. Con quejas y, desgraciadamente, como consecuencia de mi condición de Abellán, menos alabanzas de las que hubieran sido oportunas; pero en lo que hoy interesa, en la absoluta IGNORANCIA del tesoro que han supuesto.

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El regalo de póngase Dios (el que gusten) o la fortuna, que suponen los días que no he pasado ingresada en un hospital enferma o, peor aún, acompañando a alguno de mis seres más queridos. El tesoro de los días normales en los que el “qué vamos a comer hoy”, sólo me ha preocupado en el sentido de preguntarme si mi hijo se comerá las patatas así, cocidas. Los días normales en los que he llegado a casa en una tarde de frío y me ha reconfortado el calor de mi hogar; días normales en que he aprendido cómo se anuda una corbata o he conocido la última Jurisprudencia europea en materia de sustracción internacional de menores… El absoluto presente que han supuesto los días más normales de todos; en los que he comido alrededor de una mesa junto a mi marido, mis hijos, mi familia, o me he reído a carcajadas con mi hermana.

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Aquéllos dichosos días normales en que me levantaba e iba a la universidad, estudiaba, aprendía y conocía a gente maravillosa, como a mi amiga la Crack, que más pronto que tarde daré a conocer en este blog… Los días normales en que tomaba café con amigos o veía una película en el cine.

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Días normales en que me he apasionado con una canción o he llorado de la emoción leyendo un libro. Días normales de risas y enfados, en los que me he estresado con el trabajo por hacer, o me ha cabreado la mala baba que se gastan algunos.

Y, sin embargo,  días normales que en su transcurso me han pasado completamente inadvertidos. Que incluso, en alguna ocasión, me han conducido al hastío de la monotonía y han despertado mi desprecio, mientras soñaba con otros días, otros lugares, otros momentos. Una casa más grande, un trabajo más cómodo, unos hijos más dóciles, un marido más atento…

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Y hoy, que vengo en ser consciente de la dicha que suponen; del regalo que representan los días normales de mi vida, con los personajes que implican y los escenarios en que se desarrollan, quiero exclamar que !Bendita rutina la mía! y que quede así, documentado, para cuando vuelva a perder de vista el tesoro que son los días normales.