ALTA SUCIEDAD

IMG_0378Desde que llegó a nuestras vidas, ataviado en camisa de cuadros y pantalón vaquero, el pequeño leñador, en mi casa hemos sido todos de tendencia a la suciedad.

El que menos, el de los 70¨que a veces, mientras su primogénito y yo nos revolcamos por la mugre como un cochino retoza por el barro, nos contempla incrédulo, con cara de póker, estableciendo distancia con la mirada en una mueca de desprecio y asombro, todo mezcladito.

Y aunque él le ponga empeño, no puede evitar que le alcance la inmundicia que crece y se multiplica a su alrededor como las mismísimas caries. (Yo pienso que las caries a los dentistas son lo mismo que la obsolescencia programada a los productores de electrodomésticos; hay una mano negra haciendo reproducirse a las caries para dar trabajo a los dentistas.)

Y lo grito en esta plataforma esperando el feedback de otras madres que me sirvan de consuelo porque también les coma la porquería; también les crezca el desorden como los enanos.

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En mi pueblo, desde luego, no están esas madres. No hay ni una. En mi pueblo las madres han sido traídas de STEPFORD y pasean sus impolutos carricoches “antimaldeojos” y a sus hijos resplandecientes  en las soleadas tardes de Mayo, con camisas floreadas y tacones. Lucen niños bonitos, dulces y lustrosos con conjuntos de pololos, zapatos, leotardos, camisas y hasta gorritos, con más pulcritud que la que reina en una área quirúrgica. Además, van peinados y huelen bien. Siempre.

 Y aquí, una servidora, que no logra salir un solo día de casa con menos de cuatro manchas en niño y un par de ellas en madre, se esconde a través de las calles secundarias de la urbe para no ser vista por nadie; y menos por una de estas madres, atemorizada con la idea de que a alguna se le ocurra llamar a los servicios sociales.

Para empezar no consigo poner “pololos” al leñador. De esos que van a juego con los zapatos y a conjunto con los leotardos. Y mira que lo he intentado.

La primera vez en una boda a la que sometimos al leñador. Aún no tenía cuatro meses y aunque era Abril, ese día hizo un calor de los que sólo sabe hacer en Murcia y al pobre le causamos un shock del bochorno que le tuvo llorando toda su primera puesta de largo en sociedad.

La segunda vez, estaba precioso. También fue en una boda; y como aprendí la lección, nada de leotardos: Cachas al aire que de ésas mi leñador tiene un rato, y manga corta. La verdad es que para buscar elegancia infantil con estilo, me las pinto sola. El conjunto me costó un ojo de la cara pero bien lo valieron las carantoñas y los piropos que le profirieron todos los asistentes ante mi sonrisa orgullosa, mientras iba cogiendo anchura.

Eso sí, en menos de veinte minutos la camisa la llevaba por fuera y manchada de leche y, por supuesto, sin zapatos.

Los faldones y las puntillas son para mí objetos de otra galaxia. No soy digna de hacer uso de ellos. Ni me lo he planteado. No me imagino un faldón blanco bordado con cenefa azul y puntilla de chantillí, adornado con trozos de galleta María “semiblanda” pegados en el culete, o chorretones de zumo de naranja. Los vaqueros soportan mejor estas agresiones.

Mención aparte merece el carricoche del leñador. Menos mal que no nos dió por comprar el tono beige que tan bonito lucía en las madres robóticas. Con decir que hasta en el gris de la silleta se perciben los churretes…

Y si tuviera que hablar de CASAPATARE… Madre mía!! No recuerdo la última vez que los cristales lucían transparentes o que las sillas eran para sentarse, y no para soportar las ropas de otras temporadas, edades pasadas y cinturas no recuperadas.

En el suelo de la cocina jugamos a ver qué formas adoptan las manchas, y en la habitación de juegos de mi cachorro nos movemos en zigzag para sortear los enredos. Pura cochambre.

Seguro que las madres Stepfordianas tienen casas de las que se van a visitar en los pueblos cuando uno se casa. Con muebles de salón que se convierten en piezas de museo; para mirarlos y no tocarlos.

Pero si la verdad de todo esto no está en que, en realidad, son androides preprogamados, apuesto a que enseñan una casa y viven en otra; y a que lo que llevan en los carricoches son muñecos hechos a imagen y semejanza de sus retoños que, mientras tanto, están en el parque poniéndose como zaques de agua y de tierra, igual que el leñador.

La pasada noche, atormentada por tal incapacidad mía porque mi hijo fueran adecentado, busqué consuelo en el de los 70´que, tras escucharme con cara de sorna pedirle consejo o apoyo, sólo acertó a decirme: Escribe un post.

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