RABIETAS

Ha llegado el momento. Hemos iniciado esa fase. Estamos en ese punto. Inexorablemente; irremediablemente.

El Leñador venía advirtiéndonoslo dese hace unos meses con pequeños y aislados episodios de tiranía; de imposición iracunda de su voluntad que, no obstante, su padre y yo podíamos sosegar y contener con relativa comodidad y sin demasiados daños colaterales.

Pero ahora, a estas alturas, con casi dos años de absorción imparable de conocimiento y estrategia, y de carnes blandas en su muslamen, El Leñador coge rabietas… Y gracias al Cielo diré que son contadas; me aventuraría a decir que anecdóticas.. Sin mucho volumen de voz, porque no se si su esporadicidad responde a que nos vamos a librar de esta fase casi airosos, o que la misma no ha hecho más que empezar.

He de reconocer que, como primeriza, mi estreno en esta situación de tensión nunca antes vista, ni siquiera en las más agresivas de mis experiencias profesionales, me hizo llorar de desesperación.

Era una tarde como otra cualquiera… Mi pequeño debía tener el día revuelto porque estuvo bastante difícil toda la tarde. Me refiero a que me costaba más de lo común conseguir entenderme con él.  Cuando tiene estos días, trato de no alarmarme ni desquiciarme aunque, como humanísima que soy, en muchos momentos me siento al borde de pegarle un puntapié a la paciencia.

Respiro y pienso que yo también tengo días malos. ¿Por qué no los va a tener él?; así que trato de dejarlo a su aire, actuando de contenedor de sus frustraciones y no interviniendo demasiado.

Pero hacia al final de la tarde; después de conseguir con asombrosa dificultad y con varios kilos de paciencia, que recogiéramos juntos las pinzas de tender para guardarlas en su sitio… Le propuese amorosa: Cielo, ahora deja el cestillo en el mueble que vamos al baño!.

El pequeño Leñador me miró desafiante y sin retirarme la mirada vació de nuevo el cesto de las pinzas en el suelo.

Respiré de nuevo apretando los dientes y le dije con firmeza pero con toda la dulzura que pude rebuscar en mi interior: Muy bien, Raúl, pues ahora, tendrás que volver a recogerlas.

Me contestó raudo y tajante: NO. Así que le contradije: SÍ. Traté de explicarle que para irnos al baño, antes teníamos que recoger las pinzas. Siguió negándose, así que traté de darle espacio y le indiqué que cuando le apeteciese recoger las pinzas, me lo dijera, que le ayudaría y que, entretanto, yo iba a fregar unos platos.

Me siguió y comenzó a pedir que lo tomara, así que le insistí en todas las ocasiones que estaba fregando los platos y que, antes de tomarlo para ir al baño, tendríamos que recoger las pinzas.

Después de más de media hora de lucha dialéctica, me dijo: «Mamá, pinzas», así que le sonreí, lo cogí gustosa de la mano y me dirigí con él hacía donde las pinzas amenazaban desde el suelo. Me pidió que «Mamá primero», así que comencé a meter las pinzas en el cesto, hasta que cuando había recogido casi la mitad, cogió el cesto y volvió a tirar todas las pinzas que yo había guardado.

Cómo les diría que le habría gritado; quizás tampoco era uno de mis días. Conseguí contenerme; dejé el cesto en el suelo y volví a decirle con un tono de amabilidad absolutamente impostado, que tendría que volver a recoger las pinzas. Me fui a lo mío.

Hasta en tres ocasiones más me pidió que le ayudara a recoger y volvió a tirar el cesto de las pinzas, hasta que, con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos, le dije: Raúl, ahora tendrás que recoger las pinzas tu solo, porque ya no confío en que vayas a recogerlas.

Había pasado casi una hora. De hecho, habíamos alcanzado la hora en que él suele irse a dormir y, sin embargo, estábamos aún sin bañar, sin cenar y con todas las pinzas por el suelo.

Dudé, dudé como dudo cada día, cada hora, cada minuto acerca de qué debía hacer; ¿recoger las pinzas?, ¿gritarle? ¿castigarle de algún modo? ¿tomarlo y abrazarlo?. Dudé entonces como sigo dudando ahora de si en ese momento y en tantos otros, hice lo mejor; pensé en qué opinaría mi madre, mi suegra, mi marido, la vecina del quinto; esa mamá del parque que tiene ocho hijos y parece siempre tan tranquila…

Y al final, me reconforté pensando que éramos mi hijo y yo, en una situación complicada; y que nadie mejor que yo lo conoce y que, lo que hago, bajo la dirección de mi instinto, es lo que considero que mejor funciona con mi familia. Así que volví a los quehaceres tratando de mantener conversación con él y recordándole, en algunos momentos, que las pinzas esperaban que las recogiera. Que una vez estuvieran en su sitio, lo tomaría para llevarlo al baño.

Unos veinte minutos más duró su obstinación. Finalmente; después de una hora y media desde que empezó el duelo, se quedó unos segundos mirando fijamente las pinzas y comenzó a recogerlas una por una… Sentí alivio; sentí sosiego… Ya me había planteado seriamente que no recogería las pinzas.

Después alzó las manso hacia mi y me pidió que lo tomara con evidente entusiasmo.

Pese a que estaba cabreada; por lo «cabezota» que había sido, por la situación que acababa de vivir y porque me sentía contrariada, inexperta, insegura., decidí pasar página completamente; disfrutar del momento del baño como si nada hubiera pasado y buscar con El Leñador esa complicidad nuestra que tanto nos alegra la vida.

Creo que ambos aprendimos cosas del otro y de nosotros mismos en ese momento, por cotidiano que parezca; y, durante un par de días, cada vez que Raúl entraba en mi habitación, me recordaba que había recogido las pinzas…

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PD.- AVISO A NAVEGANTES: Este post únicamente tiene como intención relatar una vivencia personal respecto de la vida cotidiana con mi hijo de dos años. No creo que haya una única forma buena de hacerlo, ni soy capaz en absoluto de juzgar la forma en que lo haría otra persona, aún cuando fuera muy distinta a la mía. Más bien, lo que me interesa relatar, por si a algunas madres que hemos sido por vez primera les pudiera servir de ayuda, es que todas nos sentimos inseguras en muchas ocasiones y que dudamos de nuestras decisiones porque sabemos que son importantes para ellos. No pasa nada. Es humano. Lo importante es hacer lo que uno considere más apropiado con su familia; en función de sus circunstancias y condiciones. Siempre que no se dañe al otro, cada familia conoce lo que funciona en su casa.

4 bodas y… pare Usted de contar!

Viva el amor en sus múltiples expresiones y celebraciones..!

Podría enumerar media docena de razones por las que me gustan las bodas. Y me refiero a razones de verdad… Nada que ver con que las bodas sean manifestación ceremonial del amor entre dos, o que te contagien de felicidad u otras pamplinas similares.. 😉

  1. Me gustan las bodas porque son una oportunidad para comer y beber bien. Y, además mucho, y sin remordimientos. De hecho, poder comérselo todo en una boda es un mérito que encuentra unánime aprobación social.
  2. Me gustan las bodas, especialmente desde que nació mi hijo, porque el de los 70´y yo no tenemos «demasiado» tiempo para salir con amigos; bailar, y hacer payasadas de tipo adulto (hablar con voces muy agudas o muy graves o imitar sonidos de distintos tipos de maquinaria sí entra entre nuestras actividades cotidianas). Las bodas son nuestra oportunidad para irnos de farra.
  3. Me gustan las bodas porque me gusta la moda; los atuendos de las novias y los novios; de las invitadas o invitados… Los zapatos, las carteras de mano; los sombreros, pamelas, tocados… A falta de «front rows», buenas son bodas.
  4. Me gustan las bodas porque disfruto de tomarme tiempo para arreglarme. Chapa y pintura integral. Depilación, peluquería, maquillaje, vestido, bolso, zapatos… Desde que nació El Leñador mis tiempos de autocuidado y acicalamiento se han reducido al absurdo; al absurdo de cinco minutos para aplicar el agua micelar y la crema hidratante. Cuando tenemos boda, reservo dos horas de reloj sólo par mí y mando al Leñador con cualquiera de sus abuelas o con su padre o, en caso de no ser posible, me hago la loca mientras lo veo meter la uña del dedo índice en mi pintalabios rojo y practicar el impresionismo en los azulejos del baño.
  5. Me gustan las bodas porque, en algún momento y de repente, el de los 70´y yo somos capaces de mantener una conversación de adultos en un mismo espacio y en un tono de voz prudente; sin interrupciones, llantos o distracciones y rejuvenecemos y comprobamos felices que nos veníamos comunicando y comprendiendo, aún sin hablar.
  6. También me gustan las bodas porque no sabéis quién es el de los 70′ con tres copas encima. Show del bueno.

También existen unas cuantas razones por las que me echo a temblar cuando se acercan; sobre todo cuando se acumulan en un breve periodo de tiempo:

  1. Las bodas suponen un gasto de la unidad familiar absolutamente desestabilizante. No solemos tenerlo tan presente como el IBI o el seguro del coche y es cada vez mayor… Todos gastamos muchísimo dinero en bodas. Los novios, los invitados… Nosotros, en los últimos dos meses, hemos tenido cuatro… Y con el dinero que hemos gastado en las bodas (por diversos conceptos) podríamos habernos pegado unas vacaciones.He de reconocer que, por lo general, me gustan más las vacaciones que las bodas.
  2. Los tacones. Aunque soy fan incondicional de Carrie Bradshaw y tengo especial fijación con los zapatos en general y los tacones en particular, desde que soy madre, cada vez los uso menos y, cuando lo hago, cada vez en alturas más accesibles y hormas más cómodas. Lo de pasar más de 7 horas subida en 11 centímetros de tacón me genera gran desasosiego.
  3. Las bodas se engullen los fines de semana. Como ya sabéis, en esta casa los WEEKEND WEEKEND son sagrados, intocables; la razón de nuestra existencia, los once millones del once del once de la ONCE…Cuando tienes una boda un fin de semana (o dos, como nos sucedió el último mes), se esfuman sin tiempo siquiera para olerlos…
  4. Por último: Ir de boda con una preñez considerable como la que luzco es una faena por tres razones fundamentales: Si eres un poco «neuras» como yo, no puedes comer jamón ibérico del bueno (no se si después del comunicado de la OMS el negocio de los cortadores de jamón en las celebraciones matrimoniales va a sufrir un varapalo); no puedes beber y te cuesta menos percibir lo ridículos que estamos a cierta edad bailando como si no hubiera mañana y, por último y la razón última de este post: ¿Qué narices te pones?? (ya sabéis como me las gasto con los preámbulos).

Pues sí, todo este rollo macabeo en torno a los «weddings days» para contaros que en estas últimas cuatro bodas he encontrado muchas dificultades para vestirme sin provocar un genocidio en nuestra economía; y, como finalmente conseguí lucir aceptable, he pensado compartir con Ustedes cómo lo hice, por si a alguna en «tamaña» situación, le pudiera servir.

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Para la primera de las bodas, rescaté del armario un vestido que debe tener unos 9 años. Es de zara y tiene un corte recto pero holgado, un sólo hombro y manga de murciélago. Como es negro, siempre le da un punto de vestir. Le puse un cinturón dorado para marcar la barriga y evitar parecer una mesa camilla; lo combiné con zapatos dorados tipo salón de MEMBUR y bolso caja de mano, también de zara. Para por la noche, cuando refrescaba, me puse una chaqueta que me compré asesorada por el gran «personal shopper» que es mi esposo y que, la verdad, me lleva dando juego un montón de años.

No fue a la pelu. Un poco de plancha y un maquillaje con los labios rojos (qué me gustarán a mí unos labios rojos!).

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Éstas no son las imágenes que corresponden realmente a una de las últimas bodas de Septiembre (son de una boda que tuve allá por el mes de Junio) pero en ésta última no hice muchas fotos, y en las que muestro, se aprecia mejor el vestido.

Es un vestido amarillo de «Les Madmoiselles» que compré hace al menos 5 años y que me gusta muchísimo. Además, como tiene un corte capa con un tejido con mucho movimiento y desigualdades en el bajo, favorece mucho, incluso con una barriga grandota. Lo combiné con cartera de mano plateada y los zapatos de mi boda.

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De la tercera boda, no tengo fotos, así que, omitimos ese look.

En la cuarta y última; en la que se casaba una gran amiga mía, decidí estrenar y me compré este vestido que fue ideal para mi estado. Me peiné con un recogido bajo y combiné con complementos en color vino que me parecieron muy otoñales. El maquillaje también lo construí sobre labios granates.

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En un lado del recogido, puse unas flores secas que apenas se aprecian.

Y así es como salí airosa de las cuatro bodas… Y, porque si no hago la gracia, reviento: Casi me cuestan un funeral (ja; ja; ja)

La calidad de las imágenes es pésima, I know, pero son fotos de ascensor…

PD.- El Leñador sí que estaba radiante!!